Buenas, no sé si es la categoría correcta para el relato, fue donde me pareció más acorde postearlo.
El fantasma llevaba muerto algunas décadas. Era un trompetista reconocido del underground neoyorquino. Los bares eran su casa, y su casa era como su segunda casa. Había fallecido en un pequeño accidente en un hospedaje. Se había electrocutado con el tocadiscos cuando quiso encenderlo, después de bañarse, para vestirse escuchando algo de música. Lo encontraron dos días después, cuando el muchacho de la limpieza lo encontró chamuscado en el suelo. No encontraron vínculos familiares y su cuerpo fue a parar a la morgue de una universidad de prestigio. Su alma, sin embargo, deambulaba tanto como lo había hecho en vida.
Siempre dentro del mismo hospedaje, el fantasma presenciaba las vidas que aun no expiaban, y así, en la muerte, vivía las vidas de otros. No tenía idea de que años más tarde eso se pondría de moda entre los vivos y su gran burbuja neoliberal.
Un sábado por la mañana, viajaba por las tuberías del lugar, le entretenía bastante revisar los inodoros, tomar atajos saliendo por las canillas y demás. Cuando se aburrió, se metió en la habitación donde se hospedaba una joven mujer. Había sentido la presencia de ella ingresar al establecimiento esa madrugada, y las vibraciones trémulas lo atrajeron; eran sus preferidas. Vestida como para salir, despeinada y con el maquillaje corrido, tomaba coñac de una botella, sentada al borde de la cama con las piernas abiertas. Estaba bastante ebria. La pobre lloraba y murmuraba.
El fantasma se fundió con el coñac y aguardó hasta ser ingerido. A medida que iba ingresando en su cuerpo, sentía la angustia como un combustible de mala calidad. Visualizó un hombre furioso, con la camisa desprendida que embestía con golpes de puño, reventaba vajillas contra la pared y pateaba sillas. Le pedía que se tranquilice, que había olvidado sacar la plata y que no faltaba mucho para el lunes; pero él sencillamente no paraba. Lo mejor había sido esperar a que todo pase, aguantar los golpes, juntar algo de ropa, papeles y algunos billetes, para irse. Lo hizo y tomó un taxi. En el camino el taxista le decía que se veía muy mal, que si conocía la línea gratuita para mujeres víctimas de violencia de género, pero ni la burocracia era eficiente, ni el anonimato era una garantía. Pagó y se registró en el hospedaje. Salió a comprar cigarrillos y una botella de coñac. Se tiró a beber, a fumar y a pensar, digerirlo y vomitarlo todo. No fluían los “por qué”, pero la memoria tarde o temprano acomodaba todo, casi como el alcohol.
Pasaron las horas tan lentas como carretas tiradas por burros mal alimentados. Pero percibía un avance, en un camino bacheado, oscuro.
Estaba en la cúspide del malestar, de la soledad. Y de repente, sin saber por qué, sin una reminiscencia causal clara, sintió que la soledad comenzaba a desgarrarse, dando paso a una tenue luz que crecía dentro suyo y le acariciaba las entrañas. Se fundió con ella, con todo lo que inundaba por dentro y la nada de afuera.
No duraría mucho, pero lo importante era compartir.
Comentarios
Sólo he visto un par de cosillas chirriantes:
- La primera frase creo que sobra, el título ya habla de un fantasma, y una vez acabada la descripción del fallecido vuelves a decir que su alma deambula. Economía.
Aquí repites el mismo verbo en la misma frase. Podrías sustituirlo por "Dos días después el muchacho de la limpieza encontró su cuerpo chamuscado en el suelo" o similar.
Esperando ser de utilidad, como siempre.
Saludos!.