LOCO DE AMOR
Era una mañana tórrida y angustiante de verano. Una moneda de oro, que descendía desde un cielo lampiño, sin nubes, se derretía en el asfalto con parsimonia. Las ventanas de los edificios brillaban con fulgor, al igual que los escasos vehículos que circulaban por la carretera. Y una brisa caliente y seca rondaba pausadamente por las calles desiertas como un sediento clochard.
En ese momento, Donovan discutía con un amigo, llamado Alejandro de la Rosa, en el apartamento de éste, ubicado en alguna calle de Fuenlabrada, cerca de la Fuente de las Escaleras. Ambos vociferaban como dos niños pequeños. Donovan maldecía a su amigo mientras, envuelto en un traje de pana, caminaba de un lado para otro del amplio salón, con papeles en sus manos. Alejandro, desde el sofá y enfundado despreocupadamente por una camisa interior de tirantes y unos cortos pantalones, le recriminaba a sus excelentes difamaciones construidas por oraciones bien elaboradas; fumaba cigarrillos de mala calidad, bebía vino de cartón y se mostraba un tanto nervioso. Sus ojos grises y melancólicos no se atrevían a mirar a los de Donovan: tan pardos y misteriosos. Pero no perdía la oportunidad de hacerlo, aunque fuese durante un segundo, cuando era acusado por aquél y se sentía verdaderamente impotente.
-¡Qué!-exclamaba Alejandro- Perdona Donovan, pero yo no he dicho eso. Te equivocas gravemente, Donovan-protestaba, mirándole con sus ojos grises, melancólicos y siempre perdidos, y, a continuación, bebía largo y tendido de su pequeño vaso de cristal.
Donovan se había sentado en una de las sillas junto a la mesa del comedor, cubierta por un mantel rojo de seda, y con un par de velas y una cesta de frutas de plástico sobre ella. Estaba perdiendo la paciencia. Alejandro era un buen amigo suyo; pero le había traicionado. Entonces, la pregunta es: ¿se había engañado asimismo creyendo que era su amigo, o, ciertamente, había que perdonarlo ya que los buenos amigos siempre se perdonan?
Confuso, Donovan se puso las manos sobre la cara y suspiró profundamente. Alejandro parecía temblar. Sus dedos escuálidos semejantes a los de un viejo acabado, o lo que es peor, a un drogadicto en sus últimos años de vida alcanzaron un tal paroxismo de temor, que no le permitía sujetar de forma adecuada el cilindro elegante y esbelto, pero cancerígeno como una bella mujer.
-Verás, Alejandro-dijo tras dejar los papeles sobre la mesa y levantarse de la silla-. Hemos sido amigos durante mucho tiempo. Creo que tú eres la única persona que me conoce bastante bien. Hemos tenido discusiones como cualquier otra pareja de amigos. Pero esto ha ido demasiado lejos. ¿Podrías decirme por qué coño te has involucrado en tales problemas que no son de tu incumbencia?
Alejandro, ¡oh!, y sus ojos, sus diminutos ojos parecidos a los de un tímido maníaco, se perdían en un determinado punto, en el silencio de un cuerpo delirante de aquel salón. Accedió a contestar, no sin antes beber un parte de su vida en un vaso sucio y grasiento, y consumir la otra en un placer instantáneo.
-¿No te has preguntado, Donovan, que a veces, en situaciones límite, el ser humano debe matar para seguir viviendo?
Donovan permaneció estupefacto. Se había sentado de nuevo y lo observaba desde su estancia. Comprendía lo que quería explicar su amigo, pero estaba claro que esa no era la respuesta que deseaba. No obstante, le dejó que continuase.
-La pena es que la mayoría de las personas no logran entenderlo. Y por eso somos tan frágiles como las estrellas. Nacemos, intentamos brillar en un espacio oscuro e indescifrable, y finalmente nos fundimos lentamente hasta ser mísera pólvora en el firmamento. Sabes muy bien, Donovan, que la vida se resume en vivir y morir. Buscar, ¿para qué? Encontrar, ¿y qué? De nada sirve complicarse, cuando ni los números se acercan a la verdad; cuando ni la ciencia ni la religión nos seduce por completo. Siempre habrá respuestas sin resolver. Y esta es una de ellas.
-¿A qué te refieres?-preguntó Donovan interesado.
-Asesiné al novio de tu amante porque necesitaba hacerlo. Y me da igual lo que me digas ahora. Aún así no lo comprenderías.
-Yo ansiaba acabar con él...-Se lamentó Donovan, y enseguida sus ojos empezaron a aguarse, hasta que una lágrima inocente cayó sobre sus mejillas ásperas y compactas.
-¡Ya sé que ansiabas acabar con él!-exclamó Alejandro sumamente irritado-¡Yo también lo ansiaba! ¡Fue tan fácil esa noche, en aquel barco! Cuando me invitaste a ese viaje de crucero por el mediterráneo, con tu amante y su esposo, que a su vez te habían invitado junto con amigos suyos, tuve próxima mi oportunidad, Donovan, de terminar con su vida. Era ese momento, o jamás tendría otra ocasión de ejecutar su muerte. Si, Donovan, fue fácil arrojarlo al agua; pero no fue fácil olvidar el por qué lo hice.
-¡Y por qué!-gritó exaltado- ¡Por qué!-Se levantó de su asiento y se dirigió hacia su amigo, aunque sin acercarse completamente a él-. ¡Dime por qué lo hiciste! ¡Tú misión, acuérdate, era el de distraer al marido, mientras ella y yo nos reuníamos a escondidas en mi dormitorio! ¡Para eso te invité, estúpido!
-¡Qué esperabas!-Se levantó también, y se encaró con Donovan, pero rápidamente rectificó y se volvió a sentar, y a lamentarse reflexivamente- ¡Dios! ¡No entenderás! ¡No entenderás nada! ¡No entenderás absolutamente nada!
-¡Y por qué!-Donovan había perdido la paciencia; sus ojos se desencajaron de su rostro firme y robusto-¡Oh, señor Todopoderoso! ¿Acaso tienes conciencia de lo que has hecho? Te has implicado en una relación que no tenía nada que ver contigo. ¡Estás loco!
-¡Sí!-Y rompió en el llanto. Su rostro, recubierto por una barba rugosa, había tomado un color anacarado, y estaba a punto de explotar-¡Estoy loco de amor!
De pronto, Donovan se quedó descompuesto. Su mirada se hallaba perdida. No sabía que pensar, pero si sabía que decir:
-¿Cómo?-Se calmó y se acercó hacia Alejandro, que estaba sumido en una gran tristeza. Se sentó junto a él y le colocó la mano sobre el hombro, y notó como vibraba de excitación, o tal vez, de miedo-¿Qué estas insinuando?
Alejandro alzó su rostro; un rostro pueril que se ocultaba tras una máscara adulta. Y sus ojos que se habían perdido durante largo tiempo, ahora vibrantes como todo su cuerpo, se fijaron en los de Donovan; y con los labios como si tiritasen de frío, a pesar de que tiritaban de ardor a causa de sus sentimientos reprimidos, se dirigieron, bruscamente, a los de Donovan, hasta conseguir palparlos durante algunos instantes. Si bien Alejandro, enseguida, se había apartado y puesto de pie lleno de rubor, dándole la espalda y sintiéndose como un verdadero idiota, tenía la certeza de que aquel beso breve y fortuito iba a continuar para toda una eternidad sobre sus labios, y lo que es peor, iba a convertirse desgraciadamente en un cierto remordimiento difícil de superar. ¿Y que pensaba Donovan ante todo esto? En realidad, Donovan pensaba en muchas cosas; su mente ahora era caótica, pero no sabía que decir. En cambio, Alejandro estaba dispuesto a contarle toda la verdad, necesitaba serle sincero.
-Lo maté porque te amaba. Quería verte feliz con aquella mujer. ¡Oh, cuántas veces me decías que ojalá Jesús no hubiera existido para que tú y Eva pudieseis amaros con mayor tranquilidad, libres de pecado!-Se dio la vuelta y fijó su vista a un Donovan perplejo, con la mirada trémula puesta sobre el vaso de vino-Maté para que siguieses viviendo, Donovan; para que pararas de sufrir. Pero me doy cuenta de que el que ha muerto de verdad he sido yo. Te amo, Donovan; aunque sabía en cierto modo de que me negarías, y por ello no te dije nada de lo que sentía hacia ti. No quería perderte-Y se sentó en la silla que antes había ocupado su enamorado-. Mi alma está muerta; únicamente para que la tuya estuviese viva-Y se le escapó una pequeña sonrisa-. Sin embargo, no me importa.
Un silencio desconcertante se dejó entrever en el salón: de paredes pálidas como sus semblantes, de muebles desvencijados y viejos como sus sentimientos, de un aire débil y sinuoso como sus almas atormentadas, y por último, de máquinas apagadas como sus corazones. Donovan, como una estatua de mármol, se mantenía intacto sobre el sofá, y Alejandro todavía fijaba su mirada, que antes se hallaba perdida, en el rostro de él. Inmediatamente Alejandro percibió la ruptura de una amistad de años y años de establecimiento; ya todo no iba a ser como antes. Quizá Alejandro obró de esa manera por la amistad, y no por el amor. Pero, sin lugar a dudas, esta vida se caracteriza por solamente una única cosa: la contradicción; y dicha característica es imposible de solucionar.
Comentarios
Sólo un par de cosas: no queda claro si era el marido o el novio a quien Alejandoro mató (sólo por coerencia narrativa, a veces dices novio y otras marido).
La última parte, desde "quizá Alejandro obró.." hasta el final, a mi entender sobra, queda un poco "moraleja" y le resta dramatismo a los sentimientos y acontecimientos que se relatan.