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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Bajo el refugio de un añoso árbol una tarde primaveral, dos amigos (chico-chica) estudiantes de Filosofía y Letras, Elena y Miguel, compartían conversación sobre los misterios de la vida. Elena sostenía un bloc lleno de anotaciones, mientras que Miguel jugaba distraídamente con pequeñas piedras que había recogido del suelo.
—¿Sabes, Miguel? Últimamente estuve pensando en lo que realmente le da sentido a la vida. Es como buscar una piedra filosofal, algo que transforme todo lo mundano en valioso.
—Curioso que digas eso -cogió Miguel dos piedras.- Estas piedras me recuerdan lo mismo. A simple vista no son nada especiales, pero si las miras bien, cada una tiene algo único. Quizá lo importante no sea encontrar una sola piedra filosofal, sino aprender a ver el valor en todas las cosas.
—Interesante -dijo Elena.- Pero eso no resuelve la pregunta. ¿Qué es lo que convierte la vida en algo significativo? Hay quienes dicen que es el Amor, otros que es el Conocimiento, y algunos creen que es el Propósito.
Miguel arrojó una de las piedras al aire:
—Yo diría que son varias piedras. El Amor es una de ellas. Pero también lo es la Curiosidad, como ese hambre de saber más que te lleva a llenar tu bloc.
—¿Qué propones, entonces, que cada uno recoja sus propias piedras a lo largo del camino? -preguntó Elena.
—Exactamente. Piensa en la vida como si fuera un río. A medida que avanzamos, el agua nos trae piedras, unas brillantes, otras ásperas. Algunas las desechamos, pero otras las guardamos porque nos llaman la atención, porque nos hacen sentir algo, como algo preciado -dijo Miguel.
—Me gusta esa metáfora. Aunque me hace pensar… ¿Y si alguien no recoge ninguna piedra? Hay quienes parecen pasar por la vida sin detenerse a valorar las cosas -opinó Elena.
—Eso es una elección. Quizá no sólo se trata de encontrar piedras, sino de estar dispuesto a buscarlas. Al final, la vida te da lo que tú estés preparado para recibir -dijo Miguel.
—Entonces, según tu criterio, las piedras filosofales no se encuentran, se construyen. Una mixtura de experiencias y emociones y aprendizajes -habló Elena.
—Así es. Una piedra importante para mí es la Gratitud. Aprendí a valorar plenamente a mi madre cuando la perdí. Esa experiencia me enseñó a no dar por sentado a las personas que quiero -dijo Miguel.
—¿Y qué transformó en tu vida esa piedra? -le preguntó Elena.
—Transformó mi forma de ver a la gente. Ahora, cada vez que estoy con alguien de mi entorno, estoy presente, sin distraerme. Es como si esa piedra me recordara que la vida no es eterna y que cada momento cuenta -dijo Miguel.
—¡Curioso! -se sorprendió Elena.- Para mí, una de mis piedras favoritas es la Incertidumbre. Durante algunos años le tuve miedo, pero ahora entiendo que es lo que mantiene viva la chispa de la curiosidad.
—Nunca hubiera pensado en la Incertidumbre como una piedra filosofal -Miguel sonrió.- La mayoría de la gente la ve como algo que pesa, no como algo valioso.
—Depende de cómo la mires -dijo Elena.- Si la Incertidumbre fuera un metal, sería el mercurio, que es un líquido inestable, pero fascinante. Cada vez que me enfrento a lo desconocido, siento que estoy viva, que voy creciendo.
—Entonces, si tu piedra es la Incertidumbre y mi piedra es la Gratitud, ¿cuáles otras piedras crees que podríamos añadir a nuestra colección? -le preguntó Miguel.
—La Empatía, sin duda -respondió Elena-. La Empatía es una piedra que nos conecta con los demás. Sin ella, estaríamos perdidos en un mundo de egoísmo.
—Y también la Resiliencia, ¿no?, que es una piedra dura que te ayuda a resistir los golpes de la vida -dijo Miguel.
—¿Y qué me dices de la Imaginación? Es una piedra que convierte lo que parece imposible en algo alcanzable -dijo Elena.
—Me gusta tu idea -dijo Miguel, pensativo-. Pero fíjate que cada una de estas piedras tiene algo en común: no son materiales. No puedes guardarlas en un el bolsillo, como estas que tengo en la mano.
—No -dijo Elena, mirando las piedras de Miguel.- Pero puedes guardarlas en la mente. Y lo más hermoso es que no tienen límites. Siempre puedes encontrar más, incluso cuando crees que ya no queda nada más por descubrir.
—Me da por pensar que tú ya tienes un cofre lleno de piedras filosofales -Miguel miró a Elena con admiración.
—Pero aún me falta mucho por aprender. ¿Sabes qué otra piedra he estado buscando últimamente? -le preguntó.
—¿Cuál?
—La Aceptación -respondió, rotundamente.- Creo que es una de las más difíciles de encontrar, porque implica hacer las paces con uno mismo, con los demás y con las cosas que no podemos cambiar.
—Pues sí, la Aceptación es una piedra poderosa. Cuando la encuentras, todo lo demás parece más ligero -dijo Miguel.
—Y, sin embargo, hay personas la buscan fuera, cuando en realidad está dentro de ellas mismas. Es como si pasaran toda la vida cavando en el lugar equivocado -dijo Elena.
—Tal vez porque es más fácil buscar fuera que enfrentarse a lo que hay dentro. Pero eso forma parte del viaje. Hay que aprender dónde buscar -opinó Miguel.
—Y compartir nuestras piedras con otros también forma parte de ese viaje. Nunca sabemos cuándo algo que hemos aprendido puede ser la chispa que otros necesitan para transformar su vida -Elena miró a Miguel.
—¿Qué te parece si hacemos un trato, entonces? –le preguntó, a la vez que lanzó con fuerza una piedra al aire-. Cada vez que encontremos una nueva piedra filosofal, la compartimos, ¿vale?
—Trato hecho -se estrecharon las manos.- Aunque ya lo estamos haciendo ahora, ¿no crees?
El Sol empezaba a ocultarse, bañando el horizonte con tonos dorados y rosados. Las palabras de ambos flotaban en el aire como ecos, dejando una sensación de tranquilidad y de propósito. Porque, al final, la vida no se trataba de encontrar una única piedra milagrosa, sino de aprender a reconocer y atesorar las que aparecían en el camino.

A Chávez López
Sevilla sep 2026
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