En homenaje a Pepito Avellaneda, maestro bailarín.
Hasta el nombre era feo. Floro. Floro Avendaño. El Floro era un pequeño hombrecito que no llegaba al metro sesenta de altura. Usaba tiradores de seda cruzados por la espalda, anchos pantalones negros con rayas blancas, camisas de seda invariablemente negra o azul oscuro, zapatos negros de taco tanguero. Ese era el Floro. Un tipo piola aunque a veces algo huraño. Desde pibe le gustaba el baile, especialmente el tango y con los años, ya andaría rondando los 50, se puso un saloncito para enseñar a bailar tango y milonga solamente. Nada de pasodoble, tarantela o ranchera, porque esa música no le gustaba….yo sólo “curto” tango, pibe, decía con esa voz finita que tenía.
Se instaló en un saloncito de la zona de Barracas. Era algo chico, pero con el tiempo logró alquilar un local grande en la misma cuadra; lo pintó totalmente y le hizo arreglos hasta dejarlo en buenas condiciones. “Mi academia”, así la llamaba. Y realmente tuvo éxito; mucha clientela fue rotando gracias a la recomendación boca a boca de sus alumnos. El Floro iba cumpliendo con sus sueños, hasta que un día cayó una linda flaca a su “academia de baile”.
No se sabe bien que pasó entre ellos, yo creo que nada, pero al tiempo, una noche en el barcito de siempre, llegó el Floro agobiado, hasta se diría que había estado llorando. Se paró en el mostrador, al que apenas le sacaba una media cabeza de ventaja y pidió un vino. Raro, porque el Floro no bebía. Me le acerqué y hablé un rato con él. Lo llevé a mi mesa, y él solito sin que yo le pidiera que me hable, comenzó con el asunto.“La piba llegó con una sonrisa ancha como la Nueve de julio, así como te digo, negro, llegó piolita y sin el temor normal de las principiantes, llegó como si hubiera estando llegando desde siempre, me entendés…. Tenía unas patas… qué madre mía, y el resto ni te cuento. Pero, sabés…. lo más lindo eran sus ojitos, parecía una ratita…viste… negro, los ojitos de lo’ ratones que parecen un carboncito encendido, curiosos y traviesos…lo’ viste negro alguna vez…. puta, no sé para qué te cuento si no manyás nada de estas cosas. Bueno, sabés, apenas la piba se preparó y se puso las pilchas pa’ bailar, se vino donde yo estaba, y qué lo parió, caminaba como una reina y no les daba pelota a las otras que cuchicheaban por lo bajo; bueno, eso siempre pasa cuando llega una mina nueva, pero en este caso las mujeres se quedaron con la boca abierta, pero mudas, creo que se pusieron como nerviosas…qué se yo.. Le pregunté como se llamaba y me contestó “Ana María”, pero puede decirme “Yaya”, que es como me llaman todos los que me conocen. La llevé al saloncito naranja donde en esos momentos no había parejas bailando y le dije: Yaya… ahí tiene una silla, se sienta y me escucha. Aprobó con un movimiento de cabeza pero no dijo nada. Yo la miraba directamente a esos ojos de ratoncito, y estos parecían encenderse con un brillo penetrante. Un instante después, le dije cortito: Mirá piba, “vo” escuchá la música desde que apenas comienza a sonar la vitrola, ¿Me entendés? Y oí bien la música, que para bailar no sólo hacen falta las “tabas”, bueno, digo las piernas, sino que hace falta tener buena oreja, ¿Me seguís? Después yo te hago bailar…uno, dos, tres, cuatro,…uno, dos… y “bailá, seguí la música, que yo te llevo y “vo’ bailá”, ¿Está claro? Te dejo un ratito, tengo que ver como van los otros; enseguida vuelvo y comenzamos.
Y sabés una cosa, negro, yo, de entrada, en las primeras lecciones, había visto en esta mina una bailarina bárbara. Me decía para mis adentros...esta va a ser la mejor de todas, esta tiene ángel, tiene música adentro. Y así fue nomás, pero luego de un año se fue. Hace poco nomás, se fue así como vino, de improviso; y al tiempo me contaron que se la llevó un marinero polaco… ¿Cómo habrá hecho pa’ levantarla, si chamuyaban distinto? No hay caso, los barcos llegan y casi siempre traen malos presagios, y cuando parten, de cada puerto se llevan la luna y te dejan una noche muy oscura….y como ahora, también se llevó otra luz, tan linda, tan intensa, ese polaco se llevó a la piba y se llevó el brillo de sus ojos de ratoncito; es así nomás, por eso no me gustan los barcos.” Hizo una pausa y siguió…” Pero bué…ya está, ya se fue, aunque es una pena que de la forma como aprendió a milonguear, se podía haber quedado y hasta me podía haber ayudado a mí, viste, como una secretaría, pero sin silla ni escritorio, y se hubiera ganado unos buenos pesos…..; negro, me oís, ¡pero si te estás apoliyando!…que lo parió ..negro, vo’ no sos compinche pa’ escuchar a un amigo que anda con una cosa así como parecida a un dolor medio clavado aquí en el pecho… eso sí, dolor chiquito nomás, no te vayas a pensar que yo….., ma’ sí, seguí durmiendo...” No terminó la frase, se levantó, llamó al mozo, pagó el gasto de la mesa y se marchó.
Cuando salió del bar, abrí los ojos y dije para mis adentros…. “Está bien Floro,….estas cosas nos han pasado a todos, sólo que a vos esta historia que me contaste te va a pasar muchas veces, porque como vos decís.. “yo curto el tango”, y el tango es compinche del dolor, y lo que duele nos endurece, nos hace más resistentes a la infección de ese bichito que llamamos amor...pero a veces también nos tumba, pero todo eso pasa también con el tiempo. Y sí, hoy tendrás que volver a casa con el corazón deshecho, las manos vacías, volver allí, donde están los fantasmas, la música triste y todo eso que vive con vos; sí, Floro, todos volvemos a casa después de una larga noche, todos; también vuelve a casa el marinero que se llevó la piba, a casa, desde el mar, y a casa vuelve el cazador que baja desde la montaña….”Y ya no pensé en nada más; tenía sueño, mucho sueño
FIN
Enero 2009
Comentarios
Yacaré
Es Un Gusto Leerte Hermano,realmente Un Gusto:):):)
Gracias amiga por leerme y gracias por tus comentarios.
Un fuerte abrazo.
Ah! vivo en la Patagonia, en el Valle de Río Negro.
Lo de Chamigo, Corrientes y el yacaré, me viene de otra parte que un día te contaré.;):)
Yacaré.