Hola, compañeros de letras, me estreno en el foro con este cuento, ¡espero que os guste!
ESCALERAS
Siete y media de la mañana, me tengo que vestir para ir a trabajar. Cada vez que llega esta hora me alegro de la suerte que tuve al encontrar un piso de alquiler a solo dos calles de mi puesto de trabajo. Esto me permite ir caminando e incluso tomarme un café en el bar de al lado antes de subir a la oficina. Es un edificio antiguo, y no se puede decir que los vecinos sean muy agradables, pero duermo más que antes.
Como todas las mañanas me despido de Leo, mi gato, que me acompaña hasta la puerta de entrada del piso, como todas las mañanas cierro la puerta y echo la llave dando nada más que una vuelta, y como todas las mañanas bajo por las escaleras.
Odio los ascensores y no, no es claustrofobia, de así ser odiaría muchas otras cosas. Pero no es así, solo odio los ascensores. Cuando me preguntan por qué, no puedo explicarlo; es algo visceral. Así que subo y bajo por las escaleras y aprovecho para hacer algo de ejercicio. Siempre es peor para volver, y no te digo nada si he hecho la compra. Vivir en un cuarto y subir cargado de bolsas del supermercado es duro, te lo aseguro.
Bajo hasta el piso inferior y no alzo la mirada para ver el número de la planta. De haberlo hecho de todas formas no me habría dado cuenta de que algo anda mal, pero no tardaré en descubrirlo. Cuando llego a la segunda planta echo un vistazo y me doy cuenta de que el vecino del 2º D tiene mi mismo felpudo. ¡Qué casualidad! De todas formas no he visto el cartel que indica el piso y la puerta, solo he visto una puerta igual que la mía, pero justo dos pisos debajo, y con el mismo felpudo. Bajo un piso más y tomo el último tramo de escaleras, el que me llevará a la planta baja. Ahí por fin me doy cuenta. En vez de encontrarme donde debería, vuelvo a estar en un piso con cuatro puertas. Una de ellas con el mismo felpudo que el que tengo yo. ¿Acaso he contado mal? Miro, entonces sí, el número de la planta. Cuarta planta. No puede ser. Bajo un nuevo tramo de escaleras y me encuentro en la tercera planta. Pero en realidad he bajado cinco plantas, no solo una, me digo a mí mismo. Sigo hacia abajo, cuarta planta de nuevo.
Pienso que me estoy volviendo loco y reprimo un chillido cuando el ascensor pasa por su hueco, hacia arriba. Veo sombras a través del cristal traslúcido, escucho que alguien se ríe en su interior. Esta vez subo las escaleras, y de nuevo creo que algo en mi cabeza anda mal. Estoy en el quinto piso de edificio, de aquel maldito edificio. ¿Cómo es posible, si subí desde el tercero? Corro escaleras arriba y me encuentro otra vez en la cuarta planta.
Veinte minutos después de subir y bajar me siento en el suelo, al lado de mi felpudo, y trato de calmarme. Esta situación me recuerda a esa película del día de la marmota, en la que Bill Murray revive una y otra vez el mismo día. Pero yo no estoy atrapado en el tiempo, sino atrapado en el espacio. Miro el móvil y no hay cobertura. En la extraña lógica de aquel día no me parece excesivamente raro que no tenga. Me levanto, busco la llave de mi piso y cuando la meto en la cerradura no gira. Es entonces cuando siento que algo se rompe en mi interior. Oigo a Leo, raspando la puerta y maullando, pero parece como si estuviera mucho más lejos. Saco la llave de la cerradura y en ese momento escucho una puerta que se abre en el piso de abajo. Corro hacia las escaleras, intento llegar lo antes posible pero llego tarde. La puerta del ascensor se cierra y no me da tiempo a alcanzar a quienquiera que fuese. Me río, más que nada por no llorar, y miro a ver en qué planta me encuentro. Es la tercera, claro. Es lógico, lógico en este lío en el que me he metido. Subo de nuevo confuso, derrotado, y pateo la puerta de mi piso pero lo único que consigo es que Leo se aleje espantado del recibidor. Luego sencillamente no puedo más y me siento de nuevo en el suelo, encogido por el terror y la desesperación.
Me despierto en mi cama, completamente sudado. Todo ha resultado ser una pesadilla. Grito, pero es por lo aliviado que me siento. Leo salta de la cama y se acurruca sobre una silla. La puerta de la habitación está cerrada, así como la del baño, y el pobre animal no puede escapar y me mira con ojos aterrados. Me levanto y, rascándome la cabeza, me acerco a la puerta de la habitación. Mi estómago ruge, es hora de desayunar.
Salgo de la habitación, bostezando y con los ojos cerrados, y cuando los abro siento de nuevo en mi interior esa sensación de que algo se hace pedazos. Estoy otra vez en la habitación, en mi habitación, y por la situación en la que están situados los muebles, sé dónde me encuentro, de dónde he salido. Abro la puerta para confirmarlo y veo la taza del váter y parte del lavabo. Trato de recordar, de forma incoherente, si lo limpié ayer o anteayer.
Cierro la puerta de un portazo y me alejo de espaldas a ella, negando con la cabeza. Leo no está en la habitación, estoy solo, y no sé cómo ha salido de allí porque la puerta de la habitación está cerrada. Me acerco lentamente a ella, la abro y la cruzo con los ojos desorbitados, no queriendo creer. Cuando atravieso el umbral es como si saliese de nuevo desde el baño, lo que me pasaba en la pesadilla, estar atrapado dentro del edificio, me sucede ahora, con mi propia habitación. Cruzo de nuevo la habitación y mientras alargo la mano hacia el picaporte de la puerta de salida noto que tiembla. Sé lo que voy a encontrarme cuando la abra, y aun así voy a abrirla. Lo hago una vez, y luego otra, y una vez más. Atravieso decenas de veces el mismo recorrido, no queriendo darme por vencido, mientras en mi cabeza me formulo constantemente una pregunta. ¿Es posible soñar en un sueño?
Comentarios
Buen relato, Jesús. Buen ritmo y un estilo de narración agradable y fácil de seguir.
Me ha gustado. Espero leer más cosas tuyas.
Desde muy pequeño leí a Stephen King y su terror cotidiano me asombró. Pienso que este tipo de terror es muchas veces más horrendo que la típica casa embrujada o el demonio de turno.
Un abrazo.
je, je, pues casi es mejor que no siga adelante el cuento, hubo alguien que me recomendó que el protagonista volviese a despertar tumbado en la cama y que cuando intentase salir de ella no pudiese. ¡Eso sí que sería angustioso de veras!
Un saludo.
Cuando empecé a leer, la verdad es, que me pareció un relato en exceso sencillo, las acciones se enlazan consecutivas una tras otra, todos los movimientos del prota. Pero a medida que el relato avanza, todo enlaza...la forma de describirlo no da pie a que el lector se vaya por las ramas, el relato aumenta de tono en escasos dos párrafos. ¡De una manera que parece tan sencilla!, el texto empieza de menos a más, concluyendo en el clímax final que le pone fin.
La historia me parece muy original e interesante y no he visto faltas. Una vez vi un corto sobre un hombre que, por circunstancias (la trama ya la contaremos otro día, no tiene nada que ver con este relato), se encontraba en un piso y por mucho que descendía los peldaños jamás llegaba abajo, los pisos se repetían y repetían... fue una historia agobiante. Tu relato también. Me gustó. Espero que sigas compartiendo más escritos, para poder comentarlos. Hasta la próxima Jesus F. Alonso.
Saludos!!
Ahora ando arreglando unas arrugas de otro relato que ne breve compartiré con vosotros.
Gracias, de nuevo.
Creo que el miedo más escalofriante es el cotidiano, eso tan cercano y real que bien pudiera pasarnos mañana mismo. Es mucho más tangible, estamos más expuestos a ello.
Un saludo.
Bueno, je, je, no he dicho que el pobre protagonista esté despierto, ¡casi sería un alivio que no lo estuviese!
Coincido contigo en que justificar un argumento en base a sueños o algo parecido ( Lost, ejem, ejem) es algo bastante tramposo.
Un saludo.