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Carta a mi mamá desde La Habana

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII



Hola, me llamo Triana y ahora tengo 31 años. Mi cuerpo es rellenito, pero no tengo complejo por ello. He nacido y vivo en Sevilla. Sólo pude estudiar hasta terminar el bachiller, pero desde niña he tenido pasión por la Literatura y me gusta escribir; de hecho, he publicado mi primer libro. Me casé hace once años, pero no hemos tenido hijos. Hace tiempo que mi marido y yo no hacemos el Amor, aunque nos hablamos y seguimos viviendo bajo el mismo techo. Pero la realidad es que me siento como una puta mierda, frustrada y abandonada.


Carta a mi mamá desde La Habana 


Hola, mamá. Como te prometí cuando salí de Sevilla, te escribo para contarte cómo fue la presentación de mi libro. Me hubiese gustado tenerte conmigo, pero sé que tu economía, y la mía también por culpa de mi marido, no están para dispendios.

No merece la pena detenerme en explicarte los aplausos protocolarios de aquella gente, que se auto hacía llamar experta del arte de la Escritura, ni tampoco del cocktail de bienvenida; que, por cierto, dejaba que desear, ni tampoco de los exagerados elogios que hacía de mí mi agente. Todo eso pasa a un segundo plano. Un camarero del hotel, donde se celebró el evento, se encargó de hacer de la tarde una de esas tardes que no se olvidan nunca.

Pienso que lo que te voy a contar no te va a gustar, y puede que me digas que no es correcto lo que hice, pero eres mi mamá y mi mejor amiga y la sinceridad con la que te escribo me ayuda a desahogarme. Lo mismo que lo hacíamos en la cocina de tu casa; tú y yo, y tus guisos como únicos testigos. Y a quién mejor que a ti, que me has criado con tanto Amor y paciencia.

Sobre la presentación del libro, poco que decir. Tenía una copa de más y no me sentía segura en esa reunión de intelectuales, todo vestidos con ropa de marca y fumando cigarrillos de los caros. Sus palabras sonaban a soberbia, y sus alientos expelían un olor a podrido, como el olor de las tuberías atrancadas de los fregaderos. Sonreían, suficientes, mientras eran presentados como críticos; que, según mi marido, eran los escritores más expertos de la América Latina.

 “Ponte guapa y sonríe, y tu libro recibirá buenas críticas en periódicos y revistas”.

Eso me había dicho mi marido antes de partir hacia La Habana. Entonces no le hacía caso, pero ahora le doy millones de gracias por decirme que me pusiese guapa. Y más adelante te voy a explicar el por qué.

Durante el evento bebí unas cuantas copas de alcohol para desinhibirme, pero un vino dulzón se me pegaba al paladar y su sabor, parecido al del café, me recordaba aquel vino que bebía mi difunto papá adoptivo, tu sin par marido. Pero, de pronto, decidía no beber más porque lo único que estaba consiguiendo era emborracharme.

Paseaba por la sala para espabilarme. Los zapatos de tacón me estaban matando, me apretaban con saña dedos y talones. ¡Fíjate, mamá, yo con tacones, Jajaja! ¡Madre mía, la de cosas que hay que hacer para publicar un libro!

Miré a mi alrededor, buscando un punto de relajación, una vía de escape, y vi un ascensor, y de pronto me apeteció salir a la calle, para respirar aire puro. Pulsé el botón verde, y al abrirse la puerta, ahí estaba él: un mulato, alto y guapísimo, con las mangas de la camisa remangadas, exhibiendo brazos musculosos y duros como roca; un pelo moreno rizado, un pecho vigoroso, y… ¡ay, mamá! un acento tan musical, tan dulce e incitador que sentía arder mi… bueno, mamá, las mujeres sabemos qué!

Amable se hacía a un lado y me invitaba a que pasase, y yo, entre la sorpresa de aquel bombón ante mí, el vapor del vino y los ojos de él fundidos en el rojo de mi traje, me enganché un tacón en una ranura del suelo del ascensor y casi caigo. Él me sujetó y soltó una suave sonrisa. Y viendo sus dientes tan blancos como cal, oí la sonrisa más bella que recuerde. Me reincorporé, avergonzada aún, y le di las gracias con un hilillo de voz.

-sigue y termina en pagina siguiente-


 

Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    Se llama Omar, y no pude saber más de él porque, a falta de cinco plantas para llegar a la baja, uno de mis brazos no respondía a mi cerebro, se alargaba como goma, y pulsaba el botón top. Me miraba él con una ceja enarcada y yo veía sus labios despegarse y olía su aliento a menta. Se echó sobre mí y me olvidé de la presentación de mi libro, de mi esposo, de  la cordura. De todo cuando su boca traviesa besaba mi boca; un beso que me llevaba a mi adolescencia; la que intentaba explicarte del mejor modo que sabía cuando era niña, y que tú justificabas como una etapa transitoria de la vida.

    Me rodeó con sus brazos y me dio la vuelta. iNi mucho menos oponía yo resistencia! Con suma delicadeza me puso sobre la pared de aluminio, mi cara sobre el metal, y sentía el calor de las yemas de sus dedos a todo lo largo de mis muslos, y mis bragas bajar a través de mi piel, erizada. Oía un deslizar de cremallera. Estaba excitadísima y temblaba como un flan. Apartaba él pelos de mi oreja derecha y me susurraba al oído, con su envolvente acento cubano: "mi niña linda", y sin poder más le dije que me hiciese suya en el mismo ascensor. Es que aparte del deseo que Omar había inyectado en mi vena sexual, tú sabes, mamá, que yo tenía necesidad de sexo.

    Lo sentía dentro de mí. Con empujes de potro salvaje me aplastó sobre el aluminio. Olía dentro del ascensor a menta y vino. Él me embestía con toda su fuerza, y con un frenesí que hacía entrar mi cuerpo en ebullición. Sus gotas de sudor se precipitaban sobre mis nalgas. Me cogía por la cintura y a la vez viajaba su boca hasta mis pechos con sus pezones erectos; los amasaba, como si arcilla fuese. No paraba de darme Amor con la misma intensidad que había empezado, y yo quería ser  vulnerable para él.

    Cinco minutos nos mantuvimos con mis jadeos estrellados sobre la pared y sus dulces palabras cubanas enlazadas con un galope de potro desbocado. El placer recibido me hacía olvidar el mundo, y el vino por mí bebido se había evaporado ya. Y así hasta que oímos un golpeteo proveniente de la planta baja, como reclamando el ascensor.

    ¡Mamá, he vuelto a recibir la semilla del Amor! Omar me susurraba al oído: "mi niña, voy a echarte un palo que nunca lo olvidaras". Y empezaba a imponer un ritmo frenético, hasta que se detenía en seco, se tensaba cual cuerda de violín y soltaba un gemido que se ahogaba con un beso ventosa en mi cuello.

    Acalorada y con la vista nublada, me arreglé el cabello y salí del ascensor en la planta baja. Omar se despedía de mí con un tierno beso en mejilla y un guiño cómplice. Feliz salía del edificio, rumbo al bar más próximo a tomar café. Necesitaba reflexionar aquello. El placer que recibí lo veo ahora secundario porque… ¡ni él usó preservativo ni yo anticonceptivo! Tiempo al tiempo, mamá, porque si me he quedado embarazada, lo que quiera Dios que vaya a venir es mío y sólo mío. Perdona, mamá.

    Sentada en una silla de la terraza del bar, pasados unos minutos me llamó al móvil mi marido. Me preguntó dónde estaba, y yo le colgué. Pero le envié un WhatsApp, en el que le decía que iba a estar algunos días de distancia para pensar. Aquel adorable cubano me marcaba la ruta que hacía mucho tiempo que buscaba. En pocos minutos, me hacía abandonar la rutina que el matrimonio y los cuernos que me pone mi marido me habían impuesto.

    Mamá, voy a pedirle el divorcio a mi marido, pero le contaré antes lo que me ha ocurrido. Odio ser infiel, como lo fue mi puto padre biológico con mi pobre mamá biológica, hasta que un endemoniado día la mató, teniendo yo sólo tres años de edad, según me contaste cuando cumplí la mayoría. Y como también ahora lo es mi cínico marido, que para lo único que me quiere es para que le haga las comiditas de su gusto, lavarle y plancharle sus ropitas, tenerle siempre la casita limpita y coqueta para cuando él se le ocurra aparecer, mientras el pedazo de cabrón vuela de falda en falda todos los días.

    Mañana buscaré a Omar y le pediré amistad, y quién sabe, mamá, igual llegamos a más. Y, si no, con los 50.000 dólares que he logrado por el primer premio trataré de rehacer mi vida aquí, pero contando con que la mitad de mi premio es… ¿para quién si no que para la mejor mamá del mundo?

    Sé que tú, como mujer y como madre que me ama y me apoya en todas mis cosas, aunque a veces me regañes, con un guiso de los tuyos y mirándonos a los ojos, me comprenderás. Te quiero mamá. Tu rellenita hija, Triana.


    A Chávez López
    Sevilla ago 2026

     :)
     
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