Cuando cumplí treinta y seis me convertí en el viejo. En mí viejo, así le digo yo cuando él no está.
Era viernes y de la noche anterior (la que fuera mi última noche como yo mismo), sólo recuerdo que clausuró entre truenos y repiqueteos de ventanas. Ahora es que me esfuerzo, en éste instante de lucidez, de presunta vigilia, por contar mi experiencia que, espero esté ajena de cualquier subjetividad paterna.
Noviembre se intercalaba entre calores soportables y tormentas tropicales. Los diarios auguraban un diciembre caluroso y con cifras récord de turistas en Mar del Plata y Carlos Paz; casi todos veraneábamos dentro de los límites del peso argentino; lo sé porque guardo los vestigios de la información inútil que siempre memoriza o inventa mi viejo(asumo rápidamente que no podré contar mi historia desde un yo absoluto)
No recuerdo nada más de la noche anterior, pero deduzco que me dormí temprano, antes que el reloj marcara las cero horas; habrá sido un día cansado porque me había adiestrado en la costumbre de escuchar sin excepción La venganza será terrible hasta las dos de la mañana. De haberlo hecho, habría notado (sentido) los primeros cambios. Ahora que lo pienso, pudo ser éste detalle el primer indicio de mi transformación. Dolina siempre le cayó pesado al viejo, a mí viejo.
Trabajaba en la oficina, y por entonces estaba harto de la rutina y venía arrastrando la supuesta crisis de los treinta desde hacía como diez años.
Atravesaba una crisis laboral que se agravaba por las constantes diferencias ideológicas que parecían multiplicarse ante cada noticia comentada por cualquiera en la oficina. Ya había aprendido a evitar ciertos temas, pero era una época en la que cada palabra parecía tener una carga política inevitable.
Llegaba a casa, dos y hasta tres veces por semana, mordiéndome los labios y resoplando furia. A veces interpretaba en el tren, para diversión o sorpresa de los noctámbulos pasajeros del San Martín que miraban de reojo, más cansados que yo, el debate que había preferido sortear durante la media hora de almuerzo.
Finalmente decidí aislarme de las charlas de café, que se daban a cualquier hora y complementando cualquier infusión.
Me fui apartando casi de toda conversación, acomodando entre frases neutras y silencios incómodos.
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Mi viejo es un tipo tranquilo, manso y esa serenidad fue lo primero que sentí la mañana del viernes. Una pasividad incómoda, una angustia acumulada, la suma de viejas y nuevas resignaciones. Me levanté cansado y debí correr al baño. Tenía las piernas adormecidas y los ojos aturdidos y volví a la cama sin notar que a las nueve y cuarto yo era mi viejo; una versión menos aterradora quizá, de Gregorio Samsa, diría si no fuera que, a diferencia de mi padre, yo jamás he podido leer a Kafka.
Me levanté pasadas las diez, tenía la boca ácida y las encías blandas. Me lavé los dientes y al rato empecé a salivar (como el perro de Pavlov apuntaría él)
Más tarde entendí que tenía, como me invade ahora, sed de cigarrillo.
Aún evadía el espejo, pero esa es más una costumbre mía. Me sumergí bajo la ducha fría y sentí la violencia de las primeras gotas que chocaban contra la piel anestesiada y el cráneo indefenso. Cerré rápido la canilla y me quedé inmóvil. Algo flácido me colgaba del cuello y del vientre. Salí sin secarme, creo. Me planté frente al lavamanos y para mi sorpresa no sólo era calvo y arrugado, sino que me miraba culposo, mi padre desde el espejo. Corrí a la cama y me quedé un largo rato con la cabeza bajo la almohada. Me goteaba la frente y la nuca y creo que lloré. Me tanteé sin abrir los ojos y confirmé que apenas tenía pelo sobre las orejas. Apreté fuerte los ojos haciendo fuerza para despertarme, pero no estaba dormido. Creo que volví a llorar, ya estaba seco. A las once y media tomé coraje y con un pronunciado dolor de espalda me volví a levantar (tenía el aplomo de un setentón) Necesitaba fumar, yo que nunca fumé. Esquivé el baño y pasé de largo hasta la cocina. Puse la pava, encendí la televisión y mientras miraba el noticiero me planché una camisa y me lustré unos mocasines marrones que me había comprado hacía una semana, como regalo anticipado de cumpleaños.
Todavía había viento y los golpes en las ventanas no me dejaban escuchar el estado del tránsito, subí el volumen casi al máximo y me sentí mejor.
Me preparé un té de boldo sin azúcar y decidí regresar para ver qué tan grave era. Me costó familiarizarme pero se ve que a los setenta y tantos son pocas las cosas que pueden sorprenderlo a uno. Hacía rato que no pasaba por lo del viejo y volví a sentir culpa, pero esa vez creo que la culpa era mía.
Cuando conseguí mantener la vista, me encontré con un rostro repleto de arrugas(eso fue lo más duro), las rayas que me tachaban las mejillas, la frente y la raíz de los ojos. La primera reacción fue de desprecio, un segundo duró, justo cuando me chocaba con las bolsas de los ojos que se hermanaban con las pesadas cejas a modo de sombra. Creo que en ese momento fue que muté completamente en él, porque ya no me molestó. Me enjuagué las arrugas y regresé al espejo, ya siendo mi viejo.
Después de unos largos minutos de rutina, volví al baño y conseguí verme, a mí y no a él, lejos, en el fondo de las retinas cansadas, en los labios que ocultaban una vieja dentadura, en una sonrisa pícara que parecía haber estado siempre y que recién entonces descubría. No era tan grave, “Hay cosas peores” pensé.
Me vestí pacientemente y creo haberme dicho: “Hoy cumplís treinta y seis, tenes que seguir, habrá que hacer de tripas, corazón”, apagué todas las luces, cerré con llave y salté rapidito a la calle para no perder el tren de las doce y veinticinco.
Al viejo, a mi viejo, no le gusta nada llegar tarde a la oficina.
Comentarios
Ciertos pasajes en sus escritos permiten que un argentino o quien pasara por tal pais lo disfrute sobremanera.
En este caso Dolina.
Algo que criticar?
Gracias!
sí, que yo tengo 33 años y me siento como el prota de la historia!
Socorro:D
Pero me ha parecido un texto bueno de verdad en su conjunto. Y ya sabes que no soy fácil de contentar
También se que tengo serios problemas con la puntuación y lucho con eso. Empecé un taller y espero que ahí puedan ayudarme, entre otras cosas, con ese tema.
Gracias Auxi, Gracias.
Si en algún momento consigues unas pocas reglas sencillas ya me las pasas :rolleyes: