Candela observaba con una mirada profunda y fría, distante y despreocupada, su dedo pulgar de la mano derecha, en el cual le habia salido una verruga. Era diminuta, como una hormiga. Pero allí estaba, en el dedo blanco de Candela, hacia ya dos semanas y media aproximadamente, desde que en una tarde, mientras Candela se vestia y arreglaba para ir a la casa su padre el fin de semana, la habia descubierto. Se lo dijo a su mama, y esta no dijo gran cosa. Solo, recordaría luego Candela, habia echo una mueca, como diciendo: Ah, mira vos…
La madre de Candela, a pesar de todo, le habia prometido a su hija, luego de que esta le insistiera fervientemente, de que la llevaría al dermatólogo para que se la extirpara la verruga. Candela tenia catorce años, y restaban cuatro meses para que cumpliera los quince; o sea, era inconcecible que llegara el tiempo inminente en el que se tendria que meter en ese mundo tan misterioso y controversial llamado adolescencia, y con una verruga encima. Sabia perfectamente que tendría que cargar con el peso de una batalla diaria en contra de los granos, si quería salir airosa de todo aquello. Pero, una verruga…
Antes, hacia medio año atrás, habia visto como a una de sus amigas del colegio le habia salido una de aquellas verrugas justo en la nariz. Era horrible, recordoba Candela. De echo, intentaba evitar el contacto con su amiga, ya que de acuerdo a lo que habia averiguado, podían ser contagiosas.
Pero ahora le habia salido a ella. Todo parecía ser parte de una pesadilla, de una mala broma…Pero allí estaba. Justo en el dedo pulgar. El dedo del corazón. El dedo de la vida.
Cuatro semanas mas tarde, la verruga habia desaparecido del dedo de Candela. El dedo, ahora parecía aun mas blanco. La madre de candela lo observaba detenidamente, y casi no lo podía creer. Ni siquiera había tenido que llevar a su hija al dermatólogo para que le extirpase la verruga. Aquel dia en el que debian presentarse a la consulta con el medico, la madre de Candela se habia retrasado por causa de su trabajo en un reunion de directivos, y no pudo llevar a su hija al doctor. Entonces, la mujer habia llamado al consultorio y habia hablado con la secretaria, y luego de explicarle el motivo por el cual se le habia echo imposible presentarse con su hija al turno, le pidio a la jovencita -o eso era lo e su voz dejaba entrever- que por favor le reprograma su turno. Pero aun asi, la madre de Candela nisiquiera tuvo la necesidad de presentarse con su hija a la segunda consulta. La verruga habia desaparecido. Asi, de la nada.
Eran las cinco y diez de la tarde de un miércoles de primavera. La primavera. La madre de Candela estaba junto a su hija, parada. Y pensaba, mientras sostenia en sus manos el dedo pulgar de la mano derecha de su hija, que aquel dia era el peor de los dias que le pudo haber tocado para velar el cuerpo muerto de su hija.
Recordaba la expresión de Candela cuando solia observar aquella verruga que ahora estaba muerta. Era increíble que una niña de catorce años llegara a pensar y creer de que se habia convertido en una verruga.