I
Podía olerse. Un horizonte dibujado por centenares de chimeneas. Por cada una de ellas, se fugaban las fantasías e ilusiones que, entregadas al dulce crepitar de un fuego, se tornaban quemadas y, en ceniza y humo, se disgregaban abandonando el hogar.
La madrugada del viernes nueve de diciembre fue devastadora para Brigitte y Andrew. Lo que para muchos habría provocado dicha, para el joven matrimonio que habitaba el sótano del número veintitrés de la calle Durley se convertiría en el acontecimiento que cambiaría por completo y para siempre, sus vidas…
Nadie en el vecindario parecía oír los desgarradores gritos que se ahogaban y ensordecían por la lluvia de otoño. Ni tan siquiera la Señora Anna, que habitaba la mansión del número veintitrés de la calle Durley. Su sueño era ligero, aunque después de la una de la madrugada logró sumirse en un profundo sueño gracias a las notas de su memorándum. He pagado una minucia por una criatura... Sí, así era. La criatura que estaba a punto de nacer en secreto, bajo las cloacas de su mansión.
A un metro por debajo del nivel de los adoquines de la calle, una frase se durmió en un corazón:
— Sólo quiero que sepas lo mucho; muchísimo… que te amo— jadeó Brigitte entre sollozos.
— Shhh… Guarda ese amor para nuestro bebé— afirmó mirando fijamente a sus ojos—. Me arrepiento. Me arrepiento tantísimo… Será nuestro y sólo nuestro. Nadie se lo llevará de nuestro lado. Ni siquiera esa… esa Señora resentida y malvada. ¿En qué, si puede saberse, estábamos pensando Brigitte? No puedo ni imaginármelo. No puedo, esa arpía… ¿Qué bien nos ha hecho? ¡Ninguno!— aseveró Andrew apretando con solidez la mano de su esposa.
Brigitte, que apenas podía concentrarse en las divagaciones de Andrew, gritó de nuevo y se agitó de dolor.
— Algo ocurre, creo que…
— ¿Qué…?
— Andrew, esto no saldrá bien… lo presiento. ¡No deberíamos haberlo ocultado! ¡Necesitamos al Doctor Goldfield! ¡Ella pagó todo y esto que va a nacer, es suyo! Se lo hemos vendido… ¡LE PERTENECE! Aprenderemos a vivir sin...
— ¡Jamás! ¡Sucio dinero! ¡Nos tentó! El demonio vino, ¡HAZME CASO! Y nos sedujo. Pero hallaremos la forma de encontrar el perdón. Todo saldrá bien. ¡Créeme por favor!
Andrew, aterrado como nunca antes en su vida lo había estado, sintió que bajo sus pies descalzos corría líquido. Trató de restarle importancia puesto que podría tratarse del agua de la lluvia que se filtraba; no era la primera vez que el agua se colaba en su infecto y húmedo sótano. Ni que los desechos de la Señora Anna entraban sin su consentimiento. En aquel momento su mente se tiñó de rojo al sentirlo cálido. Miró el suelo esperando encontrarse los pies empapados de sangre. Sin embargo, vio el suelo de piedra cubierto de una masa violácea y oscura, repleta de infinitos puntos brillantes que emitían luz. Una luz que lloraba.
Qué hermoso… murmuró.
Desde las entrañas de Brigitte emergió un alarido turbador que nunca nadie en aquel condado, escuchó. Viajó por la chimenea y se escapó al exterior. La lluvia se detuvo. El cielo se despejó. Se vieron las estrellas palpitar. Se nubló de nuevo. Comenzó a hacer mucho frío y nevó. Y los ojos de la Señora Anna, sacudidos por el estruendo, se abrieron.
— No hay bebé, Andrew… Nuestro bebé… ¿Dónde está nuestro bebé? ¿Dónde está su llanto?
Brigitte buscó en Andrew una respuesta y sólo se tropezó con el desconcierto de sus ojos, que miraban aterrados que la tripa de Brigitte había desaparecido. Y que todo cuanto restaba de aquel malogrado parto, había quedado esparcido por el suelo materializado en aquella masa oscura y violácea. Una masa prodigiosa, fastuosa, brillante, hipnótica…
— No puedes ni imaginar…
Dos golpes firmes en la puerta lograron sacudir el corazón de Brigitte. La última llama de su fuego se consumió.
— Es ella, Andrew. Es la Señora Anna… viene a por lo que es suyo…
Andrew continuaba fascinado por lo que su esposa acababa de concebir.
— ¡Andrew, por el amor de Dios!
— Shhh…Vete. Huye. Yo distraeré al osado que llamó a nuestra puerta. Si es la Señora Anna, conseguiremos ventaja. ¡Corre!
— ¿Cómo dices…? ¡No entiendo!
— Has concebido la… la criatura más hermosa que nunca jamás estos ojos han podido ver— dijo a Brigitte en lágrimas.
— ¿Dónde… dónde está?
Andrew se agachó, mojó sus manos en aquella masa y la rodeó con sus brazos. La acurrucó en su pecho y se levantó.
— Mira, cariño… tu hija.
— Mi… ¿hija?
— Tu hija. Aquí la tienes: poesía. Paz. Estrellas… ¿La ves? No podría vivir el resto de mis días soñando e imaginando qué podría haber sido esta pequeña…
— La veo. La siento…— y lloró.
A toda prisa, entre ambos, metieron aquella masa en un saco. Brigitte rodeó su cuerpo con una capa, cubrió su cabeza con un capuchón, cogió el saco, lo apretó en su pecho y se despidió de Andrew.
— Nos vemos en el bosque.
— En el bosque nos veremos.
Y se besaron.
Por última vez.
II
Colina arriba por el viejo camino que conducía al bosque, pasada la ermita que no pudo advertir pero sí percibir, Brigitte quiso mirar hacia abajo. La niebla imposibilitó que distinguiera el dibujo del pueblo aunque no que lo oliera. Esperó poder ver la figura de Andrew emerger, pero no fue así.
Había parado de nevar y la nieve había cuajado y dado paso a la niebla.
¡Oh, bruma, que naces de los copos de hielo recién sembrados!
Sabía que estaba dejando pisadas tras de sí. Gracias a ellas le resultaría sencillo a Andrew encontrarla. Y en consecuencia y de igual forma, la Señora Anna.
Abriéndose paso entre la niebla la voz de la Señora Anna dio con Brigitte.
— ¡Eh, pordiosera! Sé que estás ahí. No has podido llegar muy lejos. Recién parida ni más ni menos… Iré al grano. Sin rodeos. Si no das media vuelta y regresas de inmediato, ¡ordenaré poner fin a la vida de tu marido!
Brigitte, agotada, se detuvo. ¿Qué ha pasado Andrew?
— ¡No hagas caso, Brigitte! ¡Huye! ¡Huye lo más lejos que puedas con nuestra hij…!
Una mano debió interponerse en la boca de Andrew que no pudo acabar la frase.
— ¡Esa niña es mía!— gritó la Señora Anna rebosante de cólera. Nunca antes concibió esa ira en aquella señora de modales refinados y, quienes la envidiaban, exquisitos. Si Brigitte se hubiera percatado de tal cosa de ningún modo hubiera accedido a vender a su hija—. Vosotros dos y mi persona—continuó diciendo— firmamos un contrato. Y el no cumplirlo está penado con prisión o muerte. ¡Según yo decida, es mi potestad!
Oh, sorda niebla; protégenos, por favor, consigue que Andrew, nuestra hija y yo, podamos desaparecer contigo… seré tuya, seremos tuyos: para siempre…
— ¡Te encontraré! Ordenaré matar a Andrew y te juro que después te encontraré.
Brigitte, sobrecogida, enmudeció. La niebla la ignoró y trajo con ella una bofetada de la Señora Anna. Metal con metal.
— Es la última vez que te lo pregunto… ¿Nada? Entonces… ¡Decapítalo!
— ¡No! — chilló Brigitte.
— Qué enorme alivio debe de sentir este desdichado, por fin la mujercita se presta a hablarnos… Parece que después de todo… ¡Te quiere!
— No puedo entregarte a… porque no… no, ¡no lo entenderías!
— ¿Es un varón? ¡Tanto mejor! ¡Entrégamelo! ¡Ya!
— ¡Nunca, mezquina, eso nunca!— exclamó Andrew con tono visceral—. Brigitte, ¡escapa! — cogió aire y dijo: — Digamos adiós. Para siempre…
El ruido de un hacha cortó el aire y el alma de Brigitte en dos.
— Ya puedes correr, estúpida cochina ingrata— gruñó la Señora Anna desde la distancia—. En efecto, ya puede correr. ¡Te mataré! ¿Me oyes? ¡Te cortaré la cabeza con mis propias manos! ¡A los caballos! ¡A toda prisa!
En voz baja, apenas sin voz, Brigitte suspiró: — Andrew… ¿Estás ahí? Quiero oírte, pero… no lo hago… ¿Dónde estás? ¿Dónde? ¿Qué te ha pasado? No podré hacer esto sin ti… no podré.
Las palabras de Andrew quemaban como docenas de ascuas en su pecho: Digamos adiós. Para siempre…
Traído por el impulso de una catapulta, la macabra intención de la Señora Anna llevó la cabeza segada de Andrew hasta posarse a escasos pies de Brigitte. Estremecida dio tres pasos atrás. Era él. Sin vida. Tez serena. Sus ojos abiertos, miraban.
Brigitte se rompió como un espejo que cae y se hace añicos en miles de fragmentos. Deshecha, tuvo el coraje suficiente para recoger sus pedazos, abrazarse en su capa y evaporarse rumbo al bosque.
Yo, brote de un copo de nieve, te protegeré y arroparé esta noche…
Se detuvo en un claro del bosque. Muy a lo lejos, los caballos relinchaban, perdidos, sin ninguna pista de Brigitte. Un espíritu hecho añicos no deja huellas. Se arrodilló y con su hija al pecho, entre lamentos, se despidió con palabras: Adiós Andrew. Para siempre. Cuidaré… cuidaré de ella.
Acercó a su criatura y abrió el saco. Al verla imaginó sus ojos y matizó el infinito. Introdujo la mano para acariciar sus carrillos y mimó tantas estrellas como pudo diciendo: Papá te llamó poesía. Me dijo que no podría vivir el resto de sus días imaginando qué serías… en qué te convertirías. ¿Sabes qué le contesté? Que te sentía. Y lloré… Así es, eres poesía… mi dulce hijita. Poesía.
Comentarios
Qué noche pesada y larga, debió pensar Lira tirada en el camastro al mismo tiempo que enredaba su dedo en los rizos de su vida y dejaba adrede sus pies al descubierto para sentir las corrientes de aire viajar de una lado para otro de la habitación. Tan complejo se había vuelto aquello de dormir que pasaba las noches enteras en vela mirando el cielo desde la ventana del techo de su casita victoriana, arropada por mantas, cazando estrellas y guardándolas bajo la almohada, en el mismo lugar donde albergaba aquellas dudas que conseguían atesorar la llama ardiente de su ser.
Lira era una mujercita con un sinnúmero de ideas y teorías en la cabeza. Tantas que si ponía las ideas encima de sus teorías o viceversa, podría alcanzar el cielo.
¡El cielo! ¡Hay tanto que ver allí y yo aquí, sin embargo, aburrida y sin poder dormir!
Cazó una estrella.
¿Qué es eso?
Se abrió paso en su cama y al llegar al final de ésta se puso de puntillas en el borde del cabecero de madera e intentó estudiar eso que advirtió en el cielo. Pero no alcanzó a distinguirlo con claridad suficiente.
¡Hum!, gruñó mordiéndose el labio inferior volviendo a enredar su dedo en un rizo. Inaudito. Sin duda que lo es.
Bajó corriendo las escaleras de caracol y salió a su pequeño jardín, despertando a sus begonias.
¡Hum!, volvió a resoplar. Extravagante… ¿Una… gotera? ¡Hay una gotera!
La noche era tan clara. Y tan silente… Que por si nadie en el condado se enteró, Lira repitió: ¡Hay una gotera en el cielo!
En efecto. El cielo se había roto en algún lugar y debía de tener una grieta o fisura por donde goteaba.
¡Hum! ¡Hum!, insistió (¡Cómo disfrutaba Lira carraspeando ¡Hum! ¡Hum!). Si nadie arregla esto, corremos un grave peligro. Podemos... ahogarnos. ¡Ahogarnos!
¿Nadie se da cuenta?
¡Cáspita!
Corrió escaleras arriba, abrió su armario y buscó su traje especial; ése con el que podía subir muy alto.