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Morfeo no puede con mi insomnio -3-

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  • Decidí abandonar mi patética costumbre cuando un atardecer veía el color pálido de un folio en su mano derecha mientras caminaba. Miraba, de vez en cuando, a todos lados. Lo guardaba en su bolso y seguía caminando, pero a paso lento.

    Aquella tarde, mi habitual y fatal tranquilidad se vio turbada por eso. Nadie lee lo que no quiere leer. Se lee porque gusta o no se lee. Pero, mi proverbial sensatez no quería sacar conclusiones. Quizá mis preciadas rimas no eran tan anodinas como yo pensaba o a ella le gustaban. ¡Qué más daba! Lo más importante para mí era no dejar que aquella mujer se agrandase en mi corazón como una esperanza.

    “Sigue tu vida, Pascual”, me dije a mí mismo.

    Un día entró ella a la tienda con aire misterioso. No recuerdo ahora qué me pidió. Se veía extraña. Le di lo que me había pedido y me preparé para admirar su majestuosa sonrisa. No hubo sonrisa. Pero, de pronto, me miró y me preguntó:

    —¿Me respondería usted una pregunta?”.

    Sobresaltado por la novedad, le dije que sí, que por supuesto.

    —¿Sabe usted si hay algún poeta en nuestro barrio que acostumbra a distribuir gratis sus obras? Supongo que aquí verá y escuchará usted de todo, máxime siendo su clientela mayoritariamente femenina.
    —Ni idea –respondí, nervioso, pero creo que se dio cuenta de mi evidente nerviosismo.
    —Es que recibo poemas de alguien que no conozco -añadió.
    —¿Le molestan? -le pregunté, intrigado, e interesado también.
    —¡Oh, no, son maravillosos! -y se despidió, pero olvidando de nuevo su sonrisa.

    Ya en mi casa, repasé otro de mis poemas antes de meterlo en el sobre. “No le molestan, son maravillosos”. Recorría el pasillo dándole vuelta a esas sus palabras. Pero no estaba seguro de que mis poemas fuesen buenos. A punto de salir hacia su casa, vi mi imagen en el espejo del pasillo; un hombre maduro con un papel colgando de la mano. Aparté la vista y dejé el sobre encima del mueble de la entrada. En ese momento, nació dentro de mí algo parecido a la ira. Pero tenía que llevarle mi último poema.

    Antes de cerrar el sobre, añadí una línea al final, como una post data: “espero no haberla molestado; este es mi último envío”. Ella no lo entendería, y quizás era lo mejor. Cerré el sobre con una sensación de asfixia y me miré de nuevo al espejo antes de salir a la calle. “A veces me pregunto quién coño ha diseñado esta estúpida sonrisa mía”, dije al espejo, o sea, a mí mismo.

    Pasado un día, antes de cerrar la tienda la vi una lluviosa tarde en la acera de enfrente. Caminaba con tamaña lasitud que parecía enfermiza. Llevaba un paraguas de color café, que hacía juego con su gabardina. Cerré la tienda y la seguí, sin saber por qué hacía eso.
    Las luces exiguas de las farolas filtraban una lluvia apacible. Caminé detrás ella por unas calles concurridas hasta llegar a una plaza. Entró a una cafetería de grandes ventanales y se sentó en una de las sillas de una de las mesas frente a la puerta.

    Me resguardé bajo el toldo de una tienda de enfrente, a escasos metros de la cafetería. El camarero apareció y le sirvió un café. Se quitó la gabardina y la extendió sobre la silla de al lado. Abrió su bolso y sacó mis papeles. Se recostó sobre su sillón y comenzó a leer, a la vez que removía su café. Al poco, dejó la lectura y miró hacia la calle, y luego colocó la cucharilla sobre el plato y bebió un nimio sorbo, llevó la taza a su lugar siguió leyendo.

    Acabó su café y se quedó mirando la calle, con mis papeles en una de sus manos. Decidí acercarme a ella con la misma sensación que debe sentir un recluta cuando se acerca a su general. Con gestos de satisfacción me miró cuando empecé a cruzar la calle. Pero, sin poderlo evitar, por el gentío y la lluvia, tropecé con el cristal de la cristalera. Entonces miré los papeles y a ella fijamente. Asomó una mueca de alegría a su rostro, y sus bellos y grandes ojos estaban abiertos de par en par, asombrados. Pero, de pronto, sus brillosa mirada cayó dando tumbos, echando ella mano de su pañuelo para que la socorriese.

    Sollocé una sonrisa, y el cristal me devolvió una imagen desvalida de un don nadie que pretende ser poeta, pero a ella le gustan mis versos y, a juzgar por el brillo en sus grises luceros, también yo le gusto.




    A Chávez López
    Sevilla ene 2003

     :) 


    Con este relato has dicho una gran verdad, y yo la he experimentado en mi vida.
    Nuestros poemas, nuestros escritos hablan mucho de nosotros, y hay mujeres sensibles que son atraídas por nuestra prosa y con elo se realizan encuentros y relaciones muy bonitas y hasta llenas de poesía.
    En el arte de la seducción y del enamoramiento, lo que escribimos nos facilita el camino, ya que las hace más sensibles.
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Decidí abandonar mi patética costumbre cuando un atardecer veía el color pálido de un folio en su mano derecha mientras caminaba. Miraba, de vez en cuando, a todos lados. Lo guardaba en su bolso y seguía caminando, pero a paso lento.

    Aquella tarde, mi habitual y fatal tranquilidad se vio turbada por eso. Nadie lee lo que no quiere leer. Se lee porque gusta o no se lee. Pero, mi proverbial sensatez no quería sacar conclusiones. Quizá mis preciadas rimas no eran tan anodinas como yo pensaba o a ella le gustaban. ¡Qué más daba! Lo más importante para mí era no dejar que aquella mujer se agrandase en mi corazón como una esperanza.

    “Sigue tu vida, Pascual”, me dije a mí mismo.

    Un día entró ella a la tienda con aire misterioso. No recuerdo ahora qué me pidió. Se veía extraña. Le di lo que me había pedido y me preparé para admirar su majestuosa sonrisa. No hubo sonrisa. Pero, de pronto, me miró y me preguntó:

    —¿Me respondería usted una pregunta?”.

    Sobresaltado por la novedad, le dije que sí, que por supuesto.

    —¿Sabe usted si hay algún poeta en nuestro barrio que acostumbra a distribuir gratis sus obras? Supongo que aquí verá y escuchará usted de todo, máxime siendo su clientela mayoritariamente femenina.
    —Ni idea –respondí, nervioso, pero creo que se dio cuenta de mi evidente nerviosismo.
    —Es que recibo poemas de alguien que no conozco -añadió.
    —¿Le molestan? -le pregunté, intrigado, e interesado también.
    —¡Oh, no, son maravillosos! -y se despidió, pero olvidando de nuevo su sonrisa.

    Ya en mi casa, repasé otro de mis poemas antes de meterlo en el sobre. “No le molestan, son maravillosos”. Recorría el pasillo dándole vuelta a esas sus palabras. Pero no estaba seguro de que mis poemas fuesen buenos. A punto de salir hacia su casa, vi mi imagen en el espejo del pasillo; un hombre maduro con un papel colgando de la mano. Aparté la vista y dejé el sobre encima del mueble de la entrada. En ese momento, nació dentro de mí algo parecido a la ira. Pero tenía que llevarle mi último poema.

    Antes de cerrar el sobre, añadí una línea al final, como una post data: “espero no haberla molestado; este es mi último envío”. Ella no lo entendería, y quizás era lo mejor. Cerré el sobre con una sensación de asfixia y me miré de nuevo al espejo antes de salir a la calle. “A veces me pregunto quién coño ha diseñado esta estúpida sonrisa mía”, dije al espejo, o sea, a mí mismo.

    Pasado un día, antes de cerrar la tienda la vi una lluviosa tarde en la acera de enfrente. Caminaba con tamaña lasitud que parecía enfermiza. Llevaba un paraguas de color café, que hacía juego con su gabardina. Cerré la tienda y la seguí, sin saber por qué hacía eso.
    Las luces exiguas de las farolas filtraban una lluvia apacible. Caminé detrás ella por unas calles concurridas hasta llegar a una plaza. Entró a una cafetería de grandes ventanales y se sentó en una de las sillas de una de las mesas frente a la puerta.

    Me resguardé bajo el toldo de una tienda de enfrente, a escasos metros de la cafetería. El camarero apareció y le sirvió un café. Se quitó la gabardina y la extendió sobre la silla de al lado. Abrió su bolso y sacó mis papeles. Se recostó sobre su sillón y comenzó a leer, a la vez que removía su café. Al poco, dejó la lectura y miró hacia la calle, y luego colocó la cucharilla sobre el plato y bebió un nimio sorbo, llevó la taza a su lugar siguió leyendo.

    Acabó su café y se quedó mirando la calle, con mis papeles en una de sus manos. Decidí acercarme a ella con la misma sensación que debe sentir un recluta cuando se acerca a su general. Con gestos de satisfacción me miró cuando empecé a cruzar la calle. Pero, sin poderlo evitar, por el gentío y la lluvia, tropecé con el cristal de la cristalera. Entonces miré los papeles y a ella fijamente. Asomó una mueca de alegría a su rostro, y sus bellos y grandes ojos estaban abiertos de par en par, asombrados. Pero, de pronto, sus brillosa mirada cayó dando tumbos, echando ella mano de su pañuelo para que la socorriese.

    Sollocé una sonrisa, y el cristal me devolvió una imagen desvalida de un don nadie que pretende ser poeta, pero a ella le gustan mis versos y, a juzgar por el brillo en sus grises luceros, también yo le gusto.




    A Chávez López
    Sevilla ene 2003

     :) 


    Con este relato has dicho una gran verdad, y yo la he experimentado en mi vida.
    Nuestros poemas, nuestros escritos hablan mucho de nosotros, y hay mujeres sensibles que son atraídas por nuestra prosa y con elo se realizan encuentros y relaciones muy bonitas y hasta llenas de poesía.
    En el arte de la seducción y del enamoramiento, lo que escribimos nos facilita el camino, ya que las hace más sensibles.

    El mayor enemigo, y quizás el único, del hombre con respecto a una mujer que le guste es la timidez. Ellas saben llevar mejor que nosotros ese, llemémosle impedimento, son más desenvueltas y más decididas.

     :)
     

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    Murcianico

    Pasaba yo por la misma calle de la ciudad de Murcia todos los días camino de mi oficina, y siempre lo veía recostado sobre la pared del llano de unas escaleras, arrebujado en una manta y con una botella de coñac, que era la que lo ayudaba a sobrellevar el implacable rigor del crudo invierno, y completamente ajeno a los ajetreos de la calle.

    Junto a él, su siempre fiel y cariñoso amigo: su servicial perro, y sus pocas pertenencias; un simple carrito de dos ruedas en el que cargaba periódicos, cartones y chatarras, y que después vendía en su chatarrería habitual, y también una pequeña mochila verde.

    Me era muy difícil calcular su edad, puesto que la barba le comía media cara, y no quería dejarme engañar por las arrugas que le surcaban buena parte de la frente, a causa de su pétrea vida a la intemperie.

    Por allí lo llamaban Murcianico, según me dijo el dueño del bar en el que desayunaba por casualidad una helada mañana de enero, cuando Murcianico entraba al bar para recoger una pila de periódicos atados con cuerda, y todos ellos pasados de fechas, que le tenían reservado.

    —¿Un carajillo, amigo Murcianico? –le preguntó el dueño del bar.
    —Antes el negocio que el ocio –respondió, rechazando la invitación.

    Y salió del bar con pasos rápidos, para tratar de vencer el frío acumulado en su cuerpo por tantas noches sometido a las severas inclemencias del tiempo. Tenía trabajo, o era algo evidente, y disciplina también.

    Y no sé por qué desde ese día me hacía asiduo de ese bar. Y las apariciones esporádicas de Murcianico, en lugar de decrecer mi interés por conocerlo, subía. A toda invitación del amable dueño del bar, siempre soltaba una de sus ocurrentes máximas:

    —Si dejé el fornicio, igual hago con el vicio –dijo a sovoz, para que solo él lo escuchase, aunque mi fino oído lo captase.

    Y poco después, empezó a salir con sus siempre apresurados pasos, pero topó conmigo y aprovechó ese pequeño incidente para pedirme por favor un cigarrillo.

    Me sorprendía el empaque y la enjundia que caracterizaban a aquel peculiar personaje. Cara a cara los dos, podía ver unos ojos vivaces del color del castaño, y labios agrietados por el fuego del coñac.

    Pero se fue el invierno y con él las ocasionales visitas de Murcianico al bar. Yo lo echaba en falta. Habría ampliado mi ruta manteniendo el método que pensaba que seguía: cada semana recogería sus periódicos y sus cartones, y con esta periodicidad aparecería por el bar, y después con su carrito con chatarras y periódicos se iba al comprador de sus, para él, valiosos productos.

    La confianza que llegamos a tener el dueño de ese bar y yo me permitía preguntarle qué sabía él de Murcianico, pero más por curiosidad que por otra cosa.

    Desayuno tras desayuno, me contaba lo poco que sabía de Murcianico; una aciaga suerte concatenada a otras: una súbita viudez con rescoldos de un amor aún latente; sin hijos a su cargo; haber figurado en la lista de despidos por el cierre de la empresa donde había trabajado durante 30 años; bien entrado en canas; un desahucio de su casa por no pagar la hipoteca por no tener recursos económicos, y un refugio en la bebida, la cual lo apartó definitivamente de su familia.

    Informado ya de parte de la vida del, para mí, un buen hombre, salí consternado del bar, pensando sobre qué hubiera hecho yo de dárseme no todas sus luctuosas circunstancias, sólo una de ellas. Pero no quise pensar más en eso, y dejé de frecuentar ese céntrico bar. Sólo fui una vez más para despedirme del propietario del mismo.

    Y me llegó la jubilación. Nueva vida y nuevas rutinas me hacían pasear por el Paseo del Malecón, disfrutando de la siempre buena compañía de mi amada esposa.

    Olvidada ya la oficina, olvidado también Murcianico. Hasta que caída una tarde de un día caluroso de mayo, lo vi tumbado sobre un banco de dicho Parque. Me hubiese parecido de mala educación pasar de largo, sin siquiera saludarlo, pero que mi esposa no se diese cuenta de lo que iba a hacer. Seguro que no se acordaría de mí. Pero no. Al verme soltó una de sus típicas ocurrencias, tras pedirme un cigarrillo:

    - Es de buena condición, por lo que veo, disfrutar de la jubilación.

    Le di el cigarrillo, ante la atónita mirada de mi esposa que no paraba de preguntarme de qué conocía a ese mendigo, mirándolo de reojo. Me aproximé a él y le pregunté si había dejado de chatarrear. Y sonriendo me respondió:

    —No señor, sigo aún con mi negocio, pero ahora estoy de vacaciones.

    Después de despedirnos, con un fuerte abrazo incluido, miré a mi esposa, que rebullía inquieta por sacar de mis labios de qué conocía yo al pobre de Murcianico.

    ¡Mujeres, siempre curiosas!




    A Chávez López
    Sevilla ene 2007

     :)


  • editado marzo 2024
    Me gustó tu relato. En cierta manera me retrataste, ya que yo también estoy en proceso de jubilación.
    Así, recibiré mi pensión pero seguiré trabajando en la Editorial recibiendo mi sueldo íntegro como un extra.
    Esto merece un brindis, tomando un fragmento de tu emotivo relato:
    —¿Un carajillo, amigo Charly? –le preguntó Antonio, el dueño del bar.
    —Primero el  gozo, antes que se vaya al pozo –respondió, aceptando la invitación.
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    Me gustó tu relato. En cierta manera me retrataste, ya que yo también estoy en proceso de jubilación.
    Así, recibiré mi pensión pero seguiré trabajando en la Editorial recibiendo mi sueldo íntegro como un extra.
    Esto merece un brindis, tomando un fragmento de tu emotivo relato:
    —¿Un carajillo, amigo Charly? –le preguntó Antonio, el dueño del bar.
    —Primero el  gozo, antes que se vaya al pozo –respondió, aceptando la invitación.

    Jajajajaja... ¡Eres genial, Carlos!

     :)
     
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Las paredes murmuran
     
    Ya sé que puede sonar extraño, ya sé que puede ser increíble, pero la primera noche que pasé en mi nueva casa de aquel pueblo fue algo inolvidable. Y sí, tenía que ser de noche, cuando los ruidos se silencian, cuando se desvanecen las luces y la vigilia deja paso a los ensueños.
     
    Apenas llevaba cinco o seis minutos en la cama, con el deseo de descansar del trajín de la mudanza, cuando mi imaginación empezaba a proyectar una película tras otra, y ya no me podía dormir. Permanecía despierta.
     
    Era yo una privilegiada testigo directo de los recuerdos que murmuran las paredes. Oía ladridos lastimosos, y veía un cachorro pastor alemán que estaba en en misma casa solo, nadie se hacía cargo de él. Con pasos cansinos y mirada triste, iba de un lado para otro: ahora un gemido, ahora un ladrido, como quejas; ahora, corría hacia la puerta, con poca fe. Así pasaban las horas y en la testa del perrito entraban dudas y más dudas. Entonces, se ponía nervioso, primero un poco, después mucho, tanto que necesitaba descargarse, por lo que la emprendía contra la toalla del baño: la mordía y la volvía a morder, como si con su actitud acabase con su soledad, sus sentimientos de perro abandonado. Ya había destrozado la toalla, ahora era un trapo inservible. 

    Pero, de pronto, su corazón de cachorro comenzaba a palpitar con fuerza, daba vuelcos de alegría. ¡Oía un abrir de una puerta! Lo dejaba todo y salía corriendo para recibir a su salvador, a uno que le sacase del vacío de la nada. Una sonrisa de felicidad me sustraía de tanta pena. En aquella casa vivía una persona que quería a los animales. ¡Bien!

    Cerré de nuevo los ojos y me di la vuelta en un intento por coger sueño, pero las paredes estaban parlanchinas esa noche. Entonces oí una música, eran arpegios de una guitarra, que sonaba melancólica. No podía ver la cara del músico, pero sí sus manos, unas manos de una persona mayor, su piel seca con venas marcándose sobre el dorso, no daba lugar a dudas. ¿Qué lejanos recuerdos evocaban con sus notas?
     
    Hice un esfuerzo por penetrar el significado de aquella melodía, por traducir a imágenes aquellas emociones, aquellos sentimientos. No me resultó fácil, pero pronto vi que aquel hombre no tenía a nadie, su corazón rebosaba de amor, pero era un alma solitaria.

    En toda su vida había amado sólo una vez, pero no pudo ser correspondido; que quería olvidar bebiéndose la vida a tragos largos, equivocándose de persona, una y otra vez, no encontrando lo que una vez halló. Pero, al poco, la música cambió y se hizo alegre.

    Entonces supe que en esa casa vivía un hombre que era feliz, que no le pedía cuentas al destino, que al final de su vida encontraba su mejor y más feliz recuerdo, y esto me consolaba.

    Me levanté de la cama y me fui a beber agua a la cocina, con la esperanza de cortar la situación. Pero nada. Me senté en una silla y cuando menos lo esperaba, de nuevo las paredes con su monólogo, y esta vez oía ruidos de platos rotos y de cubiertos, chocando con el suelo y las paredes.
     
    Vi una mujer asustada, arrojando algo a un hombre, tristemente desaliñado, hasta me parecía oler el repugnante tufo del vino barato de su aliento y su ropa. Él quería avanzar hacia ella pronunciando palabras soeces, pero ella no le dejaba, no era mosquita muerta, le decía que se fuese y que no volviese nunca más. Añadía que no volvería a ponerle una mano encima y que recibiría noticias de su abogado. Dicho esto, le tiró un vaso de cristal que se estampó contra la pared, a pocos centímetros de la cara de aquel, ahora asustado hombre, quien se daba cuenta de la situación; llorando se arrodillaba, le pedía perdón, le hacía no sé cuántas propósitos de enmienda, pero debía ver la inapelable decisión de la mujer de tramitar el divorcio, porque se levantó y sin mediar más palabras se fue, dando un sonoro portazo.
     
    Me fui hacia mi cuarto, a mi cama y, mentalmente rebobinando rememoraba un cachorro pastor alemán, alegre y feliz por haber abandonado su soledad. Rememoraba un hombre mayor que buscaba su felicidad, hasta hallarla en su música. Y rememoraba a una mujer, pero una mujer brava, que luchaba con todas sus fuerzas para no ser maltratada nunca más. Y me alegraba de todo aquello. Me acosté, me tapé hasta la cabeza y, por fin, pude conciliar el sueño plácidamente.
     

     
    A Chávez López
    Sevilla julio 2010

     

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Tranquilo, fuego controlado
     
    Ahí está el fuego y aquí el extintor. Y yo estoy entre los dos, pero tengo el control. Siento su cálida presencia, su aliento, su rugido su voz. Me saludan sus llamas. Tranquilo estoy. No pasa nada.

    Primero fue un olor. Apenas podía percibirlo, pero fácil de imaginar. El suave olor de un cigarrillo consumiéndose. Una hojas secas incandescentes, que liberan lentamente sus esencias. Un `papel de arroz, impregnado por los aceites de los aromáticos tabacos del cigarrillo, del que escapa en un hilo de humo azulado, inundando el salón.
     
    Un delicado equilibrio interrumpido súbitamente por la explosión de azufre y fósforo de una cerilla. Su humo, blanco y denso, se iba disipando con rapidez, dando paso a una delicada madera quemada, como esos viejos troncos de pino que atesora el otoño para ser utilizados en chimeneas durante el invierno. Madera seca y limpia que, de tizón en llamas, pasaba a brasas y acababa en ceniza.
     
    Cuantísimos kilos de carne ayudaban a asar en rescoldos y aprendiendo a distribuir la gris ceniza para ayudar a consumirlos completamente, soplando convenientemente para avivarlo cuando el rojo se volvía pardo. Enseguida comenzaba un olor a papel y al cartón de la cajetilla.
     
    Cada fin de curso, tras la entrega de las notas apilábamos nuestros apuntes y libros de textos en una pira de alegrías y sensaciones: jolgorio y júbilo, risas y canciones, alcohol y llamas. Seguía el olor a trapo viejo, poco delicado, pero necesario. Duraría poco. Olor a queroseno daba siempre un toque artificial, pero se me antojaba dulce su fragancia parafinada. Me ayudaba a fantasear con lo que sentía mi abuela, entre quinqueles y velas.
     
    Sus llamas anaranjadas y amarillentas han cautivado a generaciones. Aún se revive en forma artificiosa. Muchos huyen de la luz blanca de las lámparas que eligen para sus hogares, buscando el calor en el color. Lo que sigue es una amalgama de olores, suaves matices, difíciles de distinguir. Para entonces, el fuego se habría extendido rápido y devoraría diferentes materiales. No todos agradables. Sin duda, el humo se volvía oscuro y espeso. Se percibía el inconfundible olor a un plástico quemado. El plástico siempre arde muy mal. Para entonces, las llamas debían ser grandes. Estoy tranquilo, no pasarán.
    Lo siguiente, el humo. Comenzó escapando tímidamente por debajo de las puertas y ascendía desvaneciéndose. Poco a poco se iba volviendo denso. Lo más peligroso en un incendio es el humo, que es un asesino sigiloso que sega vidas de personas. En algunos casos las personas mueren sin llegar a saber que hay un incendio. Otras, lo consideran piadoso, mata dulcemente antes que las llamas los alcancen. Sin duda, traidor. Oscurece todo cuanto te rodea, oculta la realidad y nubla la mente.
     
    Siempre asciende. No se debe caer en el error de huir hacia arriba en un incendio. El humo te pilla, las llamas te siguen, el humo es traicionero, es malo hasta para el propio fuego. Por una parte, te ahoga, por otra, revela dónde está, da un silencioso aviso de su presencia, pero escapa hacia los pisos superiores por los huecos de los ascensores de servicio, y al exterior por los rotos tragaluces de los pasillos. Faltan por llegar las llamas. Estoy tranquilo, no pasarán.

    Comenzó la alarma. La voz de la emergencia fue pasando de puerta en puerta, piso a piso. Personas que durante meses no se habían dirigido la palabra, se atrevían a tocar la puerta de su vecino a intempestivas horas de la madrugada. Para cada uno, tras el desconcierto inicial y el recelo al abrir la puerta, el mal humor se tornaba en gracias y empezaba el trabajo de avisos y desalojos. Siempre aparecen incautos que prefieren refugiarse en sus casas y mirar cómo evoluciona la situación, que confían en que estarán a salvo o, si no, les salvarán. Estoy tranquilo, no pasarán.

    El desalojo fue rápido. Encendí la lámpara para hacerme ver mejor en el neblinoso ambiente que empezaba a crearse. Di a voces instrucciones de cómo llegar hasta el rellano y llegar a la escalera. Me aseguré de que nadie abriese la puerta y la ventana que originasen inapropiadas corrientes de aire. Veía la incredulidad en sus ojos, la duda en su mirada, el terror en sus caras. Algunos, tranquilos, trataban de organizar grupos. Otros eufóricos, bromeaban para tranquilizar la tensión del momento. Unos pocos quedaban bloqueados por el pánico y se dejaban guiar. Había quién sufría una crisis y se comportaba violentamente. Por su seguridad, era reducido y llevado al exterior antes que apareciesen las llamas que el equipo contraincendios tenía que sofocar. Estoy tranquilo, no pasarán.

    El fuego se volvía imparable al conquistar el pasillo. El calor hacía quebrar la puerta y una leve llama lamía el dintel, que desbordaba un espeso humo en todo el techo, inundando hasta hallar la abertura que le permitía subir al piso superior. Las jambas se tornaban incandescentes, y el ardor reptó por la cenefa del pasillo y la moqueta del suelo hasta la puerta de los pisos colindantes. El calor en ellos era tan grande que las puertas no tardaban en ceder. El techo, prefabricado, se derretía, goteando lágrimas en llamas que prendían el enmoquetado. Oía el derrumbe de un techo. La escalada estaba asegurada por un nuevo camino. En el pasillo miraba al fuego y el fuego me miraba a mí. Se relamía con su lengua de oro y sangre entre los rugidos. Desafiante. Retando a quién quisiera batirse con él. Estoy tranquilo, no pasarán.

    Oía los pesados pasos de la brigada de bomberos contra incendios. Subía presurosa y segura por la escalera. Había llegado el momento de luchar. No estaba solo. Cogía un extintor y de nuevo volvía a comprobar el manómetro. Quitaba los precintos a las válvulas y sujetaba firmemente la manguera. Inclinaba un poco el extintor para asegurarme de que al tubo sifón le llegase el máximo de producto. Apuntaba con la boquilla por intuición, más que por lo que veía. Cuando aparecía el primer bombero, sorprendido se detenía.
     
    Sin dudar, disparaba uno de los bomberos su extintor por los huecos de la escalera, originando una nuble blanca de polvo. Gritos de sorpresa y desconcierto. A la voz de replegarse, el primer bombero la desobedecía intentando ganar distancia.

    No replegaba hasta no agotar la bombona. Cuando ya estaba lo suficientemente cerca, le bombona le golpeaba en el pecho con la base del cilindro, y por último lo lanzaba, saliendo disparado contra una de las paredes.

    Recogía yo del suelo mi escopeta y disparaba dos veces, como una advertencia. Estoy tranquilo, no pasarán.
     

     
     
    A Chávez López
    Sevilla abril 2006

     :) 


  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    Dos niños, dos cuentos

    Una tarde de verano del mes de julio, no muy calurosa, paseaba con mi perro, pero en un descuido se me perdió, y yo, nervioso y desencajado, empezaba a llorar.

    Después de buscarlo con desespero por todos lados más dos horas y de no encontrarlo, regresé acongojado y llorando a mares a mi casa.

    Pero en el trayecto vi tirado sobre el suelo de una calle un cuento. Lo abrí y lo hojeé y ojeé, pero me apetecía leerlo más detenidamente. Entré a mi casa, me fui directamente a mi cuarto y empecé a leerlo. Trataba de un niño que había perdido a su mono.

    Al día siguiente, tan pronto desperté, un niño, más o menos de mi edad, estaba al pie de mi cama y me miraba con ojos llenos de lágrimas, sin explicarme yo cómo había entrado a mi casa y por qué lloraba. Después de hablar con él unos minutos, comprendí el porqué de su presencia y de su llanto.

    Aquel niño, al igual que yo, había perdido algo muy querido para él: su mono, y cuando volvía a su casa veía tirado en una calle un cuento, que trataba sobre un niño que había perdido a su perro.


    A Chávez López
    Sevilla feb 2007

     :)
     
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Los zapatos verdes

    Durante los días de lluvia, Alexia se aburría en la casa de su abuelita. Abría cajones, hurgaba en todos los armarios, se disfrazaba con ropa vieja... y así era como trataba de entretenerse.

    Esa tarde un aguacero amenazaba con durar hasta la noche. Alexia ya no hallaba lugar por examinar. Pero, de pronto, recordaba el desván. "Sí, allí hay un baúl con juguetes que guarda mi mamá", pensaba.

    Entraba decididamente en el altillo y se quedaba mirando a través del ventanal cómo se movían los árboles con el empuje del viento y el agua.

    Encontraba el baúl y, entusiasmada, lo abría, y varias cajas de disímiles juegos aparecían, pero a seis muñecas descartaba porque pensaba que a sus cuatro añitos era muy grande para jugar con ellas.

    Una caja llamaba poderosamente su atención, la abría y se encontraba con unos zapatos de color verde. Se los ponía y le quedaban enormes, pero se los dejaba puestos porque eran muy bonitos. Caminaba por el desván mirándose su bello calzado. Le gustaban los zapatos, le parecía estar entre nubes caminando en el aire. Se sentaba en un almohadón y empezaba a hojear y ojear un cuento. Pero, súbitamente, sentía, sueño, se acomodaba en el almohadón y se quedaba dormidita.

    En su sueño soñó que veía cómo se abría el ventanal y que un gnomo con alas entraba al cuarto y se ponía a su lado. Estaba mojado entero y de sus alas transparentes goteaban cristalitos diáfanos. Sorprendida, los miraba, pero no hablaba. El gnomo le decía:

    - Perdona por entrar así en tu casa, Alexia, pero si me mojo todo el tiempo no me sienta bien, me da tos. Siempre que empieza a llover, tengo que cobijarme en algún lugar, y hoy solo encontré tu ventanal, abierto.

    - ¿Quién eres? -le preguntaba Alexia.
    - Un duende mojado –respondía sonriendo.
    - ¡Pero si los duendes sólo viven en los cuentos!
    - Vivimos en todos lados, lo que pasa es que muchos niños no nos ven.
    - ¿Y si muchos niños no te ven por qué te veo yo?
    - Por tus zapatos verdes; son mágicos. Ellos te permiten verme –le decía y se asomaba por el ventanal.
    - Alexia, ya ha dejado de llover. ¡Adiós!

    Alexia se acercó al ventanal y se quedó deslumbrada por el arco iris, que se asomaba vanidoso en sus colores.

    "¡Qué bonito!" –gritaba y los señalaba con un dedo regordete.

    El duende abría sus alas y salía volando rumbo a las nubes.

    - ¡Alexia! –la voz de su abuelita la despertaba.
    - ¡Qué, abuelita!
    - ¡Ven a tomarte la leche!
    - ¡Voy, abuelita!

    Alexia se sentó a la mesa y, mientras tomaba su leche con Cola Cao, miraba a su abuela y le decía en voz alta:

    - ¡Abuelita, he tenido un sueño muy bonito!
    - ¿Qué ha soñado mi niña? –dijo la mujer mayor mirándola, con ojos de ternura.
    - Que un gnomo bueno me daba poderes.
    - ¡Qué bien! –respondió la abuela.

    De pronto la abuela se fue hacia su nieta y se la comió a besos.

    Y Alexia se levantó de la silla y se encaminó de nuevo hacia el desván, pero sus grandes zancadas no la dejaban ver las marcas que unos diminutos pies mojados habían dejado sobre el parqué.



    A Chávez López
    Sevilla jun 2006

     :)
     
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    La nostalgia la estaba consumiendo

    Estaban muy enamorados, y se casaron. Pero no disponían de recursos monetarios, por lo que no realizaron su luna de miel. Pero para tratar de salvar su hogar, él se enroló en una embarcación de pesca, uno de esos barcos enormes que sólo regresan al puerto de partida una vez al año.

    Mientras andaba forastero, como un marinero más, se escribían; las cartas iban y venían, cupidas. El estilo de ella era inconfundible: barroco, florido..., pero bajo la hojarasca se podía pulsar la arteria de una conmovedora ternura. Por contra, él escribía vulgarmente, encabezando cada línea de igual modo: “querida, también te diré que…”. Y la muchacha no atinaba a poner en pie qué singular encanto primitivo le causaba ésa banal frase que la entusiasmaba.

    Le contaba trivialidades de su vida en el mar, los turnos que tenía que hacer, y también el amor que sentía por ella, que en las cartas de ella era el tema principal.

    Se veía palmariamente que él hacía un esfuerzo por copiar el mismo tono pomposo de su esposa, pero hacia el final de cada misiva, la pasión lo desbordaba y salían de su péñola algunas palabras desgarradas que encendían de rubores y ansiedades a su esposa, a juzgar por el estado en el que quedaba después de leerlas.



    A Chávez López
    Sevilla abril 2007

     

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    Ana

    Ana era una mujer vulgar, de acuerdo, pero una mujer extraordinaria. Y nadie debería descalificarla y a la vez pensar que era justo lo que hacía. 

    Se había casado quince años atrás: diez hijos y dos abortos. Entre sonrisas ribeteadas de tristeza y amargura, nos contaba a las amigas que, aprovechando las contadas veces que no estaba embarazada, su marido quería llevarla a la ciudad, para echar el día, a un cine, a divertirse un poco. Pero se negaba a ir sin su patulea de hijos. Su marido se enfadaba, pero se le pasaba enseguida, la abrazaba y le decía: “vale, arréglalos”. Y ella se entregaba afanosa a la tarea y era encomiable acicalar a tantos críos en tan poco tiempo. 

    Pero cuando, por fin, llegaban a la única parada de autobús del pueblo, había partido ya. “Otra día será”, decía, con la resignación incrustada en su faz. Pero su marido cogía unos cabreos descomunales.  Y siempre que se presentaba una oportunidad así, los resultados eran los mismos.


    A Chávez López
    Sevilla mayo 2003



  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Sentencia el asesino
     
    Corrió la noticia de que un adinerado y exitoso empresario ha matado de dos tiros a un chico de 25 años, porque, al parecer, se estaba viendo con su esposa.

    El presunto asesino fue juzgado y condenado a veinte años de cárcel, pero antes de ingresar en prisión pidió, aunque con la presencia de policía, hablar cinco minutos con su aún esposa; ruego que se le fue concedido.

    - ¿Por qué me has traicionado?

    - Porque en estos últimos años no me echabas cuenta, me ignorabas, nunca aparecías por nuestra casa ni tan siquiera para ver a nuestros hijos, y me desenamoré de ti.

    - Pero podíamos haber hablado antes de dar el paso de ponerme los cuernos.

    - Si yo te hubiera contado que tenía relaciones con otro hombre, me hubieses matado a mí también, incluso antes que a él.

    - No olvides que aún soy joven y además con mucho dinero, y veinte años, que, con un buen abogado se pueden quedar en menos de la mitad, pasan pronto...



    A Chávez López
    Sevilla jul 2008

     

     
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    El notario nuevo

    A esta autoridad de la "Fe”, el notario nuevo, le complacía destacar en todos los ámbito y ambientes, incluso ruines; estar en primera fila, presidir los actos públicos, capitanear un cortejo que debía recibir a alguna celebridad, y dejar caer su parla, elocuente en verdad, con cualesquiera de esos motivos.

    Su padre era archimillonario de la "Lista Forbes", pero de baja extracción. Había asistido a los mejores colegios, y sabía usar, y quizás abusar, de las prerrogativas de ser el único heredero de una enorme fortuna.

    Tenía mucho dinero y no necesitaba trabajar, pero ansiaba sumar al brillo de su dinero el lustre de un alto cargo oficial que empavonase su ego hasta borrar su imagen de sangre plebeya. Se avergonzaba de sus orígenes y hasta trabas vería en ellos para ser el día de mañana hasta el presidente del gobierno.

    Lo que yo le negaba era que él fuese de la talla suficiente como para enamorar a mi ex esposa. Ahora, quizá, transcurra feliz la vida de mi ex esposa a su lado, pero yo podía haberle dado más en un segundo que él en toda la vida.

    Porque en el supuesto de que, en su vanidad de sentirse un ser superior a todos, haya permitido a su "estrenada” novia guardar bajo secreto lo que le había ocurrido conmigo, no era sino una repugnante generosidad de un hombre comprensivo, con una afectación falsamente cristiana y con la desdeñosa ejemplaridad de una vida recta, pero con unas concesiones propias de un cabrón consentido.
     

    ¡Dios, se puede mutilar el Giradillo, en un acto de locura, o incendiar la Catedral, en una ansia por figurar, o arrojar la Torre del Oro sobre Guadalquivir, por snob, pero no se pueden convertir en una casa de vecinos!



    A Chávez López
    Sevilla abril 2006

      

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    Aborto

    Por su cuenta y riesgo se encaminó hacia el hospital de beneficencia de su ciudad. Estaba asustada, muy asustada, expuso en la recepción su caso y enseguida la enviaron al departamento de ginecología, sentada en una silla de ruedas e impulsada por una de las enfermeras, precisamente la menos humanitaria de la plantilla de las enfermeras.

    —¿Qué es lo que te ocurre, guapa muchachita?

    Ese fue el amable saludo del ginecólogo de turno.

    —Estoy embarazada de dos meses, doctor. Usted sabe que este es uno de los riesgos de ser mujer; un hombre puede hacer al amor todas las veces que le venga en ganas, pero con un preservativo no le ocurre nada, pero nosotras podemos quedar embarazadas. Pensaba que la píldora arreglaría el problema, pero, según una expresa analítica que me han hecho hace unos días, pagada con mis pocos ahorros y con un dinero prestado por una amiga mía y mintiendo de que era huérfana en la vida, no puedo tomarlas.

    Le dijo la chiquilla, de tan solo 16 años, al ginecólogo, que hacía una seña a la enfermera.

    —Pero sí tenemos algo que puedes tomar.

    Escribió unas letras en su bloc de recetas, le extendió el papel, y añadió:

    —Esto te ayudará a tranquilizarte. Es importante para tu estado que en estos momentos estés lo más relajada posible.

    —¿Puedo acudir ya a mi trabajo de limpiadora? Necesito trabajar para poder ayudar en la casa de mis padres.

    —No Tienes que esperar unos días más, porque puedes tener pérdidas abundantes. La enfermera te llevará ahora a una sala compartida con otras chicas y yo te veré mañana y de nuevo te revisaré.

    La enfermera cogió, de malas ganas, el papel y empezó a empujar la silla. Transpusieron la puerta de vaivén y, a través de un largo pasillo, llegaron al ascensor; pulsó un botón y a la vez le dijo a la paciente:

    —En realidad, no ha sido tan horrible, ¿verdad, chocho loco?

    La pobre chiquilla miró con rabia a la enfermera, pero, educadamente, aunque rotundamente, le respondió:

    —¿No le parece a usted demasiado horrible ya el hecho de que por temor a mis padres y por las penurias económicas haya dado mi consentimiento para que maten a mi bebé?

    En cada mejilla de la adolescente aparecía una lágrima, que, ya dentro del ascensor, se unían a más lágrimas de la grosera e imprudente enfermera, y eso que era madre. Pero, al menos, mostró un atisbo de sensibilidad.


    A Chávez López
    Sevilla jun 2002

     

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Su esposa no era su verdadera esposa

    Cuando aquel señor, de una belleza natural fuera de lo común, llegaba a aquel pueblo, no eran pocas las mozas casaderas y algunas señoras casadas que se hacían ilusiones. Y no porque ese señor mostrase un interés más allá de una mera cortesía con ninguna de ellas, sino porque en una localidad de menos de mil habitantes, cualquier novedad tendía a ser interpretada en clave de destino.

    El recién llegado era un hombre distinguido, cortés y dispuesto, pero reservado en lo tocante a su intimidad, y en particular a las motivaciones que lo habían llevado a tan recóndita localidad.

    Se instalaba en un caserío que era propiedad y había vivido Ambrosia, antes de que ella se fuera a la ciudad. Y en el bar y en las calles y en la plaza de abastos y en la casa consistorial, todos se ponían de acuerdo para informar de bulos y teorías, más o menos, fundadas sobre él.

    Llevaba un anillo de casado, pero nadie del pueblo lo escuchó hacer la más mínima alusión de su esposa.

    Recordaba Calixta, la tendera, mientras pesaba un kilo de garbanzos en remojo para doña Catalina, que Alfonso –que así se llamaba el hombre- había estado antes alojado en el caserío de Ambrosia, junto con su joven esposa. Y de esto haría tres o cuatro años. Por lo visto, Alfonso y Ambrosia eran familia, quizá primos hermanos, ¡pero vayan a ver la verdadera relación!

    A partir de eso, divagaban las mujeres del pueblo sobre el estado civil de Alfonso: 

    "¿Un divorciado llevaría aún el anillo de casado?". 

    Y sobre la duración de la estancia de Alfonso en el pueblo, y debatían sobre temas como el volumen del equipaje que traía y la proximidad de las Fiestas Navideñas, como primeros indicios de unos planes futuros más elaborados.

    Pero poco duraban las disquisiciones porque a principios del mes de diciembre encontraban a Alfonso ahorcado en un viejo álamo, situado a unos doscientos metros del pueblo.

    No había ninguna nota junto al cadáver, ni en el caserío de Ambrosia, pero a nadie se le pasaba por alto que el difunto no llevaba ahora el anillo de casado.

    El juez del juzgado de paz despachaba el expediente a instancias del informe forense, determinando que eso se trataba de un caso palmario de suicidio.

    Mientras, las evanescentes esperanzas de las mujeres del pueblo se transformaban en una morbosa expectación, cuando se procedía al trámite de contactar con los parientes más cercanos del finado.

    Su viuda se trasladaba a esa localidad y era informada de la trágica noticia. Se llamaba Enriqueta, y era tan hermosa como la recordaban en el pueblo, pese al evidente dolor que constreñía su rostro.

    Ante el gentil pero implacable interrogatorio al que fue sometida por algunas mujeres del pueblo, reconocía algún que otro incipiente problema en su matrimonio, pero, según su parecer, (¿quién podría contradecirla?), perfectamente resolubles y, desde luego, no merecedores de tan trágico desenlace.

    Velaba Enriqueta a su esposo hasta que sus fuerzas se lo permitían, y después se retiraba a pasar la noche en el caserío de Ambrosia, que nada más entrar vio sobre la mesa del salón-comedor un sobre cerrado a su nombre. En su interior estaba el anillo de Alfonso y una nota manuscrita:

    Ahora que sé que has venido, y nadie más que yo lo sabía, te comunico que mi esposa es Ambrosia, y no tú

    Cuando Enriqueta acabó de leer la nota, la espeluznante verdad empezó a filtrarse en su cerebro. Los gestos de espanto de la supuesta esposa del ahorcado, eran visibles tras los visillos del viejo caserío que se alzaba frente al que ella habitaba.




    A Chávez López
    Sevilla mar 2024

      

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Luisa, la pescadera del pueblo 

    Luisa era una mujer de 40 años que trabajaba como pescadera en la plaza de abastos de su pueblo. Era guapa y con buenas hechuras, con guapos ojos verdes, peligrosamente soñadores. Sus pómulos, que sobresalían más de lo normal, daban al rostro un cierto hechizo exótico.

    Vestía siempre prendas costosas, incluso en su pringoso trabajo, lo que hacía pensar a las chismosas del pueblo que su indumentaria no estaba al alcance de su bolsillo.

    Su esposo, un hombre de 48 años, de media estatura, grosero y excesivamente tosco, llevaba normalmente la ropa sucia de manchas y cenizas, le apestaba el sudor y sus hombros raramente no estaban nevados. Había en él un mucho de repulsivo, pero a su lanzada esposa, esas “simplezas” no parecían preocuparla.

    Lo único que la preocupaba a Luisa y casi la obsesionaba era codearse e incluso intimar con personas adineradas a costa de lo que fuese, por encima incluso de su matrimonio.

    “Dispuesta a todo” estaba la hermosa Luisita




    A Chávez López
    Sevilla mar 2024

     

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Mejor cortar que lamentar

    Llevo mucho tiempo pensando en algo que me agobia, pero definitivamente lo he hecho: romper con mi novia, a la que le llevo catorce años. Estaba viendo venir que nuestra relación no iba a ninguna parte. Por eso, era mejor para los dos cortar que lamentar.

    Es una buena chica, que además disfruta de un estatus financiero y social muy superior al mío. Me quiere y la quiero, pero nuestro Amor se iba con frecuencia de vacaciones.

    Sus padres forman parte de la aristocracia sevillana, son personas adineradas, y ella dedica demasiado tiempo y esfuerzo en organizar fiestas de la alta sociedad, y yo me gano la vida como médico rural, trabajando más de quince horas al día.

    Pero una de nuestras diferencias consistía en mi desaprobación de ese falso aparato social en el que se desenvuelve a las mil y una maravillas. Y ella en que se resistía a que le aconsejara sobre su manera de ver la vida.

    Las conversaciones que habíamos tenido durante nuestro noviazgo (casi ocho años) eran anodinas, y yo tenía la necesidad de conocer su visión sobre el problema del existir, qué significaban para ella, verbigracia, el Amor, la vida, la felicidad, la amistad, la suerte, la soledad, la sensibilidad y la muerte; ocho conceptos llenos de zozobras y de profunda intensidad.

    Ahora pienso que ninguno de los dos estábamos preparados para formar una familia. Quizás separados recapacitemos cada uno por nuestro lado y, si triunfa el Amor y el entendimiento, volvamos a intentarlo.



    Antonio Chávez
    Sevilla mar 2024

     

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