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Las tres de la tarde, domingo 12 de julio de 2020.
Jorge no solía llorar, pero ese día no tuvo inconveniente con externalizar toda esa tristeza. No vería a aquella niña bonita que alguna vez le había alborotado las hormonas nunca más, esa joven intimidante que se iba de la fiesta porque estaba aburrida, fue secuestrada y violada hasta morir.
-Lo siento –dijo Gabriel.
-Era una buena amiga.
Gabriel nunca lo sabría, estaba muerta. “Ni siquiera leyó mi mensaje” pensó Gabriel con su característica expresión de jugador de póker.
-Que tétricas serán ahora las reuniones en mi casa –dijo Jorge sonriendo modestamente manteniendo la expresión de luto en el rostro-. Oye Gabriel ¿seguro que no quieres comer algo?
-Seguro. Me voy, ¿Vas a estar bien?
-Si. Chao, otro día nos vamos –dijo Jorge.
Gabriel caminaba mientras repasaba la tragedia. “Que mierda acaba de pasar”. Caminaba rápido con una expresión de odio, era como si a cada paso su cólera se potenciara. Ahora que se permitía pensar, se castigaba drásticamente, no a Jorge –que era quien la había dejado irse sola-, se castigaba a él, por ser un cobarde y no quedarse con ella toda la noche como le hubiera gustado. Ya estaba llegando a su casa con una cólera que no lo dejaba ver: tenía la vista nublada y se sentía mareado. Entro al baño se lavó las manos con agua hirviendo como era de costumbre, pero la cólera no dejaba de crecer, metió la cabeza en la ducha, no obtuvo el resultado purificador que esperaba; la cólera seguía creciendo. Se miraba en el espejo tenía los ojos rojos y estaba cerca de desmayarse. Con unos movimientos muy torpes logro abrir la despensa y sacó un frasco de alcohol etílico que su madre guardaba para limpiar heridas. Bebió un gran sorbo y sin pensarlo salió a fumar. Salía de la casa con unos movimientos robóticos y apresurados. Aun un poco nublado por esta cólera, encendió su ultimo cigarrillo y fumaba, cuando vio -a un par de metros de su casa- un gato que se retorcía en el suelo bañado en sangre, supo inmediatamente que era Huesos.
Estaba al borde de la acera, claramente lo habían atropellado y estaba desecho. Alguna vez había visto como un perro dejaba en un estado similar a un gato. Pero Huesos estaba completamente quebrado, a cada respiración le brotaba sangre por todos lados. “Impresionante: todavía está vivo”. El gato hacia la mueca del maullido sin embargo no emitía sonido alguno, solo sufría. “Tendré que sacrificarlo” se sentía sombrío; iba a matar a Huesos. Sin pensarlo para no dudar, fue al garaje a buscar una pala, la puso en el cuello de Huesos, y no sin antes decir amen –a mero modo de ritual-, le enterró la pala en el cuello hasta sentir que tocaba el cemente del otro lado. “Los de la basura lo limpiaran” pensó, le habría sido imposible limpiar los restos de su compañero, a quien había querido por muchos años, quien compartiera esas mañanas de caricias con él y a quien el mismo tuvo que asesinar. La pala se quedó en la escena del crimen junto al reventado cuerpo del gato. No volvería a verlo. Gabriel volvió a la casa. “Decapitar a mi gato fue bastante terapéutico, después de todo; apagó mi cólera” pensó mientras se sacaba los zapatos y se dirigía a su pieza. “O quizá solo fue el alcohol”.