El policía - sentado en su silla - detrás del escritorio, se dirigió a mí con una mirada indiferente y dura a la vez:
- ¿Cuál es tu nombre?
- Luis Keikopura.
- ¿Luis Keikopura?
- Sí, señor.
- ¡No me digas señor, soy Teniente de policía!
- Sí, teniente.
- ¡”Mi” teniente, debes decirme!
- Sí, “mi” teniente.
- ¿Qué clase de apellido es ese?
- Indiano, mi teniente.
- ¡Indígena querrás decir!
- Como usted diga mi teniente.
- ¡No “como yo diga”, así es!
- Sí, mi teniente.
- ¡O sea, eres mapuche!
- Si, y a mucha honra mi teniente.
- ¿Cómo puedes hablar de honra si ustedes son todos flojos, borrachos y ladrones?
- ¡Igual que usted mi teniente!
Me lanzó un golpe con las palmas de sus manos en mis orejas, lo que me dejó escuchando un fuerte zumbido el cual fue disminuyendo poco a poco. Me dolió, sí – lo reconozco – pero más me dolió la forma rastrera y alevosa con que me lanzó el golpe. Me sentí impotente
El teniente era alto, caucásico, cabello rubio, ojos verdes y tenía una mirada severa y despectiva que estaban a la altura de sus características físicas.
- ¡Tu cédula de identidad!
- No la tengo, mi teniente.
- ¿Por qué no la portas si sabes que todos debemos llevarla en todo momento?
- Se me extravió, mi teniente, junto con mi porta documentos.
- ¡Díctame tu número de identidad!
- No lo recuerdo, mi teniente.
- ¡Cómo que no lo recuerdas, hasta un imbécil se lo sabe!
“El trato del policía me estaba haciendo sentir como el más miserable de los miserables. Por un momento estuve a un paso de lanzarme encima y golpearlo, pero me contuve pues con eso agravaría más la situación más aún si había dos guardias a su lado”.
- ¿Por qué estás detenido?
- No lo sé mi teniente
- Pues bien, si no lo sabes, yo te refrescaré la memoria: por haber atacado a una doctora en un consultorio de salud mental con graves consecuencias.
- Probablemente, mi suboficial.
- !Enciénrrelo!, dijo
Los dos policías que lo acompañaban me tomaron de los brazos fuertemente empujándome hacia una celda de la comisaría, caí de bruces, me levanté y me quedé observando las paredes y los barrotes como un león enjaulado.
- ¡Siéntate ahí y espera!
De pronto escuché la sirena de una ambulancia que transitaba a gran velocidad. Percibí que el vehículo se detuvo bruscamente en la comisaría donde yo me encontraba. Entraron cuatro hombres vestidos de blanco, los cuales portaban una camilla y un bolso con ropas, colgado de sus hombros.
- ¿Dónde está el detenido, mi teniente?
- En esa celda, respondió el policía.
Continuará.......
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Abrieron la celda, entraron los paramédicos, resistí inútilmente hasta el último momento, pero entre los cuatro hombres vestidos de blanco lograron doblegar mi cuerpo y mi espíritu, me ingresaron a la ambulancia y me ataron a la camilla. Notaba que la ambulancia avanza raudamente por las calles de la ciudad abriéndose paso con el ruido de su sirena. Se detuvo repentinamente y abrieron las puertas del vehículo de urgencia. En ese momento comencé a recordar vagamente – como quien viene despertando de un sueño – lo que había sucedido. Bien, pensé, ya habrá tiempo para recordar con serenidad. Me sentía derrotado, humillado, sin deseos de vivir, por mi mente pasaban ideas veloces y confusas, como sucede en las grandes ciudades donde se produce un gran tráfico de vehículos, la diferencia era que en mi mente no habían letreros ni semáforos que me ayudaran a ordenar esas ideas, que más que ideas se asemejaban a un caos mental, a un ir y venir de pensamientos inconexos.
Me bajaron de la ambulancia en la camilla e ingresamos al hospital. Comenzaron a desplazarme por unos siniestros pasillos. Transitaban por los corredores personas que me observaban de soslayo, ora con curiosidad, ora con tristeza, ora con indiferencia. Avanzamos largos minutos, que para mí eran eternos. A medida que la camilla peregrinaba por los pasadizos, las personas que circulaban se iban transformando en monstruos, cuyos rostros – en forma tétrica – se alternaban en figuras aleatorias, cual si estuviera en el cine sufriendo con una espantosa película de terror. Finalmente llegamos a una sala dónde habían hombres y mujeres con delantal blanco. Los paramédicos me desataron de la camilla con el fin de trasladarme a una cama, que ya estaba preparada para tal situación. Al tratar de trasladarme intenté deshacerme de los trabajadores que con fuerza e insistencia procuraban llevarme a la cama del hospital, como era tanta la resistencia que yo oponía, entre varios lograron ponerme una camisa de fuerza con la cual lograron inmovilizarme de píes y de manos. Una vez controlado, me trasladaron a la cama. El doctor dio una orden que, por lo que alcancé a escuchar, era que me inyecten 5mg de no sé qué medicamento. A pesar de mi oposición lograron inyectármelo.
Inmediatamente comencé a experimentar un mareo y un desánimo generalizado. Trataba de aferrarme desesperadamente a la lucidez, pero el efecto del medicamento era tan poderoso, que me comenzaba a doblegar física y mentalmente. Aún así seguía insistiendo en no dormirme, pues temía que una vez dormido tendría terroríficas pesadillas. Movía las manos, los pies y la cabeza a pesar de estar inmovilizado con la camisa de fuerza. Ellos me observaban, como divirtiéndose. Por mi mente pasaban ideas espantosas que, quizá por el efecto del medicamento se iban aclarando. Notaba que el odio iba aumentando; odio a los médicos; odio al hospital; odio a los medicamentos y, probablemente, odio a toda la humanidad. El médico ordenó inyectarme una segunda dosis, que yo, resignado, sentía como circulaba por mis venas y arterias hasta llegar a mi cerebro. Perdí la consciencia.
Al día siguiente desperté, bueno, no puedo saber si fueron dos días después, una semana o ya había pasado un mes. Pero estaba recobrando paulatinamente la lucidez. Frente a mí – yo acostado en mi cama aún con la camisa de fuerza ceñida a mi cuerpo – la cual me tenía inmóvil, había un hombre con delantal blanco que por su aspecto imponente yo presumí que era un médico. Cómo se siente, preguntó. Bien, respondí. Bueno, expresó, estos últimos tiempos usted ha experimentado conductas violentas – y esa es la razón por la cual está internado en este hospital psiquiátrico – por lo que el objetivo del tratamiento es poder controlar esos brotes de violencia y, por lo tanto, usted quedará internado hasta que supere dichos síntomas, hasta luego. ¡Doctor!, ¡doctor! grité con fuerza, pero éste – como si hubiese ladrado un perro – hizo caso omiso y se marchó. Mi intención era averiguar cuánto tiempo estaría en el psiquiátrico y si mi familia conocía mi situación, pero me quedé con las interrogantes. Comencé a observar detenidamente toda la sala, en especial a los pacientes que ahí había. Todos se encontraban en estado de semiinconsciencia, uno de los pacientes – y que fue el que más me llamó la atención – inclinaba constantemente su tronco y cabeza en forma vertical emitiendo unas palabras ininteligibles, como si estuviera recitando versículos del Corán, libro sagrado de la religión musulmana.
Ya un poco más sereno, comencé a mirar en retrospectiva lo que me tiene hospitalizado en psiquiatría. Hace ya varios años que estoy en tratamiento en el sistema público de salud, pero estos dos últimos años – dos mil diez y parte del dos mil once – la entrega de medicamentos que tienen por objetivo controlar mi enfermedad, ha sido deficitaria. En efecto, me dan (cuando hay) para tres o cuatro días, a lo más para una semana, lo que provoca en mí una angustia, no sólo por la falta de medicamentos en el consultorio, sino también por la falta de estos en mi organismo. Debo manifestar también que la ausencia brusca de medicamentos en mi sistema circulatorio – y esto le sucede a la gran mayoría de los pacientes – produce una fuerte descompensación, provocando que se manifiesten con más fuerza los síntomas de la enfermedad. En estas circunstancias – o sea totalmente descompensado – llegué al consultorio a retirar mi dosis como se habían comprometido a entregarme una semana antes. Cuando arribé al consultorio conversé con la paramédico solicitándole mis drogas y además le indiqué que habían dos recetas pendientes. Me respondió que no había y que tenía que esperar otra semana. Le expresé que los necesitaba urgente y tenían que entregármelos, pues ya llevaba más de una semana sin ellos y esta situación estaba provocando serias fisuras en mi matrimonio y, por ende, en mi familia. Me explicó que tenía que conversar con la coordinadora, pero que la esperara unos minutos. Ya habiendo llegado la coordinadora me hicieron pasar a su oficina. La coordinadora – que era doctora – me expresó cortésmente: cuénteme cuál es su problema, a lo cual le respondí: cuénteme usted cuál es el problema que les origina la falta de medicamentos. Me explicó que no había dineros suficientes para comprar los medicamentos. Me levanté de mi asiento y le dije: los necesito inmediatamente. Me respondió tome asiento, de lo contrario no podremos seguir conversando. Ahí fue cuando le lancé un puntapiés en su canilla y en otras partes de su cuerpo, de un manotazo tiré lo que había en el escritorio, incluyendo unos computadores, mientras les gritaba que eran unos insensibles y desgraciados. Tras un grito de la doctora y, tal vez, por el ruido que se produjo debido al escándalo que se armó, llamó a los guardias, estos me sujetaron fuertemente llamaron a la policía y aquí estoy, en el manicomio, por mendigar mis píldoras.
Hoy he salido al patio – es un espectáculo dantesco – los enfermos caminan (caminamos) sin rumbo fijo con la mirada perdida en el vacío, inclinados como buscando algún objeto extraviado, algunos riendo sin razón alguna, otros alzando y bajando los brazos por largos instantes, estos conversando temas inentendibles, como un monólogo, se ven también enfermos que golpean las paredes de hormigón constantemente hasta hacer sangrar sus manos. Más me enfermo. Avisan que hoy es día de visita, ni me lo esperaba. Aún aturdido espero con ansiedad a mi esposa e hijos.
Llega la hora, entran personas observando con extrañeza y recelo el espectáculo. De pronto diviso a mi señora, quien al verme se le caen las lágrimas, pero trata de disimular – lo que no consigue- nos acercamos a un locutorio, por ende no hay un contacto físico. Me pregunta cómo he estado, le respondo que bien y que lo único que deseo es salir pronto de psiquiatría. Ella me promete que rápidamente me traerá algunos artículos de aseo y que cuando salga de alta hará los trámites con un abogado para separarse de mí.
Deseo morir en el manicomio.
Continuará......
Estando aún en el psiquiátrico, me llevaron dos personas vestidas de blanco a una oficina. – “Tome asiento y espere” - me dijeron. Era la consulta del psiquiatra. Esperé unos minutos al cabo de los cuales llegó acompañado de dos guardias. Me hizo tomar asiento, él se sentó tras su escritorio, mientras los guardias se quedaron vigilando la entrada. Caminaban lentamente sin hacer ruido, pero yo escuchaba sus pasos. “Me sorprendió que el profesional se hiciera acompañar por guardias, pero asumí que la razón era la conducta violenta con que había actuado en el consultorio”.
- Bien, manifestó el profesional, veo que usted está un poco más recuperado.
- Sí, contesté, aunque aún me siento un poco mareado y desorientado
a raíz de la situación que he debido enfrentar y probablemente por el
efecto de los medicamentos.
- Ese malestar será pasajero, paulatinamente irá retomando la normalidad, así es que no se preocupe.
- Gracias doctor, respondí.
El médico era una persona – de acuerdo a lo que yo percibía – bastante empática, lo que hacía que depositara toda mi confianza en él. Me observó un momento con esa forma que tienen ellos de escrutar al paciente y que ya conozco por años, hasta que lanzó un comentario que me hizo estremecer.
- Mañana a las 14:00 horas vendrá un abogado a conversar con usted.
“Comenzaron mis jaquecas, dolores de estómago y temblores en todo mi cuerpo y, aparentemente, mi rostro empalideció pues el doctor me manifestó que me relajara. Por mi mente pasaban ideas como saetas en distintas direcciones que más me desorientaban, intentaba atrapar por lo menos una, para así asirme de ella y entrar en la cordura, pero era imposible, mientras más intentaba encontrar una explicación a la sentencia del doctor, más confuso era todo. ¿Por qué un abogado?, me preguntaba ¿Tan grave fue la situación como para que haya tenido que llegar a la justicia? No encontraba respuesta”. Ya vencido por la incertidumbre, le grité al médico:
- ¡Por qué un abogado desea conversar conmigo!
- Eso no lo sé, contestó. Pero tienes que estar preparado para todo.
Esa noche casi no dormí, a pesar de los medicamentos y las inyecciones que me aplicaron las enfermeras. Deseaba salir luego de la incertidumbre, la noche se hizo interminable. Y como si con esto no bastara, pendían sobre mí las palabras de mi esposa quien me había manifestado que en cuanto estuviera de alta se separaría de mí. Menos dormía. Con la finalidad de espantar un poco la incertidumbre, comencé a pasearme mentalmente por mi niñez. Recordaba los días de escuela, de mis ex compañeros de curso y profesores. La pobreza, el hambre, el padre que nunca tuve, mis hermanos – quienes son todos profesionales hoy en día – pero en lo que me planté fue en el hambre, que fue la que más me marcó.
Recuerdo las miserias en mi niñez, producto de la pobreza y el hecho de no haber tenido un padre que nos sustentara económicamente y nos ofrendara su amor. Siempre le temí a mi destino, estaba convencido de que mi sino era morir de frío, hambre y alcoholizado en alguna calle solitaria o bajo algún siniestro puente ante la mirada indiferente de la gente de bien, como ocurrió con mi padre, aún me atemoriza esa situación. Cómo me gustaría verlo hoy día, cómo correría a abrazarlo, a entregarle mi amor, a protegerlo, sacarlo de la miseria en que estaba, extirpar de raíz ese perverso alcoholismo que lo destruyó. En cada hombre que encuentro tirado en la calle – producto de una borrachera – veo a mi padre. Si alguna de esas personas me pide dinero se lo doy gustosamente, aunque sea la última moneda que me quede en el bolsillo, pues en todos ellos veo reflejado a mi progenitor. No siento remordimiento en mi consciencia cuando comparto un poco de dinero con estas personas, todo lo contrario, me voy satisfecho pues sé que nadie está libre de caer en esas precarias situaciones. No solamente mi actitud es con las persona alcohólicas, sino que también con cualquier desamparado que pide ayuda, eso me lo enseñó mi madre, quien era una persona muy creyente. Si hubiese estado él, probablemente las cosas hoy serían diferentes, pero no fue así. Nunca lo conocí.
Mi madre trabajaba sin descanso, éramos seis hermanos, todos pequeños cuando mi padre se fue. Pero ella asumió estoicamente la realidad y, decidida a criar a sus hijos, tomó las riendas del hogar. Ella, por su precaria instrucción, trabajaba de asesora del hogar. No tenía horario pues laboraba de sol a sol. Qué alegría sentíamos cuando, sentado junto a mis hermanos en el rellano de la escalera, de la entrada principal de nuestro hogar, la veíamos asomar en una esquina, caminando rápidamente con una bolsa en la mano. Habíamos estado sin comer toda la jornada. Llegaba con optimismo, a pesar de la dura jornada, nos abrazaba y nos repartía un trozo de pan a cada uno. Nosotros no lo comíamos, lo engullíamos como si fuésemos leones hambrientos devorando a su presa.
Todos estudiábamos con mucho esfuerzo, era duro estudiar con el vientre vacío. Pero aún así, y haciendo grandes sacrificios, cumplíamos diariamente con nuestros deberes escolares. Mi madre, con la finalidad de que nosotros no abandonáramos nuestros deberes de estudiantes, los fines de semana trabajaba como lavandera. Los sábados en la tarde y los días domingo, los pasaba inclinada, ya con la espalda curvada, sobre una vieja artesa de madera lavando ropa ajena restregándola sobre una tabla con una escobilla de esparto. Posteriormente la tendía al sol y, una vez seca, la planchaba. Por ese sacrificado trabajo recibía un miserable dinero con el cual sólo alcanzaba para comprar un poco de pan. Cuando el dinero nos permitía comprar mantequilla, era una verdadera fiesta, un banquete. Pero no se agotaba, era como si un ser superior la proveyera de fuerzas, coraje, valentía y alegría para continuar sacrificándose por sus hijos.
Esa fuerza y coraje eran compensados con los frutos de nuestros estudios. En efecto, la constancia con que nos dedicábamos a nuestros deberes de estudiantes y las buenas calificaciones que obteníamos en el colegio, era el más grande regalo que ella recibía al finalizar cada año de estudios. Cuando llegaban las vacaciones de fin de año, nos dedicábamos a trabajar, ya sea cortando pasto en casas vecinas, picando leña o, como niñeras mis hermanas, con lo cual la vida se nos hacía un poco más llevadera, por lo menos por unas cuantas semanas. Obviamente no jugábamos al igual que los otros niños, para nosotros no hubo infancia. Probablemente ahí se originaron mis problemas de salud.
Al fin llegaron las 14:00 horas. Debí esperar media hora más al abogado. Me llevaron a una sala. Se sentaron a mi lado el médico y un paramédico. Más me angustié, pues pensé que el asunto sería más grave de lo que me esperaba. Tocaron la puerta, abrieron y entró un hombre vestido formalmente, me saludó y me dijo.
- ¿Usted es Jethro Keikopura?
- Sí señor, respondí.
- Mi nombre es Roberto González y el Estado me ha designado
para su defensa.
- ¿Y de qué me defenderá?
- Del proceso que se está iniciando en su contra.
- ¿Se refiere al problema que tuve en el consultorio de salud mental?
- Sí.
- Pero, ¿tan grave es? Le pregunté con una voz que ya casi no me
salía y mientras transpiraba entero.
- Sí señor, es grave.
- ¿Qué sucedió?
- La doctora falleció producto de las estocadas que usted le propinó
en su cuerpo.
- Pero….
Continuará....
Entré en un estado de stress generalizado, el doctor y el paramédico se levantaron rápidamente de sus respectivos asientos y me tomaron los signos vitales, es decir; pulso, latidos cardíacos, presión arterial. Posteriormente me trasladaron en una camilla rápidamente y me inyectaron. Sentí un profundo sueño y me dormí. Desperté no sé después de cuánto tiempo. Tenía inyectada una aguja en mi brazo la cual se conectaba a su vez a un mecanismo que, entre otras cosas, llevaba colgada una bolsa con suero, el cual llegaba a mis venas por medio de unos tubos plásticos. En mis fosas nasales entraba un tubo por cada una de ella, las cuales – probablemente - me entregaban oxígeno. De a poco comencé nuevamente a recordar la pesadilla, me brotaron desesperadamente unos terribles deseos de gritar pidiendo la presencia del abogado, pero no me salía la voz, era como una pesadilla. Al cabo de un rato, me volvieron a inyectar y, por ende, volví a quedarme dormido.
No sé cuánto tiempo pasaría pero ya percibía un mejor ánimo en mi estado general y mental, incluso, diría yo, un poco de felicidad, cosa que no había vivido desde hace muchos años. El psiquiatra me visitó en mi lecho de enfermo y me comentó que estaba en excelentes condiciones. Era como si hubiese consumido alguna droga ilícita, ya sea marihuana hachís, peyote, cocaína, pasta base – drogas que nunca he utilizado – pero por lo que he leído y visto en televisión y cine, producen – supuestamente – las sensaciones extremadamente eufóricas en que me encontraba en ese momento. De pronto recordé que existen medicamentos que administran a enfermos terminales con la finalidad de aliviar el dolor, los cuales sé que son a base de opio. Probablemente ese medicamento me hubiese aplicado el doctor. ¿Condiciones para qué?, pregunté rápidamente. Me explicó que tendría que darme valor ya que el abogado necesitaba nuevamente conversar conmigo, por mi “caso”. Estaba ansioso por conversar con él, pues tenía la certeza de que yo no había asesinado a la doctora, incluso no tengo antecedentes penales que pudieran, potencialmente, ser utilizados en mi contra.
Por fin llegó el abogado. La misma situación anterior – un Deja Vu – el doctor y el paramédico sentados a mi lado, a uno de los lados una bandeja metálica, las cuales contenían instrumentos médicos como jeringas, termómetros, oftalmoscopios y otros aparatos más, que en ese momento no pude identificar, pues en ese preciso instante golpearon la puerta de la clínica, era el abogado. Saludó, dejó su maletín sobre la mesa y se dirigió a mí.
- Necesito que continuemos hablando del caso, me dijo. Extrajo unos documentos de su maletín, los puso frente mí y me dijo: lea. Todos eran recortes de diversos diarios que hablaban del caso. Al leerlos, con más detenimiento, descubrí que el hecho había provocado una conmoción nacional. Por otro lado pude sacar por conclusión que todos los artículos periodísticos me condenaban. Algunos diarios titulaban “Psicópata asesinó a doctora”, “Asesino mató sin piedad a doctora”, “Indignación nacional por alevoso asesinato de psiquiatra en consultorio de salud mental, supuestamente el asesino está en tratamiento en un hospital psiquiátrico”, “El país exige justicia”, etcétera.
- Cuál es su opinión, me preguntó.
- Por lo que pude leer, existe una gran desinformación en la “información” que usted me muestra, por lo demás son opiniones periodísticas que no tienen relevancia legal, los procesos se ventilan en los tribunales y no en la prensa sensacionalista, respondí tranquilamente.
- Pero usted asesinó a la psiquiatra espetó.
- No he conocido ningún caso, por lo menos hasta el momento, en que una persona fallezca a raíz de un puntapié en su canilla, contesté.
- Bien, dijo el abogado, yo fui contratado para defenderlo y, por lo tanto, quiero que hablemos con sinceridad, pues es la única forma de que pueda llevar su causa a buen término. Por otro lado, dijo, tiene que confiar plenamente en mí y eso significa que debe contarme los más mínimos detalles. Primeramente le preguntaré algo directamente, ¿mató usted a la doctora?
Continuará.....
- No, respondí rápidamente – con la certeza del que está diciendo la verdad.
- Todas las pruebas que existen, hasta el momento, apuntan a usted.
- Si sus pruebas son las noticias y los reportajes que aparecen en los diarios y televisión – como veo que usted lo está haciendo – es obvio que usted llegue a esa conclusión.
- ¡No se trata de eso!, respondió mi abogado alterado, rojo de ira. ¡Las pruebas de las cuales yo le hablo están todas en la justicia y en las manos de la fiscalía! El doctor lo llevó a otra sala, conversaron un momento – supuestamente – y cuando volvió se había borrado de su rostro esa expresión de indignación. Incluso lo encontré más sonriente y relajado.
- Continuemos, dijo.
- La doctora falleció de una puñalada que usted le propinó en el pecho con un facón.
- ¿Por qué dice “que usted le propinó”?
- Porque todas las pistas apuntan a que usted fue quién la asesinó, además hay testigos.
- Usted me pidió que dijera la verdad. Bien, le diré la verdad “YO NO LA A-SE-SI-NÉ”. Y en cuanto a los testigos, eso lo veremos, pues se podrá percatar usted que se derrumbarán, como castillo de naipes, todos los argumentos de la fiscalía.
- Bien – dijo satisfecho – el lunes nos vemos a las 9:00 horas en la Corte.
- Ningún problema, repliqué serenamente.
Volví nuevamente a mi cama, me recosté relajado y tranquilo después de la conversación con mi abogado. Comencé a recorrer mentalmente todo lo sucedido. En lo que quedé pensando fue en la conversación entre el psiquiatra y mi abogado. Comenzó a pasar por mi mente la idea de un complot o, probablemente, en una confabulación entre el doctor, mi abogado defensor, la fiscalía y quien sabe quien más con la finalidad de encubrir al real asesino de la doctora. Estaba totalmente convencido de que yo no había sido la persona que cometió aquel vil y cobarde acto. Jamás lo he hecho ni lo haré.
Por otro lado, recordé que se habían realizado procesos contra unas personas (indianos, mapuche), los cuales habían atacado - a balazos - en una carretera, a una comitiva, en la cual trasladaban a un fiscal quien se encontraba investigando la quema de maquinaria y algunos galpones de una empresa que se había instalado en territorios que pertenecían ancestralmente a éstos. Esta empresa se dedica a talar árboles milenarios en sus terrenos los que seguidamente utilizan para elaborar madera que posteriormente la venden a las empresas constructoras. Ni el fiscal ni miembros de la comitiva fueron heridos en el ataque. La ira que originó en los indígenas contra el fiscal se originó a raíz de que éste ordenaba hacer verdaderas razzias en los asentamientos mapuche, utilizando para esto a la policía e investigaciones (policías de civil) quienes, sin piedad entraban a sus casas, sin respetar a ancianos y niños, destruyendo lo poco y nada que tienen, como si por ahí hubiese pasado un tornado – todo ello, por supuesto – aprovechando la noche con el fin de encontrar a los presuntos “extremistas”.
Detuvieron a los “presuntos” extremistas a los cuales llevaron a juicio. El proceso que se les siguió – fue un verdadero proceso kafkiano – pues para acusarlos - los fiscales utilizaron “testigos sin rostro”, es decir estos testigos entraban encapuchados al tribunal, los ubicaban detrás de un biombo para no ser vistos por los procesados y, a las preguntas de los fiscales, estos respondían con la voz distorsionada por los micrófonos que ya tenían predispuestos. Entonces me pregunto; ¿no serían estos “testigos sin rostro” un fiscal, el presidente de la Corte Suprema y de Apelaciones o, probablemente los generales de las cuatro ramas de las fuerzas armadas? Por esa razón hoy en día los acusados están en huelga de hambre con la finalidad de presionar a la justicia de que se realice un nuevo juicio, pero un verdadero juicio. Los presuntos extremistas fueron condenados a veinticinco o treinta años. Y conste que no hubo ninguna persona fallecida.
Llegó el día lunes, fecha en la cual estaba prevista la audiencia donde se vería mi caso. Por la mañana temprano comenzaron los preparativos. Hubo llamadas telefónicas y comunicaciones por radio, pero yo no alcancé a desentrañar de qué se trataban, aunque lo sospechaba. Cerca de las 08:00 horas de la mañana, entraron cuatro gendarmes quienes me esposaron de pies y manos. Primera vez en mi vida que me vía en tal situación. Me sacaron del hospital psiquiátrico y me subieron a un carro celular, escoltado no solamente por los gendarmes, sino también por la policía quienes se movilizaban en sus vehículos.
Comenzó el avance por la ciudad con gran bullicio, debido a que los autos policiales hacían sonar sus sirenas. Después de un largo rato los vehículos se detuvieron – al parecer habían llegado a los tribunales – conste que yo no tenía visión a raíz de que el vehículo era completamente hermético. Pude darme cuenta que el conductor de la camioneta que me trasladaba comenzó a hacer maniobras con el vehículo quizá para prepararse para mi descenso y así poder entrar al palacio de justicia. Mientras se estaba deteniendo y hacía maniobras escuchaba golpes y piedrazos los cuales impactaban en el vehículo que me trasladaba. Pude percibir gritos de la multitud que se había apostado a la entrada. Escuché que gritaban a viva voz ¡asesino!, ¡psicópata!, ¡loco!, ¡cobarde!, ¡mátenlo!, ¡enciérrenlo de por vida!, ¡cadena perpetua! y otros calificativas que yo no alcanzaba a entender.
Abrieron la puerta del carro celular, había una multitud, la cual se agolpó sobre mí, pero afortunadamente fueron controlados por la policía. Aún así continuaban vociferando, incluso me llegaron algunos escupos en el rostro. Un periodista logró romper el cordón policial y, cuando avanzando hacia los tribunales – lentamente debido a que me llevaban esposado de pies y manos y con un gendarme a cada lado, los cuales me llevaban del brazo, y no precisamente como muestra de cariño, me preguntó: ¿usted mató a la doctora? le alcancé a contestar, de pasada: “No hablo con periodistas de esta prensa infame”. Entré por fin al temible tribunal, los gendarmes se detuvieron en un pasillo a la entrada de una puerta de la audiencia a esperar la llamada. Después de un largo tiempo, escuche que decían:
¡Que pase el acusado!
Continuará…….
Uno de los vigilantes sacó un llavero de su cintura y me retiró las esposas de las manos, ya cuando se inclinaba a quitarme las de los pies, se levantó y le murmuró – a mí me dio la impresión que le musitó – a los oídos algunas palabras a su colega, yo supuse que le estaba advirtiendo de mi peligrosidad. Una vez liberado de manos y pies, abrieron la puerta del tribunal y me dejaron en la entrada, rodeado ahora por policías - . Observé el panorama, la sala estaba atestada de gente, se percibía un calor insoportable dentro de ella, todos con la vista fija en mí; el “delincuente”, el “asesino” y otros apelativos que los medios se habían encargado de enquistar en la ciudadanía.
Reparé que las miradas que me dirigían los espectadores eran de furia, de cólera. Deseaba, en ese momento, que el piso del tribunal se agrietara bajo mis pies y dejase una fosa profunda donde caer y quedar sepultado por la tierra y la madera. Me hicieron avanzar por los pasillos del tribunal hasta llegar a un asiento, el cual se ubicaba a uno de los costados donde se encontraban el juez y sus adláteres. A mi lado se encontraba Roberto González, mi abogado defensor, quien me observó con una sonrisa y me dio una palmada en la espalda.
Ya sentado, comencé a padecer los síntomas de siempre, obviamente producto del stress, pero – esta vez – se sumaron otros que no había sentido desde hacía ya bastante tiempo. De pronto comenzaron a pasar veloces figuras ante mis ojos, eran como las sombras de un animal que yo las imaginaba como de gatos. Y, agregado a esto, los fuertes estallidos - como producidos por un arma de fuego – en mis oídos. Como siempre, estos balazos los escuchaba dentro de mis oídos y tenía la certeza de que éstos no provenían del exterior. Me pregunté, en ese momento, por la razón de estos síntomas, no podía explicármelos racionalmente, máxime cuando hacía pocos instantes mi estado mental era de euforia, euforia que había sido producida por los medicamentos que me había inyectado el doctor en el manicomio (no me gustan los eufemismos). Llegué a pensar que un microbio, controlado, quizá mentalmente, por el psiquiatra, había entrado a mi organismo y avanzaba por mi sistema circulatorio; venas, arterias y corazón hasta llegar a mi cerebro y en un proceso de selección devoraba todos los medicamentos que me había administrado el médico, logrando con eso dejarme a la intemperie, es decir en mi estado normal; psicosis, paranoia y esquizofrenia.
De pronto un martillazo en la testera me hizo saltar. ¡Silencio en la corte! ¡Que se ponga de pie el acusado! Con las piernas temblando me levanté con esfuerzo. Una mujer comenzó a leer en voz alta un extenso texto que, en resumen, explicaban las razones de la situación que me tenía en esos tribunales. Posteriormente, uno de los hombres que se ubicaban a un costado del juez, inquirió mis datos personales; preguntó por mi nombre, apellido, estado civil y estudios realizados, a los cuales yo respondí correctamente.
Seguidamente, le pidió a un abogado que comenzara el interrogatorio. Se levantó el fiscal, se acercó a mí, a una distancia prudente y comenzó a efectuar una semblanza de mi persona.
¡Este hombre que ustedes pueden ver sentado aquí, es un asesino, quien, cobarde y alevosamente atacó a una persona con un puñal produciéndole la muerte! ¡Pero, no se engañen, este hombre, de aspecto tímido y con rostro de persona agradable, sacó su máscara y actuó sin piedad en contra de su víctima destruyendo, no sólo la vida de una persona, sino también la de su familia y de toda la sociedad!
Advertía un odio que, creo que jamás había sentido en mi vida, observaba a la víbora mientras continuaba con su perorata. A esas alturas contemplaba estupefacto que de su boca no salían palabras sino veneno. Continuó, no sé por cuánto tiempo, el lebrel, emitiendo calificativos ponzoñosos en mi contra. Mientras tanto observaba que su rostro tomaba diferentes aspectos, los cuales provocaban en mí una gran angustia. Tenía en su labio superior una pequeña cicatriz en forma longitudinal con respecto a su cuerpo, producto quizá de alguna operación. Era tanta mi ira, que me concentré en su estigma, fijé mis ojos directamente a ella. El fiscal comenzó a interrogarme.
Continuará.....
- ¿Fue usted el día 24 de julio del año 2010 al Centro
de salud mental?
- Sí, contesté, pero no puedo recordar la fecha exacta.
- ¡Conteste Sí o No! Respondió rojo de rabia.
- No puedo afirmarlo ni negarlo, pues realmente no sé
la fecha con precisión.
- Bien, dijo entonces, le preguntaré de otra forma.
- ¿En qué fecha, aproximadamente, fue usted al Centro
de Salud?
- Fue en el mes de julio, pero no recuerdo la fecha exacta.
- ¿En la tarde o en la mañana?
- No lo recuerdo, respondí.
- ¿Qué personas había en el instante en que llegó usted
a ese consultorio?
- Creo que se encontraba la secretaria, un paramédico y
un guardia de seguridad.
- ¿No había ninguna otra persona?
- No lo sé, señor. Pues para eso hubiese tenido que
revisar todos los box y oficinas de ese centro.
- Bien, contestó
El fiscal, después de ponerse unos guantes de látex, se acercó a una mesa y, con delicadeza, tomó una bolsa plástica transparente rotulada, creo que decía “evidencia”, la abrió con sumo cuidado. Al extraerla pude ver que era un puñal, que más que puñal tenía aspecto de Katana. Interiormente pensaba “estos sí que están enfermos, jamás en mi vida había visto, ni menos portado tamaña arma y si alguna vez la hubiese tomado, con mis propias manos, lo más probable es que hubiese temblado completamente”. De pronto la levantó – en ese momento escuché exclamaciones de las personas que observaban el juicio – la levantó, la puso en forma vertical, posteriormente en forma horizontal, pude observar su elevación, planta y perfil. De pronto, cómo en un estallido de ira, me miró fijamente y me preguntó:
- ¿Qué es esto?
Recordé, en ese momento, al filósofo y matemático francés René Descartes (1596 – 1650), quién en su obra “El discurso del método “, planteaba la “duda”, basado en que muchas veces somos engañados por los sentidos, por lo tanto estamos expuestos a caer en el error. En consecuencia el resultado de la duda es “Pienso, luego existo” sentencia que proviene del latín “Cogito Ergo Sum”. Tal vez por la rabia que percibía en mi interior - como si toda la ira del mundo se hubiese concentrado en el fiscal - Y, por otro lado, el malestar provocado por el hecho de estar ante una multitud a lo cual no estaba acostumbrado, sin pensarlo y, quizá con el ánimo de dejar en ridículo al fiscal, respondí:
- ¡Una cuchara!
S escuchó una estrepitosa carcajada en el auditorio, la cual fue acallada inmediatamente por un fuerte golpe sobre la mesa provocado por el anciano Juez. Observé la reacción del terrible galgo, había quedado como en transe, con sus ojos salidos de sus órbitas y con el rostro totalmente enrojecido, incluso abarcando sus orejas, en las cuales más se destacaba su roja furia. Ya sin tener a qué recurrir en ese momento, quedó en silencio por un breve tiempo y expresó:
- Vuelvo a realizar la pregunta, ¿Qué ve usted en
mis manos?
- Una cuchara, respondí nuevamente.
Esta vez todo silencio. Creándose una atmósfera de expectación en el público. Mientras el fiscal me observaba con una mezcla de incredulidad e ira, manifesté.
- Cogito Ergo Sum.
Todos s e miraban con una expresión que reflejaba no entender o, probablemente, pensaban éste está totalmente loco.
Seguido a mi afirmación les expresé, quizá con el ánimo de provocar a todo el tribunal, lo siguiente: La justicia es tuerta, un ojo bien abierto con los débiles, los pobres y desamparados, y el otro bien cerrado, sellado, lacrado con los ricos y poderosos.
Se produjo un silencio en el auditórium. Quizá eso provocó en mí una nueva reacción, un delirio, lo que en la jerga psiquiátrica se denomina psicosis. Comencé a ver y escuchar moscas, me parece que eran moscos azules. Observaba aterrado, entre fuertes dolores de cabeza y estallidos en mis oídos, cómo la sala se plagaba de esos insectos, cubrí mis oídos con mis manos con la finalidad de no escuchar el ensordecedor zumbido que me hacía enloquecer. Recuerdo que le grité a mi abogado defensor ¡las moscas!, ¡las moscas! El abogado defensor se puso de pie rápidamente, se acercó a la mesa del juez y le habló algo que yo no entendí, no estoy seguro, pero creo que fue así. Alcancé escuchar unos movimientos rápidos en la sala y, hasta ahí es lo que recuerdo. Lo más probable es que haya perdido la consciencia.
Desperté nuevamente en el manicomio, con una aguja insertada en la muñeca de mi mano derecha y unos aparatos entregándome oxígeno. Ya me sentía mejor, cuando pasó el doctor haciendo su visita. Ya estás recuperado, me manifestó. ¿Qué paso con mi abogado?, le inquirí. Mañana vendrá a conversar con usted nuevamente, me respondió. Al día siguiente – después de una noche tranquila – me pusieron nuevamente ante mi abogado defensor.
- ¿Cómo se siente?
- Bien, respondí.
Llegué a la convicción de que mi abogado defensor estaba coludido con el psiquiatra y el fiscal con la finalidad de que me condenaran injustamente. La razón no la sabía, pero estaba seguro de que había una connivencia entre ellos. Más aún cuando recordaba que mi abogado defensor jamás abrió la boca mientras me enjuiciaban ni siquiera para decir “protesto su señoría”, como había visto en los procesos por televisión.
De pronto exclamé con un grito eufórico:
¡El disulfiramo!
Continuará........