Conocí a un pastor, Salvador, que pasaba cada día con las ovejas por delante de casa. Era un vecino del pueblo y muchas tardes, cuando regresaba cansado de la montaña repleto siempre de sol o frío, le saludaba y le ofrecía, allí, en plena calle, una copa de vino. Él la aceptaba agradecido, sediento de compañía y conversación.
Y Salvador siempre, indefectiblemente, contaba la misma historia.
Contaba cómo siendo apenas un niño se lo llevaron a la guerra con el pantalón de pana de los domingos; contaba, pobre Salvador, cómo cada día veía morir a sus compañeros, niños todos como él, "a Belchite de set i a Terol de fred"; contaba también, sí, muchas veces, día tras día, como un mantra con el que intentara conjurar sus recuerdos, con la esperanza, quizás, de que a fuerza de repetirlos se desgastaran... contaba cómo mató a mujeres y niños a bayoneta calada cuando entraron en Belchite... aquí su voz se quebraba y los ojos se le llenaban de lágrimas… Permanecía temblando, agarrado firme a su cayado, único eje sólido sobre el que orbitaba su existencia.
Cuando acabó la guerra, estuvo en Francia en campos de concentración y luego, al volver de nuevo a España, tuvo que hacer la mili durante no sé cuántos años.
Le dejaron regresar a su pueblo varias vidas más tarde.
Cuando yo le conocí, a pesar de que ya era un viejecito, seguía siendo fuerte y resistente, con un corazón inquebrantable, como otros tantos hombres y mujeres de montaña a los que se les desgasta el cuerpo pero su corazón sigue bombeando aún después de muertos.
Salvador murió pocos años más tarde, fue perdiendo paulatinamente la vista hasta quedar ciego y la artrosis le agarrotó el cuerpo.
Fue entonces cuando se dejó morir del todo, en el momento en que sus manos ya no le permitieron asir su cayado; en el momento en que sus ojos ya no le permitieron seguir viendo la belleza y el verde de unas montañas de las que nunca debió haber partido.
Comentarios
Permanecía temblando, agarrado firme a su cayado, único eje sólido sobre el que orbitaba su existencia.
De ello basa el final, el contraste de que al no permitirle sus manos "asir su cayado", fue entonces que se dejó morir.
Muy bueno. Gracias por compartir.
Gracias Inesdetrespui por compartirlo.
Sonrisas
Un saludo