Resulta curioso pensar
en todo lo que ha pasado.
En cómo la luz al pasar
mis letras no ha deseado
hasta encontrar el camino,
la senda, la referencia...
No hay ya miedo
ni peligro:
¡Sigo vivo!
"¡Dale cera a tus poemas,
calavera!". Gritabais
entre molestos y desabridos.
Sin saber
que para contar
ha de sentir, uno,
lo que ha vivido
en carne propia,
en Santa carne
color poeta y así,
ahora, puedo declarar
que:
No soy hombre,
ni mujer.
No soy dueño
de lo que pueda
acontecer.
Y mi mente, por fin,
no es esclava
de mi bragueta,
ni de las metas
que esta sociedad
propone.
No soy más
que una ligera calma
para tu alma
y un libro abierto
sobre el cristal.