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Lluvia ácida (2)

LuisBermerLuisBermer Gonzalo de Berceo s.XIII
editado octubre 2010 en Ciencia Ficción
(Viene de "Lluvia ácida (1)"

–En libros medio quemados, imágenes… –susurré, arrastrado por su nostalgia melancólica. A su lado, sólo con escuchar su voz de otros tiempos, la magia del sentir volvía a surtir su efecto, como antes de los implantes. Recuerdo cómo era la persona que fui, y casi consigo emocionarme. No me extraña que algunos compartan la escasa comida con él, por recuperar aunque sean breves instantes de sentimiento. Por eso aún sigue vivo y no lo han devorado. No… no me extraña en absoluto.

–Los hombres de antaño estamos condenados a extinguirnos, hijo –Apoya una mano en mi rodilla, como buscando algo sólido– La humanidad ya ha dado su siguiente paso, tan distante del anterior… Y cuando las ciudades subterráneas estén abarrotadas, la cavernas, las pozas, las simas, las galerías, repletas… entonces, como paridas por la rencorosa Madre Tierra, los nuevos hombres saldrán en masa para cubrir la superficie…

Eso empezaba a ser cierto. Cada noche que salgo, debo enfrentar más y más de esas cosas… cada vez más deformes, grotescas…

–… y nada podrá detenerlos –continuó–. Así que, las personas que aún quedéis por entonces…

Pobre. Cree que aún soy humano.

–…debéis esconderos fuera de su alcance. Proteged vuestras vidas tanto tiempo como podáis. Tal vez… tal vez ocurra algo inesperado; algo que permita salvar los restos de lo que fuimos, y empezar de nuevo…

Le palmeé el hombro, agradeciendo sus palabras de esperanza. Ambos sabíamos que nada de eso sería cierto. Después, guardamos silencio.

Durante largos minutos permanecimos así, hasta que él giro su cabeza y me miró con sus ojos de un azul intenso, como si se hubiesen iluminado por dentro.

–Ha sido muy agradable charlar contigo, hijo. Gracias por tu compañía. Y por la cena.

En ese instante no entendí qué quería decir; pero entonces retiró hacia un lado el pliegue cartilaginoso con el que se cubría, y que yo había confundido con una sabana repugnante, mostrándome que, de pecho para abajo, era una amalgama de tubos musculares y arterias hinchadas que se hundían en el suelo –su cuerpo también–, como lo era el resto del refugio.

–Nada personal, hijo –me sonrió, con un brillo cruel en aquellos ojos hipócritas mientras se hundía, como un apéndice retráctil, en la masa cárnica de lo que yo creí su catre.

Y aunque activé con extrema velocidad el carbonizador subcutáneo de mi brazo, la condensación en ácido del fulgor verdoso de las paredes estomacales fue aún más rápida. Y en esos segundos eternos, previos al baño corrosivo que disolvería mi vida, comprendí todo como en un relámpago neural: comprendí el olor, comprendí a qué se refería con aquellos que venían a alimentarle, comprendí que los montículos de metal del exterior eran lo que quedaba de ellos, como será lo único que quedará de mí; comprendí que la existencia entera se fundamenta en la mentira, el arma de los que quieren sobrevivir. Comprendí que los monstruos y pesadillas de la humanidad del pasado no eran imaginaciones y desvaríos, sino pura premonición.

Una visión futura.
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