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"Rutinas" (un relato de 2510 palabras)

Federico ManuelFederico Manuel Anónimo s.XI
editado julio 2010 en Otros
Mi nombre no tiene importancia, pero diré que me llaman Ray, el sargento Ray “Smile”, porque nunca sonrío; que pertenezco a la cuarta brigada de la primera división de infantería, de Fort Knox, en Kentucky. Y confieso que amo a mi patria…


—¡Arrrgh! —graznó un ave de llamativas plumas de colores.


…y a mi loro, aunque no hable. El hombre de la tienda de mascotas me aseguró que con un poco de paciencia el animal acabaría por mantener conversaciones, un poco surrealistas me atrevería a decir yo, pero conversaciones al fin y al cabo. Para alguien que siempre ha vivido solo tiene mucha importancia verbalizar los pensamientos, exteriorizar sentimientos; y aun más para un tipo como yo (al menos eso es lo que mantienen los psicólogos del ejército).


—Son animales muy intuitivos —afirmaba el hombre de la tienda de mascotas—, son ellos los que juegan con nosotros... ¡Nos estudian! Son capaces de repetir determinadas palabras que saben que nos divierten, nos molestan o nos entristecen… Comprar un loro no es comprar una mascota, es tener un amigo en casa.


El vendedor sostuvo la mirada en silencio. Sólo faltaba su mano encima de mi hombro, para convencerme de que no podía haber hecho mejor elección. No importaba el hecho de que aparentara ser un tipo anormal, incapacitado para las relaciones sociales; aceptaba los prejuicios que pudiera tener sobre mí, porque no tendría más trato con esa persona. Pero ay de él si hubiera puesto esa mano en mi hombro… “Le habría dislocado el brazo por tres sitios”.


—Está bien, amigo, me ha convencido —dije sin poder reprimir la idea absurda de que cuando ese hombre llegara a su casa se encontraría con la misma mujer de los últimos veinte años de matrimonio, que le recibiría con un gruñido y que en la cama el único calor lo encontraría con el roce de las mantas. “Yo sin embargo me follo a unas putas buenísimas siempre que quiero y nunca me dan el coñazo en casa”. Sonreí, ya estábamos en paz. El vendedor me devolvió la sonrisa.


—Hola… hola… hola… —dije yo nada más llegar a casa y ubicar la jaula en el salón.


Tal vez le intimidaba que le observara como a un recluta, estudiando sus rasgos, deduciendo su carácter y sopesando una respuesta probable, porque el loro retrocedía en su jaula. No lo puedo evitar, siempre miro a los ojos... y cuando no los tienen, como un tanque o un helicóptero, me los invento en la boca del cañón o en el cristal que protege al piloto.


—Hola… hola… hola…


Traté de suavizar mi voz, de dulcificar el tono, de no taladrarle el cráneo con la mirada…


Pero mi loro nunca habló, ni una palabra. Sólo gritaba, agudos exabruptos que ponían a prueba mi paciencia. No importaba, soy un producto del gobierno republicano y sé que no hay nada que resista a la rutina, a una vida regulada al cumplimiento estricto de unas normas.


De este modo procedí al saludo triplicado en cuanto llegaba a casa, normalmente a media tarde, después de comer, y por la noche. También saludaba por triplicado por las mañanas, nada más levantarme de la cama. Eran las únicas palabras que le dirigía al testarudo animal, y hasta que no se las aprendiera no iba a dirigirle otras.


Habían transcurrido casi tres meses desde la adquisición de mi nuevo “amigo” alado, pero todavía no había aprendido a decir “hola”, y sólo cuando estaba de buen humor se dignaba a contestar a mi saludo con sus estridentes gritos. Probé a retirarle el alimento en las horas diurnas y dosificar lo justo por la noche, para que se alegrara de verme —al satisfacer su necesidad más perentoria— y me hablara.
No hubo manera.


—¡Arrrrrgh! —chilló el loro.


Me encendí un cigarrillo y procedí a desmontar mi arma reglamentaria, una beretta 92. Era una rutina más de las que regulaban mi vida. Limpiar y engrasar sus partes me ayudaba a calmar la ansiedad, incluso en los días que no había tenido ocasión para su uso. Me ayudaba a dormir. Amartillé el arma varias veces, para confirmar el comportamiento perfecto del arma.


El característico sonido de sus piezas metálicas en fricción era música en mis oídos. “Soy un hombre de acción”, suspiré anhelando una bocanada de gasolina quemada de un vehículo de guerra. “No te estás pudriendo, Ray…”


—¡No te estás pudriendo en este campamento de mariquitas!

Suspiré otra vez, había gritado una vez más. Tenía que calmarme, controlar la agresividad, los psicólogos y sus dichosos cuestionarios podrían provocar un cambio de destino aún peor, como ordenanza de algún alto cargo que la burocracia militar siempre necesita. El loro me ayudaría.


Y me volví hacia él con una sonrisa torcida. Todavía no había pronunciado mis tres “holas” cuando el loro retrocedió acobardado. Sería tan fácil estrangular ese gaznate hacedor de ruidos desagradables, ¿quién me lo impediría? ¿Los psicólogos? Estiré la mano y… apagué el interruptor de la luz. Me dormí con mi habitual desasosiego, imaginando vidas en las que yo era feliz hasta que el sueño misericordioso me arropó de inconsciencia.


—¡Clic clack! ¡Clic clack!


Ese ruido era reconocible de entre un millón, y sólo lo producían las armas automáticas al amartillar el percutor. A las cinco y cuarto de la mañana, era obvio que no lo había hecho yo, a no ser que fuera sonámbulo y tuviera un arma en las manos. No era el caso… ¡Había alguien que se disponía a dispararme!


Con el sabor de la adrenalina en la boca salté de la cama, rodé por la moqueta de la habitación hasta situarme detrás de la cómoda y traté de recomponer la escena desde una situación menos peligrosa. Amartillé mi arma.


—¡Clic clack! —sonó mi arma— ¡Estoy armado y voy a disparar a matar! —grité.


—¡Clic clack! ¡Clic clack! —amartillaron nuevamente unas armas desde el salón.




(continuará...)
Conoce el final de este relato en Te voy a contar un cuento

Comentarios

  • Federico ManuelFederico Manuel Anónimo s.XI
    editado julio 2010
    La verdad es que no sabía muy bien en que sección ubicar este relato, porque aunque tenga algo de suspense y de humor, quedaba demasiado flojo en ambas categorías. Espero que les gusten. Un saludo.:)
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