Ya caminando por el "este", no el punto cardinal sino el hombre que soy, descubro que mi conciencia es apenas un minuto.
La aguja del reloj marca un siniestro derrotero mientras la tarde apura su ultimo trago de luz.
Me mantengo en mi plataforma y soy ese minuto inconstante que oscila entre parir otra hora o morder el polvo.
En el zaguán, una luna misteriosa me ilumina. Yo me desnudo en mi silencio y cada vuelo de gallareta miro en derredor y veo hojas secas y telarañas.
En un parir la sombra, los ojos de este parietal enfermo, copulan el espanto y las egregias latitudes del soñar me deshojan, quizás pretendan aniquilarme...
La voz de la nostalgia, su mistela, en mi boca vierte, y todo es filosofía y risas en un salón, donde mi vida yace entre vasos y humo de cigarrillos y que sé yo, la brisa muerde mi costado cuando surjo entre la espuma.
Ya abroquelado sobre mi mismo, procuro hacerme agua entre las manos y nada me detiene hacia el abismo
-pues esta pluma escribe su sentencia para siempre-
Luego los criterios amenazan con denunciarme en el banquillo y la copiosa lluvia, cual colirio sagrado, abre mis ojos.
¡Estoy soñando en el diván de un sicoterapeuta mudo buscando la respuesta de mi frenético existir!
Me apeo simplemente -eso hago en este breve instante- me llevo a la boca un cigarrillo y vuelvo a ser de nuevo aquel atleta que pensaba
y luego de pitar con calma, gozando ese momento, pronuncio unas palabras sobre el sillón:
¡No muere quien predica su maldad sobre la silla eléctrica, sino aquel que escruta en la conciencia de los ruines, buscando hallar una premisa para su tesis doctoral!
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Felicitaciones, y un abrazo