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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Gritaban aquellos cráneos
Desperté. Era todavía de noche. Estaba tendido en la hierba en la caída de un valle. La Luna brillaba con su fulgor blanco en la oscuridad. Las estrellas eran como ojos que, extrañamente, se desplazaban parpadeando en línea recta.
Me incorporé. Un olor a podredumbre arrastrado por el viento me golpeaba la nariz. Bajaba la vista hacia la hondonada: decenas o centenas de cráneos empalados en estacas que emanaban del suelo como colmillos de madera, se extendían hasta donde mi vista alcanzaba.
En el centro del valle se levantaba una casona antigua y solitaria. Su tejado, a dos aguas, estaba a mucha altura, casi imposible de coronar. En la planta de arriba, una ventana estaba iluminada por una luz amarillenta. En su cristal podía distinguirse una gruesa sombra, que no sabría justificar con nada en concreto, pero me sentía observado desde allí.
Nubes de moscas, como olas de un mar negro, se agitaban entre los cráneos. Sus zumbidos era desapacibles y execrables. Sentía un impulso ciego e inexplicable que me conminaba a llegar a aquella casona, aunque semejante acción supusiese adentrarme en tan nauseabundo lugar.
Mis pies avanzaban hacia la casona. Me cubría la nariz y la boca con la mano para que las moscas y el hedor no me asfixiasen. Iba sorteando los cráneos intentando no centrar mi mirada en ellos, pero me resultaba imposible de evitar. Algunos me miraban con ojos lechosos, mostrando sus dientes y sus carnes en jirones colgantes; otros, exhibían negras cuencas, de cuyas incesantemente entraban y salían moscas e indeterminados bichillos y gusanos. A mi paso, escuchaba lamentos inaudibles, quejidos ahogados y palabras sin sentido.
El espanto de verme por todo aquello rodeado me dominaba por completo, pero no me detenía. Una de los cráneos, que parecía de mujer, gorjeaba algo que yo entendía:
==¿Dónde está mi cuerpo?
Me estremecía, haciendo mía su pregunta.
==¿Ya has vuelto? –preguntaba otro, con voz de dolor.
Seguía caminando y tratando de no pisar los cráneos. Las moscas, rabiosas, zumbaban por todos lados, topaban contra mi cara, cual furiosa y repulsiva marea. Y, al igual que ellas, el fuerte olor a descomposición iba y venía, intensificándose por momento en que iba conteniendo a duras penas arcadas. Y todo ello por no pararme ni un sólo segundo en la infame blasfemia que suponía aquel campo de pesadilla.
Por fin lograba llegar al umbral de la casona. A sus pies, y digo a sus pies porque sentía estar más frente ante la presencia de un ser vivo que de una casa. Miraba hacia arriba, y desde allí no parecía una casa, parecía una torre infinita que se alzaba hacia los ojos de un cielo nocturno. La Luna blanca había engordado, cual globo enfermo e innatural. La luz de la ventana, según podía ver, permanecía encendida.
El sentimiento de una angustia indeterminada que me acompañaba desde que despertaba, se agudizaba más aún. Era como la percepción de que un terror incomprensible e ignoto que me acechaba sin cesar y que estaba a punto de aparecer una alerta en mi cuerpo, a la que no había manera de responder o acallar. El instinto me llevaba hacia la entrada de la casa, pero cada uno de mis pasos flotaba como si fuera un sueño en una creciente atmósfera de irrealidad, sin sentido ni lógica.
La puerta de aquella casona era la tapadera de un ataúd. ¿Y eso era una visión admonitoria de mi destino, o un aviso para no internarme entre las paredes? Mi temor era mucho mayor, sólo con pensar que tenía que quedarme allí afuera, a merced de una amenaza invisible que estaba seguro de que enseguida me cazaría si no hacía algo por evitarlo. A mi espalda, dejaba el rumor del grupo de cráneos, y me disponía a tirar de la cubierta de herrumbre que servía de picaporte. Pero temblaban mis manos cada vez más tan pronto me acercaba. Al abrirse hacia adentro, observé que la puerta estaba cubierta de diminutas palabras cinceladas en un idioma desconocido por mí.
-sigue y termina en próxima página
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Sentía como si estuviese metiéndome dentro de un enorme animal. Una corriente de aire, templado y sucio, recibía en la cara, y creía volver a respirar por primera vez en siglos, como siglos llevaban agolpándose moho, suciedad y polvo en un recibidor con paredes verdosas mugrientas que pulsaban levemente, como si se hubiese quedado algo atrapado en ellas. Un angosto pasillo se internaba en la oscuridad, y a mi derecha, una escalera con altos peldaños de piedra llevaba al piso superior. Eso era todo lo que alumbraba la titilante llama de un candil, incrustado en la pared y ubicado a mi izquierda.
El miedo y la sensación irreal de estar viviendo una extraña pesadilla colapsaban mi mente, pero mis sentidos estaban ajustados y precisos, obedientes a mi voluntad y firmes en la definición de todo cuanto me rodeaba. La voz de la intuición decía que, tal vez, hubiese una salida en el planta de arriba en el cuarto iluminado. Empezaba a subir peldaños, cuando distinguía una forma en la pared bajo la luz del candil.
“¡Dios mío!”, susurraba.
Medio enterrado bajo la inmundicia que cubría la pared, estaba el cuerpo de Mario, y a su lado, más abajo, la cara de Dani; dos amigos de la infancia que hacía años que no los veía. Se hallaban como los recordaba, pero sus expresiones eran extrañas. Dani clavaba en mí su mirada un segundo, que era para mí como los años que ya habían pasado. Antes de bajar la mirada, dejaba un mensaje plantado en mi cerebro que no sabía interpretar en ese agobiante momento.
Seguía subiendo la escalera de piedra podrida; y, según subía, con trabajo y a pesar de un deseo irracional de llegar arriba y de mi esfuerzo, sentía que no avanzaba. La pálida luz del recibidor iluminaba el trecho que pisaba, pero enseguida la dejaba atrás, sumergiéndome en una oscuridad. Tanteaba cada escalón con la mano antes de apoyar el pie, y siempre sobre el muro, y de vez en cuando echaba la vista atrás para tener la referencia de la luz, que era como un quinqué en el fondo de un pozo.
“¿Cómo puede ser tan innaturalmente alta esta casona?”, me dije, en forma de pregunta.
Con prudencia avanzaba por aquella absurda escalera infinita. Pero, de pronto veía algo delante de mí en los escalones que tenía que subir. Era una luz que en ella se recortaba una silueta humana que comenzaba a bajar, lo mismo que yo, apoyándose en la pared. Me detenía a medida que la claridad que acompañaba la imagen que, tal vez de mujer, iluminaba los escalones y se me acercaba. Sus pasos eran inseguros, y enseguida descubría por qué. Me quedaba boquiabierto al reconocer sus rasgos: ¡era mi abuela!, a la única que reconocía, y en su mirada había un reproche, desgastado por el tiempo. Pero lo que más me horrorizaba era ver que no tenía manos, como si hubiesen sido cortadas, e igual que los pies. Bajaba sobre sus muñones planos, diría que aún sangrantes. Y no se detenía mientras me atravesaba con su mirada. Yo pegaba la espalda contra la pared, sobrecogido.
—Ab…abuela, es que yo no pue…-intentaba explicarme.
—¡No… no me quieres…! -decía para sí, pero audible, y en su voz había dolor, tristeza y amargura.
El corazón se me encogía mientras la miraba en su descenso y yo bajaba a trompicones al amparo de la luz. Creía que no volvería a verla más. Trastornado, emprendía la marcha sintiendo como si la oscuridad de la escalera fuera la de una cascada etérea con el agua negra, que inundaba mi razón y mis sentidos.
No sabía cuánto tiempo seguía subiendo con la mente perdida en aquel torbellino de confusiones, que se alternaban el presente y el pasado. Y los recuerdos de la niñez se iban hilvanando con los sueños de una noche ancestral, unos fragmentos de memoria y pesadilla, imágenes de luctuosos momentos que creía olvidados en un caótico telar de angustia que me envolvía.
El telar se difuminaba, dejándome ver que había llegado a lo más alto de la escalera. Me hallaba en la mitad de una sucia sala en penumbra. El techo, que podía verlo, estaba oculto bajo una repulsiva masa de telarañas.
Algo se movía con dificultad por dentro de un lado a otro. Los escalofríos me recorrían, intentando imaginar qué podría ser. En cada pared de las salas (eran cinco), había dos puertas, y sólo por una de ellas se esparcía una luz amarillenta. La misma luz que había visto desde el exterior. Entraba sin saber lo acertado o no de mi elección.
Era un cuarto pequeño que me transmitía una inexplicable sensación de familiaridad pues nunca había estado allí. No vi fuente de luz, sólo una lámpara, como esperaba, había en aquel lugar. Vi el objeto que proyectaba su sombra junto a la ventana: era un sillón grande con un respaldo alto tapizado, que parecía piel estirada. Sentía que había alguien sentado en él mirando al exterior, pero no podía verle la cara desde donde estaba. En el otro lado, había una camilla con sus faldones verdes. Me acerqué más, sin poder creer lo que estaba viendo: allí sentada estaba mi madre, tan encogida que parecía un ovillo. Tenía profundas arrugas, que habían desdibujado cruelmente sus facciones. La reconocía gracias a que sus ojos despedían Amor.
Me puse a su lado con veneración, pero temeroso de que mi abrazo pudiese romper algo más de su cuerpo, frágil. Cuando casi me pegado a ella, oía algo tras el respaldo del sillón, como un susurro. Intentaba rodearlo, para ver quién había sentado. Pero mi madre me hablaba:
—Déjalo, está ocupado –decía, con voz triste y cansada.
La volvía a mirar conmocionado por su raquítico aspecto y por lo que el paso del tiempo había hecho con ella.
—Ya tienes la comida sobre la mesa y la ropa limpia en tu armario –me decía, con voz trémula.
De pronto, comenzaba a llorar, cubriéndose los ojos con las manos.
—¿Por qué lloras, mamá? –la congoja me oprimía la garganta. ¡No llores más, mamá, por favor te lo pido!
Pero seguía llorando, inconsolable. La veía a través del velo de mis propias lágrimas. Pero, de repente, un rumor llegaba desde el exterior, acompañado de un temblor, breve pero continuado, que recorría toda la casa. Fui a apoyarme en el respaldo del sillón, intentando ver qué ocurría a través de la ventana. A pesar del cristal, escuchaba gritos de cráneos, gritando con desespero.
Algo inconmensurable se aproximaba tras la montaña rocosa, precedido de una luz rojiza hipnótica. Quien se sentaba en aquel sillón, unía sus gritos a los de aquellas macabras cabezas. Con los ojos abiertos como platos, empezaba a comprender todo.
Despertaba. Me hallaba sentado en un sillón, junto a la ventana, con un libro en mano. Sentía que alguien se había apoyado en el respaldo, pero lo que estaba ocurriendo fuera impedía girarme; la visión de lo que se iba desarrollando más allá del horizonte, su magnitud, su significado.
Las piezas absurdas que retenía en mi cabeza empezaban a ensamblarse. Los incontables cráneos empalados, allí abajo, gritaban con un frenesí de locura. Al principio sólo oía su clamor inconexo, pero después entendía lo que todos chillaban:
—¡Ha llegado! ¡Ha llegado! ¡Ha llegado! –cientos de tonos desgarrados como en una horrenda cacofonía.
Finalmente, terminaba de comprender todo. Y mis gritos se sumaban para siempre a los suyos.
Sevilla dic 2025