¿Celebran ustedes el catorce de febrero?
No creo, gente tan racional y culta, no creo que guste de andar metido en huachaferías de ese tipo.
En mi caso siendo tan irracional e inculto sí. Confieso que si, si lo hago y lo he hecho.
Siempre recordaré mi primer catorce de febrero, tenía que regalar algo. La cosa es que no sé me ocurría nada. Flores, chocolates un perfume eran las alternativas. Lo real era que mi patrimonio era exiguo, era raquítico. Y mi enamorada, la primera de quien estuve “realmente” enamorado merecía un regalo.
Ninguna chica en su sano juicio hubiese aceptado la penosa carga de soportar mi persona. Ella fue la primera chica que me acepto, que me dijo: SI. La primera que me beso y se reía de mi porque no besaba bien.
Sentía que de alguna manera tenía que compensar el sacrificio que hacia al estar conmigo. Pensaba en algo que obsequiarle.
Estaba en el primer año de Universidad, enfermo de matemáticas, el poco dinero que tenía disponible me lo gastaba en cigarros y a veces en alguna película que me interesaba. Mis amigos universitarios de aquella época, sufrían las mismas penurias que yo.
Había algunos, siempre hay algunos, que tenían dinero. De esos, unos trabajaban en horarios inverosímiles y otros eran simplemente “hijos de papa”. En mi caso mi falencia económica estaba vinculada con llevar más materias en menos tiempo. Estudiaba en la mañana y en la noche. No tenía tiempo para trabajar.
Por ciertas cosas de la vida un día de aquellos recibí dinero pero en una cantidad más o menos importante. Decidí “disparar” lo mío entre mis amigos. Los convoqué a una cantina cercana a la universidad, un sábado a las 10 am. Era temprano para empezar a beber. Pero era verano, hacia un sol brutal y deseaba que mis colegas no se olviden jamás de esa borrachera.
El primero en llegar a esa cantina fui yo, le avisé al tipo que me separé tres cajas de cervezas muy heladas. Aparte que tenga su cocina abierta al pedido de algún piqueo para comer algo.
Fueron llegando mis amigos y fuimos embriagándonos lentamente. Hablamos de todo y al llegar al tope de nuestra borrachera hablamos de las chicas de nuestro salón. Las íbamos calificando y las íbamos etiquetando. En la escala educativa de mi país el veinte es la máxima nota, se desaprueba con diez. Había una chica que según ellos tenia de calificación dieciséis, yo tercamente la calificaba con dieciocho. Mi argumento de peso es que era bella, pero no se arreglaba.
Como siempre no faltan los chacoteros, aquellos tipos que con el ánimo de reírse de alguien empiezan a joder el ambiente. “Lo que pasa es que esa loca te gusta” – me dijeron. En realidad aquella chica no era fea, pero no me gustaba. Tenía un aire apático, un aire de alguien a quien no le pasa nada importante en la vida.
“Si me gusta, pero parece que sufre mucho”-fue mi respuesta. Respuesta que fue tomada por aquellos chacoteros como un estimulo para seguir jodiendo. Entre risas decían que debía intentar quitarle el sufrimiento, con una buena encamada. Todos reíamos, en realidad sus gestos y su procacidad, aparte de nuestro consumo alcohólico motivaban más esa reunión de energúmenos.
Dentro del grupo de borrachos, uno salió con el chisme: fulanito se “mandó” con ella y ella lo mando a freír monos. Dicen que tiene un geniecito la loca esa.
Nuevamente los chacoteros volvieron al ataque conmigo. “A que tú no te atreves a mandarte, eres un marica”, yo me reía, enamorada era lo menos que quería en esa época. Solo quería estudiar y empezar a trabajar al año siguiente. Pero no sé porque me salieron estas palabras: “Si yo quiero, esa chica estará conmigo”, mi respuesta soberbia y llena de machismo exacerbo los ánimos. Por ahí no faltan los espíritus maquiavélicos, los siniestros, los hijos de puta que buscan sacar un beneficio de aquellas palabras.
“¿En qué tiempo?”, fue lo que escuché. Tomé la botella llené el vaso con cerveza hasta el tope e hice algo que hasta ahora mis amigos de aquella reunión recuerdan. Me puse de pie y les dije: “a fines de julio esa chica será mi enamorada”. Se oyeron voces: “que pasa sino cumples”. Era evidente que tenía que pagar alguna penalidad, algo con que calmar a aquella caterva de borrachos. “Está bien, si no estoy con ella, solo a ustedes les pagaré cuatro cajas de cerveza”.
Luego se ajustaron acuerdos, si ella me aceptaba, me pagarían independiente cada uno de ellos en cualquier reunión una caja de cerveza.
Como una clausula adicional, si alguien que no sea de esa mesa, me hacía alusión a aquella apuesta. Todo lo pactado se podía dar por anulado. Con ello se garantizaba la confidencialidad de nuestro acuerdo.
Para culminar aquel pacto, salió una hoja y un lapicero. Y se redactó un compromiso, las cosas por escrito son más legales. Y si se trata de cerveza mucho mejor. Todos firmamos. Éramos borrachos pero éramos legales.
Así fue como me embarqué en una aventura completamente nueva para mí.
Continuaré luego.
Comentarios
Un pregunta: "se mandó con ella", ¿significa se declaró o algo así?
Ahora, las mujeres sonreímos ante esa forma tan primaria de divertirse.¡¡Así eran las cosas !!. Y lo que es un prodigio es que ,de aquellas generaciones, hoy día haya bastantes hombres que defienden la igualdad entre mujeres y hombres.Sin duda eres uno de ellos.
Un abrazo.
Me gusta el relato, quiero saber en que terminará la cosa, me hizo sonreir divertida más de una vez, creo porque reconocí a varios de mis compadres.
Saludos.
Sinrima: Efectivamente es una historia donde hay machismo, pero no olvidemos que el machismo viene de casa y muchas veces lo fomentan las damas.
Marina: Es probable que algunas cosas no cambien, pero ahora existe el celular, el chat, el tuiter, el feisbuc. La información es poder y en manos de las damas un peligro (es broma). Gracias por el interés.:)
Arroyo: Gracias por la visita y tu comentario.
Me preguntaba una y otra vez, tenia curiosidad por hacer eso. Hacer algo que nunca había hecho. Convencer a una chica, sin una gota de licor, sin música de por medio. Sin el barullo de una fiesta. Que me dé un beso en la boca. Que la pueda abrazar. Que sea mi pareja.
Antes había besado chicas durante alguna fiesta, pero fueron cosas circunstanciales. Eso por aquí se llama: “chape”. Fueron solo “chapes”, nada serio, cualquiera lo aceptaba como eso y nada más. Sin compromisos, sin promesas, sin juramentos (para los cursis).
Pensaba en cómo empezar, como hacer amistad, no caer mal, sobre todo eso. Ya antes había escuchado expresiones tan espontáneas y sinceras de mi hermana al recibir llamadas telefónicas, expresiones como: “Dile que no estoy al idiota ese”, “¿Qué querrá este bruto?”,”ya me tiene harta ahora lo despacho”.
Tenía miedo, miedo de convertirme en un tonto. En el instrumento de una mujer. A veces escuchaba sin querer las conversaciones de mi Madre o de mis tías, al hablar de algún sobrino o de alguno de mis hermanos ya casados o a punto de casarse, casi siempre la conclusión era: “esa mujer lo ha vuelto cojudo”.
Estaba en juego mi machismo, a los dieciocho años un hombre debe cumplir su palabra, esa chica sería mi enamorada a fines de julio. Ella no lo sabía. Faltaban casi cinco meses.
Luego estaba el aspecto ético de aquella situación. Los sentimientos de ella, si es que tenía éxito le contaría que solo era una apuesta. ¿Será posible que sea tan miserable para jugar con los sentimientos de una chica por cuatro cajas de cerveza?
¿Qué pasaba si realmente me enamoraba de ella?
No me daría cuenta, jamás había estado enamorado. Había leído acerca del tema. Había leído a Neruda a Becquer a Rubén Darío. Me gustaba esa poesía pero no la sentía mía, darle sustancia a aquella poesía era como hablar de los números reales y los números imaginarios, era una abstracción. En mis épocas de escuela leí “El arte de Amar” de Fromm recordé algo de ello: “el amor es conocimiento”. Comprendí aquel precepto, era necesario aplicarlo.
Mi preocupación principal entonces era conocerla, estudiar a mi objetivo. Saber sus costumbres, algo de su vida, que me vea. Cruzar miradas, es un buen punto.
En medio de ese mar de dudas y remordimientos, iba a la universidad preocupado en encontrarme con ella y verla aunque sea de lejos. Mis amigos de la apuesta discretamente empezaron la presión psicológica conmigo. Me decían: “hola compadre, ¿ya las pusiste a helar?”, “que sean cusqueñas”. Eran armas válidas entre nosotros, yo no me enojaba, sabía que era parte de aquel juego.
Sabía su nombre desde antes de la apuesta, si lo sabía, lo escuché pero sin la atención debida. Se llamaba Adriana no tenía el apellido era necesario saber el apellido. Algunos profesores “decentes” publicaban resultados de exámenes con solo los códigos del alumno. Otros “inhumanos” publicaban códigos, nombres completos y los resultados. Uno de los “inhumanos”, publicó resultados, luego de ver mi calificación, busqué el nombre. Éramos setentaicinco, era la única Adriana en la clase, se apellidaba Schmidt. Me llamó la atención aquel apellido, era alemán, su piel canela, sus ojos claros y su cabello casi siempre desordenado a veces se veía claro y otras oscuro. No era el prototipo de una mujer de ascendencia germana.
Adriana salía de las clases siempre con sus amigas, había una inseparable de ella, nosotros la apodábamos “morticia”, era un buen apodo. Era blanca cabello negro lacio y siempre tenía la boca de un rojo reluciente. Donde estaba “morticia”, era seguro que estaba ella.
Luego de una semana de seguimiento, sabía que: Tomaba el mismo bus que yo, al menos el de regreso. Era de las primeras en llegar en la mañana a escuchar clases. No tenía amigos con cara de pretendientes. Indagué por el fulano que se había “mandado” con ella. Mis informantes me lo señalaron, al verlo aprobé la decisión de Adriana. Era un tipo con el cabello demasiado peinado, usaba ropa de marca, lo más insoportable era que sus movimientos los hacía de tal manera que siempre mostraba las etiquetas de su ropa. Y se reía mostrando todos sus dientes. Un pelmazo por todos los ángulos.
Decidí seguirla en el bus de regreso, casi como quien no quiere. La clase terminó, ella salió con sus amigas, esperé cinco minutos y salí como un rayo. Mi “vista de lince”, siempre me vanaglorié de mi vista, ella avanzaba con sus amigas, yo la seguía lentamente a media cuadra de distancia. Llegaron al paradero, me detuve en un kiosco y observé a la distancia como sus amigas iban partiendo en otros buses. “Nuestro” bus no llegaba aun. Vi llegar a “nuestro” bus, la vi despedirse de su amiga “morticia”. Rápidamente fui hacia el bus y me subí en el.
Aquel bus estaba lleno de estudiantes, divisé a “mi objetivo”, estaba sujeta a un asiento. Intenté avanzar pero era imposible. No me había visto aun, el bus avanzaba por las calles, yo iba maquinando como acercarme a ella. El trayecto desde aquel paradero hasta mi casa era algo de una hora con veinte. Había tiempo. La gente fue bajando y se hizo más espacio. Avancé y me ubique exactamente detrás de ella, espalda contra espalda.
Faltaba como media hora de viaje, ella seguía de pie al igual que yo. En eso ocurrió, lo que yo esperaba. La persona que estaba sentada frente a mí se puso de pie y dejo el asiento libre. Era mi oportunidad.
Una leve palmadita en el hombro, ella volteó, le ofrecí el asiento. Me miró y me sonrió, sentí que mi quijada se aflojaba. Rápidamente se sentó, me pidió el libro de cálculo que siempre paseaba y siempre que no tenía nada que hacer intentaba resolver, mi querido y entrañable Demidovich. Ella vio el libro y se quedo extrañada, la cubierta no era la sobria cubierta de un libro de cálculo sino la caratula de una revista “Playboy”.
Me miró y sonreímos nuevamente. Yo vi que las calles por las que iba el bus se iluminaban más.
Continuaré luego.
Amparito:
Todavía falta algun pan que rebanar. Una dama es siempre un enigma.
Gracias por estar aqui.
Con tus letras rescatas muy bellos recuerdos, Juancho.
Me gusta mucho este relato, aunque a veces pasan cosas y no quedan claras, o es que yo soy una botarate XD
en fin, espero más...
Los temas más frecuentes eran la música, el fútbol, el básquet y pavadas de todo tipo. Claro que en aquel tiempo yo era bastante palomo (inocente), y me juntaba con muchachos más grandes que yo, sobre todo en la cancha de basketball.
Tal es así que una de las 3 barras de amigos que tenía, consumía marihuana, y creían que yo no sabía nada, porque cada vez que tenían que hablar acerca de María, se alejaban de mí.
¡Esos eran amigos! No solo no me presionaron para que hiciera lo que ellos hacían, si no que intentaban ocultármelo.
Más tarde, y en mi corto paso por la Universidad, las cosas no cambiaron mucho, aunque tal vez se hablaba un poco más de mujeres.
Sí, recuerdo a un compañero al que le gustaba contar sus conquistas, y lo que hacía con ellas; cosa que además de parecerme mal, me provocaba bastante envidia.
Las malditas palomas, por aquel entonces tenía 17 años, recién comenzaban a abandonar mi azotea. (ahora que me doy cuenta, estoy utilizando material que voy a necesitar en "Un largo y sinuoso camino hasta aquí"):)
Buen tema Juancho.
Un abrazo
Marina: Si quieres alguna aclaración, dímela, me agradará responderte. Gracias nuevamente por el interés.
Aljamod: Somos contemporáneos, al igual que tu, quizás por mis Padres, quizás por las costumbres de aquella época. Uno recién podía andar de enamorado a los dieciocho, si tenías antes enamorada; los Padres decían: “no pierdas el tiempo, estudia, haz algo por la vida”. Con las chicas habían mayores restricciones. Ahora son otras las modas.
Mi primera sorpresa fue que Adriana vivía a diez cuadras de mi casa. Y siempre al bajar del bus en la penumbra de la noche, distinguí la silueta de un señor espigado esperándola en el paradero. Ella luego me explicó que era su Padre que siempre la esperaba.
Luego ocurrió algo que jamás pensé que ocurriría. A veces, en mi casa la señora que ayudaba a mi Madre en los quehaceres domésticos se ausentaba por motivos personales. Frente a esa circunstancia mi Madre me comisionaba para realizar las compras semanales de provisiones en el mercado de nuestro barrio. Un sábado yo estuve comisionado con dicho trabajo y fui con mi Madre en calidad de “inspectora” de lo que iba a comprar.
Oh fortuna, oh providencia, oh destino. En plena compra, aparece la figura de mi amiga y una señora de una voz alegre y la piel del color del capulí. Adriana me miró, me mostró una gran sonrisa y una cara de extrañeza. Mi Madre, que por algo es mi Madre, mujer a la que literalmente “no se le escapa nada” me jaló un borde de la camisa. Sin voltear a mirarla, saludé a Adriana, ella me presentó a su Madre y luego yo presenté a la mía
Mujeres, Dios mío, poderoso motor que mueve el mundo y cambia todo. Inmediatamente mi Madre entabló conversación con aquella señora. Adriana y yo simplemente nos miramos un instante sin decir palabra. Luego, yo solo intervenía con un “si” o un “no”, igual Adriana. Aquellas mujeres hicieron sus planes, se organizaron ante la impávida mirada de sus hijos.
De aquel encuentro, quedé yo como: el guardaespaldas oficial de Adriana, al volver en las noches de la universidad. Eso, no lo pedí yo, lo pidió la Madre de mi amiga. Mi Madre aceptó gustosa, obviamente sin preguntarme si estaba de acuerdo o no. Porque según propia expresión: “su hijo es un caballero”. ¿Caballero? Ah Madre si supieras, en lo que estoy metido.
Y pasó que un día de marzo, nos encontramos en el bus hacia la universidad y llegamos juntos como buenos amigos. Varios de mis compinches me vieron llegar con ella, nos vieron: sonrientes, cándidos e impolutos. Después al conversar yo con aquellos truhanes, el comentario era: “bien chico, eso es, hay que ganarse las cervezas como buenos varones, sigue así, no nos hagas quedar mal”.
Yo trataba de no pensar en la apuesta, era una manera de evitar mostrar cualquier signo de ansiedad.
Ella era a todas luces una “niña de su casa”, la cuidaba el Padre y la Madre. La Madre se angustiaba porque iba a una universidad pública. Aquel lugar donde va “todo tipo de gente”.
A raíz de aquel encuentro en el mercado, ocurrió nuestra primera conversación fuera de los cauces convencionales. Antes solo hablamos de cosas puntuales, no quería presionarla. Quería conocerla de a pocos. Pero ella sacó a relucir el encuentro del mercado. Me dijo que no estaba obligado a acompañarla y si tenía otros planes que no me incomode.
Tomé aquella aclaración como una oportunidad, mi primer anzuelo al agua, le dije que no era una obligación. “Me agrada tu compañía, es agradable conversar contigo”, luego que le dije aquello, en todo el trayecto en el que viajamos juntos ella guardó silencio. Yo no dije mas nada.
Al otro día, no me la encontré en el bus, la encontré ya en el salón como siempre en las primeras filas con su amiga “morticia”. Lo curioso fue su cambio de apariencia, ya no usaba aquellas blusas de color entero y cuello cerrado que me hacían recordar a los chinos de la revolución cultural. Esas blusas que un canalla colega mío apodó como “las blusas mata-pasiones”. Ahora Adriana estaba con el cabello recogido, llevaba una blusita de hilo color hueso no muy ceñida, se podía ver su hermosa piel canela. Se veía linda.
¿Qué estoy haciendo? –Me pregunté, estoy arruinando la vida de una chica. No siento nada por ella. Ella ha soltado ese aviso. –Es lo que pensé en aquel momento. ¿Me lanzo o no me lanzo?
Llegó la hora de salida, me retrasé un momento con unos amigos definiendo tareas para un trabajo grupal, fueron cerca de quince minutos. Luego de eso, salí rápidamente, casi hasta corrí para alcanzarla, al llegar al paradero solo me encontré con “morticia”. Ella me miró y me sonrió. Pregunté por Adriana. “No ha ido a su casa, tenía una reunión en otro lugar”. La miré extrañado, ella volvió a sonreír. “¿De que se ríe esta cojuda?” –Pensé.
Subí a mi bus, estaba de muy mal humor. ¿Reunión? –Me pregunté –. ¿Con quién? No me dijo nada.
Continuaremos luego.
Como siempre, mi admiración como escritor y mi afecto como persona.
Un abrazo.
Disculpen la demora, por motivos estrictamente extra literarios me he retrasado en esta parte.
Ojo, Amparito no son entregas semanales, se indulgente conmigo.
Un abrazo y gracias por la atención.
pd.: Falta un solo envío.
Mi objetivo era ganar la apuesta, eran solo cuatro cajas de cerveza y punto. Luego me preguntaba: ¿Por qué me enojo? ¿Por qué me invade la rabia? ¿Es eso estar enamorado? Se fue a su reunión. ¿Quizás en esa reunión ha conocido a alguien? ¿Me importa eso?
No me sentía enamorado, solo quería su atención. Me agradaba conversar con ella, se divertía con las sandeces que le decía; los apodos a los profesores, mis padecimientos en el laboratorio de física, ella me dio los “tips” para practicar con las ecuaciones diferenciales, no le dije en ningún momento que me gustaba. Solo la traté con delicadeza, como una amiga muy especial. Me tomé muy en serio mi trabajo de guardaespaldas. Realmente la cuidaba al retornar en las noches de estudiar. Me sentía bien cuidándola.
Me sentía incomodo. Me asaltaban las preguntas sin respuesta: ¿Qué pasaba si de pronto alguien aparece y se la lleva?, ¿Qué hacer? Mis compinches no lo olvidarían nunca: “Ahí está el sonso que perdió una chica y cuatro cajas de cerveza”, “Pero que estúpido”, “Calentador”, “Atorrante”, “Hablador”. Ese tipo de cosas se difunden y se esparcen entre la gente.
En cuanto al plazo no había problema. Estábamos en abril, tiempo suficiente para cambiar de actitud. Si fracaso tenía un margen para juntar el dinero y pagar las cervezas. A mi favor estaba: que me conoce, somos amigos y creo que no he sido impertinente con ella. Decidí cambiar de estrategia, cerrar el asunto pronto, no hay nada más incomodo que la incomodidad de estar incomodo con uno mismo.
Después de aquella noche la busqué.
La encontré en el bus yendo a la universidad. Vestía una de sus habituales blusas “mata pasiones”.
–Hola –la saludé- que bueno que te encuentro.
-Hola –contestó secamente.
-Adriana, te veo preocupada, ¿Te pasa algo?
-Hoy es el examen de ecuaciones diferenciales, me preocupa…
-Es verdad, pero no te preocupes es con el “jabalí”.
Adriana sonríe sin mirarme, el “jabalí” era nuestro profesor de cálculo responsable de las prácticas. Ya le había “tomado el pulso”, sus exámenes eran simples, nada pretenciosos. Bastaba con haber ido a su clase entender sus balbuceos e interpretar lo escrito en la pizarra. No era como el otro, responsable de la teoría, “el siniestro”. Aquel tipo sí que era maquiavélico. La mitad de la clase aparentemente parloteaba acerca del cálculo y luego escribía dos o tres cosas que parecían sin importancia. La gente creyó que era un papanatas, recuerdo el primer examen con aquel tipo, al ver mi calificación, el invierno se apoderó de mí. Recién ahí supe lo que era el “cero absoluto”.
-Adri, el “jabalí” es “buena gente” no te preocupes.
-Es que no tuve tiempo de resolver algunos problemas que propuso –me responde ella.
Saqué mi lapicero y abrí mi cuaderno en una hoja en blanco. Luego saqué la última práctica entregada y se la entregué.
-¿Cuál de estos problemas no está claro?
Ella se sorprendió con mi aire de suficiencia, es que realmente me la pasaba estudiando las “ciencias exactas”. Leyó detenidamente la hoja y su delicado índice señaló un problema. Rápidamente leí el enunciado. Elaboré mis supuestos y hallé una solución. Le alcancé mi cuaderno. Adriana revisa mi solución, mordiéndose los labios. Ese perfil me encantaba, su frente suavecita sin rayas, sus cejas claras y sus pestañas enormes.
-Está bien creo –me dice algo incrédula.
-Adri, pero si tú me enseñaste esto. Tú me diste los “tips”.
Adriana sonríe nuevamente.
–Es que soy así si no estudio antes no me siento segura.
-A mí también me pasa, pero cuando yo me preocupo, es porque realmente soy un asno. –Se lo dije riéndome.
Bajamos del bus y caminamos hacia nuestro salón, conversamos de otras cosas. Aquel día dimos el examen y nos fue razonablemente bien. Acordamos reunirnos los sábados en las tardes, eso lo propuse yo, para revisar y resolver problemas matemáticos. Acordamos que sería en la universidad.
Los sábados en la tarde la universidad esta vacía, un silencio extraño se apodera de todos los ambientes. Es agradable estudiar así, también es agradable estar con ella a solas. Nos encontramos e inmediatamente con una gran seriedad nos dedicamos a vencer aquella materia que sabíamos era: “el rival a vencer”. Luego de dos horas y a veces tres, salimos a caminar, conversamos.
Me fui adentrando en su manera de vivir, en lo que pensaba y en lo que creía. Yo también le hablaba de lo mío.
Fueron dos meses de exclusivo estudio, cortejo y seguimiento. Debo confesar que me irritaba cuando la veía conversando con otro muchacho. No sabía si se daba cuenta o no. También que desaparezca sin decir nada. Sé que era tonto, ahora lo recuerdo y me río. Pero en esa época no.
Eran finales de junio y decidí cerrar mi aventura, pagaba esas cuatro cajas o me convertía en miembro de aquel grupo que los de mi cofradía llamaban: “casados”.
Una tarde de sábado ya habíamos terminado de estudiar, saqué unas monedas, compré unas galletas. Por nuestro camino había una rotonda, con un árbol inmenso que la cubría. Al llegar a aquella rotonda le dije:
-Adri, un favor nos podemos sentar un momento a conversar.
-¿Para qué? –Me preguntó extrañada.
-Vamos Adri, solo un momento. No te voy a morder, tú sabes que soy inofensivo…
-Ella sonrió y se sentó.
Al verla sentada me sentí perdido. Sus brazos cruzados denotaban impaciencia. Me senté yo también. Había pensado tantas cosas que decir, pero no sabía cómo empezar a hablar. La miré, ella estaba de costado sin mirarme. Me sentía un pobre diablo.
-Adriana, creo que es el último sábado que estudiaremos juntos. El examen final es este martes. Ya no nos veremos…
-Sí, si nos veremos, faltan cuatro años de estudio. Me gustó estudiar contigo.
Una respuesta, tranquila, natural. Era evidente que cualquier esperanza para mí era nula.
-Adriana, es que... –me rasque las cejas. –Yo no podré estudiar contigo.
-¿Qué pasa te vas de la universidad?
-No, no es eso… -me volví a rascar las cejas. –No podré estudiar contigo, porque me gustas demasiado. Siempre que te veo quisiera abrazarte, darte un beso. Reírme contigo, cuidarte. Cuando te veo conversando con algún otro muchacho, me siento mal. No sé si esto es amor o se le parece bastante.
Después de decir eso ella no me miró, solo veía su perfil. Soltó un poco los brazos y nerviosamente movía un pie. Nos quedamos en silencio. Yo tenía un nudo en la garganta. Ella seguía moviendo su pie.
-Lo que pasa que no quiero tener enamorado…
Su carita estaba roja, como si quisiera llorar. Miserable, eso era, un miserable fastidiando a una chica, por mi estúpida apuesta. Para cubrir cualquier vestigio de mi canallada, eso también lo había pensado le dije:
-Adri, está bien, te entiendo. Tú sabes lo que siento por ti, pero para no incomodarte mas, es mejor que me aleje. Ya no te molestaré acercándome a ti, no me gusta que la gente me vea como un tonto…
-Es que en realidad no me molestas, me gusta tu compañía - me interrumpió –Eres una buena persona, pero no quiero tener enamorado….
No, sabía lo que pasaría, convertirme en el eterno pretendiente de alguien. Un compromiso sin compromiso. Es lo que ella sugería.
-Adri, mejor dejémoslo ahí, yo tampoco quería tener enamorada. Hasta que te conocí.
Ya era de noche, no le iba a suplicar, ella seguía con los brazos cruzados.
-Ya es tarde, se puede preocupar tu mami.
-Si es mejor irnos ya.
De todos los regresos que tuve con ella aquel fue el más silencioso. Ella tenía razón, nos íbamos a seguir viendo. Pero para mí ya no iba a ser igual. Ella era la primera mujer a la que le dije que la amaba y también la primera mujer que me había rechazado. Ella estaba tranquila, creo, yo siempre sabría que no era de su gusto.
Me sentí triste. Traté de buscarle el lado positivo a mi fracaso. Tendría otra borrachera, coincidía con el fin de semestre y el fin de algunos cursos. En el trayecto a mi casa pensé en cómo conseguir el dinero para esa borrachera.
Continuaré luego con la parte final.
Saludos, inspiración y un abrazo.
Sinrima
Nuevamente gracias.
Un abrazo
No me esforcé en buscarla, cuando la veía, la esquivaba. Si era inevitable encontrarme con ella, la saludaba sin acercarme y seguía de frente. Ya no la perseguía como antes, mis retornos eran tristes. Mi semblante al parecer era diferente, algunos colegas de mi logia, sospechaban algo. “¿Cómo vamos?” preguntaron, “Vamos mal”, les respondí.
Finalizaron los exámenes de aquel semestre, no hay plazos que no se cumplan ni deudas que no se paguen, tenía las fichas suficientes para pagar mi apuesta. Convoqué a los integrantes de mi logia. Éramos borrachos, pero éramos legales. Aquella tarde de sábado uno de mis colegas sacó el papel escrupulosamente guardado. Sin más preámbulo, llamé al cantinero y en el acto le pagué las cuatro cajas de cerveza. Me entregaron aquel papel y sin decir nada lo rompí. Todos aplaudieron y gritaron.
Luego, como profundo conocedor de mi rebaño, hice una advertencia muy al estilo de mi tiempo y edad:
-Señores, he cumplido mi promesa, el primer hijo de puta que suelte indirectas conmigo o con Adriana fuera de esta mesa. Le saco la mierda.
Mis palabras sonaron amargas en aquella reunión que se suponía era de jolgorio; a pesar de aquel rechazo, que bien merecido tenia. Adriana, era mi amiga y no hubiese soportado que nadie haga escarnio con ella por mis estupideces.
Uno de mis allegados me interrogó:
-¿Qué pasa compadre, te quedaste ”templado”?
-No es eso. Ella es mi amiga y yo no soy el payaso de nadie. –Respondí.
Cumplí mi parte de la apuesta. Aquella tarde bebimos como siempre más de la cuenta. Al regresar a casa y subir en aquel bus, me sentí triste, recordé su cuerpo delgado suave casi sin curvas evidentes, su sonrisa sincera y aquel cuello que soñaba con besar. Aquel regreso ya no era el regreso feliz, era un regreso cualquiera, un regreso aburrido de hora y veinte hacia mi casa.
Hice lo posible por regresar a la monotonía de mi vida, retomar mi rutina, olvidarme de ella y de mis maquinaciones. Se inició el siguiente semestre, nuevos cursos, nuevos maestros. Los ojos bien abiertos, tratando de indagar cuales eran los cursos más complicados y cuales los más sencillos. Midiendo las fuerzas y las de los maestros. Buscando la bibliografía de cada curso, ensimismado, no sé si será correcto decir esto: “tratando de estudiar para olvidarme de ella y mi fracaso”.
Una noche que salí de la universidad, premeditadamente más tarde de lo debido. Encendí un cigarro para acompañarme, en medio del humo del cigarro distinguí una figura conocida. Era ella que seguía nuestra habitual ruta. Dudé, ¿Voy tras ella o no?, decidí alcanzarla. Era tarde, mi curiosidad pudo más que mi despecho.
-Hola Adri, ¿qué haces por acá tan tarde?
-Me retrasé, estaba revisando unos libros en la biblioteca.
La vi directamente a la cara, su semblante era triste, me preocupé. La detuve suavemente.
-¿Qué te pasa, te sientes bien?
No me decía nada simplemente miraba al suelo. La abracé suavemente sin decir nada y caminamos en silencio, nos sentamos en una banca.
-¿Qué te pasa Adri? –Le susurré al oído.
-Es que en realidad si quiero estar contigo…
-Vaya que bueno, porque ya me estaba desanimando –y le sonreí.
La besé suavemente, fue mi primer beso decente, todos los besos anteriores fueron besos corrientes, besos “pacharacos”, besos “de mentira” si cabe el termino. Al sentir sus labios fríos, pensé en mi vida, pensé que quizás me quedaría con aquella mujer toda la vida, ese beso era una pregunta sin respuesta.
Nos miramos un instante muy cerca, ella sonrió, yo simplemente la miraba emocionado.
-Es tarde, es mejor irnos –le dije.
-Tienes razón.
Fuimos al paradero del bus tomados de la mano, no pensé que aquello ocurriría, había jugado todas mis cartas. Pero al final ella decidió.
Extenderme en narrar la cara de mis compinches al verme de la mano con Adriana, lo creo innecesario. No fuimos felices para siempre; los tiempos cambian, maduramos, vemos el mundo en forma diferente. Tomamos caminos diferentes. Fue la primera mujer que amé con el corazón, antes había amado pero de manera diferente.
Al iniciar este relato, hablé de un regalo, el regalo por el día de San Valentín. Mi primer regalo fue una rosa amarilla, fue lo más bonito que encontré. Le retiré todas las espinas y la llevé debajo de mi camisa para que no la vea.
La verdad nunca supe en qué momento me enamoré de ella. Es posible que antes de la apuesta ya estaba enamorado o quizás cuando la encontré en el mercado con su Madre o cuando la vi con su carita triste y me dijo aquello. Creo que necesitaba un buen motivo para ir por ella, que mejor motivo que cuatro cajas de cerveza.
Es todo.
Buena parte de esta historia es real. Hace unos meses me encontré con un amigo que estuvo en aquel evento de la apuesta. Conversamos y recordó eso, le aclaré algunos detalles que no conocía. Nos reímos de aquellas locuras de muchacho. Locuras de hace más de veinticinco años. Mi amigo en son de broma me sugirió escribir esto, me dijo: “sospecho que escribirás un bodrio”. “Un bodrio de aquellos”, contesté. Es difícil que mi amigo crea que lo llegué a escribir, es difícil creer que a esto le llamé yo escribir.
Les pido me disculpen los errores de concordancia y ortografía. También mi procacidad inevitable en algunos casos. La vida a veces no se puede narrar en forma tan meliflua. Es una opinión muy mediocre y muy personal.
Adeu
Ya lo presentía: Adri acabaría por quererle de enamorado porque ¿Quién no?... Él es un chico tierno y noble, con las tonterías y presiones propias del grupo juvenil.
Hasta el próximo relato.
Un abrazo.