Higo
Calor,
estío,
tiempo del higo.
Todos los años te espero,
y contigo, a la fuerza del fuego,
al poder del Sol.
Prueba para el hombre
en su vitalidad,
y vencido en esto éste,
abandonado a la quiescencia,
gusta de la dulzura
de su propia alma: la magia.
Magia.
Atractivo
cordón umbilical
que nutres de eternidad al hombre
que pudo descubrir su ser,
y en el que en su madurez
transforma la leche
que del pedúnculo toma
en gota de miel
que a la sazón
pende del ápice del higo
de la especie del hombre.
Especie del hombre,
distinto en su misma especie,
esa que la leche en miel no trasforma,
ni el encarnado color
en sí ampara y cobija
sus copiosas semillas.
Ni la magia, cual hálito
que vincula el higo a la higuera,
respira calmada y apacible
el proceso de unir, transformando,
este mundo en el otro,
degustando así la fruta de su fruto.
¿La fruta de su fruto?
Si. Eso es.
Es,
de la aspiración humana
su embocadura y
de su realización,
el sabor de la eternidad
que no gustará,
de modo alguno
la especie del hombre,
que se volvió distinto
en su misma especie
Roque Yvars Devesa