Este es definitivamente un lugar tranquilo. He vivido aquí por mucho tiempo, desde que era niño. Aún lo recuerdo. Lo recuerdo aunque olvido de vez en cuando tomar los medicamentos que mi familia me ha procurado.
Somos pobres, pobres, pero felices; si es que se puede decir aquello. Los pequeños en ocasiones no comen, pero respiran el aire puro de nuestros cerros. Y es que no es elección, se debe ser feliz con lo que se tiene.
Para los niños es fácil, para los niños de mi pequeña María. Pero a María el juego con muñecas de trapo no le enseño a ser madre. Si alguna vez escuchara. Cuado lo hace no entiende. Me parece que la televisión le vendió la felicidad como algo material, algo que se puede comprar; pero nosotros no podemos pagarlo, y entonces, ella no es feliz.
¿Cómo se le puede obligar a un hombre que trabaja 16 horas en el campo a comprar la felicidad por paquetería?
Los niños juegan y no entienden aquello, así es mejor. Que bueno que tienen sus ojitos cerrados y sus muelas picadas. Que bueno que nada les importa. Tan sólo sus juegos. Tan sólo…
En las noches veo a las familias salir a tomar el fresco y hablar por horas, tomar sus cafés y ver las estrellas. Las estrellas, que los que compran productos milagrosos de belleza no ven ¿Para qué, si se tiene crema en el rostro? Yo tengo mi familia.
Recuerdo la tarde en que el aparato nos robó la felicidad, los cerros, las estrellas. Aquel día María gritaba. Habíamos ganado segundo premio de la lotería. Unos cincuenta mil pesos aproximadamente. La casa, la pequeña y frágil casa se fue llenando de regalos, juguetes, vestidos y otro televisor, esta vez a color.
Mis niños, mis pequeños, dejaron de ser felices; sonreían, sonreían, pero no eran felices. Y fue peor, lo recuerdo. Fue peor cuando los juguetes, regalos y vestidos dejaron de ser suficientes. Después, recuerdo. Cuanto más teníamos, más nos hacia falta. Incluso mis niños, mis niños con las caritas sucias, mis pobres infelices; ya ni siquiera recordaban haber sido felices, haberse divertido con lodo y piedras.
Un día, todo eso se terminó; no había para comprar juguetes, regalos y vestidos. Pero jamás volvieron a ser felices, necesitaban lo que ya no podíamos darles.
Dejaron de mirar la luna, el aire no los saciaba. Huyeron de casa, lo recuerdo bien.
Y jamás, y jamás serían felices al oír cantar un pájaro. Incluso no recuerdan haberlo sido una vez…
Comentarios
he disfrutado mucho de esta lectura:)
un beso.
Desde que nací, jamás he vuelto a ver, aparte de a mi padrastro y a mi primo, mirar a las estrellas cada noche y disfrutar con ello.
Un saludo
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emoticones haciendo la ola !!!
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