Oscuridad. Cae la negra noche sobre las oscuras aguas. Un pequeño bote se dirige, sin rumbo cierto, hacia un rayo de luz que rasga la nada. Seres moribundos luchan para alcanzar tierra; para escapar a la húmeda muerte que ya ha mermado al grupo. Sumidos en un permanente estado de duermevela, encomiendan sus almas a su dios y siguen esperando.
El sol se eleva sobre la línea que separa el mar de su reflejo celestial. Azul oscuro que va tornándose más suave a medida que la luz aumenta su presencia. Ya los primeros bañistas llegan para ocupar un lugar en la arena que la noche ha refrescado. Portan numerosos enseres que les hacen más hogareño el arenal: sombrillas, silletas, toallas, mesas, neveras repletas del sustento para la jornada,…
La pequeña barca, aún más escasa en vida que hace unas horas, recibe al nuevo día con la misma desgana con la que se dejó tomar por la noche. Dentro de ella la oscuridad no acaba de disiparse: la muerte no duerme. Unos pocos rostros, abrasados por el sol, contemplan incrédulos lo que ante ellos cobra forma: tierra. El continente anhelado. Las nubes que se ciernen sobre sus almas comienzan a desvanecerse.
La playa bulle de vida. Los niños corren alocados para estrellar sus cuerpos contra las olas: Ocioso combate. Los ya no niños aplastan sus carnes contra la arena y dejan que el sol queme su piel, deliberadamente. Decenas de gigantescos paraguas salpican de sombras la ardiente piedra molida: pequeños refugios a cuyo amparo se come, se duerme, se mira la vida pasar.
El bote toca tierra. Los exiliados inventan fuerzas y saltan a la arena. Pocos consiguen mantenerse en pie. Cuerpos exhaustos se tumban sobre la arena. Los bañistas les contemplan con sus bocadillos en la mano, sin perder detalle pero sin demasiado interés, como quien posa sus ojos en las noticias de la televisión a la hora de la cena: mira de reojo, entre cucharada y cucharada de gratificante comida, bajo el techo protector; a salvo de lo que ve; ajeno a todo.
El sonido de las olas armoniza los dos mundos que ahora cruzan miradas de curiosidad, manteniendo la imaginaria línea divisoria que marca los límites entre lo legal y lo ilegal, lo real y lo ilusorio, entre la vida y la muerte. Mojados, cansados, desorientados y sin la posibilidad de retornar al hogar cuando acabe el día, los habitantes del mundo de las sombras se miran: al fin han alcanzado su destino. Sonrisas ahogadas afloran a la superficie de su nueva realidad. En el cielo una gaviota emite una sonora señal de bienvenida.
Un fogonazo torna gris el azul. De las entrañas de las nubes surge un ave con alas de acero. En su interior los guardianes del legítimo mundo se preparan para repeler a los invasores. La superficie del arenal se sacude con violencia; las posesiones de los bañistas huyen, dejando desnudos a sus amos; millones de pequeños granos de arenisca aguijonean la piel de todos sin excepción. Imperturbable, un pequeño bote yace junto a unos cuerpos incapaces de moverse. Cadavéricas sombras se alejan lentamente con la esperanza de alcanzar la arboleda que las oculte: exiliadas, perseguidas, humilladas. No hay lugar para ellas en el mundo de los que vuelven a casa con una anécdota que contar.
El sol se oculta, aliado, para dar paso a otra fría noche.
Oscuridad. Mar adentro, la luna baña, con sus pálidos reflejos, la mortecina piel de una vida que ha quedado varada en el ayer.
DANIELLE LARROSA.
Comentarios
Sólo se me ocurre una respuesta: el egoísmo del que nunca ha sido un exiliado, del que no ha pasado por situaciones realmente duras, del que vive en el primer mundo y no ha pasado hambre, el egoísmo del que nunca ha experimentado en sus carnes la dureza de una dictadura, o de una falsa democracia, el egoísmo del que carece de la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de ver la vida desde el prisma ajeno, el egoísmo del que sólo es capaz de pensar en lo bien que sería su vida si tuviese éste o aquel coche,..., en definitiva, el maldito egoísmo que es el motor de la humanidad.