A un lado él, al otro yo.
Por allá, más atrás del aroma a café y del humo del cigarrillo, el contorno y dentro, la imagen de su cabello, el cuello, y la espalda.
Acá, los labios secos, un codo apoyado en la tapa dura del libro de civilizaciones occidentales, el tinte oscuro de quienes debemos usar lentes, pero al romperse el cristal hace meses atrás no volvimos a hacerlos.
En medio, la TV del bar y el resumen de noticias deportivas del fin de semana, un mozo que se cruza a paso ligero, y el sonido de los hielos cayendo en el vaso de wisky del viejo que lee el diario.
Ahí, justo ahí, alguien le habla por celular, la cabeza va a un lado y a otro y cada tantos segundos escucho el final de una frase mientras veo como lleva su espalda al respaldo de la sillita, y la mano izquierda deja que los dedos toquen las yemas en el cabello cortito de la nuca.
En mi, la música de “Walking on air”, la mitad del cuerpo del cigarrillo deprimiéndose en una ceniza armada que se curva a punto ya de caer. Y un pié que se enreda en la pata de la silla.
Desde ahí, pide una cerveza con un dedo en alto, mientras al girar la cabeza, le guiña un ojo al mozo con una sonrisa que significa: una más… -Qué boca- pienso al tiempo que escucho mi nombre, y cuando termina King Crimson, se me acerca un beso a los labios.
Por allá, más atrás del aroma a café, de la silueta de quien me diera el beso, de las palabras de la boca que me dio el beso y del humo de dos cigarrillos < > el contorno, y dentro, la imagen de su cabello, el cuello, y la espalda.
Acá, los labios secos, un codo apoyado en la tapa dura del libro de civilizaciones occidentales, el tinte oscuro de quienes debemos usar lentes, pero al romperse el cristal hace meses atrás no volvimos a hacerlos.
Ya es mañana, cinco minutos pasados de la hora en que ayer te observé de lejos.
Ojos, tremendos ojos café y torrados, una caricia de luz de tarde te enfoca y me olvido de escucharte, se que no estoy prestando atención, pero adoré tus ojos… De vez en cuando digo “si”, y repito la misma idea por tercera vez, no puedo dejar de ver tus ojos. Me pregunto si te diste cuenta que te veo demasiado, si es que te incomoda y quiero incendiar un cigarrillo para que el humo estorbe el camino que lleva de mis pupilas a las tuyas… pienso cómo debe sentirse mi boca y mi piel si de la nada te dejara un beso, y me aterro, y tomo cuenta de que estas en silencio esperando algún tipo de comentario dentro de la conversación, mientras busco una palabra que sirva de socorro vuelve la imagen del beso y tu mirada de café torrado y con leche, cada vez más claros y cada vez más luz.
-“Es así”…- te digo esperando que sirva para mentirte atención, y no veo la hora de que el encuentro termine, aunque pagaría por quedarme inmóvil viéndote recorrer lo que queda del día, o de la semana. De vez en cuando, quedamos en silencio y debe ser porque no ayudo a dinamizar las ideas, pero es que encontré tu boca humilde detrás del humo que le da un color viejo y un sabor idealizadomente increíble…
< “idealizadomente”?, es una palabra tuya que ahora puedo usar solo yo, porque también es mía, pero te corresponde. Es adjetivo de esa boca, ninguna otra que conozca puede ser una boca con sabor “idializadomente”… ¿por qué se para?, ¿a dónde vas?, no alcancé a escuchar que estaba diciendo, ¿se habrá dado cuenta que no llego a poner atención y por eso se va?, no, no, no, dejó unas llaves y algo más en la mesa, pasa por detrás mío y esquiva el resto de mesas y sillitas del bar>
Desde mi lugar no puedo verte, a no ser que me voltee y persiga tu recorrido, y me doy cuenta que no es situación común para mi sentirme tan distante a tierra. Me acuerdo de un film de Benigni, y una canción de Dulce Pontes, un fado que adoro. No sé que hora es, tengo que ir a trabajar y antes pasar a ordenar unos horarios, veo la hora y no pasaron más que catorce minutos. Volvés comentado que algo, no sé qué, esta cerrado,
yo quiero irme, estar lejos de vos y desanudarme la espalda contra el marco de la puerta de mi habitación.
< ¿Por qué tengo que estar condenándome de esta manera? El se ve tan relajado, y yo acá, contracturándome hasta el ego… aparentemente la conversación se termino y voy a pagar mi café como de costumbre cada vez que voy al bar, el se ríe y no se da cuenta de lo atormentada que me siento, por ordenes culturales y de respeto el debe pagar el café, claro que es así, y otra vez suelta esa risa entre sorpresa y desconcierto que dura menos de un segundo>. Guardo el dinero, saco el celular, guardo el celular saco el dinero. <> me levanto, y no me acuerdo como caminar, nunca tuve que pensar de qué manera caminar, y ahora me resulta complicado, me duele el orgullo. Quise decirle algo, para que me encuentre algún parecido con la raza humana, y no hubo caso, toda mi actividad neuronal, percibía de qué manera puedo alcanzar altísimos niveles de desorden motriz, y dislexia verbal.
No quise mirar para dónde salió, caminé, y caminé más, me pasé cinco cuadras de la dirección a la que iba, y tuve que volver, llegué tarde a la reunión, al trabajo, y a casa.
El recuerdo de la situación me siguió provocando descomposturas durante algunos días, después logré superar verme de aquella forma, hasta que tuve que volver a verlo.