Vacilamos por el árido y álgido universo,
discurriendo bajo la dádiva del libre albedrío:
merodeamos altares, levantamos cruces, escalamos muros;
afanándonos en la búsqueda del cálido sosiego.
¡Pero ay cuando la vida nos acerca sus crueles formularios!,
pidiéndonos respuestas, que sólo admiten una coma herida.
¿Quién nos ayudará a contestar sus preguntas?
¿Quién acatará el consejo del que ya ha sufrido?
Sólo el dolor y la urgencia nos venderán claros manuales,
escritos en arduas páginas, rubricadas con sangre y ruego.
Hasta que un día se terminan los exámenes…
Y vengan a llevarnos las estrictas huestes sigilosas,
adiestrados por laureados coroneles de negros blasones,
conseguidos en cuarteles infectados, por un millón de sepulturas.
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