Hay que empezar, por algún lado hay que decir. (El autor cree que se le va la vida si espera perfeccionar su arte algunos años más. ¿Mejor el decir deficiente que el absoluto no decir? Estrategia arriesgada.) El principio de un work in progress es obvio: el autor empieza por hablar de lo difícil que es escribir, en este caso una novela. Ya está, ya hay un hilo de dónde tirar y en el tirar algo se narra. Es un poco triste empezar con una reflexión lo que se promociona como ficción. Contar historias: que algo le pase a alguien. Esto es lo que espera un lector de novelas y a lo que debería dedicarse el autor sin pérdida de tiempo. Pero claro, están sus limitaciones, sus vacilaciones, la duda que (a diferencia de René) ni siquiera es metódica. Además, desde Gide que se repite esta formulita desinhibidora de arrancar diciendo que no se puede novelar, para empezar a novelar. El efecto desbloqueante de la metaficción.
Punto y aparte merece el tratamiento del título. Pomposo y decadente, como esos tristes letreros luminosos que persisten abandonados en la calle, luego de que la tienda ya quebró hace mucho. Cómo alguien que reconoce tantas debilidades puede considerarse calificado para hablar de arte tan delicado. (Mientras el autor piensa por dónde comenzar la historia, sigue buscando la punta de esa madeja mental, pequeña anécdota de la vida cotidiana pero poderosa como la materia contenida del Big Bang, puesto que todo explotará de allí. Sin embargo, las líneas se van llenando y algo se está diciendo.) Pánico escénico, así calificaría el autor a ese temor que siempre tuvo por «escribir una novela». Es que durante muchos años fue el género mediante el cual alguien se convierte en escritor. El novelista es el que escribe; cualquier otro género solamente está para calentar motores. Cuentan que los editores, antes de retener en sus manos la carpetita humilde que rebosa en buenas intenciones (Él: escandalosas ganancias, ellos: ganancias por escándalo) se fijan bien que en la tapa del inédito rece, impreso con tipografía destacada, y sobre el título, la palabra mágica: Novela.
Hay punto y aparte pero la novela todavía no comienza. Todo esto le recuerda al autor el nombre de Macedonio. Él se especializó en escribir novelas que nunca terminaban de empezar, ni empezaban. Pero el autor no es Macedonio, ni cree que su genio se le infundirá por simple ósmosis de invocarlo. Bien escrita, desde el principio, esta novela ya debería estar planteando personajes, o describiendo ambientes, o preparando al lector un contexto histórico social acorde a lo que irá a suceder. Lo pulsional es un elemento que nunca falla, ir a lo bajo contando algo que suponga violencia: el submundo del delito, alguna traición de sangre, por supuesto alguna mujer seductora y arribista que destruya familias bien constituidas y que precipite la tragedia.
Hablando de familias y el optimismo en la propia especie, esta mañana, mientras el hombre esperaba en el supermercado para pagar, una mujer pidió su derecho a estar primero en la cola de la caja que rezaba en un cartelito colgante, sobre sus cabezas, «prioridad embarazadas». No ha explicado nada, no tiene por qué dar explicaciones ni ostentar estar grávida. Por lo general, este privilegio no se pide porque los otros involucrados (y levemente afectados) ven en quien demanda ―o más bien delante de quien demanda, puesto que la evidencia portada llega antes que la portadora― el vientre amoratado que acredita el uso de dicho privilegio. Pero la mujer que hoy el hombre vio adelantarse en la fila y primerearle el uso de la caja registradora, no exhibía nada. El hombre se queda ahí parado, viéndola desplegar su mercancía sobre la cinta negra, junto a la caja registradora, que la cajera accionará para ir acercando los artículos al lector laser de códigos de barra. Así observada, de perfil, su vientre es plano. Nadie se opuso a dejarle el lugar en la cola, aunque no dejarían de preguntarse que estando de, supongamos, un mes, si realmente le correspondía hacer usufructo de la prerrogativa que el cartelito anunciaba.
Comentarios
Esto es el inicio de una novela, o qué? Es algo que no entendí la verdad :-O
Sin embargo he de decir que me gusta ya no tanto el relato, sino tu estilo. Se ve trabajo.
PD: vivan los cuentos, muerte a las novelas.
Traté de no explicar nada para ver si se entendía. Pero sí, pretende ser el inicio de una novela que también cuenta (oh novedad) cómo se va armando. Tengo una cuenta pendiente con el género y quiero probarme. La historia creo que luego se va poniendo interesante, aunque al principio parezca insípida. Lo que pasa es que hay que contar, es una necesidad mía y del género, y no quisiera dejar de narrar a la manera esperable, con personajes, ámbitos, peripecias, etc. Sobre los géneros breves, yo también los prefiero, por eso este texto puede leerse como una sucesión de relatos breves con una dosis de continuidad, como lo piden las novelas. :rolleyes:
Saludos
Gracias Pessoa, pero la novela ya comenzó: reflexión e historia se van intercalando, como en Los monederos falsos, y a partir de la anécdota que se cuenta en bastardillas al final, he podido desarrollar una historia. Ya iré posteando lo que sigue.
Gracias gente por sus comentarios, me ayudan un montón para corregirme.
Saludos
Qué coincidencia! Ayer nada más compré en una librería de viejo Los monederos falsos de Gide sin saber nada porque era un precio ridículo. Al parecer debo leerla ya
Y sí, sube lo que sigue. Releí el inicio y me está gustando bastante.
Juan Carlos Gonzalez se emplea en una empresa dedicada a la seguridad privada. Es vigilador (la gente equipara ser y trabajar de, esencia y accidente). Cubre varios turnos rotativos y lo transladan seguido de un country a otro, en zonas casi rurales. Es decir que JCG lleva una vida muy poco ordenada: trastornos en el sueño, trastornos por el viaje, cambios de compañeros de trabajo, de supervisores. Para colmo, ahora ha recibido un telegrama de suspensión por, según reza el mensaje, «reiteradas llegadas tarde». Se lo mandaron a la pensión, se lo entregó la dueña con cara de preocupada. Lo abrió y lo leyó allí parado, dio media vuelta y se fue hasta la Central para aclarar la confusión. Ya en la oficina, frente a la secretaria del director de Recursos Humanos, JCG entrega el telegrama y a continuación su documento de identidad. El hombre sabe que en la empresa hay otros dos Juan Carlos Gonzalez más (a uno de ellos lo conoce, recuerda que cuando les tocaba salir a hacer las rondas juntos, los otros compañeros les gritaban a la distancia, desde la garita vidriada, «ahí van los gemelos»). Mientras la secretaria revisa los documentos, él le dice «se equivocaron de empleado». Ella: «un momentito», se para y pasa a la oficina contigua, la del director. Susurran. Cuando la mujer regresa, se sienta y le dice: «Fue un error del sistema. Aparentemente se ha confundido con uno de sus tocayos.» Se lo dice seria, mientras le devuelve los documentos. Después agrega: «El director me ha informado que vaya esta noche a cumplir con su turno como de costumbre. Para evitar futuras confusiones , el sistema lo va a identificar a usted como Jotacegé uno. Memorícelo». Él hombre se pregunta cómo una máquina puede confundirse, pero prefiere repetir (y repetirse) «Jotacegé uno». Luego se para y se va. En el camino de vuelta piensa en la secretaria. ¿Era la «embarazada» del supermercado? Le parece que sí. Siente una gran pesadez, le faltan horas de sueño y se apura a volver: esta noche sigue trabajando.
Me ha gustado tu texto, me recuerda a las obras de teatro que van de una representación teatral o a los retratos ( como las Meninas) en las que el autor aparece retratado. Un teorema "sui generis" sobre la creación literaria.
Tengo que volver a leerlo porque hay mucha tela que cortar en él...
Saludos.
Sí, este pasaje comparte el mismo nudo argumental con el relato. Como tengo pensado publicarlos juntos, como ejercicios de estilo, me pareció interesante mostrar la misma trama corporizada como relato breve y como parte de un desarrollo mucho mayor en una novela. Y aparte, también, porque no me sobran las ideas...
Hablando de personas y personajes, del otro hilo, esto se sustenta un poco en la estética de Macedonio Fernández: él escribía novelas abstractas y decía: "cuando un lector piense que está viviendo y no leyendo, yo habré perdido un lector". Por eso sus personajes se llamaban El Presidente, La Eterna, Dulce Persona, es decir eran funciones textuales de la narración, y sólo cuando tenían un papel secundario, se llamaban "Doña Ernestina". Y si bien sus textos no se proponían "reproducir la vida", no dejan de ser verosímiles desde el punto de vista narrativo, que es donde la coherencia debería estar ante todo.
Pensaba que nosotros, etéreos foristas virtuales, no somos muy distintos a un personaje: también estamos hechos de pura textualidad, puesto que "somos" lo que "escribimos". Y en el fondo un personaje literario es eso, meros signos escrito. Para algunos a los que no nos agrada mucho socializar, espacios virtuales como estos, donde no hace falta poner el cuerpo, pueden ser el paraíso tantas veces deseado.
Saludos
JCG se levanta ansioso ese sábado. Sabe que en algún momento de la mañana debe ir al supermercado a hacer las compras. Le gustaría encontrarse con la secretaria. Así que a eso de las diez sale, es más o menos el horario del encuentro de hace siete días. Da varias vueltas empujando el carrito, pasa varias veces por la caja de Prioridad discapacitados y embarazadas. Cuando empieza a aburrirse y teme sucumbir a la tentación de comprar cosas que no necesita, se decide y se encolumna en la cola más corta hacia una caja registradora. Cuando sale del supermercado, cargando dos bolsas de nailon con el logo de la empresa en cada mano, aprovecha la rampa para las sillas de rueda y, más o menos a mitad del sendero, en pleno envión, ve que la mujer entra por la puerta principal. JCG se frena un poco, piensa un momento si no convendría volver a entrar, pero no encuentra para sí mismo una excusa que sea a la vez útil. Sería simple capricho por cruzarse «por casualidad», a la vuelta de alguna góndiola, con la secretaria. Sigue la marcha descendiente que traía, y se va pensando que para qué. ¿Para decirle «te acordás de mí, el González mal suspendido, Jotacegé uno», o «de cuánto estás, porque el sábado pasado, justo cuando yo estaba por...»? Sería de confianzudo, y más aún siendo alguien de la empresa. «Si ni siquiera estoy seguro de que sea la misma persona», se dice como para justificar su inacción.