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Guerras ajenas

HalcyonHalcyon Anónimo s.XI
editado octubre 2010 en Ciencia Ficción
Hola. Me presento rápidamente antes de pasar a comentar el relato que dejo por aquí. Soy aficionado a la ciencia ficción, vertiente hard. He conocido este foro porque alguien ha dejado e link en sédice. Esa es una web dedicada a la ciencia ficción dónde entre otros muchos foros hay uno, tierra de leyendas, dónde a gente deja sus reos. El problema es que allí csi todo el mundo publica fantasía, que es un tema que me entusiasma muy poco. En consecuencia no sé nunca que comentar de esos relatos, y claro,queda muy mal dejar los míos y que la gente comente no corresponder. He visto que en este foro concreto si hay, como dice el título, ciencia ficción, así que veo que no tendré ese problema.

Unas breves líneas sobre el relato, del que llevo escritas ya tres partes: Es CF un poco al estilo de Joe Haldeman, o eso pretendo, aunque con algunas diferencias fáciles de discernir. A ver que os parece.



El sargento me da escalofríos. No sólo a mí, toda la compañía comparte el mismo sentimiento, incluyendo nuestros mandos alienígenas. Pese a ello estamos agradecidos de que este con nosotros. De no ser por él hace mucho que todos habríamos perecido en esta maldita selva engendrada en algún remoto infierno e importada a nuestro planeta por los enemigos de los extraterrestres que una década atrás se habían adueñado de nuestro planeta.

Es noche cerrada y aunque sabemos que hay luna llena bajo el dosel de los tupidos árboles no se ve una mierda sin las gafas de visión nocturna. Hoy ha sido uno de los más cálidos del año, con temperaturas de algo más de 50 grados al mediodía. Miro a hora, son las 2 de la noche, pero no ha refrescado ni una pizca. El calor es asfixiante, la humedad hace que la ropa se pegue al cuerpo como la hubiesen empapado en algún tipo de tegumento viscoso que actuase como adhesivo. El exoesqueleto de combate ayuda en parte a sobrellevar el asqueroso clima: carga buena parte del peso corporal, sin él moverse sería una tortura y correr más de cien metros una hazaña imposible; también cuenta con una reserva de oxígeno puro a la que recurrimos cuando el aire de la jungla se vuelve demasiado sofocante para respirarlo sin jadear.

Camino al lado del sargento, ligeramente detrás suyo. Acabo de fijarme en que no oigo el sonido de los servomotores de su exoesqueleto. Ajusto la nitidez del sistema de visión y consigo distinguir que no lo lleva puesto. Pese a ello lleva consigo el resto del equipo reglamentario, que pesa alrededor de 40 kilos y se mueve con él con total ligereza, sin signo alguno de fatiga. Prefiero no pensar ahora en como es posible eso, tengo cosas mas urgentes de las que preocuparme, como por ejemplo mantenerme con vida hasta que amanezca.

Nuestra misión actual es rutinaria, localizar cualquier criatura hostil que haya en los alrededores y eliminarla antes de que ella nos masacre a nosotros. Si teníamos suerte nos toparíamos con algún animal diseñado para hacer parecer al peor de nuestros dinosaurios carnívoros un tierno corderito. Si la suerte nos era adversa seríamos asesinados – a excepción del sargento, claro – por algo que no dejaría un rastro que permitiese los que encontrasen nuestros restos identificar sus características.

El traje emitió un suave zumbido que indicaba la cercanía de uno de nuestros jefes aliens. Giré la vista hacia dónde el indicador marcaba su posición pero no pude verle. Deduje que llevaba activado el sistema de camuflaje electromagnético multifrecuencia que lo volvía invisible al rango óptico de los humanos, a los infrarrojos, ultravioletas y quien sabe cuantas longitudes más de onda. El sargento también había vuelto su cabeza hacia esa posición y empezó hablar en la lengua de los aliens, o, para hablar propiamente, el idioma que estos habían creado para poderse comunicar verbalmente con los humanos. Yo apenas lo entendía, pero el sargento lo hablaba con fluidez. Se rumoreaba que el sargento había sido uno de los primeros humanos – si es que alguna vez había sido tal – en contactar con ellos. Si lo que se contaba era cierto ya había sabido de su existencia antes de que las naves extraterrestres apareciesen en el espacio aéreo terrestre para apropiarse de las reservas de petróleo y poner en jaque a la civilización terrestre sin necesidad de disputar una guerra digna del nombre. Los cuchicheos decían que mientras los aliens reformaban las sociedades de nuestro planeta para convertir la tierra en una inmensa fábrica dedicada a construir el material militar que necesitaban para librar la batalla interplanetaria en la que estaban envueltos el sargento había sido enviado fuera del sistema solar a pelear en distantes batallas entre facciones alienígenas. Eso se oía, sí, pero casi nadie se atrevía a preguntarle al sargento por la veracidad de esas historias. Cuando algún novato era lo bastante imprudente como para inquirir directamente sobre el particular el sargento se limitaba a dar evasivas amables. Si el pipiolo era lo bastante incauto como para insistir el sargento recurría a la socarronería. Realmente nunca llegaba a ser desagradable, pero era firme en su hermetismo y la gente simplemente terminaba desatiendo de intentar obtener una respuesta directa de él. Otra cosa eran los aliens. Uno nunca podía saber muy bien lo que pasaba por la cabeza de un ser nacido a la luz de una estrella diferente del sol, pero al menos se podía conversar con ellos y obtener información. Además había comprobado que a los aliens les interesaba hablar sobre el sargento. Por lo visto el sargento infundía temor incluso en esas criaturas extraterrestres cuya tecnología estaba tan por encima de nuestro nivel actual como la nuestra lo estaba respecto a la de los indios precolombinos.

La conversión del sargento y el alien concluyó. Creí entender que se había detectado un posible depredador del tipo roannom cerca del campamento kappa. Ese acuartelamiento pertenecía a las divisiones del turno de día y en esos momentos sólo habría unos pocos guardas patrullando el perímetro. Eso bastaba para repeler incursiones comunes, pero un roannom representaba un grave peligro. Los roannom eran unos carnívoros cuadrúpedos de casi media tonelada de peso. Eran criaturas compactas y muy fuertes. Eran originarias de un planeta cuya gravedad casi triplicaba a la terrestre. Contaban con un esqueleto falible, como los vertebrados terrestres, pero también disponían de una cubierta externa muy resistente, formada de una sustancia similar a la quitina de los insectos, aunque bastante más flexible. Su mandíbula tenía una disposición horizontal y era levemente parecida a la de las hormigas terrestres capaces e partir a un hombre por la mitad, incuso con a armadura del exoesqueleto puesta. Pese a su aspecto terrorífico no carecían de inteligencia y de recursos predadores. Podían, por ejemplo, segregar una sustancia pegajosa e inodora que pulverizaban con una pequeña probóscide sobre la maleza. Si un animal tenía el infortunio de atravesar la zona en cuestión el líquido saltaba sobre sus cuerpos y penetraba en el torrente sanguíneo. Una vez allí tenía un efecto paralizante sobre la víctima. Aparte de eso el contacto con el calor corporal provocaba que una pequeña parte de la sustancia se evaporase en un fétido gas que el roannom podía oler desde cientos de metros de distancia, incluso en una selva tupida como aquella.

Se armó de valor y decidió preguntarle al sargento si había entendido bien y si la compañía kappa estaba en peligro. Después de todo en esa compañía había algunos buenos colegas y si estaban amenazados quería asegurarse de que recibiesen ayuda. El sargento hizo una pausa antes de responder e hizo un gesto que posiblemente fuese una sonrisa, pero que con el sistema de visión infrarroja pareció una mueca.

– Efectivamente soldado Martínez, hay un roannom cerca del campamento kappa—dijo en un murmullo el sargento.

– ¿Y que vamos a hacer al respecto, señor?, me atreví a añadir.
– El mando kukosha – los kukosha era la denominación de los aliens a los que servíamos – ya ha avisado al campamento para que estén alerta. El mando sospecha que ese roannom no es una amenaza aislada y hay algo más que se propone atacar ese asentamiento, aunque no saben los detalles.

– ¿y que vamos a hacer nosotros, señor?— añadí sin pensar.
– ¿seguir hablando para dejar meridianamente clara nuestra posición al enemigo para que puedan elegir como atacarnos o intentar desplegarnos en silencio y ver si somos capaces de localizarles nosotros a ellos? ¿Usted que prefiere Martínez?

En ese momento me di cuenta avergonzado de que, movido por la preocupación por mis colegas, había estado haciendo las preguntas en voz excesivamente alta. Un jefe militar al uso se habría tomado muy mal mi indiscreción, pero no el sargento. El sargento era muy buen tipo. Nunca había estado en el ejército antes de la invasión alien y sus modales eran los de un civil. Para mí, que era militar de carrera y había llegado a ser oficial de alta graduación el ejército de mi país, las cualidades castrenses del sargento me parecían bastante dudosas. Pero caro, mi país, como el resto, ya no existía. Ahora era una zona geográfica como cualquier otra al servicio del imperio kukosha. Y en ese ejército yo era un simple soldado raso. Y nuestro sargento era el militar de mayor graduación gracias a un hecho muy simple: él había sobrevivido sin mayor percance durante casi un año en una zona dónde cualquiera que hubiese permanecido destacado allí más de tres meses se había convertido en un cadáver.

Comentarios

  • HalcyonHalcyon Anónimo s.XI
    editado mayo 2010
    Seguimos avanzando por la enmarañada jungla. En algunos puntos la vegetación era tan tupida que sólo dejaba angostos paso por dónde o bien debíamos pasar de uno en uno o bien dar marcha atrás y buscar un camino alternativo. El sargento siempre nos instaba a elegir la segunda opción, lo cuál nos suponía a veces enormes retrasos. Los hombres no entendían tanto desvío y empezaban a ponerse nerviosos. Había murmullos transmitidos por la radiometría de los trajes protestando. Muchos se preguntan porque tomar tantas precauciones por un maldito bicho. Argumentaban que sin duda podría ser un animal muy chungo para los civiles. Tal vez incluso para policías armados con pistolas de pequeño calibre si realmente la piel de la criatura era tan dura como se advertía en los manuales que le entregaban a uno cuando le traían a la zona de combate. Pero ¡coño! ¡Ellos eran el puto ejercito!. No entendían porque yendo armados hasta os dientes, y estando prevenidos, debían toma tantas precauciones por culpa de un puto bicho.

    Al final las protestas llegaron a los oídos de los mandos y vi como un de los kukosha, esta vez sin el camuflaje activado, se dirigía hacia el sargento. Oí como discutían acaloradamente. Resultaba claro que el sargento era totalmente reacio a permitir que la compañía fuese en algún momento por un camino previsible. Pero el planta, y por tanto el ejercito, estaba en manos de los kukosha y terminaron imponiendo su autoridad. Cuando se comunicó que no se darían más rodeos hubo un murmullo aprobatorio. Yo tampoco entendí la preocupación del sargento, y deseaba llegar cuanto antes al campamento. Pero en las pocas semanas que llevaba en ese lugar de horror y muerte había comprendido que sólo había una regla fiable para seguir con vida, hacer caso al sargento.

    Por eso cuando llegamos a otro de los pasos estrechos tomé una decisión arriesgada. La compañía, según lo decidido, enfiló el pasillo en fila india. Se tomaron unas precauciones mínimas, por supuesto una avanzadilla de cuatro hombres. Estos pasaron sin toparse con ninguna resistencia hasta llegar al siguiente ensanche de la vegetación dónde se apostaron para cubrir al resto de cualquier posible emboscada. El sargento permaneció en todo momento al borde de pasillo, mirando aquí y allá, siempre a zonas dónde no parecía haber nada. Ese era el tipo de cosas que hacían que infundiese un terror irracional en la tropa. En una ocasión observé que había fijado su mirada durante más tiempo del habitual en una cierta zona y, simplemente por curiosidad, miré yo también hacia el mismo lugar. Usé todas las longitudes de onda que permitía ver el traje: infrarrojos, ultravioletas y luz visible. Y usé al máximo el zoom para cada una de esas regiones del espectro, pero no vi nada anormal, absolutamente nada. Cuando ya había pasado toda la compañía, excepto los kokusha el sargento y yo mismo hubo una pequeña discusión. El sargento informó que se negaba a pasar por el pasillo y que prefería escalar los árboles, atravesar el paso saltando de rama en rama y que ya se reuniría con los demás al otro lado. Los Kokusha eran reacios a esa idea, pero tampoco querían enfrentarse de manera abierta al sargento así que le dejaron seguir adelante con su excentricidad. Yo pedí permiso para seguir al sargento, en español, claro, pues no hablaba la lengua oficial lo bastante bien como para estar seguro de que decía exactamente lo que pretendía y no cometía algún imperdonable error fortuito. El sargento trasladó mi petición a los kokusha que aceptaron sin mayor ceremonia. Posiblemente me consideraban un ser insignificante y no les importaba mucho mi suerte.

    Cuando la silueta de los kokusha se desvaneció en el oscuro túnel formado por la vegetación el sargento me preguntó:

    --- ¿a que ha venido esa petición, hombre? – Creí que tú eras de los que seguía a pies juntillas la opinión mayoritaria.

    -- Sí mi sargento, así suele ser, señor — le concedí sin ambages pues realmente era cierta su afirmación.

    -- ¿Entonces? ¿A que se debe esto soldado Martínez? ¿Le gusta trepar? ¿O acaso cree que le debo dinero y no quiere perderme de vista? – dijo con tono de broma.

    -- No sabría decirle, señor. Es una intuición. Usted es el más veterano aquí, vive cuando otros fallecen. Tendrá sus motivos para hacer lo que hace, supongo – aduje dubitativo.

    --Ya ¿y usted no cree como el resto que lo que me mantiene vivo son mis poderes mágico, o alguna otra superchería del estilo?

    Me sorprendió sobremanera que el sargento sacara a colación esas habladurías. No sabíamos que estuviera al corriente de las mismas, pero tampoco resultaba muy sorprendente..Lo que si era inusitado era que hablara abiertamente del tema.

    --Yo…señor…de cuchicheos de marujas no quiero saber demasiado, señor. Sí que se dicen cosas, pero ..no se, señor, yo en mi país era ingeniero militar…no he creído nunca en brujería – conseguí responder pese a los nervios que me estaba generando la situación.

    -- Ya, pues debería .creer Martinez, debería.—dijo asertivamente el sargento.

    -- ¿Cómo? – exclamé totalmente confundido. –Perdón señor, tenía entendido que antes de la ocupación usted era un distinguido científico, físico, si no me equivoco. No esperaba que un científico apoyara las supersticiones, si no es irrespetuoso por mi parte decirlo, señor.

    -- Jaja, ¿distinguido científico? Hay que ver lo que hace la rumorología…Mire Martinez, sin entrar en detalles, tal vez si fuese un buen físico, pero no era precisamente uno distinguido con honores académicos. Pero una cosa le voy a decir, y no como un superior militar a un subalterno sin como dos personas de ciencia hablando desenfadadamente en una cafetería. Mire, antes de la ocupación de la tierra la ciencia tenía una explicación satisfactoria para todos los fenómenos cotidianos, e incluso para la mayoría de los exóticos. Pero las cosas han cambiado radicalmente. Ahí fuera hay seres inteligentes que han desvelado secretos del universo que nosotros sólo empezábamos a vislumbrar. Hay culturas muy diversas que funcionan de maneras insospechadas. Los caminos de la evolución han creado seres de características que no se parecen a nada visto aquí en la tierra. Incluso si alguien no cree en lo sobrenatural debe lidiar con el hecho de que es un ignorante y que a veces es mas conveniente guiarse por el instinto, y sí, incuso por conductas supersticiosas si quiere sobrevivir. Eso no significa que deba renunciar a las explicaciones científicas, pero a veces estas quedan demasiado lejos de los conocimientos de uno.

    -- ¿Y por eso debemos volver a comportarnos como monos y subir otra vez a los árboles? Respondí indignado, olvidándome de las jerarquías castrenses.

    --jaja, ¿está replanteándose su decisión? Todavía esta a tiempo, por supuesto—respondió burlón. – Pero mire, en este caso le puedo asegurar que hay motivos muy mundanos para no ir por ahí. Los kukasha saben en que consisten, aunque han aceptado correr el riesgo. La tropa sin embargo no son conscientes de a que se enfrentan. He revisado la información que se entrega sobre los Ransom en sus manuales y he visto que es muy incompleta.

    --¿Cómo? ¿Y sabiendo eso les ha dejado pasar? – grité, cada vez mas enojado
    -- Mucho me temo que los manuales no son incompletos solamente sobre los roannom. Hay muchas cosas que no dicen. Algunas deliberadamente, otras por error, y otras sencillamente por ignorancia. Mire soldado Martinez, esto no es una selva de criaturas salvajes, es una zona de guerra. Las guerras interestelares son caras y el transporte de pesadas tecnologías a distancias interestelares es tremendamente costoso. Para atacar un objetivo tan secundario y retrasado como es la tierra es más sencillo recurrir tácticas como la guerra biológica.

    -- ¿Guerra biológica? ¿Ese roannom es un poco grandecito para tratarse de un virus, me parece a mi – repliqué irónicamente.

    - ¡No me sea tan provinciano, Martínez! La guerra biológica no son sólo microbios. Mire, ese roannon, como muchas otras criaturas, ha sido traído aquí como un embrión que no ocupa apenas espacio en una nave espacial. Una vez aquí se le ha hecho crecer en una placenta artificial y luego se le ha soltado para que se reproduzca de manera natural. Fíjese, hay animales por aquí de los que no se sabe casi nada, pero no es el caso de los roannom. Esas criaturas, la versión original, son la especie dominante de su planeta. Pero han sido modificadas una y mil veces por ingenieros genéticos con siglos de experiencia en su trabajo. Los han convertido en criaturas especializadas en atacar civilizaciones con armas al estilo de las nuestras. Le puedo segurar que un fusil de asalto no es una ventaja definitiva, ni mucho menos, contra esas criaturas. No puedo decirle exactamente lo que van a hacer porque hay variantes del modelo original, cada una con peculiaridades únicas. Por eso mismo tampoco me preocupa tanto que el manual sea incompleto. Podría dar una falsa sensación de seguridad. Es mejor que los soldados no piensen que saben exactamente a que se enfrenten y tengas los ojos bien abiertos.

    --Pero señor. ¡No es así! No sé que habilidades tendrán esos bichos pero los muchachos creen que son como los describe el manual. – aduje angustiado.

    --No Martínez, no. Usted cree eso. .Como buen ingeniero cofia mucho en los manuales. Pero yo sé que hay rumores entre la tropa que advierten sobre el peligro real de los roannom

    --Pues ahora ya no entiendo nada. Si saben eso ¿Cómo es que van tan confiados? ¿Y cuál es exactamente el peligro de pasar por ese pasillo selvático? ¡No entiendo nada señor!
  • HalcyonHalcyon Anónimo s.XI
    editado mayo 2010
    --Esa actitud, si no deja que le lleve al derrotismo, puede que le salve la vida. Pero ya llevamos mucho tiempo hablando. Creo que la trampa del roannom ya habrá casi hecho efecto y nosotros debemos estar al oro lado para volverla contra él..

    Yo iba a preguntarle en que consistía la trampa, pero no tuve ocasión. De un salto impresionante el sargento se encaramó a una rama situada a unos tres o cuatro metros de altura.. Yo forcé los servomotres del traje al máximo y no legué a ella, con lo cual tuve que escalar por el tronco del árbol. Empecé a replantearme si realmente el sargento no tendría superpoderes. Los kukosha no nos habían dado prácticamente nada de su tecnología y el traje era de construcción humana. Lo único que nos habían regalado los aliens eran unas fuentes de energía portátiles de gran potencia y duración que aumentaban de manera espectacular las prestaciones del traje. Ese era nuestro caso, pero empezaba a sospechar que el sargento se las había apañado para obtener más secretos de los aliens. No pude reflexionar mucho sobre e tema porque en ese momento se oyeron gritos y disparos de ametralladora. Por los visto la acción iba a empezar sin mi.

    Puñetas, esto de avanzar por las ramas parece sencillo cuando uno ve como lo hacen los monos, o si acaso su rey, el tarzán ese. Pero para mí, y mi equipo de 40 kilos, es una labor insufrible. Tengo que estudiar en cada momento que rama coger. Debe aguantar mi peso y además debe estar cerca de otra del árbol de al lado que también me soporte. Compruebo cuán fácil es juzgar mal y al llegar a l extremo de una hay que dar la vuelta y buscar otra ruta. Y encima debo hacer eso mientras trato de prestar atención al tiroteo del otro lado. Pierdo la noción del tiempo y no la recobro hasta no llegar a un claro que, si no me he perdido, está al otro lado del desfiladero verde por el que habían pasado mis compañeros. Casi me asombro cundo miro el cronómetro y compruebo que no he tardado ni res minutos. Miro alrededor buscando al sargento, pero no hay rastro. En ese momento ráfaga de disparos no muy lejanos me recuerdan que estoy en medio de una refriega. Agarro el fusil, retiro el seguro y me dirijo hacia dónde sonaron os últimos disparos procurando avanzar con máxima cautela.

    Llego al borde de un pequeño barranco de uno dos metros y desde ahí puedo observar que mis compañeros están apostados en los árboles de abajo, pendientes de un denso follaje que se agolpa debajo de otros árboles, unos metros mas adelante de su posición. De repente uno de los soldados dispara una ráfaga de trazadoras a la vez que grita nervioso: “Allí, en la copa de los árboles”. Como respuesta sus compañeros saltan de sus posiciones y convierten la zona señalada en un aguacero horizontal de plomo. Pongo la fotomultiplicacón del sistema visual al máximo y veo saltar madera y hojas por todos lados, pero no distingo señal alguna de animales hostiles. Pienso para mi mismo que no tiene sentido que disparen allí. ¿Qué coño puede haber ahí? ¿Un mono? ¿Un pájaro? En ese momento caigo que el sargento había cruzado por los árboles. ¿Estarán esos idiotas disparando al sargento?

    Envío por sistema interno de comunicación una señal de proximidad para que esos gorilas hormonados de gatillo fácil estén avisados de mi presencia y pueda acercarme a ellos sin que me acribillen a balazos. Llego a la posición de mas cercano. Con el casco y el sistema de visión es imposible reconocer las caras de los compañeros, pero el sistema informático de su traje informa al del mío que estoy hablando con un tal Hidoyi Kitara. Soy amablemente informado de que debo dirigirme a él en inglés o Japonés ¡Mierda! ¡Cómo hecho de menos el ejercito de mi país dónde todo el mundo hablaba en cristiano. Me tranquilizo consigo preguntarle en la lengua de su graciosa majestad a que se supone que le están disparando. Al principio no entiendo su respuesta, creo entender lo que dice, pero no tiene sentido. ¿eyes? ¿ojos?. Para asegurarme señalo los míos, bueno, en realidad señalo el visor del traje, pero se sobreentiende. Hido – he decidido acortar su nombre -- asiente a la vez que le oigo decir: Yes, eyes, ¿ojos? I think that in spanish is ojos?

    Me despido de Hido y corriendo de árbol en árbol llego hasta la posición del soldado que abrió el tiroteo. Esta vez tengo suerte y es un sudamericano, Hugo, que habla mi idioma. Le pido que me confirme lo que había dicho Hido. ¿Están disparando a unos ojos que han visto en la copa de los árboles?

    -- Si Jorge, aparentemente el traje le ha dado mi nombre en el del apellido, había ojos de roannom en ese árbol.

    -- ¿Cómo? ¿Pero ha pensado usted en lo que me está diciendo? ¿Cómo va a haber un roannom de varios cientos de kilos en la copa de ese árbol? Nunca aguantaría su peso. Y además ¿Cómo sabe que eran ojos de roannom? ¿Acaso ha visto alguno en su vida?

    Hugo hizo una pausa, que en medio de esa tensión se hizo eterna y a fin concedió – No señor, nunca he visto uno personalmente. Pero los reconozco de los videos de entrenamiento, señor.

    Me sorprendió que se dirigiese a mí como “señor” ya que ambos éramos del mismo rango, soldados rasos. Posiblemente mi actitud le hiciera pensar instintivamente que yo era un superior suyo. No era la primera vez que me sucedía algo así. Al fin y al cabo había sido un oficial en su momento y los modales estaban ahí. Dejé esa reflexión de lado y analicé rápidamente sobre lo que me decía. Y era muy dejado para las prácticas de ordenador, pero me constaba que eran muy realistas. Si afirmaba reconocer los ojos del roannom, que seguramente siendo una criatura alienígena fueran lo bastante extraños para resultar inconfundibles, habría que darle algo de crédito. Pero era imposible que ese bicho estuviese subido ahí. Entonces recordé uno de los pequeños trucos de nuestros trajes y decidí que no necesitaba fiarme de su palabra.

    -- Hugo, si no recuerdo mal en as misiones esta siempre activo el sistema de grabación subjetivo ¿no es así?
    -- Si señor, así es – replicó raudo.
    --¿Podría transmitir a mi traje el vídeo de los últimos minutos, si no le importa? –Reflexioné un instante y añadí -- En las tres gamas, infrarrojo, visible y ultravioleta, si es posible.

    Hugo hizo una pausa para mirar hacia el muro de vegetación de ominoso aspecto frente al que estábamos apostados e hizo signos a los compañeros de que aguzaran la vigilancia. Tras eso con su mano derecha alzó la tapa de plástico ultra resistente situada en el brazo izquierdo, a la altura de la muñeca. Debajo estaba la pantalla multitactil de cinco pulgadas que permitía acceder a las funciones del sistema operativo del exoesqueleto de combate. Se movió ágilmente por los menús y realizó las operaciones oportunas. Una señal en el visor de mi traje me avisó del envío, vía bluetooth 4.1 del archivo requiriendo mi permiso para aceptarlo. Usé una orden subvocalizada para consentir la acción. Usé otra orden para activar en mi sistema visor una réplica del sistema de menús que había usado Hugo. Un sistema de detección de la posición de la pupila permitía que esta pudiese funcionar como “ratón”. Pequeños guiños actuaban como clicks d los botones derecho o izquierdo. Era un sistema de manejar el traje más sofisticado que la pantalla táctil y requería bastante práctica. Pero no había alcanzado mi graduación militar en mi antiguo ejército por casualidad. Y la parte técnica era en la que más había destacado siempre.

    Pedí por gestos paciencia a los compañeros apostados mientras revisaba los vídeos. El correspondiente a la luz visible corroboró las afirmaciones de Hugo, asumiendo que no se equivocaba en la identificación de los ojos, claro. El ultravioleta no mostraba prácticamente nada, como casi siempre. Los infrarrojos, por el contrario, fueron muy reveladores. Mostraban que en torno a una mancha azules, que se correspondía con los ojos, había un entorno rojo, más cálido, con la forma y tamaño de una pequeña ave, de un aspecto estrafalario, pero definitivamente algo parecido a un ave.
  • HalcyonHalcyon Anónimo s.XI
    editado mayo 2010
    Aviso, no conocía el límite de extensión por respuesta y he tenido que dividir las tres partes en cuatro, con lo cual os cortes no se producen en los momentos previstos.


    Eso no tenía mucho sentido, pero a menos era una información útil. Fuera lo que fuese no parecía una amenaza directa. Comuniqué mi descubrimiento a los muchachos y coincidieron en que no parecía algo de lo que preocuparse por ahora. Entonces pregunté cuantos éramos y dónde estaba el resto del grupo. Me contaron que cuando se vieron los ojos por primera vez había coincidido con un ataque – no sabían decirme muy bien de que tipo -- a uno de los soldados desde otra dirección y que se habían dispersado en varias direcciones. Pegunté también quien estaba al mando en nuestro grupillo y resultó que no había nadie que ostentara ninguna graduación con l cuál hubo un acuerdo tácito de que por ahora yo estaba al mando.

    Conecté el sistema de radio de largo alcance e intenté comunicarme con el resto de la tropa. Al principio no logré respuesta, pero tras un par de minutos oí que alguien me respondía. Era el sargento. Le conté las incidencias de nuestra improvisada unidad. No pareció muy sorprendido por el extraño incidente de los ojos en el árbol. Me dijo que conocía el percal, despachó el asunto con un conciso “eran ojos cuánticos”. Cuando le pregunté por detalles me dijo que ya me explicaría el asunto en persona. De lo que si me informó es de que había contactado con otros grupúsculos dispersos y que estaba reorganizándolos para que volvieran a unirse. También me comentó que se habían producido unas cuantas bajas. Hasta ese momento había encontrado cuatro cadáveres, pero sospechaba que debía haber al menos dos más. Me hizo saber también que nadie había vuelto a tener noticias de los kukosha que nos acompañaban, pero que estaba casi seguro de que no había bajas entre ellos. Las últimas fases de la conversación sirvieron par fijar el punto de encuentro.

    Tras cortar la comunicación hay un interludio de calma entre tanta agitación. Y es entonces cuando caigo en el hecho de que en los poco menos de diez minutos que habían pasado desde que se empezaron a oír los disparos ese maldito bicho, al menos eso es lo que indicaban las apariencias, había conseguido eliminar a al menos seis soldados armados hasta los dientes y embutidos en un traje que multiplicaba su fuerza , resistencia y sentidos naturales. ¿Cómo era eso posible?
  • antipodaantipoda Pedro Abad s.XII
    editado octubre 2010
    Me gustó tu aporte a la página. En verdad, dan ganas de leer más. También quería comentarte que el detallismo que le pones al cuento de CF es abismante, hasta bluetooth 4.1 utilizaste. En fin, este detallismo le da credibilidad al cuento y a la vez permite algo que muy pocos escritores de hobby hacen: dar atmósfera al cuento.

    En conclusión, muy bueno, ahora sólo queda (terminarlo creo yo) limpiar algunas faltas ortográficas.
  • HalcyonHalcyon Anónimo s.XI
    editado octubre 2010
    Gracias por los comentarios antipoda. Al final este relato lo vooy a incluir dentro de una trama ma scompleja, formando parte de una nvela cora. Con todo en cierto modo el relato es autoconcusivo y dejo ahora la continuación del mismo. La revisión ortográfica la tengo pendiente, postponiéndola para momentos en que tenga mas tiempo libre.


    Nos dirigimos a las coordenadas acordadas. Como nadie conoce la franja selvática en la que debemos guiarnos por el sistema de posicionamiento por satélites Galileo. Es curioso, algunos de los chicos creen que es tecnología de los kokusha. Eran demasiado jóvenes cuando se produjo la invasión y las naves alienígenas anularon el funcionamiento de todos los satélites de la raza humana, incluido el una vez tan famoso GPS. Por ese entonces la ESA acaba de lanzar su propia alternativa al sistema americano, pero no había llegado a abrir la red al público. A raíz de esta segunda invasión los kokusha decidieron reactivar el sistema Galileo, mas preiso y eficiente que el GPS, pero sólo para usos militares. Los más veteranos les hemos explicado que la tecnología es nuestra, pero veo en sus caras que no os creen del todo, y lo kokusha no desalientan ese escepticismo. Es descorazonador ver que estamos luchando a favor de los kokusha para proteger nuestro mundo, y que, incluso si ganamos, estamos perdiendo nuestra identidad.

    Dejo de lado esas agoreras meditaciones y me empiezo a fijar en el entorno. Marchamos agrupados. Abre la marcha uno de los soldados más jóvenes. Le he elegido a él porque es el campeón local en competiciones de tiro frente a enemigos apostados. Si surge algún ataque repentino es el que mejores posibilidades tiene de defenderse con efectividad. Aparte eso permite que pueda ir un poco más tranquilo y atender otras tareas. He hablado con otro pequeño pelotón recién reagrupado. Si no hay obstáculos que lo impidan nos reuniremos con ellos antes de llegar al punto de encuentro global. Me informaron de que llevaban con ellos a una de las víctimas. La habían hallado atrapada en algo similar a una tela de araña. Su cadáver presentaba el tipo de lesiones que uno cabría esperar que produjera un animal como el roannom. Le habían cortado la cabeza de una manera bastante limpia. El tipo de trabajo que podían realizar a la perfección las mandíbulas del bicho. El tronco presentaba lesiones incisas que se correspondían a la perfección con las terribles garras del roannom. Eran el tipo de garras que en la tierra tienen los omnívoros que gustan de buscar insectos entre los árboles y que necesitan de ellas para desbrozar la corteza de la madera y extraer su alimento de los recovecos de la misma. Evidentemente esta criatura salida de algún averno alienígena le daba otros usos. Lo que no terminaba de explicarme era la telaraña esa. El sargento me había alertado acerca de la variedad de recursos de nuestro enemigo, así que tal vez entre sus artimañas figurase imitar a las arañas de nuestro planeta. De ser así ¿Qué mas podría hacer ese maldito monstruo?

    Tenemos suerte y no hay impedimento a que demos con el grupo en cuestión. Según lo hablado el soldado muerto ha sido completamente envuelto en una manta para evitar que el dantesco estado de sus restos haga mella en la moral de la tropa. Me reúno con el líder de esa gente, un inglés que responde al nombre de Peter. Tiene el rango de teniente y en consecuencia asume el mando. Eso me libera de mayores responsabilidades y puedo dejar que mi mente descanse. Al menos hasta que llegamos al punto de encuentro.
    Han pasado dos horas desde que se produjo la reagrupación definitiva. Me han informado de muchas cosas. Se ha establecido contacto con el campamento kappa y nos han dicho que ellos no han sufrido ningún ataque. Al parecer el roannom ha preferido ensañarse con los presuntos rescatadores. La gente al mando ha estado deliberando. He visto como montaban una tienda de campaña dónde habían depositado a los muertos. Todos ellos habían sido discretamente transportados de modo que, en el común de la tropa, sólo aquellos que los recogieron conocían el estado en el que estaba su cadáver La gente al mando, por el contrario, habían tenido el dudoso honor de poder contemplar la masacre en toda su extensión, Yo debería haberme quedado al margen, pero el sargento había insistido en que entrase en ese pequeño museo de los horrores en que se había transformado el interior de la tienda. Pude escuchar como se relataban las circunstancias de cada víctima y participar activamente en el análisis de su muerte.
  • HalcyonHalcyon Anónimo s.XI
    editado octubre 2010
    Y aquí va la conclusión de la siguiente parte. EN ella se profundiza un poco más enlos aspectos hard del relato.



    La primera defunción en analizarse fue un cabo, un tipo que rondaba la cuarentena con el que había charlado alguna vez, Había sido encontrado en el fondo de un agujero en el que había muerto empalado por unas estacas afiladas situadas en el fondo del mismo. El examen del perímetro indicaba que el agujero había estado tapado por ramitas y hojas dispuestas adrede para ocultar la trampa. Las posibles implicaciones del modus operandi no escapaban a nadie. Estaba casi descartado que el cabo Uriarte fuese a caer en la trampa por casualidad. Un compañero había informado que el cabo le había comunicado que iba siguiendo a un animal grande al que había detectado por las ocasionales agitaciones que hacía en la maleza. Sin duda el animal le había guiado ex profeso hacia ese agujero hábilmente disimulado. Eso denotaba una capacidad de planificación bastante sofisticada, y por ende, una inteligencia nada desdeñable. La gran incógnita era la autoria de la trampa en sí. ¿Debía creerse que la había creado el roannom? ¿De ser así, hasta que punto? La tensión del momento y la premura general de toda la situación se habían traducido en que no se hiciese un examen exhaustivo de la franja in situ. Alguna persona previsora, presumiblemente el sargento, había ordenado que se recogieran muestras de tierra y también de las estacas, así como grabaciones de video en alta resolución, para poder hacer estudios mas sofisticados sin necesidad de volver al lugar del suceso. No había en nuestro grupo nadie con formación medianamente avanzada en criminología así que corrió de cuenta mía y del sargento – los únicos con una formación técnica superior -- realizar el estudio de las pruebas. Nuestras conclusiones preliminares indicaban que el hoyo no había sido cavado recientemente, si bien no pudimos establecer una fecha fiable. Sabíamos que antes de la llegada de los aliens en esa selva había algunas tribus de nativos. No sabíamos mucho de ellos realmente pues para cuando se había confirmado el ataque extraterrestre y se habían enviado las primeras tropas todos ellos habían sido exterminados. En definitiva, no sabíamos con certeza si el agujero lo había cavado el roannom, los antiguos pobladores humanos, o tal vez alguna otra criatura de la que no teníamos noticia. El análisis de las estacas había sido más provechoso. Las marcas se ajustaban bien a la fisionomía del animal. Esas garras y esas mandíbulas aparte de carne eran buenas para trabajar con la madera y por lo visto la criatura tenía habilidad para usarlas. El panorama que revelaban era muy preocupante. Ya no nos enfrentábamos a un animal inusualmente peligroso sino a una criatura inteligente capaz de manipular el entorno para crear herramientas.

    Los dos siguientes cadáveres que analizamos habían sufrido una surte parecida. Su cadáver estaba hinchado y la piel presentaba signos de múltiples picaduras. Eso añadía un pequeño misterio a la pila de enigmas que se estaba acumulando. Como en cualquier otra selva que se preciase esa estaba plagada de insectos, arácnidos, serpientes y otros animales capaces de picar a una persona y producirla diversos males, muerte incluida. Por ello mismo las vestimentas que llevábamos debajo del exoesqueleto procuraban una buena protección frente a ese tipo de peligro. Ciertamente no era absolutamente perfecta y un soldado que durmiese a la intemperie podría despertar – si tenía suerte — con una sorpresa desagradable. Pero estando despierto, y en movimiento, era difícil imaginar como podría ser atacado de ese modo. De hecho, cuando el sargento mostró su preocupación por el veneno que podía impregnar el roannom en la maleza y como este atacaba la piel me extrañó su cautela ya que, excepto el rostro y las manos, ninguna parte del cuerpo iba descubierta. De hecho, con los visores bajados solamente parte del cuello y las manos quedaban expuestas al aire. Las preguntas del teniente Peter mostraron que no era el único en albergar esos pensamientos. El sargento explicó que el roannom podía destilar diversos tipos de venenos. Algunos de ellos actuaban sobre el sistema respiratorio. No tenía datos concluyentes peros sospechaba que no actuaban de modo inmediato. Por análisis patológico – por desgracia precariamente desarrollado -- de casos anteriores había llegado a la hipótesis de que el veneno se iba esparciendo desde los alvéolos pulmonares hacia el torrente sanguíneo hasta llegar al cerebro. Una vez allí era capaz de superar la barrera hematoencefálica que impide normalmente que muchas sustancias y patógenos pasen de la sangre a las células cerebrales. Una vez en el cerebro el efecto se desencadenaba de modo vertiginoso y la persona infectada se dormía en cuestión de segundos. Imagino que eso fue lo que debió ocurrirle a esos pobres infortunados. Se habían perdido, como el resto, en la confusión general, y cuando el sueño les llego por sorpresa no había nadie al lado para cuidar de ellos. Lo que si encontraron fueron algún tipo de animales que se habían colado bajo las vestimentas de los indefensos militares y les habían inoculado un veneno más mortífero. La pregunta obvia era cuestionarse por una relación directa entre el roannom y esas otras criaturas. Realmente el roannom podía eliminar el sólito, por modos más expeditivos, a unos soldados narcotizados. ¿Qué pintaban esas misteriosas criaturas con picaduras venenosas en el entramado?

    Habían analizado algún caso más, y no había ninguna conclusión definitiva, más allá de que debían extremar aún más las precauciones. Antes de salir el sargento le había dicho, en un aparte, que le esperara fuera, a unos metros detrás de la tienda. Y allí estaba ahora, esperando inquieto. El sargenteo había dado a entender que le iba a explicar por fin que era eso de los “ojos cuánticos”. Y también le hablaría sobre un concepto, referente al roannon, que había farfullado durante el análisis. Lo habia pronunciado en voz baja, para que sólo él, que era el mas cercano de los presentes, pudiera oírlo, No estaba plenamente seguro de haberlo entendido correctamente, pero le había sonado algo así como “biología modular”.
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