Cada vez que abro los ojos, cada simple vez que mis pupilas se comprimen, observo la misma cruda realidad. Realidad de sueños rotos, de agujas de tejer partidas, de hombros agachados y de maderas podridas.
Cada vez que cierro los ojos, cada simple vez que mis pupilas se dilatan, mis ojos reposan y mis músculos se relajan, un mundo nuevo se abre. Un mundo de sueños voladores, de volteretas al aire… Las imágenes de mi sucia vida se difuminan y se pierden en la oscuridad del mundo que veo por dentro. Un mundo distinto, en que lo imposible se vuelve realidad y lo más simple se vuelve extraordinario.
Es durmiendo cuando mi alma se libera, cuando sueño y vuelo consigo ser feliz. No hay problema que exista ahí. Tampoco en la realidad realmente real, aunque mi mente se empeñe en mantener discusiones interiores todo instante que me mantengo atenta.
Es durmiendo que soy libre, que puedo amar y dar. Es entonces cuando mi energía se amplía más allá de los límites de la naturalidad.
Cada vez que cierro los ojos cuerpo, mente y alma se unen en una sola persona para ir más allá. Más allá del cielo y por debajo del infierno. Es entonces cuando soy yo. Cuando reaparezco…
Comentarios