Bueno, chic@s. Este es el primer relato largo que voy a poner en este foro. Os ruego encarecidamente que lo leáis y comentéis todo lo que queráis sobre él (siempre que sea de manera correcta, claro), pues me interesa recoger la respuesta de lectores independientes (porque igual lo presentaría a algún concurso) Muchas gracias
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El Evangelio Iscariote
I.
“¿...con los hechos descritos sobre Jesús en la tradición cristiana?...”
Mary sólo pudo escuchar la última parte de la pregunta que desde la tarima había lanzado el profesor a los alumnos allí presentes. El chirrido de los goznes de la puerta lateral del aula había sido más estridente de lo esperado por la estudiante; los escasos veinte rostros de las personas sentadas en las sillas del gran anfiteatro habían girado en su dirección, y el profesor ahora se hallaba en una pausa, con la cabeza inclinada sobre el papel que llevaba en sus manos, pero mirándola directamente por encima de las gafas inclinadas sobre su nariz.
“Mierda”, pensó la joven, mientras el rubor se encargaba de pintar sus normalmente pálidas mejillas y se apresuraba a sentarse en uno de los asientos de la fila superior del graderío que miraba hacia el escenario donde el profesor Saint daba su lección magistral esa mañana. Tanaka, al lado del cual se había acomodado, le dirigió una sonrisa burlona que acompañó con el pulgar de la mano derecha extendido hacia arriba.
- “Enhorabuena, has conseguido llegar a la primera hora, casi sin que se diese cuenta nadie”, le susurró el japonés.
- “Sí, tan silenciosa como un elefante en una cacharrería”, replicó Mary, poniendo los ojos en blanco. Gabriel Saint continuaba su discurso reformulando la pregunta:
- “¿Entonces alguno de ustedes podría comentar si existe relación alguna entre las características de las figuras predominantes de otros cultos religiosos y aquellos hechos atribuidos a la figura de Jesús en el Cristianismo?.
Sarah O'higgins, sentada en platea, como siempre, levantaba su delgado bracito para aportar su granito de arena. Saint sonrió para sus adentros. “Ahhhh...ya tenemos aquí a mi pequeña diletante”. La pecosa pelirroja se ajustó la montura de anaranjado nácar a la nariz y compuso una sonrisa conejil, enseñando las paletas tímidamente antes de proseguir.
- “En mi modesta opinión, si estudiamos los evangelios apostólicos desde un punto de vista simplemente histórico, y sin discutir la divinidad o no del personaje real que existió en el Jerusalén ocupado por el Imperio Romano, tendremos que convenir que tanto saduceos como fariseos, que eran las comunidades judías existentes en la época veían a Jesús como una figura transgresora de la propia Ley judaica, un revolucionario que tenía que ser silenciado pues contravenía el status quo de la minoría rica que controlaba el culto judío, como luego así ocurrió con su crucifixión, muerte otorgada a los condenados por alta traición al gobierno establecido. Luego si la figura de Jesús está históricamente atestiguada como la de un rebelde, un visionario con un mensaje diferente, no entiendo como puedan existir analogías en su ideología con otros cultos que ya existían o habían existido”.
Saint sonrió para sus adentros, pues se esperaba este tipo de sermón de parte del vástago menor del ultraconservador Patrick O'higgins, el ahora patriarca de una de las familias de ascendencia irlandesa más poderosa de Crossville. Sus ancestros emigraron a Estados Unidos cuando se desató con virulencia la Gran hambruna irlandesa, en la década de 1840, y la producción de patata, alimento principal del pueblo llano, desapareció casi por completo. Allí, se asentaron primero en Nueva Inglaterra, para más tarde emigrar al centro del país, a Indiana. Allí, en el Condado de Brown, que se caracterizaba por sus amplios y frondosos bosques, decidieron implantarse como leñadores, primero, para pasar luego a controlar una de las mayores empresas madereras del Estado, especializándose también en la construcción de muebles. Hoy, contaban con una de las empresas productoras más pujantes del país, y era una de las pocas cadenas de muebles capaz de hacer frente a Ikea en los Estados del centro Americano. La ahora extensa familia se ramificaba por todos los ámbitos profesionales de la ciudad: médicos, abogados, profesores universitarios (Ryan O'higgins, de hecho, fue uno de los cofundadores de la institución en la que actualmente Sarah se encontraba recibiendo clases), jefes de policías, y de bomberos, y hasta un par de alcaldes e incluso senadores conformaban el amplio abanico de sectores que el clan O'higgins abarcaba, y que le confería bastante poder como para que las cosas se hicieran “a su manera” en Crossville.
Y esa manera era simple y llanamente el camino que Jesús había enseñado a sus discípulos más de dos mil años atrás. El pueblo, bajo la sempiterna tutela de sus caciques, era un pueblo trabajador, humilde y “temeroso de Dios”. No había crímenes horrendos que reportar, ni excesos o vicios graves: alguna que otra pelea de borrachines motivada por rivalidades deportivas, fundamentalmente; o algún ojillo morado cubierto profusamente por sombra de ojos motivado por alguna pequeña infidelidad que se arreglaba luego con la visita al párroco y el propósito de enmienda del cornudo en cuestión, o alguna visitilla de algún prócer pater familias al selecto “club de caballeros”, situado en alguna perdida y olvidada salida a la interestatal. En fin, nada que truncase excesivamente la paz de la sosegada ciudad.
Rectos principios que regían también los edificios del campus católico, una institución insigne en el campo de las Letras en todo el territorio nacional: grandes filólogos, filósofos, profesores, abogados, e historiadores habían salido de las vetustas puertas de la universidad; por no mencionar que el equipo de fútbol americano había ganado tres veces consecutivas un “tazón” (dos veces el rosebowl y una el cottonbowl) Y ninguno de aquellos ilustres personajes se había apartado de la luz celestial con la que Dios y Jesús iluminaba su camino, de la única fe que podía salvar al honesto, leal y trabajador ciudadano de a pie de la eterna vorágine de sangre, fuego y destrucción en el infierno.
Y allí estaba Saint para cuestionar esa fe, poniendo en duda que era el único y verdadero camino a la redención, con estupideces como que el cristianismo era una copia y repetición de todas las religiones pasadas, presentes y futuras, sustituible por cualquier otra que pudiera mantener al vulgo entretenido y alejado de los tejemanejes de los poderosos (“ora et labora”, pero no pienses ni cuestiones, eso ya lo hacen por ti)
Y allí estaba Sarah, como representante generacional (siempre había al menos un par de ellos en cada semestre) de los valores que los O'higgins no estaban dispuestos a perder en su universidad, dispuesta a recordarle, siempre que hiciera falta, a profesores que de vez en cuando rozaban la apostasía, el camino de vuelta hacia la luz con comentarios tan taxativos como el anterior.
- “Da igual, Saint le va a dar lo suyo seguro”, replicó Tanaka, inclinándose hacia adelante expectante para no perderse la respuesta del catedrático
- “No es incumbencia mía en esta clase analizar el contenido filosófico del mensaje de Jesús, como personaje histórico, o como Mesías salvador; eso, supongo que lo habrán hecho ya en clase del doctor Farrell (excelso legionario de cristo) Podría coincidir, señorita O'higgins con lo suscrito por usted acerca de la visión de los movimientos judíos contemporáneos al origen de la fe cristiana, pero coincida usted conmigo en una cosa. ¿No es cierto que toda religión es, en definitiva un conjunto de creencias y prácticas sociales comúnmente aceptadas por todos los profesantes de dicha fe?. Sarah O'higgins asentía.
- “¿No es cierto que para todos los creyentes en una religión, así como los originadores de dicha fe, ese conjunto dogmático es el verdadero; y que, por tanto, lo lógico sería intentar que el resto de los seres humanos adopten esa ideología?
- “Sí, pero no sé dónde pretende llegar, profesor”, el nerviosismo y la incertidumbre afloraba en la contestación de Sarah, que veía cómo Saint se iba embalando, y empezaba a pensar que había sido mala idea intentar advertirle sutilmente de que su clase se estaba desviando de lo “comúnmente aceptable por esta comunidad”.
- “De momento, intente seguir mi tren de pensamiento, O'higgins”
- “Es un tren bala, profe”, Tanaka en modo irónico, “como la chavala intente cogerlo igual la arrolla”
- “Vale, lo intentaré”
- “Si una religión es denominada pacífica, quiere decir que no intentará imponer sus doctrinas por medios violentos, por guerras de conquista, ¿verdad?”
- “Sí...”
- “Habrá que convencer poco a poco a aquellos que discrepan, habrá que ir sustituyendo lentamente las creencias erróneas por las verdaderas, sobre todo si son bastante diferentes. Si lo intentamos de golpe, la reacción lógica es el rechazo, que podría llegar a ser violento y estaríamos en el predicamento anterior, ¿no es cierto?” Ahora Gabriel Saint ni siquiera dejó abrir la boca a la joven.
- “La mejor manera de hacer esto es buscando un punto en común entre las dos versiones para poder ir trabajando sobre eso. Es como cuando estás en tu primera cita con un apuesto joven, y al principio ambos estáis cortados y sin hablar, hasta que alguno sugiere un tema común a los dos, como por ejemplo que su padre trabaja en el aserradero O'higgins, y tu padre...bueno, él es O'higgins jefe...”
- “Vaya...sí que han volado lejos los rumores de la última fiesta de la hermandad, ¿eh?. De todas maneras, sea verdad o mentira, la relación se iría al garete en cuanto papá cacique se entere de con quien se junta su hijita; ella está destinada a cosas mejores, como ser la nueva Santa Teresa de Jesús”, ahora era Mary la comentarista.
Gabriel Saint se giró hacia la alargada pizarra que se hallaba en el falso muro acompañado por dos columnas salomónicas a sus lados, parándose y sonriéndose de nuevo ante la simbología que le suscitaba aquella composición. Recordó las columnas retorcidas del baldaquino de Bernini en la Basílica de San Pedro. Un baldaquino era una especie de templete formado por cuatro columnas que estaba destinado a cobijar un altar; en este caso, lo que “cobijaban” era una pizarra, altar del conocimiento en el que se realizaban ofrendas a la Madre Razón, y no a la creencia irracional de un dogma de fe. Sacó una tiza blanca del bolsillo de su pantalón vaquero y empezó a trazar el dibujo de un intrincado ojo; con una curvada ceja por encima, y, saliendo por la parte de abajo de la elipsis que componía el globo ocular, una especie de pestaña larga y rizada y una línea hacia abajo, un borrón como si el rímel del maquillaje de la mujer propietaria del ojo se hubiera corrido por un llanto anterior. Debajo, escribió un nombre: Horus. A la vera del ojo, pintó otro de diseño más simple, y lo enmarcó en un triángulo. Una nueva palabra fue añadida en la parte inferior: Providencia. Se volvió a girar hacia sus espectadores; la pausa dramática había acabado, y el profesor añadió a su disertación:
- “... o, por ejemplo, podríamos hablar de que el Dios al que venero yo nació de una madre virgen, igual que el tuyo...¡Anda, que coincidencia!, ¿y si resulta que nuestras creencias se parecen?, sólo tendrías que cambiar algunas cosillas herejes para adoptar la nueva fe verdadera, pero el cambio no sería tan brusco, ni te supondría una gran diferencia abandonar creencias anteriores...”
- “Je, tocada y hundida, ¿viste Mary, que le iba a dar lo suyo?, el becario japonés estaba radiante, como si la victoria moral hubiese sido suya (desde luego, era del club de admiradores del profesor Saint)
- “Haceros a la idea, todas las religiones, creencias, ideologías, etc., se alimentan de lo que anteriormente existía para intentar cambiarlo. Es la eterna dialéctica de Hegel, donde la síntesis no es más que la amalgama de los elementos comunes de las doctrinas religiosas enfrentadas para poder establecer una creencia generalizada e intentar que todos estemos de acuerdo en una fe verdadera...”. Se volvió de nuevo hacia la pizarra, tiza en ristre, y bosquejó un nuevo dibujo: una especie de serpiente en círculo que se mordía la cola. En voz mística, comentó: “...Las religiones son el ouróboros...”. Saint se sacudió las manos, llenas del pegajoso polvillo blanco. “... Seguimos mañana”.