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Usted sabrÁ entender

MoniqueCortazarMoniqueCortazar Gonzalo de Berceo s.XIII
editado febrero 2012 en Narrativa
De estornudos y sapos, modificado pos taller...

Siempre que estornudo temo matar un sapo, por eso es que llevo un pañuelo azul en el bolsillo del pantalón. Apenas reconozco el hormigueo en la nariz, lo extraigo ágilmente y contengo la sacudida.
Mis hermanos se enojan porque aseguran que ya no se usa más, que llevar pañuelo ya pasó de moda y no sé cuantas otras pavadas; pero nada dicen de los riesgos que corren los sapos si se me viene un estornudo y luego otro y otro detrás.
Le parecerá curioso querido amigo, usted que tiene la suerte de vivir en el centro, donde las preocupaciones son totalmente distintas; pero le pido que se ponga en mi lugar, yo estornudando tanto cada vez que salgo a pasear, y la calle atestada de inquietas bolas verdes que se cruzan entre mis pies, como esperando que uno carraspee, como queriendo que uno las mate con un estornudo estrepitoso. Porque los sapos son así, inconscientes si cabe el término, irresponsables, atolondrados. ¡Son tan humanos a veces!
Hay días en que se parecen tanto a uno que da miedo, porque a nadie le gusta verse en los párpados húmedos de criaturas de semejante simpleza, por muy estupendos que parezcan. Cuando venga de visita, podrá comprobarlo.
En casa tengo unos cuantos.
Los sapos son autosuficientes y por demás olvidadizos pero yo los cuido igual. Uno, el que obviamente es el líder, se hace llamar Beto, hay otro al que le dicen Cacho, ignoro el nombre del resto.
Es rara la forma que usan los sapos para bautizarse porque, que yo sepa, ni uno ni otro se llama Alberto o Carlos, no, Beto y Cacho, a secas. No me parece que sean nombres adecuados para un sapo, yo creo que les irían mejor nombres como Guido o Gabriel, que son más modernos y, se me antojan, de cierta fragilidad anfibia. Pero bueno, allá ellos.
Está claro que encuentro en la G, alguna delicadeza que no logro asociar con más que un capricho personal, pero eso tiene poco que ver con lo que estoy queriendo pedirle y que vengo rodeando por temor a que crea que esto es sólo una excusa.
Paso a explicarle, sin más vueltas, mi problema:
Hace una semana, estaba yo tomando mate bajo la parra del patiecito (le pido que por un momento, se ponga en mi lugar, usted que no acostumbra beber éste tipo de infusiones, y que carece de jardín), cuando el polvo último del paquete de yerba me irritó la nariz.
Como era domingo y recién me levantaba, no llevaba el pantalón con bolsillos en el que guardo el pañuelo, y por evitar matarlos de un estornudo, me incorporé bruscamente, con tan mala suerte que volqué la pava caliente sobre dos sapos que dormían bajo la silla. El estornudo nunca llegó y fue tal el susto que dejé de lado mis quemaduras, y me apresuré a curar a los sapos en cuestión. En seguida descubrí que, por fortuna, no eran ni Cacho ni Beto, pero de todas formas me encomendé a la tarea de atenderlos.
Corrí al botiquín y volví con caladryl y gasas, pero a mi regreso, los sapos ya no estaban. Busqué en todos los rincones y cuando descarté que estuvieran dentro de la cocina, me mandé directo para el patio. Usted recordará, querido amigo, que el patio no es muy grande que digamos, pero debo confesar que hace algún tiempo que lo tengo olvidado, y los pastos le llegan a uno, casi hasta las rodillas. Recorrí el jardín pateando malezas, pero no aparecieron. Ni ellos, ni ninguno. Recién cuando se vino la noche, resigné la búsqueda (remarco esto, para que no crea que faltó voluntad de mi parte).
Al otro día, y aquí está el quid de la cuestión, me levanté al alba y un ejército de sapos, encolumnados tras de Beto, me esperaba a los pies de la cama. Vi en los ojos brillosos de Beto, que sus intenciones no eran para nada buenas, y traduje que los saltos de Cacho, no eran amistosos, sino más bien, arengas dirigidas al resto de la tropa. Imagínese, amigo mío: un piso verde semoviente, que cubría todo lo ancho de la pieza.
Los sapos heridos no estaban, y deduje que no habían sobrevivido. Una pena.
Intenté explicarles, no sin cierta indignación, que había sido un accidente y les aseguré que no volvería a pasar. Me miraban con desprecio, como desconociéndome –insisto, los sapos son bastante olvidadizos–, hasta que Beto hizo una especie de ademán y un grupo de sapos apareció de la nada, trayendo entre sus bocas, el pantalón en donde guardo celosamente mi pañuelo azul. Lo dejaron tirado sobre mis pantuflas y sólo cuando Beto croó –porque he leído que los sapos croan­– se retiraron indulgentes, pero amenazantes. Cacho fue el último en salir y lo noté decepcionado.
Primero me invadió la furia, porque nadie los protege como yo lo hago. Pero al rato se me pasó, porque al fin de cuentas, la reacción no fue desmedida, y uno no puede esperar que un sapo, mucho menos una multitud de sapos, posea la tolerancia tan exclusiva de nosotros, los hombres. Me puse inmediatamente el pantalón y, por las dudas, no volví a quitármelo.
El mayor problema fue que no se detuvieron. Ese fue sólo el principio. Hubo más:
Una tarde, cando regresaba de la fábrica, un centenar de sapos descansaba sobre mi cama. No pude ni acercarme. Intenté que Beto los hiciera reflexionar, pero me dio a entender que ya no era él quien los dirigía. Fui a verlo a Cacho, pero un puñado de sapos gordos me prohibió el paso. Eran, evidentemente, su custodia. La cosa se puso pesada. Ya ni Beto podía ayudarme.
Esa noche, mientras pelaba papas, lancé un estornudo insignificante, que sin embargo, sirvió para herir de muerte al más grande de los custodios.
Al oír el estruendo, me rodearon rápidamente y, por mucho que lo intenté, no pude hacer que creyeran en mi inocencia. Cacho me miraba de lejos. Beto se hizo a un lado y se perdió en el tumulto.
A una señal, que creo que fue un guiño, saltaron sobre la mesada y me tiraron la comida al piso. Después fueron los platos, más tarde los vasos, los cubiertos, los portarretratos.
Cuando ya no quedaba nada por tirar, se llevaron el cadáver, que tampoco volví a ver.
Resulta que los sapos, que con tanto amor domestiqué y protegí, no son más que un grupo de patoteros, con actitudes mafiosas. Ahora me obligan a recolectarles insectos y tengo terminantemente prohibido acercarme al mate. En ese sentido, debo destacar que tienen la consideración de dejarme beber directo de la canilla del patio. Ahí mismo es donde me baño.
Duermo sobre una frazada, en un rincón de la cocina. Me alimento de hormigas negras –que son las más sabrosas– y los domingos me permiten ver algún que otro partido.
Me quitaron el pantalón, y Cacho lleva el pañuelo azul atado al cuello, como buen compadrito que es. Yo, semidesnudo, no paro de estornudar, pero no hemos debido sumar nuevos decesos.
La salida es vigilada día y noche, y ya no puedo salir. Usted se imaginará, que por mucho que pudiera, no intentaría escaparme en paños menores.
Respecto a las visitas, no se han expresado ni a favor ni en contra. Cuando vienen mis hermanos, se aseguran que no intente darles aviso y, a sus espaldas, hacen gestos amenazantes. Lo que menos quiero es que los lastimen, por eso sigo sus instrucciones al pie de la letra.
Así son los días por acá, querido amigo. No se asuste, puedo asegurarle que no correrá usted, riesgo alguno.
Por eso insisto en invitarlo, y me tomo el atrevimiento de pedirle, que si tiene pensado traer algún regalo, que sea un pañuelo azul o un pantalón con bolsillos. No importa el talle, yo me arreglo, ya verá, no se preocupe, pero asegúrese de que tenga bolsillos. Si puede que sean cuatro, pero con dos está bien. Yo mientras tanto me la rebusco. Soy un hombre decente; en nada me parezco a ellos. Y por eso no voy a darles el gusto de reaccionar. Seguiré cubriéndome cada vez que me pique la nariz.
Espero no tome mi petición como un exceso de confianza, es que últimamente ando estornudando mucho y temo matar un sapo, y si volviera a pasarme ya no me lo perdonaría; usted sabrá entender.

Comentarios

  • MoniqueCortazarMoniqueCortazar Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado febrero 2012
    Ultimamente no he podido pasar mucho por acá. Les pido a quienes quieran, que comenten/critiquen...
    Prometo la semana que viene, ponerme al día con la lectura de las otras publicaciones. Gracias!:)
  • SinrimaSinrima Miguel de Cervantes s.XVII
    editado febrero 2012
    Monique, te estaba echando de menos, o "extrañándote" como decís en tu país.
    Me ha gustado mucho tu relato porque también me gustan los sapos. Me ha resultado una historia divertida y original en la que notado cierto cariño hacia esos animales tan despreciados por mucha gente influída por leyendas absurdas. He tenido muchas veces sapos entre mis manos y han sido muy pacientes.

    Saludos.Espero más relatos tuyos.
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