Por mi ventana puedo ver cómo el mundo sigue girando sin mí. Tu apareces todas las tardes, después de rezar Nona. La Hora de la Misericordia. Cuando abres los postigos para leer frente a la ventana, y observo tu rostro suave, pálido pero alegre, tus ojos oscuros, siguiendo atentos las palabras.
Desde que estoy metido en esta celda no hago otra cosa que mirar la tuya, esperando la hora en la que apareces, tu ventana abierta, como una rendija del Paraíso aquí en este Infierno. Esa ventana cerrada durante horas como una boca tratando de lanzar un grito mudo. Un grito que siento en mi garganta, un nudo que solo desaparece cuando puedo verte. Y durante esa hora siento que tal vez Dios no se ha olvidado de este ladrón arrepentido.