preferiría, augusto
que no me vieras
que no me digas que me llamo césar
ni que nací descalzo
en una pequeña patria calcárea
con silueta de dinosaurio
preferiría que no me escuches
ni me leas
que no sintieras ni por asomo
de mis labios fracturados
el poema azul de tu mirada ciega
la policromía ausente
de mi infancia
( be-bop )
deambulando en las cloacas
preferiría y es mejor no hay otra
que entendieras que tu regreso
es bañarse en la lluvia de
mi llegada que es partida
que es morir
sería bueno, augusto
que escondieras tus papeles del diluvio
el oscuro vestido de tu amada
y el candadito que tu niña prometió
sería bueno regresar
a las semanas albas
y la fecundidad de su armonía
que protegieras los incunables
de los pájaros fruteros del verano
mis anteojos quebrados
del sol ardiente de las noches
los viejos chistes
agonía y canción
preferiría, augusto
que supieras
que soy el último pariente
de esta lluvia que es l a r g a
p u t a m a d r e
y se acrecienta con la negación
de tu cordura inhóspita
con el concierto de las nubes pardas
y el llanto de los niños alados
que danzan al compás de ese baile
inédito y consumado
en la interperie
que es espanto
que es vivir.
Augusto Rubio Acosta es poeta peruano (Chimbote, 1973-)
Esta pesada empresa de comenzar el día,
desde el dolor anónimo de los hombres que pasan
como si no pasaran, de los hombres que mueren
como
si no murieran. Esta guerra que al fin es tremenda
pero cotidiana, si a fuerza de insomnio y de locura
no cambiamos, no cambiamos. Nos hace
bien presentir esperanzas, pero ha llovido mucho
y llueve, y la lluvia es antigua y nos
pregunta: ¿qué estamos haciendo con la vida?
nos hace bien, sin embargo, que siga
preguntando.
No hagas versos sobre acontecimientos.
No hay creación ni muerte frente a la poesía.
Ante ella, la vida es un sol estático,
no calienta ni ilumina.
Las afinidades, los aniversarios,
los accidentes personales no
/cuentan.
No hagas poesía con el cuerpo,
ese excelente, completo y confortable cuerpo,
tan indefenso a la
/efusión lírica.
Tu gota de bilis, tu careta de gozo
o de dolor en la oscuridad son indiferentes.
Ni me reveles tus sentimientos,
que prevalecen sobre el equívoco e intentan el largo viaje.
Lo que piensas y sientes, eso todavía no es poesía.
No cantes a tu ciudad, déjala en paz.
El canto no es el movimiento de las máquinas
ni el secreto de las
/casas.
No es música oída al pasar;
rumor del mar en las calles junto a la
/línea de espuma.
El canto no es la naturaleza
ni los hombres en sociedad.
Para él, lluvia y noche,
fatiga y esperanza nada significan.
La poesía (no saques poesía de las cosas)
elude sujeto y objeto.
No dramatices, no invoques.
no indagues. No pierdas tiempo en mentir.
No te aborrezcas.
Tu yate de marfil, tu zapato de diamante,
vuestras mazurcas e ilusiones, vuestros esqueletos de familia
desaparecen en la curva del tiempo, son algo inservible.
No recompongas
tu sepultada y melancólica infancia.
No osciles entre el espejo y la
memoria en disipación.
Si se disipó, no era poesía.
Si se quebró, cristal no era.
Penetra sordamente en el reino de las palabras.
Allí están los poemas que esperan ser escritos.
Están paralizados, pero no hay desesperación,
hay calma y frescura en la superficie intacta.
Están allí solos y mudos, en estado de diccionario.
Convive con tus poemas, antes de escribirlos.
Ten paciencia, si son oscuros. Calma, si te provocan.
Espera que cada uno se realice y consume
con su poder de palabra y su poder de silencio.
No fuerces al poema a desprenderse del limbo.
No recojas del suelo el poema que se perdió.
No adules al poema. Acéptalo
como él aceptará su forma definitiva
y concentrada en el espacio.
Acércate y contempla las palabras.
Cada una
tiene mil rostros secretos bajo el rostro neutro
y te pregunta, sin interés por la respuesta,
pobre o terrible, que le dieras:
¿Trajiste la llave?
Fíjate:
huérfanas de melodía y de concepto,
ellas se refugiaron en la noche, las palabras.
Todavía húmedas e impregnadas de sueño,
ruedan en un río difícil
y se transforman en desprecio.
germinaron ataúdes
como brote viril gozando el rocío:
columnas interminables,
racimos de estambres ficticios
que soltaron al viento su polen de piedra.
Del agua, como de la sangre, y al agua
vengo, entrando a tierra por el agua:
por su ángeles turbios derramados
de costado, agua y aguacero errante,
porque lluvia también cuando volvía,
como una miel de piedra en tempestad
sobre el pequeño tambor del corazón.
En la ría, como en un espeso
machete horizontal, tanta indecisión de ida
y vuelta, tantos pedazos de la tierra:
un pañuelo de hojas solas, una involuntaria
madera, una cáscara, el cadáver
de un grillo que asesinó la lluvia:
testimonio de que la vida estaba
allí no más, al otro lado
del difícil destino, húmeda y cercana
como la boca que nos busca.
¿Quién
entonces eludió el regreso, quién
podía rechazar sus fluviales manos ciegas?
Porque si es lo fatal si las cosas
caen y se rompen, si los clavos
han de golpearse siempre la cabeza,
si la robusta soledad del ganado
camina sin cesar a su osamenta
¿quiere decir que nunca
escaparemos a la patria, quiere decir
que siempre volveré a su costa
como a la única mujer en donde he estado
transcurriendo?
Ah, en esa dura
paz, en la tinta de la baja noche,
la población buscaba vida al viento,
pescaba vida en el amarillo peinado
del océano, cazaba vida litoral, los aguadores
llevaban una cruz de vida colgando
de sus brazos, cáscaras de vida
escogía el niño en la basura. Todo
era salvación afuera, todo
entrega final: enloquecido
el pez entraba al muro
vacío de la red, el hombre
a la mujer, al mar
el alma empobrecida.
(Ya se estaban poniendo
tristes los maíces y hacia sus huesos
envejecía el campesino, andino
o lateral. Y de pronto, agua
sobre la tierra, agua de pronto
sobre la castigada y flaca duración
vacilante de los pobres, lluvia
hasta su sorda cavidad de sueño y alma.)
Yo quería dormir, quería haber llorado
con los párpados puestos en mis necesidades,
en lo olvidado, retroceder a alguien,
a ella, a mí, a nosotros
dispersos: y solamente encontré al indio,
dueño de su desesperanza y de su abismo,
gastándose sin ruido, sin arder,
como un fósforo mojado.
Porque duro como el arroz es el retorno:
ni casa ni comida ni mujer propia
ni propia solución la que yo intento;
no es llovizna de novia arrepentida,
no es un tango ni una carta
en olvido gradual: es aguacero
ecuatorial, a cántaros, territorial: es río
y mar y lluvia que para el hombre y sus vecinos
de soledad, de ruina y de destrozo, edifican
su propia cárcel que mojando lo agoniza.
Fue preciso cerrarla: gritar, abandonar
lo que me dieron y fue mío,
lo que tuvo mi pisada, mi latido o mi olor:
las ropas colgadas o caídas, mi tinta
con su alta investidura de arzobispo,
el celo, los lugares, los cuerpos
de donde injustamente salía las mañanas
y estar aquí, de nuevo, en mi terreno
caminante y en mi terrestre invierno
que a sí mismo se destruye, destruido.
Mi sobrino, que dormía en la habitación del sótano,
ha puesto una laminilla de hierro afuera de su ventana
para recuperar el sonido de la lluvia que caía
sobre el tejado.
No se lo digo, pero el corazón encuentra en su desgracia
su propio consuelo.
Una hoja de hierro repara un tejado solamente.
Indemne, hasta ahora, de las heridas que la mudanza
y la diferencia nunca muestran,
mi sobrino puede reparar todavía los daños
para volver a traer el amoroso sonido de aquella lluvia
que conoció en la infancia.
Ni digo —en las pérdidas de la vida una laminilla
de hierro es una carga— que un día encontrará dentro de sí,
bajo una plena oscuridad y silencio,
el hierro que sostendrá no solamente el sonido
perdido de la lluvia, sino también el sol,
el rumor de los muertos
y todo aquello que jamás volverá.
Janet Frame - Janet Paterson Marco Clutha- (Dunedin, Nueva Zelanda, 1924-2004)
"¿Por qué stop? Por miedo de empezar las fabricaciones, son tan fáciles. Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo. Así viven muchos amigos míos, sin hablar de un tío y dos primos, convencidos del amor-que-sienten-por-sus-esposas. De la palabra a los actos, che; en general sin verba no hay res. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella.
La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.(...)".
nuestros zapatos se han quedado en casa
con la lluvia
nuestros zapatos se han quedado en casa
en el desierto
y en las baldosas secas de un tiempo
árido
que no cupo en nuestras manos.
nuestros pasos parecen firmes
(pero nos tambaleamos)
caminamos tan solas
a pesar de todo
porque
todo este camino rutinario
es parte
de una huida
que escribimos con palabras minúsculas
y esperas en el frío.
la tierra se cubre de blanco. es un luto diferente al nuestro / nuestro luto de tela de lija negra sobre nuestros cuerpos helados
estas pieles frágiles que evitan el roce
estas pieles viudas de sí
que se corrompen hasta el deshielo
Una intensa noche de lluvia
una voz llamó desde el jardín.
Era un hombre que lloraba
con un aire distraído
con el rostro borroso
por causa de la sombra de un paraguas.
¿Quién eres? Pregunté.
Con voz triste,
mostrando los dientes blancos
y una picardía en la sonrisa respondió:
Soy Sakutaro Hagiwara, dijo.
No estaba llorando, solo ebrio.
En una taberna del rio Ebigawa
había bebido mucho y no estaba a gusto.
Sube, dije, por un momento.
Cargando su dudosa sombra mojada
asciendió por el corredor de la casa
y sentados, las piernas en cruz,
sin decir palabra, bebimos copiosamente.
La lluvia cae más fuerte, sin cesar.
Entrada la mañana
el borracho Sakutaro duerme y ronca.
A su espalda, el ojo de la serpiente del paraguas,
se abre y se cierra.
Sakutaro Hagiwara (1886-1942), es el fundador de la poesía moderna en Japón.
Se espera que la lluvia pase. Se espera que los vientos lleguen. Se espera. Se dice. Por amor al silencio se dicen miserables palabras. Un decir forzoso, forzado, un decir sin salida posible, por amor al silencio, por amor al lenguaje de los cuerpos. Yo hablaba. En mí el lenguaje es siempre un pretexto para el silencio. Es mi manera de expresar mi fatiga inexpresable. Debería invertirse este orden maligno. Por primera vez emplear palabras para seducir a quien se quisiera gracias a la mediación del silencio más puro. Siempre he sido yo la silenciosa. Las palabras intercesoras, las he oído tanto, ahora las repito. ¿Quién elogió a los amantes en detrimento de los amados? Mi orientación más profunda: la orilla del silencio. Palabras intercesoras, señuelo de vocales. Ésta es ahora mi vida: mesurarme, temblar ante cada voz, temblar las palabras apelando a todo lo que de nefasto y de maldito he oído y leído en materia de formas de seducción.
El hecho es que yo contaba, yo analizaba, yo relacionaba ejemplos proporcionados por los amigos comunes y la literatura. Le demostraba que la razón estaba de mi parte, la razón de amor. Le prometía que amándome iba a serle accesible un lugar de justicia perfecta. Esto le decía sin estar yo misma enamorada, habiendo sólo en mí la voluntad de ser amada por él y no por otro. Es tan difícil hablar de esto. Cuando vi su rostro por primera vez, deseé que fuera de amor al volverse hacia mi rostro. Quise sus ojos despeñándose en los míos. De esto quiero hablar. De un amor imposible porque no hay amor. Historia de amor sin amor. Me apresuro. Hay amor. Hay amor de la misma manera en que recién salí a la noche y dije: hay viento. No es una historia sin amor. Más bien habría que hablar de los sustitutos.
Hay gestos que me dan en el sexo. Así: temor y temblor en el sexo. Ver su rostro demorándose una fracción de segundo, su rostro se detuvo en un tiempo incontable, su rostro, un detenerse tan decisivo, como quien mueve la voz y dice no. Aquel poema de Dylan Thomas sobre la mano que firma en el papel. Un rostro que dure lo que una mano escribiendo un nombre en una hoja de papel. Me dio en el sexo. Levitación; me izan, vuelo. Un no, a causa de ese no todo se desencadena. He de contar en orden este desorden. Contar desordenadamente este extraño orden de cosas. A medida que no vaya sucediendo.
Hablo de un poema que se acerca. Se va a acercando mientras a mí me tienen lejos. Sin descanso la fatiga; infatigablemente la fatiga a medida que la noche --no el poema-- se acerca y yo estoy a su lado y nada, nada sucede a medida que la noche se acerca y pasa y nada, nada sucede. Sólo una voz lejanísima, una creencia mágica, una absurda, antigua espera de cosas mejores.
Recién le dije no. Escándalo. Transgresión. Dije no, cuando desde hace meses agonizo de espera y cuando inicio el gesto, cuando lo iniciaba... trémulo temblor, hacerme mal, herirme, sed de desmesura (pensar alguna vez en la importancia de la sílaba no).
[OCULTAR]Me encantan los poemas cuentos de este hombre. Los descubrí esta mañana y me ha fascinado su estilo y sus historias...[/OCULTAR]
Cayetano Murature Trelew, Chubut, 14 de enero de 1944
Cayetano Murature
albañil jubilado
siciliano de profesión
está mirando los tomates que se achicharran
en esas plantitas
crucificadas dulcemente
sobre andamios de caña
y paja brava.
Con apenas dos dedos acaricia
la piel triste de un tomate.
Con los mismos apenas dos dedos
se toca las mejillas:
triste la píel, arrugada
curtida de sal,
como si el Mediterráneo se hubiera evaporado
como de un soplido de Dios,
desnudando los tristes acantilados
de Sicilia y de Cerdeña.
Triste la piel,
tristes los tomates.
A Cayetano Murature las sequías de la piel
no le molestan
pero las arrugas de los tomates .lo enfurecen.
Dos meses sin lluvia.
Allá lejos
el río se ha vuelto un barrito chirle.
De la canilla caen
de tanto en tanto
dos gotas
como para probar que el agua existe.
Cayetano le da vueltas a la cruz
y se agacha hasta el pico para mirar
y ver
cómo una gota le apaga el pucho
y otra le entra en el ojo:
- porca miseria - dice Cayetano Murature – porca yuvia,
porca caniya e la puta que lo parió al Duce.
Cayetano Murature le tira una patada al cañito oxidado
y le erra
y le da al aire
entonces
tremendo patadón,
con tanta mala suerte
que el aire se raja en un zigzag celestial.
Cayetano ve cómo la rajadura se va para arriba
cómo la atmósfera se parte en dos
hasta las nubes.
Mira a un costado
mira al otro
y después se agacha a ver
cómo crecen los rabanitos.
Cayetano Murature mira
y piensa
y mira otra vez
la rajadura del aire.
Toca con un dedo.
Piensa.
Toca con otro dedo.
Piensa.
Calza un pie.
Piensa otro poco.
Y después
sonríe
feroz.
Cayetano Murature
se dejó un par de cosas
allá abajo:
unos anteojos de carey
una cajita de rapé
vencido
una mandolina
que trajo de Ragusa.
Nada más.
Dicen algunos
que Cayetano Murature
se murió.
Dicen otros
que se fue trepando
por el aire hecho vidrio
Que se fue.
Y que todavía le anda peleando la lluvia al cielo.
Poemas pertenecientes a "Crónicas de muertes dudosas", Bruno Di Benedetto
Desde la mañana la lluvia no me abandonaba,
-Oh, déjame- le decía yo groseramente.
Pero ella no cedía, fiel y triste,
me seguía como una pequeña hija.
La lluvia se pegó a mis espaldas, como un ala.
Yo la retaba
-Avergüénzate, mala!
Llorando te implora el quintero
-Vete a las legumbres y a las flores!
¿Qué quieres de mí?
El tiempo era pesado y seco.
La lluvia estaba conmigo, olvidando
al resto del mundo.
Los chicos bailaban en torno a mí,
como si fuera una máquina regadora.
Me ingenié para entrar en un café,
Me escondí en una mesa, detrás de un nicho.
La lluvia, cual un mendigo, se pegó a la ventana,
y quería llegar a mí a través del vidrio.
Salí otra vez, la mejilla fue castigada
con una bofetada húmeda,
pero en seguida, arrepentida,
la lluvia, triste y valerosa,
me lavó los labios con olor a cachorro.
Creo que mi apariencia era ridícula.
Me envolví el cuello con un pañuelo gris.
Y la lluvia me pellizcaba la oreja.
La sequía era tensa. Todo estaba seco.
Sólo yo me empapé.
BELLA (Izabella) Akhatovna AJMADÚLINA Rusia (10 April 1937 – 29 November 2010)
Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto
patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.
Anduve por la raíz de la lluvia
hasta esta casa sucia y corroída.
La humedad cubre las paredes,
el polvo domina el aire.
La tarde anticipa la noche
y en lo oscuro trabajará el óxido
en llaves y herrajes.
Y es amargo
el pan con que me alimento.
Y es turbia el agua que bebo.
Y la voz que oigo, o creo oir,
parece llegar del otro lado del mundo
y apenas si proviene del cuarto contiguo,
vacío, y no es sino una falla
en el apretado tejido del silencio.
( Afuera y a lo lejos,
un perro ladra a la lluvia,
la lluvia lo moja, con saña, con indiferencia).
.
.
Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios abandonados.
Otras veces cae con furia, y uno piensa en los maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres.
De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban.
No habían despertado todavía al amor.
No sabían nada de nosotros.
De nuestro gran secreto.
Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de nuestra fatiga.
Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos visto juntos,
todos los gestos que hemos entrevisto y sospechado, los ademanes y las palabras de ellos,
todo, todo ha desaparecido y estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido,
en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
Te quiero con toda la furia de la lluvia.
Te quiero con todos los tambores de la lluvia.
Te quiero con todos los violines de la lluvia.
Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada.
Recién estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las luces, los barcos y los horizontes.
Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana; increíble, pero tan real; numerosa, pero tan mía.
Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
Oh, visitante.
Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el destino único.
Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del otoño.
Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto,
cuanto tú y yo seamos dos sombras, y todavía estemos pegados, juntos,
subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
Oh, visitante.
Estoy lleno de tu vida y tu muerte.
Estoy tocado de tu destino.
Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta,
ya al caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros,
ya al reflejar sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los automóviles,
ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de nuestra esperanza,
los humildes barrios de los trabajadores.
La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste
y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima, recóndita alegría.
Estoy tocado de tu destino.
Oh, lluvia. Oh, generosa.
yo solicito la extinción
de la luz del hierro colado, la luz de los enamorados y la luz solar
yo solicito que llueva
yo solicito
morir dentro de la noche
yo solicito que en la mañana
tú te encuentres inesperadamente con
el hombre que me enterrará
ilimitadas partículas de polvo de los años
otoño
yo solicito:
que caiga una lluvia
que lave mis huesos
sobre mis ojos cerrados
yo solicito:
lluvia
la lluvia es la culpa de una vida
la lluvia es dichas y desdichas, separaciones y reuniones.
No quisiera que lloviera
te lo juro
que lloviera en esta ciudad
sin ti
y escuchar los ruidos del agua
al bajar
y pensar que allí donde estás viviendo
sin mí
llueve sobre la misma ciudad
Quizá tengas el cabello mojado
el teléfono a mano
que no usas
para llamarme
para decirme
esta noche te amo
me inundan los recuerdos de ti
discúlpame,
la literatura me mató
pero te le parecías tanto.
Entro en el lavabo aoscuras mientras dejo a Miguel, fuera
hablando solo, quejándose de
lo deteriorada que está su relación
paterno filial por culpa de la Juez, del
psicólogo y no le doy al interruptor porque
logro distinguir la taza y se está mejor
así, parece que pueda oírse la lluvia con
mayor nitidez, que el aire
limpio, más que de costumbre y
las gotas, golpeen con lentitud la ventana
traslucida y por algún motivo
todo eso me proporciona cierto, momentáneo
estado de serenidad, y aunque lo lamente,
esa es la verdad, por Miguel y por su
hija.
Es curioso, que las personas
se distancien así. Sin saber porqué
un día puedes tomar un avión y despegas
con un alka seltzer en el
bolsillo de la camisa, tragas
un martini seco con el cinturón de
seguridad bien abrochado y cruzas el
océano una vez la azafata y el resto
de la tripulación os han
ilustrado sobre como sobrevivir
a una tragedia aérea, os desean
feliz viaje y os recomiendan comprar
algún artículo (probablemente inútil)
de dutty free
De poco sirve la serotonina a
los maníaco depresivos y veintiséis
años, por ejemplo, pueden no ser nada y
muchos seres humanos viven menos
que eso, esta lluvia no parará nunca,
tiro de la cadena y abro el grifo, me
parece un desperdicio de agua, agua, y
más agua, me seco las manos, no lo
reconozco con precisión pero juraría
que he oído un carraspeo, casi una tos o un
sollozo y al salir le digo a bocajarro, -Tranquilo
Miguel, ya lo verás:
que
todo se arreglará-. Y él,
alza el rostro
algo aturdido y a su vez pregunta-. ¿Pero
no está muy
oscuro
aquí?
Aguacero
bello músico
al pie de un árbol desvestido
entre las armonías perdidas
cerca de nuestras desencuadernadas memorias
entre nuestras manos de derrota
y pueblos de extraña fuerza
dejamos colgar nuestros ojos
y naciente
desenrollando el cordón de un dolor
sollozamos.
Las agujas del aire estaban sobre las frentes: qué oscura misión la mía de amarte.
Las paredes de níquel no consentían el crepúsculo, lo devolvían herido.
Los amantes volaban masticando la luz. Permíteme que te diga.
Las viejas contaban muertes, muertes y respiraban por sus encajes.
Las barbas de los demás crecían hacia el espanto: la hora final las segará sin dolor.
Abanicos de presentirse horizontal. Fronteras.
La puerta, presta a abrirse, se teñía de amarillo lóbrego lamentándose de su torpeza.
Dónde encontrarte, oh sentido de la vida, si ya no hay tiempo. Todos los seres esperaban
la voz de Jehová refulgente de metal blanco. Los amantes se besaban sobre los nombres.
Los pañuelos eran narcóticos y restañaban la carne exangüe. Las siete y diez. La puerta
volaba sin plumas y el ángel del Señor anunció a María. Puede pasar el primero.
Esta misma canción que vuela, esta que estás tú cantando, hermosísimo as de oros, es el romance antiguo
de la legión de condenados que aspiraban el perfume de las espinas dolorosas entre los dedos.
Cuando tú eras magnífico, cuando tú tenías los ojos brillantes, dando la luz sin cambio, del todo,
albergando bajo los párpados el secreto de todos los triunfos más mezquinos, no era difícil encontrarte
en la mano, saludando, besando los dedos con reverencia de paje del quinientos.
Así el camino es breve, así pronto el Occidente será una riqueza de oros que podrá batirse
con las manos, que podrá multiplicarse en mil espumas sin labios. Así la preciada amarillez
no será la tragedia de perder toda la sangre, sino la riqueza brava, despertada, de sentir en la piel
los mil besos de todas las campanas. Moriremos si es preciso. Pero moriremos sabiendo que el latido
repercute en la inquietud de las venas como vaticinio indescifrable, como una promesa que no se nombra.
La primavera insiste en despedidas, arrastrando sus cadenas de cuerdas, su lino sordo,
su desnudez de ocaso, el lienzo flameado como una sábana de lluvia. Alentar sobre un seno,
alargar la mano a tres mil kilómetros de distancia, hasta tocar la frente de cristal en que
están impresos los azules marinos, los peces sorprendidos.
Si yo quiero la vida no es para repartirla. Ni para malgastarla. Es sólo para tener en orden los labios.
Para no mirarme las manos de cera, aunque irrumpa su caudal descifrable.
Para dormirme a mi hora sobre una conciencia sin funda.
Por eso estoy aquí ya formándome. Cuento uno a uno los centímetros de mi lucha.
Por eso me nace una risa del talón que no es humo. Por ti, que no explicas la geografía más profunda.
Dejadme que nazca a la pura insumisa creación de mi nombre.
Lo ignoro todo. No quiero saber si el color rojo es antes o es después, si Dios lo sacó de su
frente o si nació del pecho del primer hombre herido. No quiero saber si los labios
son una larga línea blanca.
Oh amor, ¿por qué no existes más que en forma de trapecio? ¿Por qué toda la vacilación
se convierte en dos rodillas columpiadas (de carne, voy a besarlas), mondas,
desguarnecidas de calor, calvas para mis dientes que rechinan?
Ni un grito. Ni una lluvia de ceniza. Ni tan solo un dedo de Dios para saber que está frío.
La nada es un cuento de infancia que se pone blanco cuando le falta el respiro.
Cuando ha llegado el instante de comprender que la sangre no existe. Que si me abro
una vena puedo escribir con su tiza parada:
“En los bolsillos vacíos no pretendáis encontrar un silencio”.
Por eso, no quiero vestirme. He comprendido que no se desea mi muerte,
que un proyectil disparado acaba siempre tomando la forma de un niño, de un infante
que aterriza y que acaricia el verde soñoliento, con la misma inocencia con que el puñal
pregunta el nombre de las vísceras que besa.
Los ojos de los peces son sordos y golpean opacamente sobre tu corazón.
Cuatro reyes, cuatro ases, cuatro sotas hacen la felicidad de una mano,
arquean los lomos de las montañas, mientras el sol de papel de plata amenaza
con rasgarse sin ruido. Los reyes son esta bondad nativa, conservada en alcohol,
que hace que la corona recaiga sobre la oreja, mientras el hombro protesta del abrigo
de todo, del falso armiño que hace cuadrada la figura. La mejilla vista al microscopio
no invita más que a la meditación de los accidentes y al pensamiento de cómo lo esencial
está cubierto de púas para los labios de los hijos; de cómo la aspereza de los párpados
irrita la esclerótica hasta deformar el mundo, incendiado de rojo, quemándose
sin que nadie lo perciba.
Siento el silencio como esa piedra blanca que resbala sobre el corazón de las madres, y no tengo
fuerzas más que para perdonaros a todos el mal que me habéis hecho, sin ignorarlo,
con la forma de vuestra sombra cuando pasabais.
¡Flor, flor, flor, aparenta una sequedad que no posees! Cúbrete de hojas duras, que se vuelven
mintiendo un desdén por la forma, mientras el aire cae comprendiendo la inutilidad
de su insistencia, abandonando sus alturas.
Yo comprendo que el destino pasajero es echar pronto las yemas al aire, impacientar
el titilar de las luces ante la esperanza del fruto redondo que ha de albergarse en el aire,
para que éste le acaricie sus fronteras, solamente sus límites, sin que su hueso dulce entreabra
su propia capacidad de amor, blanco, lechoso, ignorante, y nos muestre sus suspicacias
como una interrogación que creciese de alambre hasta rematar su elástica curva.
Y un hombre que persigue perderá siempre sus bastones, su lento apoyo,
enhebrado en la hermosura de su ceguera.
En lugar de lágrima lloro la cabeza entera. Me rueda por el pecho y río con las uñas,
con los dos pies que me abanican, mientras una muchacha, una seca badana estremecida,
quiere saber si aún queda la piel por los dos brazos.
Corramos, antes que los telones se desplieguen. Antes que los pelos del lobo, que el hocico
de la madriguera, que los arbustos de la catarata se ericen y se detengan en su caída.
Antes que los ojos de este subsuelo se abran de repente y te pregunten. Corramos hacia el espanto.
Si Dios no me acusa, ¿por qué el alma me punza como una espina cuyo cabo está al aire,
flameando como un gallardete insatisfecho? ¿Por qué me saco del pecho este redondo
pájaro de ocasión, que abre sus luces en abanico duende y espía los rincones para desde allí
encantarme con su pausado jeroglífico? ¿Por qué esta habitación, como una caja de música,
se mueve, ondula sobre las aguas temerosas e insiste plenamente en su bella desorientación
frente al crepúsculo?
Pero el oro en la palma de la mano fulgura una seguridad tan grata,
que yo comprendo que el sueño lo han inventado los cansados,
los escépticos de su corazón mercenario, que golpeaba como una moneda en una jaula,
en un –delirante ayer- agrisado hoy volumen de gorjeo.
Perdóname que cuando se detiene la tristeza a la entrada de la esperanza adolescente,
no asomen todas las palomas, las más blancas, con sus voces humanas,
preguntando sobre la ruta apasionada.
Para ser claro
renuncio a las frases alusivas,
a la caligrafía pálida
sobre el cuaderno mudo de las tumbas,
rechazo el podio hipócrita
de la bondad post mortem,
y a esa memoria tan desmemoriada.
Yo no quiero que apunten
en mi lápida la palabra yace,
me niego espeluznado.
No anhelo ese cheque grosero
con el que expían de mármol de hospital
lo que siempre te negaron avaros.
Ni acepto que se luzca
bajo una lluvia
de mierda de palomas
ese verbo impiadoso
en tercera persona.
No le abro los postigos,
ni a sus endebles secuaces
el adjetivo inerte
el absurdo abatido
menos aún al implacable muerto
-auxiliares morbosos de crónicas de sangre-
prefiero que sentencien
se pudre
se funde
se disuelve
pero jamás
yace.
Porque la muerte
puede ser otra cosa,
menos sucia y severa,
mejor que la tapa biselada y sorda,
quizás algo tan simple
como tumbarse al sol,
sobre el pasto o la arena
en una tarde franca y sin ruinas,
con vino y con regazo,
y sonrisas con huella
y dialecto de besos
y un murmullo entrañable
que recite poemas.
Quizás yacer
no sea esa quietud
de corazones secos,
ni el sueño, ni el olvido,
sino un íntimo zafarrancho,
un arrebato de vida sin permiso,
un insomnio de goce,
con marea de lluvia
y peces sin abismo.
Una muchacha fresca,
pechos de hierbabuena,
que te besa la ausencia
sin placebo y sin pena.
Ojalá no sea
el hartado celeste
de los castos y pulcros,
tampoco el infierno ceniza,
el hoyo de un ambiente
con renta anticipada,
sino jugar rayuela
hasta llegar al cielo,
y que don dios gorrión
disponga tiernamente:
“levántate y vuela”.
Puede que signifique
cerrar la vida apenas,
como quien deja un libro,
hasta que en una noche
de miedo a la tormenta,
o duda desvelada,
lo hojeen conmovidos
esos ojos más nuevos
que guardan mi mirada.
La primera lluvia del año moja las calles,
abre el aire,
humedece mi sangre.
¡Me siento tan agusto y tan triste, Tarumba,
viendo caer el agua desde quién sabe,
sobre tantos y tanto!
Ayúdame a mirar sin llorar,
Ayúdame a llover yo mismo sobre mi corazón
para que crezca como la planta del chayote
como la yerbabuena.
¡Amo tanto la luz adolescente
de esta mañana
y su tierna humedad
¡Ayúdame, Tarumba, a no morirme,
a que el viento no desate mis hojas
ni me arranque de esta tierra alegre.
De nuevo vida y muerte se confunden
como en el patio de la casa
la entrada de las carretas
con el ruido del balde en el pozo.
De nuevo el cielo recuerda con odio
la herida del relámpago,
y los almendros no quieren pensar
en sus negras raíces.
El silencio no puede seguir siendo mi lenguaje,
pero sólo encuentro esas palabras irreales
que los muertos les dirigen a los astros y las hormigas,
y de mi memoria desaparecen el amor y la alegría
como la luz de una jarra de agua
lanzada inútilmente contra las tinieblas.
De nuevo sólo se escucha
el crepitar inextinguible de la lluvia
que cae y cae sin saber por qué,
parecida a la anciana solitaria que sigue
tejiendo y tejiendo;
y se quiere huir hacia un pueblo
donde un trompo todavía no deja de girar
esperando que yo lo recoja,
pero donde se ponen los pies
desaparecen los caminos,
y es mejor quedarse inmóvil en este cuarto
pues quizás ha llegado el término del mundo,
y la lluvia es el estéril eco de ese fin,
una canción que tratan de recordar
labios que se deshacen bajo tierra.
Hagamos de cuenta
que yo no sé que la lluvia
sólo ocurre en la palabra lluvia
que cae en sentido inverso al espacio
y es
porque deja de ser
como tu ojo deja de ser ojo
y es caballo
al mirar un caballo
no es natural
que llueva
es natural
que tiembles
que temas a la lluvia
tú
que eres casi todo agua
construyes una casa
en nombre de la palabra hombre
tú
agua creyente
te proteges del horror de caer
será esa dificultad que algunos tienen
o les falta para ocultarse en medio de la nada
para simular que no están
que gozan de una ridícula invisibilidad
bajo rayos
centellas
y otros retortijones de luz
como flashes que los iluminan
justito tropezando en las veredas
el mero tránsito entre las góndolas de un supermercado
allí donde el Ojo Electrónico de Dios los sorprende
en la duda
robar algo tonto
un chocolate
un arbolito de navidad
será que a donde van siempre llueve
o gotea sobre sus cabezas
y en las fotografías salen húmedos y huraños
patinando en los bordes
ninguna dirección definida
expuestos
fracturados
animalitos del Señor en la crueldad de la intemperie
miran hacia arriba
el cielo es un baldío feroz
e incomprensibles desdichas del corazón
trazan señales que sólo ellos
llenos de ellos mismos
ven como si miraran
en blanco
y negro
Comentarios
preferiría, augusto
que no me vieras
que no me digas que me llamo césar
ni que nací descalzo
en una pequeña patria calcárea
con silueta de dinosaurio
preferiría que no me escuches
ni me leas
que no sintieras ni por asomo
de mis labios fracturados
el poema azul de tu mirada ciega
la policromía ausente
de mi infancia
( be-bop )
deambulando en las cloacas
preferiría y es mejor no hay otra
que entendieras que tu regreso
es bañarse en la lluvia de
mi llegada que es partida
que es morir
sería bueno, augusto
que escondieras tus papeles del diluvio
el oscuro vestido de tu amada
y el candadito que tu niña prometió
sería bueno regresar
a las semanas albas
y la fecundidad de su armonía
que protegieras los incunables
de los pájaros fruteros del verano
mis anteojos quebrados
del sol ardiente de las noches
los viejos chistes
agonía y canción
preferiría, augusto
que supieras
que soy el último pariente
de esta lluvia que es l a r g a
p u t a m a d r e
y se acrecienta con la negación
de tu cordura inhóspita
con el concierto de las nubes pardas
y el llanto de los niños alados
que danzan al compás de ese baile
inédito y consumado
en la interperie
que es espanto
que es vivir.
Augusto Rubio Acosta es poeta peruano (Chimbote, 1973-)
.
.
.
Tú.
Yo.
Dos o tres libros viejos.
El silencio de la lluvia
.................................en nuestros labios.
Ana Rosa Fernandez
Esta pesada empresa de comenzar el día,
desde el dolor anónimo de los hombres que pasan
como si no pasaran, de los hombres que mueren
como
si no murieran. Esta guerra que al fin es tremenda
pero cotidiana, si a fuerza de insomnio y de locura
no cambiamos, no cambiamos. Nos hace
bien presentir esperanzas, pero ha llovido mucho
y llueve, y la lluvia es antigua y nos
pregunta: ¿qué estamos haciendo con la vida?
nos hace bien, sin embargo, que siga
preguntando.
Beatriz Arias
Búsqueda de la poesía
No hagas versos sobre acontecimientos.
No hay creación ni muerte frente a la poesía.
Ante ella, la vida es un sol estático,
no calienta ni ilumina.
Las afinidades, los aniversarios,
los accidentes personales no
ese excelente, completo y confortable cuerpo,
tan indefenso a la
o de dolor en la oscuridad son indiferentes.
Ni me reveles tus sentimientos,
que prevalecen sobre el equívoco e intentan el largo viaje.
Lo que piensas y sientes, eso todavía no es poesía.
No cantes a tu ciudad, déjala en paz.
El canto no es el movimiento de las máquinas
ni el secreto de las
rumor del mar en las calles junto a la
ni los hombres en sociedad.
Para él, lluvia y noche,
fatiga y esperanza nada significan.
La poesía (no saques poesía de las cosas)
elude sujeto y objeto.
No dramatices, no invoques.
no indagues. No pierdas tiempo en mentir.
No te aborrezcas.
Tu yate de marfil, tu zapato de diamante,
vuestras mazurcas e ilusiones, vuestros esqueletos de familia
desaparecen en la curva del tiempo, son algo inservible.
No recompongas
tu sepultada y melancólica infancia.
No osciles entre el espejo y la
memoria en disipación.
Si se disipó, no era poesía.
Si se quebró, cristal no era.
Penetra sordamente en el reino de las palabras.
Allí están los poemas que esperan ser escritos.
Están paralizados, pero no hay desesperación,
hay calma y frescura en la superficie intacta.
Están allí solos y mudos, en estado de diccionario.
Convive con tus poemas, antes de escribirlos.
Ten paciencia, si son oscuros. Calma, si te provocan.
Espera que cada uno se realice y consume
con su poder de palabra y su poder de silencio.
No fuerces al poema a desprenderse del limbo.
No recojas del suelo el poema que se perdió.
No adules al poema. Acéptalo
como él aceptará su forma definitiva
y concentrada en el espacio.
Acércate y contempla las palabras.
Cada una
tiene mil rostros secretos bajo el rostro neutro
y te pregunta, sin interés por la respuesta,
pobre o terrible, que le dieras:
¿Trajiste la llave?
Fíjate:
huérfanas de melodía y de concepto,
ellas se refugiaron en la noche, las palabras.
Todavía húmedas e impregnadas de sueño,
ruedan en un río difícil
y se transforman en desprecio.
Carlos Drummond de Andrade
.
.
.
Una tarde llovió:
germinaron ataúdes
como brote viril gozando el rocío:
columnas interminables,
racimos de estambres ficticios
que soltaron al viento su polen de piedra.
Gonzalo José Bartha (1972)
Del agua, como de la sangre, y al agua
vengo, entrando a tierra por el agua:
por su ángeles turbios derramados
de costado, agua y aguacero errante,
porque lluvia también cuando volvía,
como una miel de piedra en tempestad
sobre el pequeño tambor del corazón.
En la ría, como en un espeso
machete horizontal, tanta indecisión de ida
y vuelta, tantos pedazos de la tierra:
un pañuelo de hojas solas, una involuntaria
madera, una cáscara, el cadáver
de un grillo que asesinó la lluvia:
testimonio de que la vida estaba
allí no más, al otro lado
del difícil destino, húmeda y cercana
como la boca que nos busca.
podía rechazar sus fluviales manos ciegas?
Porque si es lo fatal si las cosas
caen y se rompen, si los clavos
han de golpearse siempre la cabeza,
si la robusta soledad del ganado
camina sin cesar a su osamenta
¿quiere decir que nunca
escaparemos a la patria, quiere decir
que siempre volveré a su costa
como a la única mujer en donde he estado
transcurriendo?
la población buscaba vida al viento,
pescaba vida en el amarillo peinado
del océano, cazaba vida litoral, los aguadores
llevaban una cruz de vida colgando
de sus brazos, cáscaras de vida
escogía el niño en la basura. Todo
era salvación afuera, todo
entrega final: enloquecido
el pez entraba al muro
vacío de la red, el hombre
a la mujer, al mar
el alma empobrecida.
envejecía el campesino, andino
o lateral. Y de pronto, agua
sobre la tierra, agua de pronto
sobre la castigada y flaca duración
vacilante de los pobres, lluvia
hasta su sorda cavidad de sueño y alma.)
Yo quería dormir, quería haber llorado
con los párpados puestos en mis necesidades,
en lo olvidado, retroceder a alguien,
a ella, a mí, a nosotros
dispersos: y solamente encontré al indio,
dueño de su desesperanza y de su abismo,
gastándose sin ruido, sin arder,
como un fósforo mojado.
Porque duro como el arroz es el retorno:
ni casa ni comida ni mujer propia
ni propia solución la que yo intento;
no es llovizna de novia arrepentida,
no es un tango ni una carta
en olvido gradual: es aguacero
ecuatorial, a cántaros, territorial: es río
y mar y lluvia que para el hombre y sus vecinos
de soledad, de ruina y de destrozo, edifican
su propia cárcel que mojando lo agoniza.
Fue preciso cerrarla: gritar, abandonar
lo que me dieron y fue mío,
lo que tuvo mi pisada, mi latido o mi olor:
las ropas colgadas o caídas, mi tinta
con su alta investidura de arzobispo,
el celo, los lugares, los cuerpos
de donde injustamente salía las mañanas
y estar aquí, de nuevo, en mi terreno
caminante y en mi terrestre invierno
que a sí mismo se destruye, destruido.
Jorge Enrique Adoum
Voy adonde amo y soy amada,
hacia la nieve;
Voy hacia las cosas que amo
sin ningún pensamiento de deber o piedad;
Voy adonde pertenezco, inexorable,
como la lluvia que cae largo rato
hacia los surcos; dí
o habría dado
vida al grano;
pero si no crece o madura
con la lluvia de la belleza,
la lluvia retornará a la nube,
quien cosecha afila su acero en la piedra;
pero éste no es nuestro campo,
no lo hemos sembrado;
implacables, duros, dejemos
El-sitio-de-la-calavera
a quienes la moldearon.
H.D. -Hilda Doolitle- (Bethlehem, Pennsylvania, EE.UU, 1886 - Suiza, 1961)
Para José Luis Zerón
Siempre llueve
En la ciudad infinita…
Los puentes son brazos de agua
Que atraen la soledad de los poetas.
Hay un cielo oceánico en el Sena,
Un paraíso abisal,
Un limo de sangre fértil.
Por las calles del recuerdo
Pasea mi corazón solitario,
El viento preñado de voces
Lo arrastra a los jardines del tiempo.
Hay un canto en la lluvia,
Una música húmeda
Que fecunda las horas.
De mis ríos se fuga la muerte,
Veo las tumbas llenas de vida.
Siempre, siempre llueve
En la ciudad infinita…
Mª Engracia Sigüenza Pacheco (La Murada, Orihuela, 1963-)
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Mi sobrino, que dormía en la habitación del sótano,
ha puesto una laminilla de hierro afuera de su ventana
para recuperar el sonido de la lluvia que caía
sobre el tejado.
No se lo digo, pero el corazón encuentra en su desgracia
su propio consuelo.
Una hoja de hierro repara un tejado solamente.
Indemne, hasta ahora, de las heridas que la mudanza
y la diferencia nunca muestran,
mi sobrino puede reparar todavía los daños
para volver a traer el amoroso sonido de aquella lluvia
que conoció en la infancia.
Ni digo —en las pérdidas de la vida una laminilla
de hierro es una carga— que un día encontrará dentro de sí,
bajo una plena oscuridad y silencio,
el hierro que sostendrá no solamente el sonido
perdido de la lluvia, sino también el sol,
el rumor de los muertos
y todo aquello que jamás volverá.
Janet Frame - Janet Paterson Marco Clutha- (Dunedin, Nueva Zelanda, 1924-2004)
"¿Por qué stop? Por miedo de empezar las fabricaciones, son tan fáciles. Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo. Así viven muchos amigos míos, sin hablar de un tío y dos primos, convencidos del amor-que-sienten-por-sus-esposas. De la palabra a los actos, che; en general sin verba no hay res. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella.
La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.(...)".
Julio Cortázar
Desnudo soñado una noche solar.
He yacido días animales.
El viento y la lluvia me borraron
como a un fuego, como a un poema
escrito en un muro.
Alejandra Pizarnik
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nuestros zapatos se han quedado en casa
con la lluvia
nuestros zapatos se han quedado en casa
en el desierto
y en las baldosas secas de un tiempo
árido
que no cupo en nuestras manos.
nuestros pasos parecen firmes
(pero nos tambaleamos)
caminamos tan solas
a pesar de todo
porque
todo este camino rutinario
es parte
de una huida
que escribimos con palabras minúsculas
y esperas en el frío.
la tierra se cubre de blanco. es un luto diferente al nuestro / nuestro luto de tela de lija negra sobre nuestros cuerpos helados
estas pieles frágiles que evitan el roce
estas pieles viudas de sí
que se corrompen hasta el deshielo
mientras bailan descalzas sobre la nieve.
Adriana Bañares
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Una intensa noche de lluvia
una voz llamó desde el jardín.
Era un hombre que lloraba
con un aire distraído
con el rostro borroso
por causa de la sombra de un paraguas.
¿Quién eres? Pregunté.
Con voz triste,
mostrando los dientes blancos
y una picardía en la sonrisa respondió:
Soy Sakutaro Hagiwara, dijo.
No estaba llorando, solo ebrio.
En una taberna del rio Ebigawa
había bebido mucho y no estaba a gusto.
Sube, dije, por un momento.
Cargando su dudosa sombra mojada
asciendió por el corredor de la casa
y sentados, las piernas en cruz,
sin decir palabra, bebimos copiosamente.
La lluvia cae más fuerte, sin cesar.
Entrada la mañana
el borracho Sakutaro duerme y ronca.
A su espalda, el ojo de la serpiente del paraguas,
se abre y se cierra.
Chuei Yagi [Niigata, 1941]
.
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Cayetano Murature
Trelew, Chubut, 14 de enero de 1944
Cayetano Murature
albañil jubilado
siciliano de profesión
está mirando los tomates que se achicharran
en esas plantitas
crucificadas dulcemente
sobre andamios de caña
y paja brava.
Con apenas dos dedos acaricia
la piel triste de un tomate.
Con los mismos apenas dos dedos
se toca las mejillas:
triste la píel, arrugada
curtida de sal,
como si el Mediterráneo se hubiera evaporado
como de un soplido de Dios,
desnudando los tristes acantilados
de Sicilia y de Cerdeña.
Triste la piel,
tristes los tomates.
A Cayetano Murature las sequías de la piel
no le molestan
pero las arrugas de los tomates .lo enfurecen.
Dos meses sin lluvia.
Allá lejos
el río se ha vuelto un barrito chirle.
De la canilla caen
de tanto en tanto
dos gotas
como para probar que el agua existe.
Cayetano le da vueltas a la cruz
y se agacha hasta el pico para mirar
y ver
cómo una gota le apaga el pucho
y otra le entra en el ojo:
- porca miseria - dice Cayetano Murature – porca yuvia,
porca caniya e la puta que lo parió al Duce.
Cayetano Murature le tira una patada al cañito oxidado
y le erra
y le da al aire
entonces
tremendo patadón,
con tanta mala suerte
que el aire se raja en un zigzag celestial.
Cayetano ve cómo la rajadura se va para arriba
cómo la atmósfera se parte en dos
hasta las nubes.
Mira a un costado
mira al otro
y después se agacha a ver
cómo crecen los rabanitos.
Cayetano Murature mira
y piensa
y mira otra vez
la rajadura del aire.
Toca con un dedo.
Piensa.
Toca con otro dedo.
Piensa.
Calza un pie.
Piensa otro poco.
Y después
sonríe
feroz.
Cayetano Murature
se dejó un par de cosas
allá abajo:
unos anteojos de carey
una cajita de rapé
vencido
una mandolina
que trajo de Ragusa.
Nada más.
Dicen algunos
que Cayetano Murature
se murió.
Dicen otros
que se fue trepando
por el aire hecho vidrio
Que se fue.
Y que todavía le anda peleando la lluvia al cielo.
Poemas pertenecientes a "Crónicas de muertes dudosas",
Bruno Di Benedetto
Desde la mañana la lluvia no me abandonaba,
-Oh, déjame- le decía yo groseramente.
Pero ella no cedía, fiel y triste,
me seguía como una pequeña hija.
La lluvia se pegó a mis espaldas, como un ala.
Yo la retaba
-Avergüénzate, mala!
Llorando te implora el quintero
-Vete a las legumbres y a las flores!
¿Qué quieres de mí?
El tiempo era pesado y seco.
La lluvia estaba conmigo, olvidando
al resto del mundo.
Los chicos bailaban en torno a mí,
como si fuera una máquina regadora.
Me ingenié para entrar en un café,
Me escondí en una mesa, detrás de un nicho.
La lluvia, cual un mendigo, se pegó a la ventana,
y quería llegar a mí a través del vidrio.
Salí otra vez, la mejilla fue castigada
con una bofetada húmeda,
pero en seguida, arrepentida,
la lluvia, triste y valerosa,
me lavó los labios con olor a cachorro.
Creo que mi apariencia era ridícula.
Me envolví el cuello con un pañuelo gris.
Y la lluvia me pellizcaba la oreja.
La sequía era tensa. Todo estaba seco.
Sólo yo me empapé.
BELLA (Izabella) Akhatovna AJMADÚLINA
Rusia (10 April 1937 – 29 November 2010)
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado
el tiempo en que la suerte venturosa
le reveló una flor llamada rosa
y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristales
alegrará en perdidos arrabales
las negras uvas de una parra en cierto
patio que ya no existe. La mojada
tarde me trae la voz, la voz deseada,
de mi padre que vuelve y que no ha muerto.
Jorge Luis Borges
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Anduve por la raíz de la lluvia
hasta esta casa sucia y corroída.
La humedad cubre las paredes,
el polvo domina el aire.
La tarde anticipa la noche
y en lo oscuro trabajará el óxido
en llaves y herrajes.
Y es amargo
el pan con que me alimento.
Y es turbia el agua que bebo.
Y la voz que oigo, o creo oir,
parece llegar del otro lado del mundo
y apenas si proviene del cuarto contiguo,
vacío, y no es sino una falla
en el apretado tejido del silencio.
( Afuera y a lo lejos,
un perro ladra a la lluvia,
la lluvia lo moja, con saña, con indiferencia).
Carlos Barbarito (Argentina, 1955)
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Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios abandonados.
Otras veces cae con furia, y uno piensa en los maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres.
De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban.
No habían despertado todavía al amor.
No sabían nada de nosotros.
De nuestro gran secreto.
Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de nuestra fatiga.
Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos visto juntos,
todos los gestos que hemos entrevisto y sospechado, los ademanes y las palabras de ellos,
todo, todo ha desaparecido y estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido,
en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
Te quiero con toda la furia de la lluvia.
Te quiero con todos los tambores de la lluvia.
Te quiero con todos los violines de la lluvia.
Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada.
Recién estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las luces, los barcos y los horizontes.
Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana; increíble, pero tan real; numerosa, pero tan mía.
Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
Oh, visitante.
Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el destino único.
Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del otoño.
Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto,
cuanto tú y yo seamos dos sombras, y todavía estemos pegados, juntos,
subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
Oh, visitante.
Estoy lleno de tu vida y tu muerte.
Estoy tocado de tu destino.
Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta,
ya al caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros,
ya al reflejar sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los automóviles,
ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de nuestra esperanza,
los humildes barrios de los trabajadores.
La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste
y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría.
Oh, íntima, recóndita alegría.
Estoy tocado de tu destino.
Oh, lluvia. Oh, generosa.
Raúl Gonzales Tuñón
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yo solicito la extinción
de la luz del hierro colado, la luz de los enamorados y la luz solar
yo solicito que llueva
yo solicito
morir dentro de la noche
yo solicito que en la mañana
tú te encuentres inesperadamente con
el hombre que me enterrará
ilimitadas partículas de polvo de los años
otoño
yo solicito:
que caiga una lluvia
que lave mis huesos
sobre mis ojos cerrados
yo solicito:
lluvia
la lluvia es la culpa de una vida
la lluvia es dichas y desdichas, separaciones y reuniones.
Hai Zi ( 1964-1989)
No quisiera que lloviera
te lo juro
que lloviera en esta ciudad
sin ti
y escuchar los ruidos del agua
al bajar
y pensar que allí donde estás viviendo
sin mí
llueve sobre la misma ciudad
Quizá tengas el cabello mojado
el teléfono a mano
que no usas
para llamarme
para decirme
esta noche te amo
me inundan los recuerdos de ti
discúlpame,
la literatura me mató
pero te le parecías tanto.
Cristina Peri Rossi (Uruguay, 1941)
Vacaciones en Lima
Entro en el lavabo a oscuras
mientras dejo a Miguel, fuera
hablando solo, quejándose de
lo deteriorada que está su relación
paterno filial por culpa de la Juez, del
psicólogo y no le doy al interruptor porque
logro distinguir la taza y se está mejor
así, parece que pueda oírse la lluvia con
mayor nitidez, que el aire
limpio, más que de costumbre y
las gotas, golpeen con lentitud la ventana
traslucida y por algún motivo
todo eso me proporciona cierto, momentáneo
estado de serenidad, y aunque lo lamente,
esa es la verdad, por Miguel y por su
hija.
Es curioso, que las personas
se distancien así. Sin saber porqué
un día puedes tomar un avión y despegas
con un alka seltzer en el
bolsillo de la camisa, tragas
un martini seco con el cinturón de
seguridad bien abrochado y cruzas el
océano una vez la azafata y el resto
de la tripulación os han
ilustrado sobre como sobrevivir
a una tragedia aérea, os desean
feliz viaje y os recomiendan comprar
algún artículo (probablemente inútil)
de dutty free
De poco sirve la serotonina a
los maníaco depresivos y veintiséis
años, por ejemplo, pueden no ser nada y
muchos seres humanos viven menos
que eso, esta lluvia no parará nunca,
tiro de la cadena y abro el grifo, me
parece un desperdicio de agua, agua, y
más agua, me seco las manos, no lo
reconozco con precisión pero juraría
que he oído un carraspeo, casi una tos o un
sollozo y al salir le digo a bocajarro, -Tranquilo
Miguel, ya lo verás:
que
todo se arreglará-. Y él,
alza el rostro
algo aturdido y a su vez pregunta-. ¿Pero
no está muy
oscuro
aquí?
Arturo Méndez Cons, (Cádiz, 1980-)
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Aguacero
bello músico
al pie de un árbol desvestido
entre las armonías perdidas
cerca de nuestras desencuadernadas memorias
entre nuestras manos de derrota
y pueblos de extraña fuerza
dejamos colgar nuestros ojos
y naciente
desenrollando el cordón de un dolor
sollozamos.
Aimé Césaire (Martinica, 1913-2008)
Lo ignoro todo
Las agujas del aire estaban sobre las frentes: qué oscura misión la mía de amarte.
Las paredes de níquel no consentían el crepúsculo, lo devolvían herido.
Los amantes volaban masticando la luz. Permíteme que te diga.
Las viejas contaban muertes, muertes y respiraban por sus encajes.
Las barbas de los demás crecían hacia el espanto: la hora final las segará sin dolor.
Abanicos de presentirse horizontal. Fronteras.
La puerta, presta a abrirse, se teñía de amarillo lóbrego lamentándose de su torpeza.
Dónde encontrarte, oh sentido de la vida, si ya no hay tiempo. Todos los seres esperaban
la voz de Jehová refulgente de metal blanco. Los amantes se besaban sobre los nombres.
Los pañuelos eran narcóticos y restañaban la carne exangüe. Las siete y diez. La puerta
volaba sin plumas y el ángel del Señor anunció a María. Puede pasar el primero.
Esta misma canción que vuela, esta que estás tú cantando, hermosísimo as de oros, es el romance antiguo
de la legión de condenados que aspiraban el perfume de las espinas dolorosas entre los dedos.
Cuando tú eras magnífico, cuando tú tenías los ojos brillantes, dando la luz sin cambio, del todo,
albergando bajo los párpados el secreto de todos los triunfos más mezquinos, no era difícil encontrarte
en la mano, saludando, besando los dedos con reverencia de paje del quinientos.
Así el camino es breve, así pronto el Occidente será una riqueza de oros que podrá batirse
con las manos, que podrá multiplicarse en mil espumas sin labios. Así la preciada amarillez
no será la tragedia de perder toda la sangre, sino la riqueza brava, despertada, de sentir en la piel
los mil besos de todas las campanas. Moriremos si es preciso. Pero moriremos sabiendo que el latido
repercute en la inquietud de las venas como vaticinio indescifrable, como una promesa que no se nombra.
La primavera insiste en despedidas, arrastrando sus cadenas de cuerdas, su lino sordo,
su desnudez de ocaso, el lienzo flameado como una sábana de lluvia. Alentar sobre un seno,
alargar la mano a tres mil kilómetros de distancia, hasta tocar la frente de cristal en que
están impresos los azules marinos, los peces sorprendidos.
Si yo quiero la vida no es para repartirla. Ni para malgastarla. Es sólo para tener en orden los labios.
Para no mirarme las manos de cera, aunque irrumpa su caudal descifrable.
Para dormirme a mi hora sobre una conciencia sin funda.
Por eso estoy aquí ya formándome. Cuento uno a uno los centímetros de mi lucha.
Por eso me nace una risa del talón que no es humo. Por ti, que no explicas la geografía más profunda.
Dejadme que nazca a la pura insumisa creación de mi nombre.
Lo ignoro todo. No quiero saber si el color rojo es antes o es después, si Dios lo sacó de su
frente o si nació del pecho del primer hombre herido. No quiero saber si los labios
son una larga línea blanca.
Oh amor, ¿por qué no existes más que en forma de trapecio? ¿Por qué toda la vacilación
se convierte en dos rodillas columpiadas (de carne, voy a besarlas), mondas,
desguarnecidas de calor, calvas para mis dientes que rechinan?
Ni un grito. Ni una lluvia de ceniza. Ni tan solo un dedo de Dios para saber que está frío.
La nada es un cuento de infancia que se pone blanco cuando le falta el respiro.
Cuando ha llegado el instante de comprender que la sangre no existe. Que si me abro
una vena puedo escribir con su tiza parada:
“En los bolsillos vacíos no pretendáis encontrar un silencio”.
Por eso, no quiero vestirme. He comprendido que no se desea mi muerte,
que un proyectil disparado acaba siempre tomando la forma de un niño, de un infante
que aterriza y que acaricia el verde soñoliento, con la misma inocencia con que el puñal
pregunta el nombre de las vísceras que besa.
Los ojos de los peces son sordos y golpean opacamente sobre tu corazón.
Cuatro reyes, cuatro ases, cuatro sotas hacen la felicidad de una mano,
arquean los lomos de las montañas, mientras el sol de papel de plata amenaza
con rasgarse sin ruido. Los reyes son esta bondad nativa, conservada en alcohol,
que hace que la corona recaiga sobre la oreja, mientras el hombro protesta del abrigo
de todo, del falso armiño que hace cuadrada la figura. La mejilla vista al microscopio
no invita más que a la meditación de los accidentes y al pensamiento de cómo lo esencial
está cubierto de púas para los labios de los hijos; de cómo la aspereza de los párpados
irrita la esclerótica hasta deformar el mundo, incendiado de rojo, quemándose
sin que nadie lo perciba.
Siento el silencio como esa piedra blanca que resbala sobre el corazón de las madres, y no tengo
fuerzas más que para perdonaros a todos el mal que me habéis hecho, sin ignorarlo,
con la forma de vuestra sombra cuando pasabais.
¡Flor, flor, flor, aparenta una sequedad que no posees! Cúbrete de hojas duras, que se vuelven
mintiendo un desdén por la forma, mientras el aire cae comprendiendo la inutilidad
de su insistencia, abandonando sus alturas.
Yo comprendo que el destino pasajero es echar pronto las yemas al aire, impacientar
el titilar de las luces ante la esperanza del fruto redondo que ha de albergarse en el aire,
para que éste le acaricie sus fronteras, solamente sus límites, sin que su hueso dulce entreabra
su propia capacidad de amor, blanco, lechoso, ignorante, y nos muestre sus suspicacias
como una interrogación que creciese de alambre hasta rematar su elástica curva.
Y un hombre que persigue perderá siempre sus bastones, su lento apoyo,
enhebrado en la hermosura de su ceguera.
En lugar de lágrima lloro la cabeza entera. Me rueda por el pecho y río con las uñas,
con los dos pies que me abanican, mientras una muchacha, una seca badana estremecida,
quiere saber si aún queda la piel por los dos brazos.
Corramos, antes que los telones se desplieguen. Antes que los pelos del lobo, que el hocico
de la madriguera, que los arbustos de la catarata se ericen y se detengan en su caída.
Antes que los ojos de este subsuelo se abran de repente y te pregunten. Corramos hacia el espanto.
Si Dios no me acusa, ¿por qué el alma me punza como una espina cuyo cabo está al aire,
flameando como un gallardete insatisfecho? ¿Por qué me saco del pecho este redondo
pájaro de ocasión, que abre sus luces en abanico duende y espía los rincones para desde allí
encantarme con su pausado jeroglífico? ¿Por qué esta habitación, como una caja de música,
se mueve, ondula sobre las aguas temerosas e insiste plenamente en su bella desorientación
frente al crepúsculo?
Pero el oro en la palma de la mano fulgura una seguridad tan grata,
que yo comprendo que el sueño lo han inventado los cansados,
los escépticos de su corazón mercenario, que golpeaba como una moneda en una jaula,
en un –delirante ayer- agrisado hoy volumen de gorjeo.
Perdóname que cuando se detiene la tristeza a la entrada de la esperanza adolescente,
no asomen todas las palomas, las más blancas, con sus voces humanas,
preguntando sobre la ruta apasionada.
Vicente Aleixandre
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No me digas que esta es la lluvia mata pajaritos
mientras desanudas tu mano de la mía
y me dejas así
inútilmente desecho a la orilla de esta ciudad.
No me digas que se ha venido el diluvio
ahora que el vapor de nuestras respiraciones
se asemeja a navíos que buscan asilo en el puerto.
El frío cala hasta los huesos.
Los perros son fieles pasajeros de la calle vacía
y tú me miras a lo lejos
dividida entre los árboles y el espejismo.
Te alejas y me miras
y no sabes si decirme ven
o huir despavorida al cité de tardes perfumadas.
No me digas que mañana no sabrás despojarme de aguaceros
de jamases y de nuncas
y de esta lluvia que aniquila.
Raúl Hernández
Para ser claro
renuncio a las frases alusivas,
a la caligrafía pálida
sobre el cuaderno mudo de las tumbas,
rechazo el podio hipócrita
de la bondad post mortem,
y a esa memoria tan desmemoriada.
Yo no quiero que apunten
en mi lápida la palabra yace,
me niego espeluznado.
No anhelo ese cheque grosero
con el que expían de mármol de hospital
lo que siempre te negaron avaros.
Ni acepto que se luzca
bajo una lluvia
de mierda de palomas
ese verbo impiadoso
en tercera persona.
No le abro los postigos,
ni a sus endebles secuaces
el adjetivo inerte
el absurdo abatido
menos aún al implacable muerto
-auxiliares morbosos de crónicas de sangre-
prefiero que sentencien
se pudre
se funde
se disuelve
pero jamás
yace.
Porque la muerte
puede ser otra cosa,
menos sucia y severa,
mejor que la tapa biselada y sorda,
quizás algo tan simple
como tumbarse al sol,
sobre el pasto o la arena
en una tarde franca y sin ruinas,
con vino y con regazo,
y sonrisas con huella
y dialecto de besos
y un murmullo entrañable
que recite poemas.
Quizás yacer
no sea esa quietud
de corazones secos,
ni el sueño, ni el olvido,
sino un íntimo zafarrancho,
un arrebato de vida sin permiso,
un insomnio de goce,
con marea de lluvia
y peces sin abismo.
Una muchacha fresca,
pechos de hierbabuena,
que te besa la ausencia
sin placebo y sin pena.
Ojalá no sea
el hartado celeste
de los castos y pulcros,
tampoco el infierno ceniza,
el hoyo de un ambiente
con renta anticipada,
sino jugar rayuela
hasta llegar al cielo,
y que don dios gorrión
disponga tiernamente:
“levántate y vuela”.
Puede que signifique
cerrar la vida apenas,
como quien deja un libro,
hasta que en una noche
de miedo a la tormenta,
o duda desvelada,
lo hojeen conmovidos
esos ojos más nuevos
que guardan mi mirada.
Sergio Manganelli
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La primera lluvia del año moja las calles,
abre el aire,
humedece mi sangre.
¡Me siento tan agusto y tan triste, Tarumba,
viendo caer el agua desde quién sabe,
sobre tantos y tanto!
Ayúdame a mirar sin llorar,
Ayúdame a llover yo mismo sobre mi corazón
para que crezca como la planta del chayote
como la yerbabuena.
¡Amo tanto la luz adolescente
de esta mañana
y su tierna humedad
¡Ayúdame, Tarumba, a no morirme,
a que el viento no desate mis hojas
ni me arranque de esta tierra alegre.
Jaime Sabines (México, 1926-1999)
De nuevo vida y muerte se confunden
como en el patio de la casa
la entrada de las carretas
con el ruido del balde en el pozo.
De nuevo el cielo recuerda con odio
la herida del relámpago,
y los almendros no quieren pensar
en sus negras raíces.
El silencio no puede seguir siendo mi lenguaje,
pero sólo encuentro esas palabras irreales
que los muertos les dirigen a los astros y las hormigas,
y de mi memoria desaparecen el amor y la alegría
como la luz de una jarra de agua
lanzada inútilmente contra las tinieblas.
De nuevo sólo se escucha
el crepitar inextinguible de la lluvia
que cae y cae sin saber por qué,
parecida a la anciana solitaria que sigue
tejiendo y tejiendo;
y se quiere huir hacia un pueblo
donde un trompo todavía no deja de girar
esperando que yo lo recoja,
pero donde se ponen los pies
desaparecen los caminos,
y es mejor quedarse inmóvil en este cuarto
pues quizás ha llegado el término del mundo,
y la lluvia es el estéril eco de ese fin,
una canción que tratan de recordar
labios que se deshacen bajo tierra.
Jorge Teillier
Hagamos de cuenta
que yo no sé que la lluvia
sólo ocurre en la palabra lluvia
que cae en sentido inverso al espacio
y es
porque deja de ser
como tu ojo deja de ser ojo
y es caballo
al mirar un caballo
no es natural
que llueva
es natural
que tiembles
que temas a la lluvia
tú
que eres casi todo agua
construyes una casa
en nombre de la palabra hombre
tú
agua creyente
te proteges del horror de caer
dices: lluvia
y eres agua
mirando agua.
Leopoldo "Teuco" Castilla (Argentina, 1947)
será esa dificultad que algunos tienen
o les falta para ocultarse en medio de la nada
para simular que no están
que gozan de una ridícula invisibilidad
bajo rayos
centellas
y otros retortijones de luz
como flashes que los iluminan
justito tropezando en las veredas
el mero tránsito entre las góndolas de un supermercado
allí donde el Ojo Electrónico de Dios los sorprende
en la duda
robar algo tonto
un chocolate
un arbolito de navidad
será que a donde van siempre llueve
o gotea sobre sus cabezas
y en las fotografías salen húmedos y huraños
patinando en los bordes
ninguna dirección definida
expuestos
fracturados
animalitos del Señor en la crueldad de la intemperie
miran hacia arriba
el cielo es un baldío feroz
e incomprensibles desdichas del corazón
trazan señales que sólo ellos
llenos de ellos mismos
ven como si miraran
en blanco
y negro
eso los delata
Sergio Rigazio (Buenos Aires, 1957-)
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