Amor, venimos de una ciudad perdida y ajena,
donde las calles se computan por escalas duras.
Pudimos ser felices , y sin embargo,
nuestra casa se pobló de miel oscura.
Una ráfaga de sal manchó tu pelo;
dos lunares inauditos brotaron en mi cara.
Era el cansancio, del trabajo, trabajando en mi rostro.
A veces, la pobreza giraba por rincones entorpecidos de sombras.
Y cuando me dispuse a tocar tu cabellera;
el tiempo nos atrapó en sus poleas salvajes.
¡Y allí, el amor, no pudo soportar tamaño movimiento!
Amor, venimos de una ciudad perdida y ajena.
Ahora sólo somos, serás, y seremos sometidos
al mandato vacilante y atroz de la costumbre.
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