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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Iris espían
A veces aparece un error en un plan de la vida
que la realidad nos incluye. Y es tan grave que ser consciente de él es una
cosa extraordinaria, algo para lo que nuestro cerebro no fue programado.
Todo pasó en una noche de otoño. Dormía
plácidamente, sin preocupaciones, igual que otra noche. Pero, desperté de
pronto. Y este fue mi error, el fallo del plan. No debí haber despertado, no
estaba previsto, pero por algo que desconocía, lo hacía. Abrí los párpados por completo sin rastro de
sueño. Creo que fue esa reacción inhabitual en mí la que sorprendió a la
realidad. Alteré el futuro que me estaba predestinado. Un ojo flotaba en mitad de la oscuridad de mi
dormitorio. Un ojo humano con el iris azul cielo. ¿Era a alguien que estuviera
allí, en silencio? Pero no era eso lo que parecía porque habría logrado ver más
de la cara del extraño. No tendría sentido que sólo una parte tan pequeña fuera
visible, y nada más. Era un ojo solitario que me miraba sin pestañear.
Mi terror se quedó paralizado mientras analizaba
la forma de aquel ojo sin expresión Sé que hubiera perdido el juicio en el
momento del descubrimiento, de no ser porque, en el fondo, aún no podía creer
que estuviera despierto. No es cierto, sabía que no dormía que ese ojo era tan
real como mi cama y que estaba ahí mirando mi estupor, pero yo hubiera
preferido engañarme y así protegería mi sencilla concepción de la realidad. Y
quizás mis últimos minutos de vida. Dadme tiempo para asimilar que lo imposible
estaba pasando.
Traté de que la conmoción se mantuviera,
conteniendo el miedo creciente que de estallar iba a precipitar que el amo de
ese ojo se lanzase sobre mí para terminar conmigo. Ganar minutos a la muerte,
concentrando y extendiendo mi pensamiento en analizar qué podía ser eso que me
miraba desde la oscuridad.
Podría haber sido de un asesino, un ladrón...
Pero, de ser lo primero, ya estaría yo con la garganta abierta, y un ladrón
hubiese huido al verse descubierto. Además, en la actitud de la mirada que
bañaba el ojo, había algo frío, carente de emoción. Y como ya dije, ¿qué
sentido lógico tendría que sólo esa pequeña parte del rostro apareciese
iluminada frente a mí? No, era obvio; ahí sólo había un ojo flotando en la
oscuridad.
Podría ser que yo aún estuviese durmiendo,
viviendo un sueño nítido en el que todo se siente con más intensidad que hasta
durante la vigilia y que llega a confundirse con ella. Pero opté por morderme
la lengua, con la idea de poder descartar tal posibilidad. Sentía la modulable
presión de mis dientes, el dolor intenso, real… estaba despierto. Quizá un ser de pesadilla había entrado en mi
sueño. Pero ahora estaba allí mirándome, antes de tomar la decisión de matarme
o romperme la cordura. Si bien no existen modo humano para repulsar esta
hipótesis, desde ese momento se me antojó ridículo, una rémora del miedo
infantil que escondemos en algún rincón de nuestro subconsciente.
Entonces surgió de mi mente una extravagante
posibilidad, una opción alucinante que de tan inconcebible y precisamente por
ello, podría ser la más correcta.
Si los sentidos, ideas o percepciones, el
cerebro al completo, y por tanto nosotros en su interior, es reo de todos los
elementos relacionados con la adaptación al medio, ¿no será a la vez ciego
hacia el infinito cosmos de cuanto nada tiene que ver con la supervivencia?
¿Cómo puede captar un perro la existencia de una ecuación? ¿Y si el perro, en
un fugaz segundo, pudiese concebir las dimensiones del mundo que habita?
Un error de los que están detrás me permitió,
ignorante humano, descubrir que todo lo que vemos realidad se deriva de una
perfecta programación biológica, la cual mantiene una ilusión extraordinaria en
dimensiones y contenidos
Mientras eso pensaba, intentando procesar las
abismales consideraciones que ahora se abrían frente a mí como un pozo de
soledad. Cuando abrí de nuevo los ojos, el ojo azul ya no estaba. Miré a un
lado y otro… pero todo era oscuridad. El ojo había desaparecido, a la vez que
iba rumiando la hipótesis de si se hubiese sentido pelado en su integridad,
confirmando involuntariamente que yo estaba en lo cierto. Desde ese momento, la
vida dejó de ser para mí lo que había sido hasta ahora. La puerta de la locura
se abrió ante mí, y la franqueé formulándome unas preguntas, y ya sin poder
parar: ¿Por qué era un ojo lo que estaba ahí detrás? ¿Era una broma? ¿Se
burlaban de mí?
Si todo cuanto toco es una reacción atómica sólo
concebida para hacerme creer que el objeto que he tocado tiene realidad. Si
todo cuanto veo no es más que los resultados que mi cerebro fabrica ante el
impacto de la frecuencia y las ondas, al igual que con cuanto llega a mis
oídos. Si todo lo que como son átomos, moléculas y aglomeraciones unidas por
configuraciones electrónicas y estables ¿Qué esencia tienen? ¿Qué estoy
comiendo? ¿Qué es comer? Proceso electrones que corren temporalmente junto a
otros electrones. Si con quien hablo es un fantasma auto engañado, desconocedor
de sí mismo, víctima de nuestra común condición, con quienes sólo puedo
intercambiar mentiras repetidas.
Mentiras tan profundas que se confunden con la
verdad. ¿Cuánta soledad se contiene en la soledad de quien sabe que ni siquiera
es persona sino un acto procesual del devenir? Si todo eso es así, ¿cómo es la
auténtica realidad que nos es vedada Mi ego reúne creencias de lo que creo ser: una
carátula, una máscara sobre un proceso invisible y que delimita y que contiene
un mar de la nada sin fondo. Una configuración electrónica más, ya difuminada,
disuelta, destruida…
Me hablan, me inyectan, me medican, me hacen
dormir. Pero despierto, y las preguntas inundan todo como caudal titánico
invisible ¿Quiénes sois? Os envidio porque yo ya no puedo creer en nada, sólo
flotar en una tormenta electrónica de sufrimientos pero sin dolor físico. Me
intentáis convencer, palabras, palabras, palabras, y casi podría llorar de
ternura ante vuestra ignorancia, por la que yo daría o haría cualquier cosa.
Y a medida que hablo me pregunto personas hay
que quedan fascinadas escuchándome. Inventaron la etiqueta de la locura para
aislar a visionarios que descubrieron el engaño. Reímos de quien dice la
verdad, o lo matamos para no escuchar que nada cambie. Lo llaman muerte, pero no existe tal cosa.
Disolviendo mi cuerpo se aseguran de que no seguiré hablando; mi testimonio
queda sólo en este papel, sin añadir nada. Pero mi alma fluirá, se
entremixturará con otras, presencias infinitas, que ahora siento a mi
alrededor. Me fundiré en el caos absoluto que nos espera tras la Gran Mentira.
Y ya han comenzado a trabajar sobre mí. Será un
proceso lento y doloroso. Me romperán por dentro, debilitarán mis órganos, me
postrarán en cama, me convertirán en demente, y seré un vegetal que respira…
antes de ser desconectado para siempre. ¿Por qué tenía que abrir los ojos
aquella noche? Habría sido feliz en mi ignorancia, como un niño en el paraíso
de su infancia inconsciente ¿Por qué han cometido el colosal error de rasgar el
velo? La realidad es el peor de los infiernos ocultos para protegernos, para permitir
la vida. Nunca vayas en su búsqueda, nunca, no quieras conocerla. Te destruirá
sin remedio, créeme. Ojalá nunca descubras lo que ha causado mi final

A Chávez López
Sevilla sep 2026