Puedo quizá representar fulgores,
fingir lo bruno con lo puro y blanco,
otorgar a lo inicuo viso franco
y en haz cambiar la sombra de colores;
volver melifluos cítricos sabores,
engañar como Ulises al ojanco,
mirar un piélago en humil cilanco
y rechazar del mundo los favores.
Mas no, mi amor, mentir que cuando escucho
de tu nombre el mullido silabeo
la máquina del pecho se dispara,
entre pasiones contrapuestas lucho,
sostengo cuanto ciego y mudo veo
y me hago débil tronco, fuerte vara.
Esta sensación rara
que noto al atisbarte en tus almenas
del ánima condona las condenas.
Permite, pues, que igual a como crece
la hiedra por la roca de tus muros,
crezca, en tanto la tierra se amanece,
mi vid hasta tus sendos pechos puros:
despojarase en ellos de cuidados,
encontrando a sus buidos males cura,
a su lloro remedios deseados
y, tras la sequedad, gentil frescura.
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