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Allá, lejos de donde estoy,
pero sin llegar a los volcanes,
está el ruido del silencio
que Juan Preciado alcanzó a oír:
Comala.
El lugar que esperaba ver tan verde,
y encontró, hecho de sobras, un pueblo.
Yo conozco ese potrero seco
donde la gente dice
que en algún arco de tabique
fueron enjarrados los pequeñitos
que, llorando entre el mortero y la piedra,
sirvieron de cimientos para el viejo puente
que ya nadie pisa hoy.
Aunque algunos aseguran todavía
que cuando el aire toca esa antigua brecha
por la que caminaron los tecolines,
al viento se le puede escuchar llorar.
Como si el llanto de los niños
viniera con él,
y siendo ellos el viento,
uno siente el susurro cerca de la oreja.
Por esos suspiros inocentes
arrebatados de sus familias,
el anciano puente tuvo larga vida.
Fue perfecta la construcción.
Listo y terminado lleva
quizás más de cien años ahí…
solo, intacto y completo,
sostenido por el material
que salió de aquellos niños
para hacer la construcción.
Pudieron pasar los años
y el arco de aquel puente sigue ahí
con esos suspiros ahí atrapados
hablando cuando el aire sopla.
Gracias por leer, todos los comentarios son buenos, aportan y son bien recibidos.Saludos.
-P.P.
Comentarios
Prado_Primitivo
Y tan libre que es tu poema. Inspiración.
Me ha gustado especialmente: Aunque algunos aseguran todavía que cuando el aire toca esa antigua brecha por la que caminaron los tecolines, al viento se le puede escuchar llorar.
Saludos y bienvenido a tu foro de Literatura