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Guapa, joven y sexy escritora

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado 29 de julio en Erótica



Guapa, joven y sexy escritora

Era un jueves y todos los alrededores del mercadillo “Jueves Macarena” (típico barrio de la ciudad de Sevilla), estaban llenos de vendedores y compradores. Y en el famoso y pintoresco bar-restaurante “Sevilla es especial”, punto de encuentro de escritores y de escritoras, no cabía un alfiler. Saludé a algunos mientras el portero me abría la puerta.

—¡Me alegro de volver a verla de nuevo, señorita Carla; está usted guapísima! -se inclinó reverencioso y añadió-: el señor Chalop la está esperando.
—Gracias, Marcelo. Eres muy amable.

También me saludó afectuosamente el maître, al que seguí hasta la mesa que ocupaba el señor Chalop, que era una que estaba sobre la pared que separaba el restaurante del bar, el lugar más estratégico del local, desde donde se podía ver sin ser visto. 

Sabía  que el señor Chalop acudía al “Sevilla es especial” todos los días desde hacía quince años, salvo cuatro meses del pasado año porque había estado ingresado en un hospital e intervenido quirúrgicamente de una úlcera de estómago. Pero, a pesar de eso, se hacía servir las comidas desde el “Sevilla es especial”.

Se hallaba el señor Chalop sentado en su “pedestal” cuando me aproximaba. Intentaba levantarse, pero su enorme barriga topaba con la mesa, lo que lo obligaba a mantenerse semi incorporado hasta que me sentaba a su lado, que entonces se desplomaba en su asiento, y, después de besarme repetidamente en las mejillas, me decía, con su peculiar voz aflautada:

—¡Qué bonita te veo, querida Carla!
—Gracias por el cumplido, señor Chalop.
—Sólo Antonio –me dijo, mirándome a los ojos-. Tutéame. Después de todo, somos viejos amigos. ¿Cuántos?
—Cinco años, señor Cha…, Antonio -accedí a su petición. Este tiempo era visto en el mundo del teatro un período largo, aun siendo una relación de amistad.

De pronto, se aproximó el maître a la mesa.

—Un cóctel de champán para la señorita Carla -el maître se alejó y el señor Chalop se volvió de nuevo hacia mí, regodeándose con ojos lujurioso en mi generoso escote-. ¡Lo mejor para ti, querida Carla! –sonrió.

Me gustaba el champán, pero esos cócteles me causaban náusea. Pero como no quería desentonar, le devolvía la sonrisa.

—Gracias. Ust... tú siempre tan amable, Antonio.
—Disfrútalo, querida Carla -añadía después de que el camarero dejase la bebida pedida sobre la mesa.

Llevaba la copa a mis labios.

—¡Espera, espera un momento! Tenemos que brindar por algo -Chalop alzó su copa, que parecía contener whisky, pero era agua, porque la úlcera le había obligado a abandonar el alcohol-. ¡Éxito para tu novela y también para la obra de teatro!
—¿La obra de teatro? -le preguntaba y extrañada me quedaba.

Asentía y bebía un pequeño sorbo; y, aunque me revolvía el estómago, me las arreglaba para relucir mi mejor sonrisa.

—¡Buen cóctel! -exclamaba, sin mostrar desagrado.
—Sí, he dicho obra de teatro. Tengo que comunicarte algo importante –anunciaba una boca solemne, mientras una mano traviesa se posaba atrevidamente en mis rodillas.
—¿Qué es eso tan importante? –mi curiosidad forzaba mi pregunta.
—Después de leer de nuevo tu novela, he decidido representarla -su mano iba ya por mis muslos-. Empezaremos a hacer el libreto la próxima semana.

Interesadamente, me olvidé de la intrépida mano.

—¡¿En serio?!
—Por supuesto, querida Carla. Yo siempre hablo en serio. Me gustó como quedó después de que la corregiste. Y la protagonista va a ser la gran actriz sevillana Ofelia Lemos
—¿Y crees que le gustará a Ofelia?
—Ofelia nunca va a encontrar un papel más apropiado para ella. Además, siempre ha querido trabajar con Gay. Me lo había pedido muchas veces.
—¿Y el famoso director de teatro Gay va a dirigir mi obra?
—¿Y quién mejor para dirigir una obra de teatro de mujeres que una "mujer"? –sonrió-. Le telefoneé esta mañana a su domicilio de Madrid y aceptó encantado.

La mano proseguía afanosa en su lenta pero certera ascensión. Empecé a tomar precauciones.

—No había conocido antes a nadie que se moviese con tanta rapidez –dije, de pronto, con la mayor intención.
—Es que cuando algo me gusta, ahí estoy yo. No soy partidario de andar con rodeos –sonrió de nuevo.
—Ni yo tampoco –lo miré recriminatoriamente-. Y precisamente por eso no respondo de las consecuencias si no retiras de inmediato tu mano de mis muslos –sonreí también, pero con los labios abiertos y los dientes apretados.

El señor Chalop me miró con ojos “inocentes”. Su osada mano, ahora sobre la mesa.


-sigue y termina en página siguiente-

Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    —No me lo tomes a mal, querida, pero siempre me ocurre lo mismo. Cuando me entusiasmo, suelo distraerme.
    —Entiendo. Pasa que me excito con facilidad. Y no he visto nunca un hombre tan entusiasta como tú.
    —¿Sí? –sonrió socarronamente.
    —Eres único e irrepetible. En un ambiente lleno de personas titubeantes, tienes tú los suficientes cojones para mantenerte firme en tus convicciones, y esto es digno de admiración.
    —Yo sólo tomo decisiones –dijo, con aparente modestia-. Pero, como te decía, sé lo que quiero y lo que no quiero. Y tú formas parte de lo primero.
    —Tu espontánea sinceridad me agrada.
    —Vamos a vernos ahora más a menudo –taimadamente, cambió de tema-. No soy de esos productores que dejan todo en manos de sus empleados. Me gusta identificarme con mis escritores y mis escritoras, y también con sus obras.
    —Por eso me alegro de que hayas admitido mi novela.
    —Pero he de comunicarte que falta trabajar un poco más los diálogos. Me gustaría tener un cambio de impresiones contigo antes que Gay regrese de Madrid.
    —Dime cuándo y dónde, y yo me ocuparé de estar libre.
    —Te telefonearé -respondió, obviamente satisfecho con la manera en que iban desarrollándose las cosas.

    Su pícara extremidad volvía de nuevo a las andadas.

    —En mi oficina están preparando ya tu contrato –se apresuró en añadir-. Un anticipo de tres mil euros lo veo justo. Pero es necesario que sepas que es más del doble de lo que ofrezco a un escritor por su primera novela.

    Lo que acababa de decir era verdad. La gente del teatro comentaba que sólo ofrecía mil doscientos. Por eso y por agradecimiento a su inesperada esplendidez, mi pudor se puso de acuerdo con mi interés crematístico y ninguno rechazaban, por el momento, su impúdica mano.

    —Gracias–respondí.
    —Te lo mereces. Eres una luchadora. Además, pienso que no te vendrá mal ese dinero. Ha llegado a mis oídos que tu exmarido no te pasa ni un céntimo.
    —Ya, ya veo que estás muy bien informado. Pero mi exmarido no lo hace por su propia voluntad, soy yo la que no quiero nada de él –le dije para dejar las cosas claras y evitar suspicacias.
    —Sin embargo, sé de mujeres en tu misma situación que no actúan de la misma forma que lo haces tú.
    —¡Allá ellas, es su problema! Yo puedo cuidar de mí misma.

    Mientras tanto, sus “inocentes cinco dedos” serpenteaban, incansables y procaces, reemprendiendo su lujurioso viaje, rumbo hacia “otras partes más íntimas”.

    —Te felicito por tu estilo y clase, querida -me miró, sonrió y enseguida trató de acercarse más a mí.
    —Disculpa, pero me ha entrado hambre de pronto -empecé a moverme de un lado a otro en mi silla, con la intención de disuadirlo de su empeño-. Ni siquiera he desayunado aún.
    —Pues eso tiene arreglo. Pidamos algo de comer.

    Pero antes que le diese tiempo de llamar al maître, nos veía Tribulete, el redactor jefe de la revista Teatro en acción, que se acercaba hacia nuestra mesa. Una sonrisita boba aparecía en su insulso rostro, y sobre su nariz llevaba sus acostumbradas y anticuadas gafas redondas con lentes de culo de vaso

    —¡Chalop y Carla y en la misma mesa! ¡¿Qué diablos estáis tramando?!
    —¡Has pescado un cachalote como primicia, Tribulete! –le dijo Chalop como saludo-. Esta lindura de mujer ha sido la que ha escrito la obra que voy a representar y que estará en cartelera dentro de dos meses.

    Tribulete dejó escapar un silbido.

    —¡Qué buena noticia! –exclamó, y me preguntó-: ¿te ha ayudado tu marido?
    —Su marido, que ya no es su marido, es un buen escritor, de eso no hay duda, pero no tiene nada que ver en esto -se interpuso Chalop-. Carla escribía novelas cortas, relatos y ensayos antes de casarse.
    —¿Has pensado en alguna actriz para la protagonista? –le preguntó Tribulete a Chalop.
    —Ofelia Lemos.
    —¿Y qué opinas tú, Carla? -me preguntó Tribulete, sus labios cerca de mi oreja derecha.
    —Sólo te puedo decir que estoy entusiasmada y agradecida –respondí, pero con los muslos apretados y el cuerpo encogido, a la vez que oprimidos los labios para no gritar.

    Pues sí, la intrépida mano del productor Chalop era también una mano experta en olimpiadas, porque finalmente conseguía una medalla de oro: ¡había llegado a mi sexo! Lo cual no me preocupaba demasiado, porque, por fin, empezaba a despuntar en el difícil oficio de escritora, y en parte gracias a una sinvergonzona mano trepadora.


    A Chávez López
    Sevilla feb 2026

     :)
     
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