Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!
antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Amor y entrega pudieron con el coma
Una agonía de fuego le quemaba el
alma y el corazón.
La miraba, inmóvil y sin pestañear, desde la
ventanilla que daba a la UCI. Ella parecía dormir apaciblemente. Varias agujas
atravesaban sus brazos, e infinidad de líquidos se entremezclaban con su
sangre. Cada día que pasaba empeoraba. Su aspecto de ahora hacía difícil creer
que era la hermosa mujer que había conocido año atrás, "Bella Luna",
que atrapaba a los hombres con su voz dulce y sensual. Cada noche su show era
la atracción más esperada y aclamada de la "Disco Imperial". Pero
eran sus ojos almendrados los que pillaban al compungido corazón de Mario. Además de su actuación en el
escenario, lo que también le atraía era una tristeza que ocultaba en sus ojos.
Empezaba a frecuentarla, pero sólo intentaba ser
amigo. Poco, a poco, fue ganándose su
confianza. Quizás, con el correr del tiempo podría confesarle lo locamente
enamorado que estaba de ella.
Las tardes eran testigos directos de sus
encuentros furtivos y fugaces en cafeterías de la ciudad. "Bella
Luna" de noche era María de día. Mario tenía su misma edad, pero ella tenía un pelo negro azabache que
resaltaba más todavía más su imagen, y una mirada que, a pesar de las
animadas conversaciones de Mario, siempre estaba perdida, lejana, ausente...
Una noche, después de su interpretación, decidido
quería entrar en su camerino y sólo para saludarla, pero, antes de pasar, en el
umbral de la puerta escuchó una discusión acalorada entre ella y un hombre.
-—¡Yo te quiero, no puedes abandonarme! -imploraba
ella, desesperada, con la voz marcada por el llanto.
-—¡Pero yo no! ¡La pasábamos bien en la cama,
pero eso se acabó! ¡Grábatelo en tu cabeza para siempre! ¡Adiós! -gritaba
la voz masculina, grave y fría.
Un individuo joven, alto y rubio tropezaba con Mario en su
salida presurosa del camerino. "Bella Luna", que jugaba con los
hombres, estaba tirada en el suelo y sus almendrados ojos se hallaban llenos de
lágrimas.
Su amigo y fiel servidor Mario se acercaba, la alzaba
y la abrazaba. Pero la ira lo invadía por dentro. El saber que la mujer a la
que amaba no sería nunca suya y que era presa de una pasión sin sentido, lo
hería en lo más profundo de su corazón.
Los días que se sucedían a esa noche negra para
ella eran iguales. “Bella Luna” no podía aguantar el dolor insoportable del
desamor. Hasta que, tomaba una terrible decisión: su
cuerpo volaba algunos segundos desde la tercera planta del edificio, antes de caer
estrepitosamente sobre el duro asfalto.
Después de veinte meses y catorce días de
permanecer en coma y mientras Mario le estaba acariciando una de sus manos,
María abría los ojos, miraba a Mario, pero no sabía quién era.
-¡Doc... doctor, venga usted rápidamente, por
favor! -gritaba él, yéndose como loco hacia la puerta de la habitación.
Cinco meses después.
Con vehemencia y no menos interés Mario abría un
sobre y leía un papel con tres líneas escritas con tinta verde esperanza:
Estas palabras son para ti, mi amigo especial, que me ha rescatado de todas las maneras posibles. Te espero impaciente, amaso Mario. No te tardes. Te prometo que la cena de esta Nochevieja va a ser diferente. Hay algo importante que tengo que comunicarte. Te amo con toda mi alma. María
La esperanza brillaba más que el Sol, y en la
expresión de Mario se dibujaba un amplia sonrisa.
Al cabo de dos meses se
casaron y tuvieron dos hijas; que, por suerte y por deseo ferviente de su
marido Mario, se parecían a su espectacular madre.
Pasados los dieciocho años de la obligada adolescencia,
una de sus hijas se preparó para entrar también en el difícil oficio de
cantante; que a decir de su cuarentona progenitora, cantaba mejor que ella,
además de que era más guapa y la superaba en hechuras corporales.

A Chávez López
Sevilla may 2026