Durante más de tres semanas había tenido que esperar para que, ya con el otoño a punto de pasar el testigo al invierno, al cielo le diera por "llorar". Escogí con suma delicadeza ya no solo la calle en sí, sino también el tramo de la misma, el oscuro hueco que me serviría de resguardo temporal, lejos de las pocas miradas curiosas que pudieran aparecer.
El reloj indicaba que pasaban unos minutos de las ocho de la tarde, el tipo se retrasaba y, sin que eso lograra ponerlo especialmente nervioso, bien era cierto que tampoco disfrutaba de que algún detalle se tornara de modo distinto a cómo lo había trazado en su mente una y otra vez durante los días anteriores.
Era jueves no festivo, y no era el primero del mes, por lo que, aunque más tarde de lo acostumbrado, pasaría por allí. Aquella brutal tormenta que azotaba la ciudad también volvía el tráfico más caótico de lo que por sí mismo ya resultaba, sin duda ese debía ser el motivo de su demora.
Notaba la zona baja de mis vaqueros un poco empapada ya a causa del rebote de miles de gotas contra el acerado, pero aquel hueco de entrada secundaria a los bajos del edificio me protegía mayormente de la lluvia. A juzgar por la herrumbre y el mal estado general aquella puerta no parecía haberse abierto en bastante tiempo, y la distancia con la calle era perfecta como para que, además de resguardarme de la climatología, casi ninguno de los viandantes que pudieran pasar por las cercanías se percataran de mi presencia.
Mi chaquetón largo aislaba perfectamente mi cuerpo del frío y mis manos se mantenían cálidas en contacto con el agradable tacto del forro de los bolsillos del mismo. Si el minutero daba las y cuarto debería suspenderlo todo y esperar otra ocasión favorable, con el consecuente cambio de planes, localización y demás, no podía asumir el riesgo de repetir nada, primeramente por seguridad, y después por manía, una de tantas otras que me seguían acompañando desde que salí libre.
Justo daban las y diez cuando un tipo pasó caminando dificultosamente a escasos centímetros de mí mientras trataba de sostener su paraguas en la mano, incluso pude notar un olor a whisky y a sudor que emanaba del desgraciado mientras observaba totalmente quieto y en silencio sin que él notara mi presencia.
Mentalmente trazaba el recorrido que debería estar siguiendo mi "cita" desde que saliera de su despacho para hacer la espera más amena pero manteniéndome alerta cuando unas luces y el sonido de un motor hicieron acto de presencia en la ahora desierta calle. Eran las seis y trece minutos pasadas.
Conocía el coche casi mejor que el mío, así que no dudé ni un segundo, esperando a que avanzara un poco más hasta llegar a la altura del charco que se formaba justo a la altura en la que yo me encontraba. Cuando estuvo a escasos metros di un par de pasos en dirección al asfalto, no demasiado rápidos con la intención de no alarmarlo, y los neumáticos derechos provocaron una cortina de agua sucia que me empapó por completo.
Con los ojos adecuadamente cerrados me coloqué en cuclillas con una mano debajo del chaquetón y la otra posada en la cara cuando, tal como supuse que pasaría, las luces de freno del coche se activaron y, segundos después, la silueta de un tipo vestido de corbata salía de la puerta del conductor dirigiéndose hacía mí con rostro compungido.
Demasiado tiempo en el negocio como para que la conciencia evitara que hiciera lo que debía hacer, pero debo admitir que siempre es más fácil cuando se trata de cualquier hijo de puta sin escrúpulos que cuando no es más que un buen tipo con talento, al que le ha ido bien en la vida, y que se dirige a recoger a su hija de sus clases de piano tan solo unas decenas de metros más abajo.
- ¿Se encuentra bien? - le escuché decir con el brazo extendido en mi dirección mientras caminaba.
Me mantuve en la misma posición y no respondí, mi mano derecha ya agarraba firmemente el revolver y la yema de mi dedo índice sentía perfectamente el frío metal del gatillo, era curioso como aquella terrible situación hacía que me sintiera tan jodidamente vivo, aquello no podía ser normal.
- Perdone, con la que está cayendo no lo he visto hasta estar justo... - no pudo terminar la frase.
Fue un leve chasquido, el silenciador y la lluvia hacían imposible que ningún vecino se pudiera haber dado cuenta de que una bala acababa de terminar con la vida de aquel hombre. Tuve la decencia, y por supuesto también la habilidad, de que al menos no sufriera en el proceso ya que el disparo lo alcanzo en trayectoria ascendente, entrando por su boca y llegando a salir por la zona superior de su cráneo: murió en el acto, casi sin percatarse de ello.
Sin mirar atrás me alejé del lugar con paso vivo, con el mismo ritmo que todo el mundo solía tener en una tarde de perros como era aquella. Caminaría unos diez minutos, conocía el itinerario, evitando pasar por la puerta de comercios u oficinas de ningún tipo, y después cogería un taxi para que me llevara hasta las afueras.
Al día siguiente habría una noticia en primera plana en los periódicos y un ingreso de siete cifras en mi cuenta de Barbados. Si lo segundo fallaba, debería ir preparándome para cargar con otra muerte más a mis espaldas en las próximas semanas...