A pesar de lo que digan algunos, es un pie común y corriente. Tal vez, no tan atractivo como el afamado pie Efficient, pero no menos que el de Francisco (el gendarme), que anda todo el día aplastado, preso en esos borceguíes marrones, asfixiados y probablemente, todos sudorosos.
Se sabe con seguridad, menos reconocido que los pies ligeros de Aquiles, pero ellos eran dos y tenían el favor de los dioses, y con esa ventaja ¿quién no podría andar rapidito entre las simples extremidades de carne y hueso?
Por eso reza todos los días, aunque es sabido que los dioses ya no responden a las súplicas de pies paganos. Reza por costumbre; porque sabe que no hay protección que te salve de Paris; y Dios te ayude de semejante puntería y qué dolor le viene cada vez que lo imagina.
El pie sabe que todos tienen su Talón de Aquiles. El suyo es el meñique, aunque si le preguntan, dirá que es el pulgar, porque es prudente y no es cosa de andar avivando giles.
Muchos repiten que las paredes oyen, pero él le desconfía a las baldosas, que son las que llevan y traen; cuando no, las alfombras que son las que menos saben guardar secretos de todo el suelo.
Es un pie común y corriente, aunque algunos lo consideran un despropósito al verlo manco de todo ser pensante que le marque el camino, que se apoye en él, que le rasque el empeine.
Por eso es que todos lo miran. Por sus carencias.
No por la redondez de los dedos, o por el brillo que minuciosamente consigue sacarle a las uñas. Lo miran de reojo y murmuran cuando pasa, porque los que pasan hacen eso, mirar y murmurar, y hacer de cuenta que nada sucede, que es lo más normal del mundo; mientras caminan jactanciosos, de talón a punta y viceversa, agradecidos por no ser ellos los incompletos, o peor aún, por no ser ellos un pie deshabitado, desatinado.
Igual él va tranquilo, acostumbrado. Ha recorrido demasiado como para sorprenderse fácilmente. Por eso es que anda tan retraído y sólo conversa con el cielo. No por loco, como dicen, si no para evitar la demencia, que sabe, está en el silencio, como en el desespero de las peatonales o en las subidas al subte chino.
Ha caminado más que cualquiera, porque cada dos pasos de hombre, él debe dar cuatro, y cada cuatro, ocho, y cada ocho, descansar. Ya no está para ese trote.
Se le quejan los tobillos y los dedos, pero él los calma recostándose a la sombra o gambeteando al ritmo del dos por cuatro, que tanto le gusta al dedo mayor, por mucho que se queje y se aburra el meñique.
El también se aburre, porque muchas veces es meñique y otras tantas es pulgar, pero muy pocas se siente mayor, aunque también entiende que en ocasiones le cuesta distinguirlos porque, a diferencia de una mano, sus dedos se comportan con una personalidad colectiva, casi gremial.
Ahí se la ve fulera, porque cuando se ponen de acuerdo, sacan a relucir una conducta que se finge anárquica pero que está bien organizada, y no para de patear culos en las filas del cine Monumental de Lavalle, o en los escalones del Museo de Ciencias Naturales; lugares pocos frecuentados últimamente y, a veces piensa, es todo por su culpa.
Él, como los culos paseantes(o paseados), transita esas calles, indiferente, arrogante, y termina el día, empachado de noticieros amarillos y de fútbol; de noticias de fútbol, de entrevistas de fútbol; de botines amarillos, de estadísticas tiradas de los pelos, de debates impostados; y cada vez le parece todo más monocromático; aunque puede ser mero daltonismo, piensa.
Cuando se enferma frente al televisor, los dedos se le vuelven azafrán, y deja todo como está, y urgente visita las páginas que también son amarillas, en busca de algún profesional; hasta que recuerda que es sólo un pie, y no tiene con qué pagar y se conforma con hablarle al cielo o con un baño de palangana o de bidé.
De todas formas, no protesta.
Peor la pasan los del gendarme, piensa y se consuela con aplastar la pelota de los masajes; con poner el canal cinco cada noche, y se permite fantasear con la zurda multicolor de Lionel, aunque algunas noches las pesadillas lo zambullen en la diestra de Aquiles, en sueños ocres de melenas rubias como las de Alicia; y así pasa los días, eludiendo los recuerdos del museo y del cine, que ya no visita, por orgullo, y por miedo a que lo saquen rajando, delante de los que pasan, que no hacen otra cosa que mirar con esos ojos tan amarillos.
Comentarios
Me ha hecho reir mucho. Es muy ocurrente!