Al final, después de los berrinches, insultos y de todas las barbaridades que pudiese soltar esa boca lasciva, accedí a acompañarla al pub del tal Marcos para que pudiera colocarse aquella noche. Tampoco quiero que se me malinterprete, adoro a Laura y, incluso, no me importa que se ponga como una loca cuando tiene el mono, pues acepto que si quiero follármela de vez en cuando me va a tocar aguantar sus momentos de yonki, pero cuando estás en tu casa un miércoles por la noche después de pasarte la tarde bebiendo todo lo que has encontrado, echado tres polvos y, el resto del tiempo, delante del ordenador intentando escribir alguna mierda medianamente decente sin éxito... lo que quieres es fumarte dos porros, beber un poco más, ver algo de deportes que echen por la tele y pegar el último casquete o paja, en su defecto, para luego tan plácidamente ir a dormir. Pero me gusta como me folla Laura y, calibrando las opciones, me da más pereza tener que buscarme un nuevo polvo que acompañarla esta noche y luego cobrármelo salvajemente cuando esté tan colocada que no pueda ni vocalizar un “no”. Sinceramente, lo prefiero.
Así que entramos al pub del tal Marcos que resultó ser un antro de gays. En la puerta, metálica y fría, escondiendo las actividades que sucedían dentro, Laura saludó al tío de seguridad. Era un hombre alto, moreno y muy fibrado, incluso demasiado para la pequeña parte homosexual que radica en mí. Me presentó, le di la mano y me mantuve ahí callado durante diez largos larguísimos minutos donde la conversación entre ellos dos rozaba la absurdez, un ir y venir de preguntas y respuestas que no importaban a nadie de los presentes, como si fuera el prólogo que cualquier lector se salta para ir directo a la novela. Después del falso interés, las bromas forzadas y sin puta gracia para conseguir unas risas más forzadas aún y demás mamarrachadas sociales, le preguntó si estaba el tal Marcos y nos metimos dentro. Al entrar, ya te dabas cuenta que la gente que frecuentaba el local no era precisamente por lo acogedor de éste. Todo lo de allí dentro parecía sacado de una película de Gaspar Noé. Las paredes estaban pintadas de rojo, medio podridas por la humedad y adornadas con un tapiz de lucecitas, que no dejaban de parpadear, salidas de una oferta 500x499 en cualquier tienda de chinos de barrio. Al fondo una pista de baile hábilmente señalizada con una de esas bolas de discoteca y un huevo de tíos bailando y frotándose unos con otros. A la izquierda, unas cuantas mesas y sofás donde hombres de más de cuarenta años le metían mano a chavales de dieciséis que, de no estar sentados, estarían tirados en el suelo incapaces de ponerse en pie. Un poquito más escondida, detrás de las mesas y sofás, en una zona sin demasiada luz, se distinguía una especie de hueco medianamente tapado con una cortina, negra también para más inri, y con (y este detalle me encantó) un letrero con luces de neón con la palabra ROOMS y una flecha señalando hacia el hueco de la cortina... ¿tanto esconder para luego poner un puto letrero luminoso? Me lo tomé como un “Pasad y que Dios o su puta madre os coja confesados”. Luego ya a la derecha estaba la barra, donde un chaval puertorriqueño que no debía tener más de veinte años, en calzoncillos pero con pajarita, servía las copas con pajitas con forma de polla. Encantador. Derechos a las polla-pajitas fuimos.
Nos sentamos en los taburetes y Laura me pidió que la invitase a un vodka con granadina. Parece ser que el hecho que fuera un local tan hortera y cutre no les impedía cobrar nueve euros por copa. Abrí mi cartera, miré el interior y pedí dos cervezas. Tenía la esperanza de que la compasión del puertorriqueño y el poco dinero que tenía fueran suficientes para pedirme otra más tarde, por un momento me vi entrando en las ROOMS obligado a chupar pollas para conseguir otro trago. No era lo que más me apetecía. Intenté abstraerme del ambiente empezando una conversación con ella pero no me hacía ni puto caso, miraba en todas direcciones buscando, imagino, al tal Marcos, así que pasé de ella y me agarré a mi cerveza. Es lo malo de tratar con yonkis, cuando quieren su dosis ya se les puede poner delante el mismísimo Papa en tanga que como no lleve una jeringa en el liguero ni lo ven. De repente, de un salto, se puso en pie y fue corriendo a abrazar a un pavo que se había acercado a la barra. “Hola, tal Marcos”, pensé. Era un tío normal, vestía con un traje negro, con una camisa negra también, zapatos negros... en definitiva, iba de negro a excepción de una corbata plateada que sobresalía en el conjunto. Supongo que eso debe ser a lo que llaman “tener clase”. Yo nunca lo entendería. Iba con una media melena y una barba bien cuidada, recortada e igualada. La verdad que a primera vista me pareció un capullo sin más. Eso sí, reconocí que se lo había montado bastante bien.
Cuando me lo presentó, le di la mano y volví a lo mío sin mostrarle el más mínimo interés. Estaba ya cansado, sólo pensaba en volver a casa y follarme a Laura. Tampoco no es que me apeteciese demasiado, pero ya de antemano habíamos acordado que si la acompañaba me tocaba desmadrarme con ella luego y, para estas cosas, siempre voy a ser un hombre de palabra. Es, algo así, como una cuestión de principios. La verdad es que lo que quería era irme a sobar y ya. Despertarme al día siguiente resacoso y intentar escribir un poco. Podría utilizar esa noche como inspiración. La decadencia humana en forma de sexo homosexual, drogas y una música elcetro-psicodélica que se metía en tu cabeza provocándote jaquecas. Si aquello no me inspiraba, creo que podía plantearme el abandonar esto y meterme otra vez en Seur recogiendo llamadas de clientes cabreados porque los envíos no llegan. Vaya un trabajo de mierda. Laura me dijo que se iba a la cocina con él.
- Joder. - le dije - No puedes pagarle, cogerlo y ya en casa te colocas? Venga, hagámoslo así y estaremos los dos contentos.
- No seas así. Hace mucho que no veo a Marcos y me apetece pasar un rato con él. Quince minutos y nos vamos, ¿vale?
“¿Quince minutos? Puta zorra. Me conozco yo tus quince minutos. Lo que vas a hacer ahora es meterte mierda con él para acabar follándotelo en una puta cocina sucia mientras yo estoy aquí sin pasta, nada que beber, nadie con quien hablar, observando como todos a mi alrededor se manosean y se follan en esta mierda de local y sin un puto coño a la vista donde meter mano. Para luego llegar a casa, después de tus “quince minutos”, y que vayas tan hasta las cejas que no seas capaz ni de acertar con tu boca en mi polla. ¿Y qué pasa después? Que el señorito acabará en el baño haciéndose una paja de mierda y yéndose a dormir a saber a qué puta hora cuando mañana SÍ tiene cosas que hacer.” Es lo que me hubiera gustado haberle dicho.
- Haz lo que te dé la gana, tú sabrás. - fue lo que, al final, le dije
Y fue lo que hizo. Se despidió, me besó y se fue detrás del tal Marcos hacia una puerta que había detrás de la barra dando saltitos y moviendo el culo como si fuese una putita quinceañera entrando al backstage de cualquier grupo de pop rock moderno. “La cocina”. Me sabía de memoria la obra teatral que sucedería allí dentro, de hecho ya la había vivido en mis propias carnes. Ella empezaría a hablar y hablar sobre la admiración que sentía hacia él, hacia todo lo que había conseguido, como se había convertido en mecenas para gente como ella, luego el discurso iría cambiando poco a poco hasta llegar a ser una declaración de amor incondicional, le pondría la mano en la pierna y la iría subiendo y él, si no era imbécil y se daba cuenta, le daría un par de gramos de más para “pagar” el servicio que ella le daría y asegurarse un polvo además de las ganancias o, si era imbécil, le acabaría regalando el material para “pagar” el mismo servicio. Y es que así fue como acabamos viviendo juntos, siendo yo un imbécil.
Pasaban los minutos y de cada vez me cabreaba más. Decidí intentar que me invitaran o me pusiesen una cerveza con el cobre que me quedaba en la cartera. Probé dando lástima, no funcionó. Probé diciendo que mi chica estaba con el dueño en “la cocina” y que seguro que se podía hacer la vista gorda por una cerveza, pero nada. Probé los trucos, triquiñuelas y demás que me habían ido sirviendo para emborracharme en las temporadas bajas y nada. El puto puertorriqueño era un buen empleado.
- ¿Cuánto le falta? Yo se lo pongo. - dijo una voz detrás de mí.
Giré mi cabeza hasta ver de dónde procedía esa voz. Se trataba de un chaval que pasaría de poco los veinte. Vestía con unas botas rompe-pelotas, pantalones de cuero ajustados marcando paquete, sin camiseta pero, eso sí, con unas mangas de rejilla negras desde el dedo corazón hasta los codos y con el pecho completamente depilado, un collar de perro a juego con la indumentaria, ojos pintados de negro y el pelo engominado hacia arriba y teñido de rubio platino. Al verle, no sabía si descojonarme en su cara o aceptar gustosamente su invitación. El ansia de llevarme algo al gaznate me pudo y le invité a sentarse en el taburete que Laura había dejado libre. A medida que pasaba la noche la cosa se ponía peor y más surrealista. Yo sólo quería irme a mi casa.
- No pareces del tipo que se conformen sólo con una cerveza. Dime, ¿qué quieres?
- Bueno, si me lo dices así, no le haría malos ojos a un Jack Daniel's.
- Raúl. -dijo dirigiéndose al puertorriqueño- Ponle un Jack Daniel's con cola a este hombre.
- No, sin cola, sólo con dos cubitos.
- Sin cola, Raúl, con dos cubitos.
Me lo sirvió y, por supuesto, ahí estaba la polla-pajita del demonio. La tiré.
Comentarios
(1) Gaspar Noé: http://es.wikipedia.org/wiki/Gaspar_No%C3%A9
(2) cobre: Referido a los céntimos de euro
(3) ELO ( Electric Light Orchestra ): http://www.youtube.com/watch?v=CzvuTNhdL0w
Laura ocupada, el tipo con ganas de emborracharlo,cualquier cosa puede pasar:eek::eek::eek::eek::cool:;):rolleyes: