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22 cortos

AljamodAljamod Fernando de Rojas s.XV
editado febrero 2012 en Narrativa
El martes pasado cumplí 2 años en el foro. He posteado, con diversa fortuna, entre 150 y 200 textos.
A continuación dejo 22 relatos cortos que he seleccionado de los que escribí en el año 2010. Les hice algunos cambios y correcciones que, tal vez, no consiguieron evitar errores.


El mal genio de Dionisio


En una fresca tarde de septiembre compré una botella de vino tinto que se encontraba solitaria en un estante del Supermercado de la esquina. Por la gruesa capa de polvo que la recubría supuse que tenía varios años de envasada, pero al ver que decía Tannat cosecha 2011, con gran perspicacia deduje que allí eran poco afectos a la limpieza.
Al llegar a casa tomé una copa y me dispuse a descorchar la botella del preciado líquido, dispuesto en primer término, a paladear esa marca que aun no conocía, y posteriormente, a comprobar si había mucha borra en el fondo de la misma.
Apenas destaparla me invadió su aroma penetrante, aunque no conseguí distinguir los "aromas a frutos rojos y negros muy maduros, especias, chocolate amargo que se acentúan cuando se estaciona por algún tiempo", descripción que lucía la etiqueta plateada.
Lo que sí pude notar, fue un extraño y ligero vaho que salió de la botella, y que luego se transformó en una densa humareda que tomó una forma humanoide que no resultó ser otra cosa que un Genio, con claros signos de estar completamente borracho.
A continuación me alentó a elegir tres favores que me concedería gustosamente, con única condición de que bebiera solamente una copa de vino.
Totalmente irritado y a la velocidad del rayo vacié en el fregadero el contenido íntegro de la botella, consiguiendo así la inmediata desaparición del insolente y malvado Genio.
Presuroso volví al Supermercado y compré la botella del Tannat de siempre, la cual comprobé, contenía poco borra en el fondo.

Les digo ¡No!


No a la sensiblería barata que va de la boca para afuera.
No a los dóciles corderos siguiendo caminos trillados por los monos de Gibraltar.
No al amarillismo de ceguera que ofrecen prensa y TV.
No a los chismes de gente que no tiene vida propia, y a los chimenteros profesionales.
No a quienes se dejan imponer el consumismo brutal tan solo para sentir que no son menos que los demás.
No a la diaria hipocresía de quien te sonríe en la cara y te apuñala por la espalda.
No a los titiriteros de un mundo que entrega oro por espejitos de colores.
No a la oculta mano que mece las cunas y anestesia las mentes de nuestros niños.
No a todas las mentiras que nos han contado a lo largo de la historia.
No a quienes nos empachan con entretenimientos porque no es conveniente que pensemos.
No a los negreros que intentan convencer a sus esclavos de que el trabajo es salud.
Pero por sobre todo le digo ¡No!, a esas personas criticonas y negativas que siempre tienen un no en la punta de la lengua.


El derrotero de Victoria


Haciendo oídos sordos a la estruendosa algarabía con que las miles de personas festejaban la victoria de su equipo en la final, y no pudiendo evitar el recuerdo de que alguna vez él también supo exteriorizar su felicidad por esas batallas que se ganan en la vida, pero que nos son más que pompas de jabón, masculló entre dientes que la derrota enseña, endurece el carácter, mantiene alerta los sentidos y aumenta la sed de victoria.
Haciendo luego sus recuerdos y pensamientos a un lado, se dispuso una vez más a hurgar en el tacho de la basura.


Un obsequio para Martín


Cuando Martín perdió su canica preferida en un hoyo que había en el borde de la vereda, su disgusto fue tan grande que su llanto se escuchó en toda la cuadra.
No fueron suficientes la promesa de su padre de traerle una bolsa llena de nuevas canicas, los esfuerzos de su madre de convencerlo de que dejase de llorar a cambio de comprarle el camioncito que había visto en la vidriera de la juguetería, que su abuela le prometiera una gran torta con mucho dulce de leche, ni que su hermano mayor le asegurara que le prestaría la pelota de básquet, y que además, jugaría con él.
Martín lloró, gritó y pataleó hasta que el cansancio y el sueño le vencieron, y se fue a la cama mucho más temprano de lo acostumbrado.
Los años pasaron, Martín creció, estudió, se convirtió en profesional y consiguió trabajo en una dependencia del gobierno.
Y la primera vez que, a cambio de favorecer a una de las empresas que se habían presentado a licitación para la construcción de una obra, le ofrecieron el obsequio, Martín, mirando nerviosamente a su alrededor, tomó el sobre y disimuladamente lo guardó en el bolsillo de su reluciente saco.

Comentarios

  • AljamodAljamod Fernando de Rojas s.XV
    editado febrero 2012
    Un brillante científico


    Desde hace cuatro años, Julián trabaja en una de las más grandes empresas farmacéuticas del mundo. Al principio le costó bastante acostumbrarse al ritmo de trabajo. Las presiones eran muchas. En ciertos momentos se le tornó muy difícil adaptarse a los requerimientos de los dueños de la multinacional, pero le bastó un descubrimiento importante para pasar a formar parte del directorio de la empresa.
    Descubrió y aisló la mutación de séptima generación de un virus hasta entonces desconocido, el cual siendo fácil de esparcir, y sumamente contagioso, podría acabar con la vida de millones de personas en todo el mundo.
    Y claro está, descubrió el principio activo que lo destruye.


    Un hombre y su hijo


    Un hombre caminaba con su hijo de 6 años por una plaza atestada de gente. Al ver que el niño tiraba al piso el envoltorio de una golosina que le había comprado segundos antes, detuvo la marcha y le regaño severamente, obligándolo luego a recoger el papel y depositarlo en un recipiente para residuos que por allí había.
    Minutos más tarde, caminando de regreso a su casa por una calle poco transitada, arrojó a la vereda la caja de cigarrillos que había quedado vacía.


    La tarde que llega a su fin


    La tarde llega a su fin. Arriba, la luna y el lucero dominan el firmamento.
    Sentado en mi jardín con el termo y el mate, contemplo la pequeña viña que se extiende, calle de por medio, frente a mi casa.
    El sonido de Marley no desentona con el canto de las aves posadas sobre el enorme ceibo y los cables del tendido eléctrico.
    ¿Es necesario acaso algo más para sentirse dichoso?


    A la espera


    ¿Quién no ha tenido alguna vez problemas para encontrar ese molesto pero necesario objeto que a través del tiempo ha ido reduciendo su tamaño y aumentando su complejidad?
    Hoy día la tecnología ha llegado a modificar su fisonomía al extremo de que en países avanzados ya ni siquiera es utilizado, y es más que nada un símbolo, aunque se mantiene en uso la acción que con ese molesto pero necesario objeto se realiza. Claro está que en los países subdesarrollados todavía existe, y es tan importante, que su extravío complicaría la vida a más de uno.
    Casi desde los albores de la civilización, tiempo en el cual comenzó el hombre su utilización debido a la invención de la propiedad privada, las llaves han sido de uso común y diario.
    La primera llave que documenta la historia procede de Nínive, ciudad de la antigua Mesopotamia. En Egipto, hace 4.000 años, eran de madera, y como sucede con casi todo novedoso objeto que hoy se lanza al mercado, su uso era exclusivo de las personas adineradas.
    A través de Teodoro de Samos, siglo VII A.C., fueron los griegos quienes la perfeccionaron y pusieron a disposición del pueblo.
    En la época de las Cruzadas, y mediante los cinturones de castidad, fue de utilidad para los Caballeros, quienes pudieron pelear sus guerras contra los fieles al Islam con la tranquilidad de que sus esposas no les fueran infieles.
    Después, con el transcurso del tiempo, nació la profesión de cerrajero.
    Y es precisamente eso lo que estoy esperando mientras esto escribo. Un cerrajero que me permita entrar a mi casa, ya que perdí las putas llaves.


    Fritjof Capra y las palomas


    Hace ya unos meses que un par de palomas rondan el techo de mi casa. Al principio no les presté mayor importancia, más allá del "uh uh, uh uh" que en ocasiones se escucha por la boca de la estufa, y el "uh uh, uh uh" que en el silencio casi absoluto de las mañanas de domingo, más de una vez me ha despertado.
    Pero hace un par de semanas atrás, al lanzar una piedra hacia el techo para espantar a la molesta pareja, resultó que salieron ocho palomas volando. ¡Uf! ¡Mi matemática apesta! pensé.


    Unos instantes atrás terminé de lavar el piso de la sala y de la cocina-comedor, ya que hace un par de horas se fueron de casa un par de muchachos que vinieron a limpiar la estufa de la sala y el lugar quedó todo sucio, aunque el piso de color gris oscuro no lo evidenciara.
    Para darme cuenta del grado de suciedad que había quedado, me bastó con mirar la planta de uno de mis descalzos pies.
    Pero lo que más me molestó de la limpieza de la estufa no fue el hollín que quitaron del pulmón, sino la cantidad de tierra, pasto y caca de palomas que había depositado en él.

    - ¡Mierda! -dije- ¡Qué cagada! ¡Ahora resulta que el invierno pasado me comí algún asadito con aderezos especiales!


    Uno de los muchachos me dijo que comprara un poco de maíz y que lo metiera en una botella, que posteriormente la llenara con querosene y que luego de un tiempo retirara el maíz y lo dejara secar al sol.


    -Eso de seguro las matará -me dijo.


    Me pareció un tanto cruel matar de esa forma a las palomas. Me parecía un poco más civilizado hacerlo con una chumbera.


    Según lo expresa Fritjof Capra en su libro "El Tao de la Física", o mejor dicho, según lo que a mí me quedó luego de haberlo leído con bastante esfuerzo, es que aún no se ha encontrado el ladrillo básico de la existencia, que cada pequeño trocito de materia que se ha analizado está compuesto a su vez de otros pequeños trocitos, y así presumiblemente hasta el infinito.
    Esa idea me trajo a la mente el envase de pulidor Bao que solía mirar de niño, y en cuyo envase podía verse a unas personas sosteniendo en primer plano un pote de pulidor Bao, en el cual podía verse a un grupo de personas sosteniendo en primer plano un pote de pulidor Bao, y así hasta el infinito. Ese fue el hecho capital, que allá por los siete u ocho años de edad, me hizo tomar consciencia de la noción del Infinito.


    La idea que me quedó del libro del buen Capra es que todos estamos conectados con todos y con todo, es decir, todos somos Uno.
    Así que aún no decido que hacer con las palomas. Si todo y todos estamos conectados, creo que lo más humanitario sería comprar un par de metros de tejido de alambre para tapar la boca de la chimenea. Es preferible desalojarlas que matarlas, y tal vez matarme un poco a mí mismo.


    Crimen en una noche de verano


    Agazapados al costado de la ruta, no lejos de la estación de servicio, y amparados por la impunidad que les otorga la noche, pacientemente esperan el paso de sus víctimas.
    Les llevó un par de horas de estudio, y antes de eso, unos cuantos días de observación, pero han planeado cuidadosamente esta operación que los llevará hacia su objetivo: los corazones de sus víctimas.
    En el instante preciso comienza la calculada maniobra, que no dura más de un par de minutos.
    Trepan al camión que ha partido desde la estación y lentamente asciende el largo repecho. Las víctimas son tiradas hacia la banquina donde minutos después son devoradas.
    Nada como los rojos y frescos corazones de unas cuantas sandías maduras, en una calurosa noche de verano.
  • AljamodAljamod Fernando de Rojas s.XV
    editado febrero 2012
    Empleado del Señor


    Mi nombre no importa. Basta con decir que soy empleado del Señor. Empleado del Sr. Manuel, propietario de una carnicería en la cual trabajo desde hace un par de años.
    El confió en mí y en mis aptitudes, ya que soy Médico especializado en medicina forense, carrera que me llevó nueve años finalizar, aunque no ejerzo.
    Si bien llegué a considerar seriamente la idea de ejercer, la prostitución, porque sé que hay ahí dinero seguro, el tiempo pasó y no me decidí. Ahora con 38 pirulos creo que ya es algo tarde.
    Cuando mi mujer se enteró de que esa idea estuvo rondando por mi cabeza desde antes de casarnos, puso el grito en el cielo y me preguntó por qué diablos no lo hice.
    Le respondí que si bien el tamaño de mi sin hueso era imponente, me parecía un poco antihigiénico usarla con cualquier desconocida.
    Ella me respondió que tenía razón, pero que eso no me impedía ganar algún dinerillo, pues lo único que tenía que hacer era bajarme los pantalones, agacharme, y quedarme quietito dándole la espalda a cualquier desconocido.
    Indignado y levantando mucho la voz le retruqué que para puto yo no servía. Que ya había probado fresco, mamado y drogado, y que ninguna de las tres veces me había gustado.
    Su grito alcanzó entonces el cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter. Hecha una furia me echó el vale cuatro diciéndome que tampoco le gustaba la pocilga de mierda en la que vivimos y sin embargo ahí estaba todos los días.
    Todos los días nos gritamos, nos gritamos para podernos oír, porque vivimos en pleno centro, entre una sala de maquinitas y un boliche de Salsa.
    Salsa para vivir, salsa para ser feliz dice una canción de Los Twist, y bailando un twist de Chubby Checker nos conocimos en un baile de disfraces. Ella llevaba un gracioso disfraz de bruja y yo uno de Rock Star.
    A mí me sedujo ver como montaba su escoba y a ella mi lengua a la Gene Simmons. Y no era de utilería.
    Es que cuando niño mis padres me llevaron a consultar porque hablaba con un poco de acento frrancés, arrrastrando demasiado la letra errre. Y la doctora creyó que cortando mi Frenulum Linguae arreglaría el inconveniente.
    Luego el problema fue otro, aunque cuando a los doce años de edad conocí a Kiss, ya no me sentí tan solo, y unos años más tarde ya no volví a estar solo jamás.
    Jamás pensé que el disfraz de mi mujer era en verdad su atuendo de todos los días, y que su escoba volara de verdad. Claro que ella tampoco imaginó que mi ropa de cuero y tachas, y mi cara pintada como la de un murguista, era lo que usaba a diario.
    A diario me solicitaba que utilizara en ella mi lengua, porque aseguraba que la hacía volar más que su escoba, la que últimamente estaba perdiendo algunas pajas.
    De las pajas no voy a hablar, porque considero que es algo muy íntimo. Pero si de confesiones se trata, he de hacer la mía.
    Una tarde corté varias de las cuerdas que unían las pajas de su escoba, y cuando esa noche se fue a una reunión con sus amigas y colegas de la infancia, cayó al suelo desde inestimable altura.
    Cuando llegó el momento de realizar el reconocimiento de su cadáver, no tuve problema alguno. Me limité a mirar a mi colega y asentir con la cabeza.
    Su nombre era Alicia Blair. Su nombre de bruja claro, no el real. El mío no importa. Basta con decir que soy empleado del Señor.


    La luna


    Fue realmente algo increíble, y nunca lo olvidaré.
    La luna estaba enorme, y brillaba como nunca antes.
    No tengo palabras para explicar mis sensaciones de entonces.
    Parecía que hasta podría tocarla.
    ¡Me hubiera gustado hacerle una tierna caricia!
    Minutos después, cuando el módulo alunizó, la pisé.


    ¡Ah!


    Notó que sus pulsaciones aumentaban, mientras su cuerpo se recargaba de una energía que hacía mucho no sentía, pero que conocía muy bien. Esa sensación de libertad y poder que le invadía parecía convencerlo de que podría alcanzar cualquier meta que se propusiera.


    Desde un cielo despejado el sol daba vida a su sombra, que moviéndose a buen ritmo, se deslizaba sobre la hierba amarillenta que flanquea la angosta carretera zigzagueante que termina perdiéndose entre el monte que anuncian los primeros eucaliptos, que ahora le ven pasar.


    ¿Cuánto hacía que no salía a correr? ¿Dos años? ¿Tres quizá? Eso ya no interesaba. Lo importante era que marchaba, consumiendo metros, quemando calorías, oxigenando la sangre, reactivando los músculos de sus piernas y las células de su cerebro.


    El airecito tibio de la tarde acariciaba su cuerpo perlado de transpiración.
    ¿Por qué motivo había dejado sus aeróbicos a un lado? ¿Falta de tiempo? ¿Cansancio? ¿Ausencia de motivaciones? ¿O por aquella lesión que nunca curó bien, y que le hizo pegar un grito y rodar por el asfalto?


    ¡Próximamente en todas las librerías!


    A: - Pues sí. Este título nos ha gustado. Describe perfectamente los distintos temas que tocas en tu nuevo libro, y al mismo tiempo nada dice de él.


    B: - Eso es verdad. El sustantivo es conocido en el mundo entero. La adjetivación causa mucha sorpresa, pero es el adverbio la parte clave del título, pues cuando dimos con él, nos hizo dudar, y fue entonces cuando decidimos que era el correcto.


    C: - Definitivamente tendrá fuerte efecto en el público. Es poseedor de una seducción tal que ya verás, atraerá la mirada de los compradores más cautos, la de varios escépticos y la de unos cuantos intelectuales. ¡Ya ni hablemos del público fácil! Ese quedará enganchado y correrá a comprar el libro apenas vea la obrita de arte que hemos encargado a los publicistas.


    A: - Te auguramos un rotundo éxito. No será como tu ignorado primer título.


    C: - Claro que no. No existe siquiera un punto de comparación. Contratamos a un lingüista, a una socióloga, a un historiador y a un catedrático de la facultad de humanidades, todos ellos excelentes en lo suyo. Le han dado a tu obra un toque de distinción que la hará sobresalir entre las publicaciones de los últimos veinte años.


    E: - De eso quería hablarles. He leído mi libro y casi no lo reconozco. ¡Ni siquiera el título es el que escogí!

    C: - ¡Ah! Hablando de eso... Olvidamos mencionar algo muy importante. Es absolutamente necesario que escojas un nombre artístico. No podemos permitir que esta obra sea asociada al fiasco que resultó tu primer título.


    E: - Pero... ¡Es que con tantos cambios que le han hecho ni siquiera podría considerarme el autor del libro! ¿Qué clase de escritor sería entonces?


    C: - ¿Escritor? ¿Tú quieres ser un escritor? ¿Es que acaso piensas que ese libro que publicaste hace dos años, y del que solo se vendieron 100 ejemplares, te convierte en un escritor?
  • AljamodAljamod Fernando de Rojas s.XV
    editado febrero 2012
    Perdimos por un punto


    Hace exactamente una semana salí un par de horas más tarde del trabajo. A último momento llegó un blindado con una fuerte suma de dinero y no tuve otra opción que realizar el control de la remesa que nos enviaban desde la central.
    Luego de terminar cogí el saco, aflojé el nudo de la corbata y salí del banco con bastante mal humor.
    El partido de básquet que jugaba todos los jueves con unos amigos ya estaba por terminar, así que, maldiciendo, cargué el bolso con la ropa deportiva y me dirigí hacia el estacionamiento.
    Estaba deseando llegar a casa para quitarme el traje, y fundamentalmente, los zapatos, que desde hacía rato me estaban torturando.
    Antes de coger por la ruta que me llevaría a mi hogar, distante unos diez kilómetros de la zona urbana, paré a comprar unos analgésicos para el molesto dolor de cabeza que había causado mi mal humor.


    -¡Buenas tardes señor! ¿Qué desea usted? -me preguntó el dependiente de la farmacia enseñándome una gran sonrisa.


    Luego de terminar de atenderme, en forma por demás amable, continué mi camino, llegando a casa cuando comenzaba a anochecer.


    Esta tarde el básquet se me dio de buena manera. Metí cuatro triples, hice cinco penetraciones en doble ritmo que terminaron en canasta, robé dos balones, tomé cinco rebotes y asistí varias anotaciones de mis compañeros.
    Cuando terminó el partido, que finalmente perdimos por un punto, nos tuvimos que marchar sin ducharnos debido a las reformas que se estaban haciendo en los baños y vestuarios del gimnasio.
    Con mi raída dryfit de la suerte, y el descolorido pantalón que diez años atrás usé en la final del campeonato departamental, me fui a casa, no sin antes llegar a la misma farmacia que el jueves pasado, esta vez para comprar algún gel anti inflamatorio con el cual aliviar un poco la hinchazón de mi tobillo izquierdo, producto de un viejo esguince mal curado.


    -¿Sí? ¿Qué vas a llevar? -me espetó el dependiente, recibiéndome esta vez con rostro huraño y sin apartar un segundo de mí, esa mirada que sentí cargada de temor y desconfianza.


    Monos en la cara


    Esta mañana me desperté sintiéndome bien y de buen humor. Al acercarse el mediodía comprobé que me encontraba aun mejor que antes, lo cual me hizo poner más contento.
    A primeras horas de la tarde mi dicha era tal que casi podría asegurar que la felicidad había decidido hacerme una visita, totalmente inesperada por cierto.
    Luego de salir del trabajo, y mientras caminaba hacia la casa de mi novia, noté que la gente se fijaba en mí más de lo acostumbrado. Eso me dejó tan confuso que hasta me llegó a provocar una leve molestia.
    Pero no quería que mi buen humor, y esa increíble sensación de dicha que sentía, se esfumaran como por arte de negra magia.
    Siempre he sido un tipo de perfil bajo al que nunca le ha gustado llamar la atención. Modulo mi voz a un volumen suficiente como para que sea escuchada por quien quiero ser oído. No me visto en forma llamativa, y mi aspecto físico es bastante común, tanto en mis formas como en sus dimensiones. Soy sólo un fulano de tal mezclado entre otros mil. Mi nombre y mi apellido son tan comunes que ni siquiera me importa mencionarlos: me llamo José Rodríguez, pero casi todos me dicen Pepe.
    Otras personas, aquellas que me conocen bien, y con las cuales tengo una relación más cercana, me llaman Pepe botellas. Y no es que sea un alcohólico, claro que no. Me he agarrado una buena curda como muchos, pero nunca al extremo de convertirme en un adicto a la bebida. Bueno, en realidad ese apodo se lo debo a mi hermano mayor, quien habiendo sido un adolescente bastante extrovertido y del tipo de muchachos bufonescos a los cuales les importa un comino hacer el ridículo, tenía por costumbre llevar al colegio un sombrero bicorne al estilo de Napoleón Bonaparte.
    Creo que eso es lo más cerca que he estado de llamar la atención, y ocurrió hace veinte años. Así que no entendía el motivo por el cual la gente se fijaba en mí de esa manera.
    Al llegar al cruce de las calles Treinta y Tres y Artigas cambié de acera solo para mirarme en un espejo que lucía un comercio en uno de sus escaparates.
    Todo normal pensé cuando me vi. No llevo monos en la cara. No me ha salido un grano de esos que se ponen bien amarillos y amenazan con estallar en cualquier momento. ¿Por qué me miran así?
    La pregunta daba vueltas una y otra vez en mi cabeza, pero a esas alturas mi molestia se había esfumado. Hasta me divertía el hecho de intentar comprender el o los motivos que hacían que muchos transeúntes se fijaran en mí tan insistentemente.
    Recordé que una vez, mientras estaba de vacaciones y me aprestaba a jugar un picadito de fútbol en la arena de la playa, uno de los muchachos dijo sonriendo... ¡Miren! ¡Es igualito a Nicolas Cage!
    No, es imposible. Sólo fue en esa oportunidad que escuché ese comentario, y además ni yo mismo me veía entonces mucho parecido con el actor. Apenas si viéndome de lejos, bien de lejitos, mis ojos, nariz y sonrisa podrían llegar a tener una vaga semejanza con los suyos. Además ahora llevo el cabello bastante largo y no el corte que llevaba en aquella oportunidad y que de alguna manera podría haber contribuido a semejante comentario.
    ¡Qué jodida debe ser la vida de una persona famosa! No poder siquiera caminar por la vereda, ir de compras a una tienda o cenar en un restaurante sin que la gente esté todo el tiempo viéndote y acercándose a pedir autógrafos o posar para una foto.
    Sí, no debe ser nada lindo. Amo ser un don nadie que va de aquí para allá sin ser molestado más de lo que cualquier persona pueda sentirse molestada cuando camina por ahí.
    Si me había llegado a sentir molesto cuando sentí las miradas de la gente, a veces discretas otras un tanto evidentes... ¿cómo me sentiría si fuera yo alguien famoso?
    No, decididamente detestaría ser un personaje conocido, ya sea en el ambiente de la farándula, en el artístico, en el político o en el de la televisión.
    Bastante tenía ya con ir por la calle devanándome los sesos en busca del motivo que me llevaba a ser tan observado.
    Casi media hora de caminata en dirección a la casa de mi novia no me fueron suficientes para encontrarle explicación al asunto.
    Estaba llegando ya a casa de Pilar. Tenía muchas ganas de verla. Al llegar le cantaría, como muchas veces, esa canción de los Toreros Muertos que tanto le hacía reír.
    De pronto se apareció ante mí, saliendo de su escondite detrás de un arbusto y, echándome las manos al cuello, me saludó estampándome un beso en la boca.


    -¿Qué te pasa? -preguntó.


    -Creo que no me pasa nada. ¿Por qué me lo preguntas?


    -No lo sé. Es que te espiaba mientras te acercabas y me pregunté a que se debería la enorme sonrisa que traías en tu rostro.
  • AljamodAljamod Fernando de Rojas s.XV
    editado febrero 2012
    ¡Ilumínanos en la batalla Señor!


    El momento ha llegado. Luego de mucho tiempo de estudio y preparación, de concentrarse largamente en el objetivo, de realizar grandes sacrificios como hacer a un lado a sus familias, finalmente están preparados. Disponen de las mejores armas del mundo, y las poseen en gran número. Están confiados en sus fuerzas y no se espera otra cosa de ellos si no vencer.
    A pesar de todo, momentos antes del comienzo del final, se encomiendan a Dios rogándole los guíe hacia la victoria, pues al fin y al cabo, son sus hijos preferidos.


    Por su parte, el enemigo se sabe inferior. Nunca esperaron encontrarse en tal situación. Pero desde el mismo momento en que la confrontación se materializó, se predispusieron a darlo todo por su tierra.
    Sus armas quizá no sean tan efectivas, pero venderán cara la derrota. Retroceder nunca rendirse jamás es el lema que adoptaron, y aunque saben que es difícil, confían en vencer.
    Al igual que sus enemigos, momentos antes de iniciarse la batalla que podría llegar a cambiar la historia, le rezan a Dios, su protector.


    - Ilumínanos en la batalla Señor. ¡Por nuestro pueblo! ¡Hacia la victoria!


    Dios es ansioso espectador, y ha apostado con el Diablo. Entre carcajadas, que resuenan como miles de atronadores gritos, se burlan de las supersticiones de ambos bandos.
    Luego destapan la tercera cerveza, se sientan frente al televisor, y esperan que comience la confrontación.


    La isla de Miles


    Todo aquello que es impredecible en el Universo, y que se conoce popularmente como Caos, resulta ser de tal complejidad, que aún no ha podido establecerse relación alguna entre causa y efecto.


    Con la casi imposible intención de comprenderlo, diversas ciencias se han conjuntado para su estudio, y lo han denominado Teoría del Caos. Y digo "casi imposible tarea", porque al tratarse de sistemas dinámicos tan variables, resulta bastante improbable predecir los resultados luego de la más pequeña variante, sobre todo cuando se trata de Sistemas Caóticos.

    Un ejemplo muy claro de todo esto es el llamado "Efecto mariposa", el cual sugiere que el aleteo de una Lepidoptera puede provocar un Tsunami al otro lado del mundo.


    ¡Belleza impredecible e inexplicable del Caos! Eso es lo único que se me ocurre decir al ver, y sobre todo, al oír, el concierto que Miles Davis y su banda realizaron un 29 de agosto de 1970 en el festival de la isla de Wight.


    Sisters of Mercy


    Las hermanas elevan plegarias que escapan hacia el exterior del oscuro recinto por las hendijas de las ventanas, como el humo que libra al fuego del penoso martirio de saber que un día, será sólo cenizas.


    Tomadas de las manos y formando una ronda bajo la gran cúpula, celebran su ritual de iniciación. Al círculo se han sumado dos hermanitas que muy pronto pasarán a formar parte de la congregación.


    Mientras las pupilas de las pequeñas se dilatan, sus apretados corazones buscan consuelo en la penumbra, hasta que sus manos se encuentran y unen el gran vacío de sus acongojadas almas, que aún sufren por la espantosa muerte de sus padres.


    Luego de ser conducidas hasta el centro del círculo, y aun tomadas de la mano, las niñas son iniciadas.


    Una a una se fueron abriendo las ventanas, y cuando la última fue al fin abierta, Lucrecia y Marian pasaron a formar parte de Las Hermanas de la Caridad.


    The Damned


    La humareda del edificio se disipa en grotescas figuras danzantes, y su hediondez lastima mis narinas, provocándome violentas arcadas que no logro dominar.


    Esas visiones fantasmagóricas existieron en noches profundas del tiempo, encarnadas en atroces ofrendas a una de las tantas divinidades surgidas del Sol.


    Pero en esta noche última de decadencia, los inquisidores ya no vociferan encolerizados ni añaden más leña a la hoguera que en el Medioevo, avergonzó la cruz.


    Ahora los cuerpos quemados son el calvario de todos los testigos, que horrorizados, rezan las mismas plegarias que los malditos de aquel ayer, que hoy pareciera estar tan lejano.


    Una sola pluma


    - ¡Hazme cosquillas! ¡Me encantan las cosquillas en la planta de los pies! - me dijo con voz ardiente.


    - ¡Pero házmelas con plumas!- agregó.


    Exactamente de acuerdo a sus exigencias, la había atado a la cama de pies y manos, bocabajo y desnuda. Eso sin tomar en cuenta el sujetador, que al parecer solo se sacaba en la ducha. Y luego aquello... ¡Cosquillas en los pies!
    Hacía mucho tiempo que no me encontraba en una situación así. Quiero decir... con una mujer desnuda en mi cama y además... ¡hermosa!
    Pero nadie es perfecto, así que hubiera hecho cualquier cosa que ella me pidiera con tal de satisfacerla.


    - Plumas -pensé- y corrí a buscar el plumero que me había regalado una ex, no sé bien con qué oscuras intenciones.


    Cuando regresé, le pasé el plumero por la planta de su pie izquierdo, o tal vez por la del derecho. Bueno, ella estaba bocabajo, así que no importa. Lo cierto es que gritó, visiblemente afectada ya por el placer que enrojecía su piel...


    - ¡Con una sola! ¡Con una sola! ¡Hazme cosquillas con una sola pluma!


    De un manotazo intenté arrancar una pluma, pero era tanta mi desesperación que el plumero quedó tan desnudo como ella, con solo una pluma prendida del palo.


    Así que, tirando las plumas al aire (fue tan bonito verlas caer) me dispuse, palo en mano, a realizarle las cosquillas solicitadas.


    El plumero ya no iba a servir para nada. Aunque a decir verdad, nunca había sido utilizado. Le quedaba solo una pluma, pero gracias a ella, tres horas y media más tarde (es que había pasado mucho tiempo), estábamos acostados uno al lado del otro, totalmente relajados.


    Mientras yo, pensativo y divertido, fumaba un cigarro, ella, en voz alta, contaba las manchas de humedad en el techo y jugueteaba con el palo y su única pluma.
  • AljamodAljamod Fernando de Rojas s.XV
    editado febrero 2012
    Luego de tantos años


    Cuando la vida parecía una autopista por la cual solía viajar siempre apurado y pensando en llegar a destino las horas eran precisas agujas torturando la carne y clavándose en su pensamiento. Se limitaba a seguir las flechas que le indicaban cuándo debía doblar a la derecha o a la izquierda y a prestar atención a los carteles de señalización que le decían qué maniobra realizar. La conquista del mundo era la segura meta a la que se dirigía y no le importaba si alguien quedaba detrás ni quién se atravesaba en su camino. Simplemente apuraba el paso y continuando por la interminable autopista repleta de conductores perseguía a quienes iban a la vanguardia y servía de guía a los demás. Uno tras otro iban quedando los diversos paisajes a ambos lados de esa carretera que con certidumbre le conducía hacia su futuro tan anhelado.


    De pronto un día se encontró mirando la ruta en ambas direcciones sin lograr ver a aquellos que le seguían y que parecían haberse esfumado. Ya no existía nadie que le sirviese de guía hacia su tan ansiado futuro que ahora comenzaba a desvanecerse entre las mil dudas que empezaban a hostigarlo.


    Una mañana, sintió la necesidad de reducir la velocidad, y al hacerlo, comenzó a apreciar mejor a su alrededor. Vio cerros, llanuras, bosques, ciudades y rostros como nunca antes. Al prestar más atención, pudo disfrutar de todo aquello que contemplaba. Sus desmesurados ojos, con cada ínfimo detalle que observaban, se maravillaban ante un mundo que se les antojaba desconocido.


    Si bien comenzó a tener la sensación de que el tiempo transcurría más lentamente, dejó de sentir el inquietante paso de aquellas horas que componían sus días interminables. Imágenes, aromas, sabores y sonidos le parecieron nuevos. Como si nunca los hubiera percibido.


    Y cuando Lucas sintió la tibia caricia que le regalaba Lucía, se sorprendió de que aún estuvieran juntos, luego de tantos años de desenfrenada locura.


    * * * * * * *
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado febrero 2012
    Felicidades por tus dos años, nos alegra tenerte aún tan activo, esperamos que sigas muchos más:p:):D

    Luego me leo tus corticos, cuando no esté corta de tiempo;):):p
  • claudineclaudine Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado febrero 2012
    Felicidades y gracias por haberlos dejado leer en este espacio gratuito, hoy que todo cuesta tanto.
    Tienes una escritura muy fluída, muy amena y, el ingenio y la ironía, planea sobre todos los cortos.


    Saludos cordiales.
  • AljamodAljamod Fernando de Rojas s.XV
    editado febrero 2012
    amparo bonilla escribió : »
    Felicidades por tus dos años, nos alegra tenerte aún tan activo, esperamos que sigas muchos más:p:):D

    Luego me leo tus corticos, cuando no esté corta de tiempo;):):p


    ¡Hola Amparo!

    Lo mismo espero yo.
    Y vamos, que por eso son corticos. Para no quitar demasiado tiempo a quien lee.:)

    Saludos y muchas gracias por comentar
  • AljamodAljamod Fernando de Rojas s.XV
    editado febrero 2012
    claudine escribió : »
    Felicidades y gracias por haberlos dejado leer en este espacio gratuito, hoy que todo cuesta tanto.
    Tienes una escritura muy fluída, muy amena y, el ingenio y la ironía, planea sobre todos los cortos.


    Saludos cordiales.

    Una vez más, muchísimas gracias por tus conceptos, y por comentar también estos.

    Otro saludo:)
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