Querido ser humano, cada vez coincidimos más a menudo tú y yo. Este roce (que dicen que hace el cariño), es el que, aunque parezca osada, me impulsa a dirigirme a ti:
A menudo hago esfuerzos por penetrar en esa armadura que vistes, pero solo logro vislumbrar entre las fisuras de su acero. Por ellas veo en su letargo jirones de sueños frustrados, que batallan por resurgir. Revísate y traspasa la frontera. Sé bien del dolor de la memoria, pero rebusca entre tus cimientos ese enigma que te encerró en ti mismo, tan lejos de los sentimientos ajenos.
Vive ahora, no hay retorno. El mundo gira, y tu tiempo avanza como un ciclón de silencio, sin definición, vacio tantas veces. Solo inténtalo, siéntate y piensa, mira en tu interior, después alrededor. Te veo seguir fatuos itinerarios con el ciego afán de tener de talismán seguro tu coraza, en ocasiones con un precio de tributos amargos.
Olvidaste sabios consejos, ignoraste palabras que aún siguen bailando en labios sencillos. En tu egoísmo de mirada al frente y pulso absorto, fuiste dejando en un costado sonrisas que se difuminaron a tu espalda y más de un adiós se enredó en tus dedos.
Solo buscas tu placer, despreciando los leves susurros de ayuda que molestan a tus sentidos. Te ofendes por hechos inconsistentes, te sientes atacado por ejércitos invisibles, crees tener siempre la razón. ¡Despierta! Mira hacia este lado, captura en tu mente la relatividad para desarmar tu castillo de prejuicios absurdos.
Vive ligero, sin carga. Solo avanzas si no te importa volver, si vas y regresas, con el impulso de aprender de lo vivido, encendiendo el aliento de la tolerancia. Tiende tu mano y a la vez sostén con la otra la llama con la que alimentar tus sueños.
Ríe con la ebria felicidad de tu vertiente ingenua de niño, escucha entre la base de la empatía. Ama, lucha con ganas en esa dulce epopeya, aférrate a lo eterno de su bendito fluir.
No te enojes, da a las cosas su justa importancia. Opina pero no juzgues, no dictes sentencia previa. Ten presente que no solo las armas hieren y que algunas palabras pueden matar.
Expón tu piel al sol, deja que las hojas de este otoño que empieza, caigan sobre tus brazos desnudos, que la gente con la que compartes espacio, tiempo y oxígeno, pueda poner la mano sobre tu hombro tibio y permeable, desprovisto de su acero. Solo así sentirás plenamente y con pasión el espacio virgen que aún te queda por vivir.
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Comentarios
He abierto tu carta con esa alegría y curiosidad de antaño.Hacía tiempo que esperaba tus palabras que siempre me alentaron y me hicieron pensar.
Esta vez me produces el mismo efecto: me haces reflexionar.Como ser humano, adolezco de muchas cosas de las que aquí citas. Es verdad que con frecuencia nos encerramos en nosotros mismos con los "sueños frustrados que batallan por resurgir".¡ Ojalá pudiera "traspasar la frontera"! y abrirme generosamente a la vida propia y de los otros y volver a abrazar aquellas "sonrisas que se difuminaron a mis espaldas", como tú dices,por falta de atención o desprecio.
Debemos aceptar a cada uno como es; compartir con él lo que nos une y hablar , amablemente, de lo que nos separa.¿Somos, acaso ,jueces para dictar sentencia contra nadie?.Eso no quiere decir que omita mi opinión sin juzgar.
Tu carta me recuerda muchas de las obligaciones que tengo con la vida: conservar la risa,no ahogar al niño que llevamos dentro; dejarle salir para echarse en los brazos hospitalarios que los demás nos tienden y mantener la capacidad de soñar nuevos sueños cada día y amar sin condiciones.
No es fácil, amiga, pero conviene que alguien nos lo recuerde en una hermosa carta como la tuya.
Gracias por los suaves golpecitos que, con tu carta, he sentido en mi puerta.De par en par la abro a tus palabras.
Un abrazo.
Sinrima.
Un poco difuso, es cierto, como señalas, Starks. Tengo a menudo querencia por las veredas paralelas y perpendiculares, jeje, y también con sentimiento, como dice Amparo.
Saludos