Una remota mañana de noviembre - hace ya varios siglos - el sonido de la campanilla quebró el silencio en el interior del monasterio de San Juan Bautista, anunciando la llegada de un visitante. Al abrir el portón, el hermano guardián halló a un mendigo aterido de frío que, apelando con insistencia a la hospitalidad que caracteriza a los benedictinos, suplicaba cobijo y manutención por un breve periodo, antes de reanudar su peregrinaje a Tierra Santa.
El Padre Justino, Prior de aquel convento, aceptó al refugiado y mandó acomodarlo en una celda vacante bajo la condición de que, durante su estancia, acudiera al Oficio Divino y participara de la plegaria como un miembro más de la congregación. El vagabundo besó el anillo del Abad y agradeció a Dios, con lágrimas en los ojos, el haber guiado sus pasos hasta aquel reducto de caridad.
San Juan Bautista alzaba su humilde edificación en una campiña donde se alternaban las arboledas y los terrenos ganados al bosque donde crecían las viñas. Ocupaban sus celdas catorce monjes que dedicaban las horas al cultivo de la oración y de la tierra, y si bien la abadía era pequeña y la producción de vino escasa, una buena administración permitía, a pesar del rigor de los tiempos, cubrir las necesidades de las austeras almas que albergaba.
Quiso la providencia que el forastero resultara ser un mañoso embaucador y bellaco trotamundos, capaz de vender a su propia madre y a sus propios hijos, si los hubiere, por una sola moneda de cobre. Sucedió, pues, que tal lobo fue a caer entre tales corderos, de modo que no pasaron dos días antes de que el infame desapareciera en plena noche cargado con la cruz votiva - pieza de oro y pedrería - que pendía de una cadena, tras el altar. Los ojos del depredador habían adivinado el valor de aquel objeto mientras fingía sumirse en la oración durante los Oficios. Nadie en el convento se percató de aquella acción furtiva, pues el estruendo de una tempestad de nieve acompañó al ladrón en su evasión.
En la madrugada se descubrió el hurto y al poco, todos los monjes se apretujaron en la sala capitular en torno al Padre Justino. La desolación reinaba en la pequeña estancia ya que la cruz - herencia secular del monasterio y tesoro a preservar por la comunidad-era muy estimada por los buenos frailes. El Prior habló:
"Ved, hermanos, como el Maligno manipula a las almas débiles, empujándolas hacia la abyección. Nuestra caridad ha sido pagada con oprobio, nuestra hospitalidad con traición. Entended, pues, que el Señor nos alecciona en nuestra propia casa sobre la flaqueza consustancial a todo ser humano. Roguemos a Dios por el alma de este desdichado para que no se enfangue aún más su espíritu. "
Catorce coronillas rasuradas se inclinaron a un tiempo y rezaron durante unos minutos. Para clausurar la reunión, concluyó el padre Justino:
"En cuanto a la cruz, mañana daremos cuenta de ello a la autoridad. Mientras tanto no hay más que hablar. Volvamos a nuestras cotidianas labores."
Cada cual, sosegadamente, regresó a su tarea con aire de resignación.
Aquella misma tarde, un puño impaciente sacudió el portón; Juan, el viejo recadero que abastecía al monasterio, gritaba a los muros: "¡A la paz de Dios, abrid, que vengo acarreando a un peregrino! ¡Abrid, que está malherido!". Los monjes salieron hasta el pórtico en tropel y, asombrados, contemplaron el cuerpo desmadejado del ladrón sobre la carreta de Juan. El viejo se descubrió ante el Padre Justino y habló así: "Con mis respetos, Reverendísimo, éste está casi para que lo entierren. Tiene una pierna partida y una brecha en la frente que parece una segunda boca. El desventurado debió resbalar en el hielo y fue a parar al barranco, tras la loma de ahí enfrente, junto al olivo grande, que es donde lo encontré. Por la indumentaria parece peregrino."
El Prior se acercó al accidentado y pudo apreciar la herida profunda, cercana a la sien, las magulladuras en las piernas y algunos signos de congelación en rostro y manos. Parecía aletargado o muerto, pero un leve movimiento del pecho indicaba que todavía quedaba vida en él. Sin dejar de observar al malherido, se dirigió el Padre Justino al carretero:"este peregrino estuvo hospedado aquí. Ve en busca del cirujano" y a los monjes: "llevadlo a la celda que ocupaba y limpiadle la herida". De inmediato, el cuerpo fue apeado cuidadosamente y transportado al interior.
Cuando quedaron solos ante el pórtico, el Prior tomó del brazo al viejo y le susurró al oído: “Escucha Juan, ¿llevaba este infeliz algún bulto consigo?". "No, que yo sepa, Reverendísimo", respondió el otro, "no más que ese zurrón que recogí junto al olivo grande, donde cargaba un pan, un queso y un cuchillo de monte".
"Juan es un alma fiel, no hay que dudar", consideró el fraile mientras contemplaba los surcos que el carro había dejado sobre la nieve al alejarse. Cuando se cerró el portón ya anochecía.
Pasaron cinco semanas antes de que el convaleciente acudiera al refectorio con la ayuda de uno de los hermanos y el apoyo de una vara. Atrás quedaban muchos días de fiebre, sopor y dolores intensos; noches espantosas en las que el delirio y la vigilia se confundían en un calvario que parecía no tener fin. En su primera visita, el cirujano consideró tan cercana la muerte de aquel hombre que se limitó a coser la herida e introducir un guijarro de opio en su boca mientras aconsejaba al Prior que preparasen un hueco en el camposanto del monasterio. “No era menester acudir a mí por este agonizante, y menos con la que está cayendo” concluyó el galeno con fastidio antes de trepar de nuevo a la mula de Juan.
Sin embargo, entre convulsiones, jadeos y alaridos, sobrevivió a aquella noche y también a las siguientes. Durante tres semanas, el hermano Gerardo, versado en algunas drogas y remedios vegetales, elaboró pociones y ungüentos, el hermano Camilo, el cocinero, guisó caldos nutritivos, a base de tuétano, clavo y licor de cereza, el hermano Damián cubrió la pierna fracturada con apósitos encerados y, de un modo u otro, cada miembro de la comunidad colaboró en lo posible en la curación y el restablecimiento del singular huésped. Todo ello a instancias del Padre Justino que, dirigiendo y supervisando el tratamiento, mantuvo una atención constante sobre la evolución del enfermo. Éste, que durante aquellos días y noches no emitió palabra alguna, aceptaba con mansedumbre los cuidados que se le iban brindando, si bien su mirada ausente y su mutismo hicieran pensar que el golpe en la frente le había truncado la razón.
Ahora, en el refectorio, los frailes miraban de reojo hacia aquel rostro consumido que se inclinaba sobre el cuenco de sopa, mientras el hermano Tobías leía en voz alta el libro sagrado desde el facistol:
“...entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete. Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos...”
Desde el día de la segunda llegada del falso peregrino, ninguno de los frailes se había referido abiertamente a la cruz desaparecida; hombres habituados al silencio y a la obediencia, vivían el suceso con la expectación puesta sobre su superior, vehículo - entendían ellos - de la voluntad y justicia divinas. A veces, cuando había más de un fraile en la cocina o en los huertos, se bisbiseaba un comentario alusivo, fruto de la curiosidad y de la impaciencia, que al punto era acallado siempre del mismo modo: "Mejor es no lucubrar sobre lo que no nos incumbe. El padre Justino, en cuyas manos estamos, es sabio y misericordioso. El Altísimo guiará su proceder". Y así fueron pasando las semanas hasta aquel día en que el convaleciente acudió al refectorio para comer por primera vez fuera de su celda. Durante la velada, el Abad se sintió vagamente hostigado por la mirada interrogante de los monjes y decidió acudir aquella misma tarde a la celda del convaleciente.
El aposento apenas daba cabida a un estrecho catre de paja y a un sencillo reclinatorio de madera basta que se enfrentaba a la pared del fondo, de donde pendía un crucifijo. Cercano al techo, un ventanuco diminuto permitía la entrada a una porción del sol de la tarde. El padre Justino entró con sigilo y halló al enfermo sentado en la litera, con la mirada fijada en el haz de luz que surgía de lo alto; se sentó a su lado. Cuando el otro volvió el rostro, el fraile vio ante sí a un hombre fustigado todavía por el sufrimiento físico y el cansancio extremo; su cabello había encanecido por completo y su mirada - cuya chispa de picardía recordaba aun - había perdido el brillo de la juventud. Frente a aquella criatura doliente, el Abad estimó que la ira de Dios es a veces despiadada con los pecadores.