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Las Lejanas Tierras del Norte.

VallininVallinin Pedro Abad s.XII
editado mayo 2010 en Fantástica
Bien, siento haber dejado de postear tras exponer el prólogo de esta novela , pero no encontraba tiempo para colgar el siguiente capítulo. Aquí tenéis, espero críticas sinceras.

Capítulo 2

El sobrino del Rey


Harol echó una última ojeada al círculo azul despejado que asomaba tímidamente en el cielo invernal. Permaneció varios segundos con la mirada perdida en lo alto, forzando el cuello en una posición que rozaba lo incómodo. El desagradable impacto de un copo de nieve en su ojo le hizo bajar la mirada, encontrándose con la enorme cobriza y peluda de la yegua sobre la que estaba montado. Se frotó el ojo con el dedo índice, al tiempo que soltaba una risotada divertida. A su lado apareció otro jinete a lomos de un bello corcel negro, éste lo miraba con una sonrisa sarcástica plasmada en su rostro de oriental.

— ¿Habíais olvidado el clima de vuestro hogar?— inquirió en tono bromista.

Harol hundió el dedo aún más en la cuenca del ojo hasta que el escozor se desvaneció, luego alzó la mirada y se dirigió a su compañero.

— Si… llevaba tanto tiempo sin volver…— mientras hablaba, su mirada se clavó en la silueta de la ciudad que descansaba a unos pocos kilómetros, en el horizonte, junto a las costas del gran mar. — ¡Admira esta estampa, Magrog! Pues no verás ciudad más hermosa que la que te ofrece la vista. Rotharg, la capital de Ërthain.


Aunque la ciudad se situara a una distancia considerable de esa parte del camino, su inmenso tamaño, acompañado de la blanquecina y nítida luz matinal, la hacían perfectamente visible. Desde allí, se podía distinguir la de puerta de Rotharg. Se encontraba pasado el puente, éste cruzaba el río Amthor, que bordeaba los límites amurallados de la urbe hasta perderse más allá, en el mar.

Se podían admirar las altísimas murallas de roca lisa y resplandeciente. Harol advirtió cómo de los torreones colgaban largos pendones bordados en azul eléctrico (color sagrado para los habitantes de Ërthain) y con un águila dorada en bordada con maestría. Más allá del abismo y las murallas se podía distinguir un denso bosque de tejados, toda una variedad de tipos y colores de entre los cuales asomaban débiles columnas de humo blanco de las lumbres que encendían los habitantes para sobrevivir al frío invierno. Y aún más allá, tras la aglomeración de tejados, se alzaba la enorme ciudadela que dominaba todo el paisaje. Una altísima estructura de piedra lisa, rodeada por tres niveles o “anillos” concéntricos en su base. En la parte más alta, como garras de piedra que quisieran rasgar el mismo cielo, se alzaban dos enormes agujas ligeramente curvas que, sin duda, daban el toque más característico a aquella obra arquitectónica de tiempos inmemorables.
Aunque sin duda era maravillosa, Rotharg emanaba un aura de tristeza que no la abandonaría hasta bien entrada la primavera: aquel invierno había sido mortífero, de los peores que habían vivido los habitantes de Ërthain, a pesar de que el imponente aspecto de la ciudad y su continúo bullicio indicaran lo contrario.

— Es…—las palabras escaparon de entre los labios de Magrog como la brisa de una gruta profunda— es impresionante.

— Es la ciudad que me vio nacer, tengo muy buenos recuerdos de ella. — de repente, la sonrisa que había dominado el rostro de Harol en todo momento de retrajo ligeramente— Aún así, temo…

El oriental volvió sus oscuros ojos de nuevo hacia Harol, cuya vista parecía haber atravesado la silueta de la ciudad y haberse clavado en el océano que reinaba más allá.

— ¿Qué teméis?

“Temo que las cosas hayan cambiado demasiado por ahí arriba— pensó—, que la ciudad haya visto mucho desde la última vez…”

Harol permaneció unos instantes en silencio, bajo la atente mirada de su compañero, hasta que la sonrisa volvió a avivarse en su boca como la llama en una tea.

— ¡Bah! Nada, no me hagas caso. — exclamó sacudiendo la mano y restándole importancia a lo que acababa de decir— Sólo estoy nervioso, eso es todo. Llevo cerca de quince años sin venir a esta ciudad. Sin duda, es mucho tiempo lejos del hogar.

Harol volvió a aferrar las riendas con fuerza, y con un ligero “¡Jia!” acompañado de una pequeña patadita, su montura se puso en marcha. Magrog lo siguió con un trote suave. Los dos jinetes descendieron la blanca colina desde donde habían permanecido unos minutos, luego, el camino que estaban siguiendo se fundió con otro más grande y empedrado. Ese camino de piedra, si Harol recordaba bien, era el que les conduciría directamente hasta las enormes puertas de Rotharg.
Al cabo de caminar un buen trecho del camino, comenzaron a encontrarse en la vía con carruajes, jinetes, y grupos de personas a pie iban y venían, por lo que Harol y Magrog tuvieron que aminorar el trote. Harol detuvo su mirada en los rostros de los transeúntes, y quedó consternado por lo vacíos y desconsolados que se mostraban. Familias enteras arrastrando destartalados carromatos con los pocos enseres que les quedaba, comerciantes arruinados abandonando la ciudad en busca de “tierras más fértiles”, y gente qué, simplemente, no sabía ni tenía a donde ir… Harol se llevó una mano al pecho, intentando relajar la punzada que había sobrevenido en el corazón. En sus últimos viajes, había llegado a sus oídos que Ërthain pasaba por un mal momento económico: estaba completamente al tanto del bloqueo comercial que había impuesto el rey en las llanuras del sureste del reino. Pero verlo con sus propios ojos… Aquello había superado sus expectativas… Pasar entre la muchedumbre de cabezas gachas les hacía sentir como fantasmas invisibles, pues nadie reparaba siquiera una tímida mirada a los dos jinetes. Harol vio como una pequeña niña, de cabello claro y enmarañado que avanzaba en dirección contraria. Ésta clavó sus ojos azules fugazmente en él. Aunque sólo fue por un instante. La niña bajó la mirada rápidamente y la arrastró por el húmedo y casi congelado suelo empedrado de la calzada. Harol no pudo evitar girar la cabeza hacia atrás para ver como la chiquilla se alejaba, en una triste y solitaria marcha, hasta que su débil silueta envuelta en harapos se desvanecía entre las altas figuras de los transeúntes. Harol permaneció unos instantes oteando el bosque de cabezas, con la esperanza de volver a ver a la pequeña. Fue una acción que no alcanzó a comprender. Aún así, se sintió obligado a mirar.

— ¿Harol?— la voz de Magrog provenía de unos metros más adelante — ¿Ocurre algo?

Cuando Harol se concienció de que la cabecilla de la niña no volvería a mostrarse entre la multitud, volvió a mirar a su compañero con un brillo de abatimiento en sus ojos. A Magrog no le hizo falta preguntarle cómo se sentía. Aquella mirada decía: “Las cosas están mal. Demasiado mal…” El oriental hizo un gesto casi imperceptible, ladeando la cabeza, y Harol lo siguió espoleando suavemente a la yegua.

— ¿A dónde van?— dijo Magrog.

Comentarios

  • VallininVallinin Pedro Abad s.XII
    editado abril 2010

    — El invierno en Rotharg golpea con fuerza… Supongo que no hay lugar más frío en todo Ërthain. Es normal que la gente busque lugares más cálidos para pasar esta estación.

    — Más que frío, veo desgracia en sus miradas— Magrog bajó el tono de la voz hasta rozar el susurro. — Supongo que vos lo habéis notado.

    — La pobreza saca su peor cara a relucir durante el invierno y, aunque Ërthain viva una era de esplendor, esta cicatriz nunca se borrará.

    Harol se corrigió mentalmente: ¿”Era de Esplendor”? ¿A esto se le puede llamar “Era de esplendor”? “Era de la Desgracia”, más bien… Las cartas que me mandaban no mencionaban esto… Mi tío es tan optimista que roza la ingenuidad. Este no es el Ërthain que dejé hace quince años, ni de lejos… Y eso que he visto inviernos malos, pero esto es ridículo…

    Por fin, el camino dio una última y liviana curva hasta alinearse rigurosamente con las puertas de la ciudad de Rotharg, que se erguían como una prolongación vertical de la vía. A los lados del nuevo trayecto, el bosque de árboles sin hojas comenzó a desaparecer para dar paso a una amplia planicie de “dunas” de nieve que se extendía hasta el profundísimo foso que rodeaba la fortaleza.

    — Vaya— suspiró Magrog a su lado— Vista desde aquí abajo, esa torre parece a punto de rozar las nubes. Sin duda, los hombres de Ërthain tienen un estilo arquitectónico de lo más soberbio…

    Harol le interrumpió con una carcajada vagamente disimulada. Magrog le lanzó una mirada suspicaz.

    — ¿He dicho algo gracioso?

    — ¡No! Sólo que tu mirada me resulta cómica. — dijo Harol ampliando su sonrisa notablemente— Pareces un niño que acabara de descubrir un bosque de caramelo. En cierto modo, me recuerdas tanto a mí... Ya sabes: cuando llegué por primera vez a tu ciudad.

    — ¿A Strynboli?
  • VallininVallinin Pedro Abad s.XII
    editado abril 2010
    — Si. Todo ese festín de nuevas sensaciones, visiones, sonidos…— aquella evocación sonó desvelando cierto tono melancólico— Por eso, sé como te sientes: contemplando algo tan distinto a todo lo que te has acostumbrado a ver. Me resulta muy cómico.

    Magrog lo contempló enarcando una ceja y ladeando la cabeza emitiendo un gruñido sarcástico. Mientras hablaban, el grueso de los transeúntes ya había pasado de largo, en dirección opuesta a las puertas de la ciudad, y en aquel momento se hallaban avanzando en solitario y con el relajante sonido de fondo que producían los cascos de las monturas al pisar la piedra de la carretera.

    — A pesar de todo…— siguió Magrog— Os veo de buen humor.

    No tanto como antes de ver a una niña huérfana vagando sola, hacia un destino incierto. — pensó

    — Cierto, estoy de buen humor…

    Aquellas últimas palabras escaparon de la boca de Harol con un matiz cauteloso, parecido al usado para no tentar a la suerte. Recorrieron el resto del camino en agradable silencio, hasta situarse a unos escasos cien metros del comienzo del puente que conectaba directamente con las puertas de la ciudad. A los lados de la estructura se erguían dos estatuas de piedra verdosa que, vistas más allá de una distancia determinada, parecían rocas disformes de formas toscas. Aquellas dos efigies habían sido tan martirizadas por el tiempo que se habían transformado en meras figuras caricaturescas de lo que una vez fueron: dos señores de rostro austero sosteniendo un bastón en sus manos e inclinados de espaldas a la fortaleza, dando una cordial y eterna bienvenida a los que cruzaban el puente, y también despidiendo solemnemente a los que se marchaban. Ambos habían perdido el brazo que no sostenía el bastón (el cual había estado extendido con la palma de la mano abierta en dirección a las puertas), y sus troncos se habían fundido prácticamente con la rodilla sobre la que se inclinaban. A pesar de su deteriorado estado, seguían ofreciendo un toque estremecedor a aquella entrada. Cuando Harol pasó junto a ellos, bajó enfáticamente la cabeza hacia uno de los gigantes de piedra, y después hizo lo mismo con el otro con una amplia sonrisa de satisfacción en el rostro. Magrog en cambio, tras ver la pomposa ceremonia de su acompañante, profirió una casi inaudible carcajada. Harol se volvió fingiendo indignación:

    — Es tradición en Ërthain (sobre todo para los que nacimos en Rotharg), dedicar una respetuosa reverencia a los Ancianos de Piedra. — echó una mirada de soslayo a una de las estatuas justo antes de clavar su mirada en Magrog— Y no hacerlo puede acarrear… mal augurio.

    Magrog forzó una seriedad muy similar a la de Harol e inclinó bruscamente la cabeza hacia las dos figuras que marcaban el comienzo del puente. Después, avanzaron en silencio, escuchando el sonido del hielo al resquebrajarse en el río que fluía varios metros más abajo. Tras unos instantes, los dos amigos estallaron en un mar de carcajadas amplias y sonoras.
    Llegados a ese punto, la ciudadela se había perdido tras las altas murallas, que ahora ocupaba todo el panorama frente a ellos. Las risas reverberaron con tal fuerza y provocaban un eco tan desagradable en la pared, que no tuvieron más remedio que parar. Habían cruzado el puente de piedra de Rotharg, y ahora se situaban en el umbral de un hueco rectangular de unos veinte metros de altura, con una anchura poco menor que la del camino que acababan de dejar atrás. La brisa pasaba cortante de un lado al otro del portal, y tras el umbral, superando el mar de penumbra, se podía distinguir el bullicio de cientos de personas al desplazarse intermitentemente por la plaza principal. Harol pudo vislumbrar una vaga silueta en las sombras que se dirigía hacia ellos, por lo que detuvo a su montura. Magrog lo imitó. La figura que se mostró a la blanca luz invernal, a simple vista, parecía un yelmo plateado sostenido sobre un una pila de ropajes de color azul grisáceo. Del bulto surgieron dos manos enguantadas que hicieron una señal. Al ver los sellos tejidos en sus guantes de cuero negro, Harol lo identificó directamente con la Guardia de la Ciudadela. Este gremio de guerreros era el más cercano al rey, y operaba en mayor medida dentro de los límites de la torre. Aunque también era habitual verlos patrullando de forma cautelosa por las calles principales de la ciudad, normalmente en parejas.
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    editado abril 2010
    El hombre habló, mientras, de las rendijas del yelmo escaparon bocanadas de vaho de forma intermitente:

    — Bienvenido a Rotharg, Harolläd-bas*— la voz del guardia sonaba como si emanara de la parte más profundo de una fosa, — Vuestro tío me ha enviado a recibiros directamente y llevaros hasta…

    — Es muy amable, — interrumpió “Harolläd”— aunque conozco de buena mano el camino, a pesar de los años transcurridos. No obstante, me vendrá bien vuestra compañía.

    Harol hizo un gesto con la cabeza a Magrog y ambos desmontaron de los caballos, tocando la calzada con sus botas casi al unísono.

    — ¿Deseáis algo más, señor?— dijo el guardia inclinándose levemente hacia Harol.

    — Me gustaría que me pusierais al corriente de lo acontecido últimamente en estos lares, a medida que no vamos acercando a nuestro destino ¿Os parece?.

    El guardia volvió a inclinarse, esta vez lo hizo de una forma más perceptible.

    — Será un placer, señor. Podéis llamarme Olhbrëd, si así lo deseáis. Si lo preferís, podéis llamarme simplemente “Guardia”. Como os plazca.

    Harol dedicó una sonrisita pícara a Magrog, que contemplaba la situación alucinado.

    — ¿A que viene ese gesto?— preguntó Harol aún con aquella sonrisa en la boca.

    — Oh, nada…— dijo con sarcasmo— Sólo que… Por un instante, sólo por un instante, me habéis recordado a cierto esclavo que cruzó, hace más de 12 años, las puertas de un circo en la ciudad de Esh-sumara. A pesar de estar encadenado de pies y manos a nueve individuos tan desventurados como él, ese personaje tan peculiar dedicó al público esa misma sonrisa.

    Harol amplió aún más su sonrisa.

    — Vaya... — dijo, casi ignorando la presencia del guardia que seguía allí, plantado y tieso como un cayado— ¿Y que fue de ese tal “esclavo”?

    — Creo recordar que no era muy diestro con la espada… Pero la agilidad con la que se encaramaba a las paredes de la arena para huir de los leones encandiló al público. En especial a cierto mercante bastante rico, que al cabo de cuatro rondas, se decidió a comprar su libertad.

    — Oh, — exclamó Harol— ¿Eso fue todo?

    — No, desde luego que no…
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    editado abril 2010
    Harol volvió la mirada al guardia que les esperaba para iniciar el camino. Distinguía dos ojuelos estupefactos detrás de las hendiduras del yelmo.

    — ¿Señor?— balbuceó.

    — Si, si— Harol sacudió la mano restando importancia al asunto que él y Magrog se habían traído entre manos— Olhbrëd está bien. Vos podéis llamarme Harol, si os place…

    El guardia se inclinó una tercera vez, enfrentando la parte superior de su casco con el rostro de Harol.

    — Bien, Olhbrëd. Llevadnos a la Ciudadela.




    Harol enrolló las riendas del caballo en su mano y condujo al animal a través del sombrío umbral de la puerta, Magrog lo seguía del mismo modo. Cuando sus pupilas lograron adaptarse ligeramente a la penumbra que reinaba en aquel tramo, Harol distinguió figuras apostadas contra las paredes de roca, soldados en su mayoría. A Harol se le figuró el lugar más inhóspito en el que pasar una mañana tan fría, aunque las opciones de aquellos pobres individuos no eran muchas. Eran hombres del Ammorn, la tropa principal que constituía la espina dorsal del cuerpo militar de Rotharg, así como la primera línea de defensa. Este cuerpo estaba muy por debajo del puesto que ostentaban los Guardias de la Ciudadela (a pesar de contar con la misma antigüedad), y contemplar a sus integrantes daba fe de ello. Llevaban uniformes harapientos de los que casi se podía intuir sus antiguos colores y que apenas podían proteger a sus portadores del feroz frío. Muchos de ellos sostenían vagamente los venablos, y los escudos alargados en forma de elipse pendían de sus brazos a punto de resbalarse de entre los dedos; otros se limitaban a enterrar las manos bajo las axilas y a tiritar a causa de las bajas temperaturas. Al pasar por su lado, Harol comenzó a escuchar los comentarios de los soldados que lo miraban fijamente.

    “¿Ese es el sobrino de...?” o “¿Pero no estaba…?”, también “Decían que…”.

    Tienen buena memoria— pensó—. Cuando me fui a penas había alcanzado mi madurez. Eso, o la noticia de mi regreso ha conseguido salir de las paredes de la torre.

    Tras dejar la penumbra del enorme portal, Harol y Magrog se encontraron en una amplia explanada circular bastante concurrida. El espacio estaba dominado por una fuente erigida justo en su centro. La estructura constaba de la escultura de un hombre fuerte y barbudo sosteniendo una enorme vasija que se inclinaba derramando afilados témpanos de hielo transparente sobre sus pies. La forma de aquel coloso recordaba a la de los dos vigilantes de piedra que descansaban a los lados del puente de Rotharg, aunque no estaba tan deteriorado. Junto a la fuente, había un grupo de una docena de soldados que charlaban relajadamente. Harol agudizó la vista, para posteriormente comprobar que aquellos hombres no portaban las vestiduras de ningún organismo militar de la ciudad, incluso dudaba haberlos visto en todo Ërthain.

    — Olhbrëd,— dijo Harol.

    Inmediatamente, el aludido giró su cabeza enlatada hacia él.
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    — ¿Si?

    — ¿Quiénes son esos hombres?— dijo Harol señalando levemente con la mirada— No recuerdo haber visto uniformes así por estas tierras.

    El guardia siguió la mirada de Harol hasta reparar en el grupo de caballeros enfundados en vestiduras verde oliva que charlaban relajadamente unos metros más allá.

    — Ah…— suspiró Olhbrëd— Son la… bueno: son parte de la comitiva del señor Kalenth, de Trikonia. El resto, supongo, estará en estos momentos junto a su amo, en el fuerte.

    — ¿Trikonia? ¿Los Trikonianos han venido a la ciudad?— exclamó Harol en voz baja al pasar junto a la comitiva.

    — Así es, señor.— asintió el guardia con un tono de voz similar al de Harol— Desde hace unos meses no paran de venir desde el oeste. Cada vez es más frecuente verlos campando a sus anchas por las calles de Rotharg.

    — Pero… ¿Qué demonios quieren esos entrometidos?

    — Lo mismo que siempre han querido…

    Harol advirtió como varios de los trikonianos reparaban en ellos, calló y esperó a encontrarse a una distancia segura para reanudar la conversación


    — ¡Después de todo lo que han hecho!— continuó.


    — Se dice que el boreth* de Rotharg está intentando mejorar las relaciones entre ambos reinos, de ahí que en este momento el príncipe se encuentre reunido con él.

    — Mi tío jamás aprobaría esto…

    Magrog intervino, algo confuso:

    — A ver, a ver... ¿Podéis explicarme que ocurre exactamente con estos “visitantes”? Ando algo perdido.

    — Trikonia es el reino vecino de Ërthain, y según parece, tenemos antepasados comunes.

    — Y… ¿Cuál es el problema exactamente?

    — El problema es que llevan siglos intentando hacerse con el dominio de Rotharg.— dijo sacudiendo el puño contra la palma de la otra mano— Y ahora, por lo visto, su dinastía real es la auténtica descendiente del propio Aetherio, primer gobernante de esta ciudad, y de Ërthain.

    — ¿Existen pruebas que lo corroboren?— preguntó Magrog.
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    —¿Pruebas?— Harol volvió a aporrear la palma de su mano— Estamos hablando de un tipo que vivió hace más de mil años. Pero seamos realistas… ¿A caso crees que es eso lo que les importa? Los Trikonianos han pasado cada instante de su maldita existencia intentando invadir Ërthain sin éxito… No me extraña que ahora prueben con esa desfasada leyenda para arremeter contra nosotros.

    — Señor,— intervino Olhbrëd— aún no he llegado a la parte más importante…

    Los ojos de Harol se clavaron en el guardia inmediatamente.

    — ¿Qué? ¿A caso hay algo más?

    — Bueno, yo no sería el más indicado para decirlo pero… Puesto que toda la ciudad lo sabe…

    — ¡Demonios, Olhbrëd!— exclamó Harol con tono exacerbado — ¿Qué ocurre?

    — Creo que deberíamos seguir adelante— aconsejó Olhbrëd.

    Después de atravesar la explanada de la entrada, comenzaron a recorrer el mercado, que abarcaba toda la avenida principal de la ciudad. Aquel lugar era un continuo crisol de sonidos y olores, aunque no todos agradables, a decir verdad. Los puestos se habían levantado en su mayoría bajo los soportales de los edificios, y en ellos se agolpaba la ansiosa plebe demandando productos de todo tipo: comida, tejidos, objetos decorativos… pero sobre todo comida. Harol estiró el cuello por encima de la muchedumbre, y pudo ver la fachada de un gran edificio que sobresalía sobre los demás en el otro extremo de la gran avenida. A pesar de llevar cerca de quince años fuera de la ciudad que le vio nacer, recordaba perfectamente todos sus detalles, como si hubiera permanecido ausente unos pocos días. Aquel edificio, en el punto más meridional del mercado, era la residencia del boreth de Rotharg, más conocida coloquialmente como la Casa Gris.
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    El boreth era el administrador de la ciudad, el exponente político más alto al que se podía llegar en Ërthain, justo por debajo del rey. Estos gobernantes eran previamente elegidos de entre varios aspirantes por la votación del consejo de ancianos de la ciudad. El cargo era de gran poder militar y político, más si el elegido como boreth poseía un patrimonio solvente. No obstante, el puesto de boreth no era indisoluble, pues podía ser expulsado por decreto del mismo consejo que le otorgaba el poder, o simplemente dimitir. Cada provincia del reino tenía su propio boreth, y estos sólo respondían de sus actos ante el consejo de ancianos y el monarca. El que gobernaba en Rotharg era Tunnon Gannamon, un ex-general del ejército que, tras combatir en las guerras del Arthiss años atrás, se embarcó en la aventura de la política. Harol conoció a Gannamon cuando este tan solo era un aspirante boreth que visitaba con frecuencia la ciudadela, aunque no podía decirse que tuvieran una relación fructífera. Gannamon era, por así decirlo, el típico individuo que progresaba a toda costa y, si hacía falta, arroyando a quien se interpusiera. Ese era el sistema que había empleado para llegar tan alto. Huelga decir que el espíritu liberal de Harol difería drásticamente del carácter opresor de Gannamon. Si, nunca se llevaron muy bien.

    — ¿Cómo se encuentra el señor Gannamon, Olhbrëd?— dijo Harol.

    El aludido volteó su cabeza embutida en el yelmo, y pasando entre la muchedumbre habló:

    — ¿El boreth? No sabemos mucho de él. Ya sabe, la guardia de la ciudadela no tiene poder dentro de los muros de la Casa Gris. Lo que puedo decirle es, probablemente, lo que le diría cualquier ciudadano de Rotharg: el señor Gannamon está esforzándose mucho últimamente para mejorar las relaciones con el reino vecino, tanto como para proponer el casamiento entre miembros de las dos casas reales.

    —Sigo sin comprender por que hace eso… ¿Qué hay de Lesa? ¿Qué tienen que decir ella o el rey ante esto?

    — Puede que en vuestra ausencia no lo hayáis notado, pero el boreth ha adquirido un poder mucho mayor del que solía tener hace tiempo. Puede que su voluntad llegue a hacer sombra a la del propio rey…— Olhbrëd agachó la cabeza y balbuceó algo en voz baja— Yo no debería estar hablando de esto… perdonad mi audacia.

    — No hay nada que perdonar, Olhbrëd.

    Magrog se dirigió a Harol a expensas del guardia.

    — Parece que, a vuestra llegada, solo recibís malas noticias.

    — Si, da gusto estar en casa…

    Harol reparó en otra comitiva de hombres de Trikonia agolpados contra el puesto de una fragua. Se había formado un intento barullo a su alrededor, lo que indicaba que algo estaba ocurriendo en ese lugar. Harol entregó las riendas de la yegua a Magrog.

    — Voy a ver que ocurre.— dijo.

    — Harol, no conviene…

    Para cuando Magrog pronunciaba esa advertencia, Harol ya se había perdido entre la muchedumbre que rodeaba el puesto de la herrería. Después de recibir varios codazos y empujones por cortesía de los
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    transeúntes, logró atravesar el bosque de personas hasta situarse justamente detrás de la comitiva Trikoniana. Había al menos cinco soldados vestidos con túnicas verdes, uno de ellos llevaba el yelmo aferrado en el regazo, y a cara descubierta discutía con el encargado del puesto, que lo miraba boquiabierto desde el otro lado del mostrador de madera. La fragua se encontraba bajo el techado de piedra, y de ella emanaban espesas bocanadas de vapor provenientes del contacto del acero al rojo vivo con el agua. Harol rodeó al grupo hasta situarse en el extremo izquierdo del mostrador, donde podía disfrutar de una visión más privilegiada. Podía ver como el soldado soltaba maldiciones hacia el herrero y golpeaba repetidas veces el mostrador de madera con el puño, sin embargo, el bullicio provocado por el gentío y los golpes de yunque impedían escuchar más que un mero murmullo. Harol se dirigió educadamente a un joven plebeyo de apenas unos catorce años que estiraba el cuello a sus espaldas.

    — Eh, chico. ¿Sabes lo que está pasando aquí?

    — Si, — dijo— A grandes rasgos, puedo decirle que el Trikoniano ha exigido un descuento a Miothin por un encargo y …

    — ¿Miothin es el herrero?

    — Si, el viejo Miothin.— contestó el adolescente— Nunca le había visto así. Es muy querido en todo el mercado. Ahora el Trikoniano dice que puede enviarle a prisión por esto.

    — ¡Eso es injusto!— exclamó Harol— ¿Qué autoridad pueden tener los Trikonianos en Rotharg?

    — La que les ha dado el señor Gannamon— dijo otro plebeyo de más edad, que llevaba una caja de madera aferrada con las dos manos sobre el abdomen—. Hacen lo que les place y cuando les place. A mi me han ordenado llevar estos cintos de cuero a la comitiva de la plaza principal. ¡Sin pagarme nada! Encima me han amenazado con arruinarme la peletería si me atrevo a rechistar.

    — No me lo puedo creer…— dijo Harol entre dientes— Esto es una vergüenza ¿Qué hay de los guardias de la ciudad?

    — ¡No hacen nada!— contestó el peletero— Se quedan mirando y agachan la cabeza, es lo que llevan haciendo desde hace meses. Supongo que ellos estarán tan sometidos a la voluntad del boreth como nosotros.

    El Trikoniano de la cabeza descubierta volvió golpear el mostrador con tal fiereza que el herrero retrocedió un paso atemorizado. Aún así, según pudo deducir a partir del lenguaje corporal de ambos, el encargado seguía negándose a hacerles un descuento.

    — Harol— Magrog apareció justo a las espaldas del aludido— ¿Qué ocurre?

    — No, que ocurre no…— dijo en tono cauteloso— Lo que va a ocurrir.

    — ¡Por amor de…!— exclamó el oriental— ¿No puedes pisar una ciudad sin meterte en líos? ¡Déjalo estar, Harol! ¡Hace quince años que no estas en Rotharg! ¡Haz el favor de no estropearlo!

    — Magrog, amigo mío…— dijo golpeándole el hombro con la palma de la mano— Si no montara un escándalo cada vez que llegara a una ciudad… No sería yo… ¿Verdad?
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    — ¡Harol! ¡Espera…!

    Las súplicas de Magrog volvían a ser banas, Harol se encaminó decidido hacia el Trikoniano, que ahora aferraba al pobre Miothin por el pecho de su camisa de lana.

    — Ahora te voy a dar razones para gritar, plebeyo…— decía el soldado delatando un claro acento de Trikonia.

    Harol se posicionó justo detrás de él y golpeó su hombro con el dedo índice. El soldado soltó al herrero de un empujón y se volvió hecho una furia hacia Harol, que le mantenía la mirada, desafiante. Uno de los otros guerreros le propinó un empujón que lo desplazó unos dos pasos hacia atrás.

    — No, — le dijo el que había amenazado a Miothin— dejádmelo a mi.

    La muchedumbre quedó en silencio ante el desafío de Harol. Magrog, por su parte, observaba la escena avergonzado y, en parte, temeroso por el desenlace de la misma.

    — ¿¡Qué es lo que quieres!?— exclamó el Trikoniano.

    — Pasaba por aquí— dijo en tono cortés— y no he podido evitar reparar en la discusión que manteníais con el buen herrero Miothin.

    Harol siguió mirando al soldado fijamente.

    — Ah, y supongo que tienes algo que decir… ¿O vas a quedarte ahí parado como un pasmarote?

    — Por supuesto que no, — continuó Harol con la misma cortesía— os pido por favor que le dejéis en paz.

    Los trikonianos que los rodeaban rompieron en fuertes carcajadas, sin embargo, el de la cabeza descubierta contrajo su rostro de furia.

    — ¿Si? ¡Pues yo no te pido! ¡Te ordeno que sigas desfilando antes de que empieces a lamentar haberte entrometido!

    — Miothin, — llamó Harol por encima del hombro del Trikoniano— ¿Qué podéis decirme vos? ¿Qué os han encargado?

    — Sables nuevos, se-señor. — contestó el herrero con la voz entrecortada— Ya les he hecho varios encargos, todos ellos sin cobrar. Pero no puedo per-permitirme el lujo de seguir trabajando gratis. Soy muy pobre, señor, mi familia pasa hambre y…

    — ¡Deja de lloriquear, plebeyo!— chilló el soldado propinando una patada el mostrador, por lo que Miothin se encogió— ¡Vas a cumplir el encargo por orden de tu boreth! ¡¿Me oyes?! ¡Si desobedeces, tú morirás igualmente de hambre, pero en prisión! ¿Lo prefieres?

    — N-no…— dijo el herrero agachando la cabeza.

    — ¡Espera, espera!— exclamó Harol aproximándose al mostrador— Miothin… ¿Cuál sería el precio normal por esas ojas?

    El herrero miró a Harol con los ojos enrojecidos por el vapor de la fragua.

    — Cua-cuarenta y cinco escudos de genshin, señor….

    — ¡¿Cuarenta y cinco?!— prorrumpió Harol terriblemente indignado. Luego se volvió hacia los Trikonianos— ¿Os atrevéis a negaros a pagar esa suma de dinero? ¿Vosotros, que pertenecéis a la comitiva de un príncipe? ¡Sin duda es vergonzoso! ¡Y no contentos con eso, os dedicáis a amenazar a los trabajadores honrados de esta noble ciudad!

    Harol tomó una bolsa de cuero atada que colgaba del cinturón de su túnica, después la abrió y de ella sacó unas varias monedas de color cobrizo. Las contó, y acto seguido las depositó suavemente sobre el mostrador.

    — Aquí tienes, querido Miothin, tus cuarenta y cinco escudos de genshin.— dijo en tono afable.— Ahora puedes cumplir con tu encargo.

    En cuanto Miothin iba a pronunciar una palabra, el sonido de una espada al desenvainarse resonó a las espaldas de Harol. Todos los espectadores retrocedieron un paso, y Magrog ahogó un grito de espanto. El capitán trikoniano rozaba el costillar de Harol con el filo de su sable curvo, y la mano que tenía libre lo sujetaba por el hombro. Harol permaneció quieto, con los brazos extendidos y respirando entrecortadamente.

    — Te dije que te arrepentirías de haberte entrometido…

    No previó que las cosas pudieran llegar hasta ese punto.

    — Nadie… ¡Nadie se atreve a menospreciarnos de esa manera! ¡Maldito erthor arrastra-hielo!— dijo con el rostro tan contraído que resultaba incluso cómico— Antes de clavar esta hoja en tus pulmones, quiero que me digas tu nombre…

    De repente, una sola voz resonó sobre todas las demás. El gentío calló de repente y todos dirigieron sus miradas a la figura montada en un caballo negro que sobresalía entre el bosque de cabezas.

    — Su nombre es Harolläd Bas— dijo el jinete, denotando en su voz un puesto ilustre —, hijo de Hoddrïn Bas y acogido por el propio rey Thareis Mallandai.

    El hombre bajó del corcel, tan negro como la larga túnica que portaba. El señor, de gran altura, destacaba notablemente entre la multitud, la cual se apartaba inmediatamente a su paso, incluso realizando excedidas reverencias. Caminó, haciendo ondear su oscura capa, hasta situarse justo entre Harol y el capitán trikoniano, el cual había dejado caer su sable sobre la calzada en cuanto lo vio. El desconocido retiró la pesada capucha de su cabeza y mostró su pálido rostro con facciones angulosas y masculinas, acompañadas de cabello corto y tan oscuro como sus propios ojos.

    — Señor…— el capitán, así como el resto de trikonianos, se quedó tieso ante la presencia de aquel hombre.

    Harol se giró hacia él y también quedó impresionado por su imponente figura.

    — Capitán, ¿Puede explicarme que está sucediendo aquí?

    El trikoniano farfulló algo ilegible, luego tomó una pausa y comenzó a hablar con más claridad.

    — Yo… nosotros… Estábamos teniendo una discusión por… asuntos comerciales.

    El hombre de negro enarcó una ceja.

    — Y… ¿En Trikonia os servís del filo de vuestra espada en las transacciones comerciales?

    El capitán volvió a balbucear entrecortadamente.

    — ¡Se había entrometido en nuestros asuntos!

    — Ah, ya conozco de vuestros asuntos…— el hombre dio un paso aproximándose al capitán, que quedó encogido al instante— Extorsionáis y amenazáis con la ruina a la gente trabajadora de mi ciudad. Campáis a vuestras anchas como si de vuestro propio reino se tratase y, por si fuera poco habéis estado a punto de asesinar a un miembro de la casa del rey. ¿Debería suponer que seríais capaces de matarme a mí también?

    Los trikonianos, Harol, y todo el mundo guardó un silencio sepulcral.

    — No quiero volver a verte por este mercado. Ni a ti ni a ninguno de tus hombres. Si te atreves a volver a molestar a esta buena gente, desearás no haber salido nunca de tu madriguera trikoniana para venir aquí…— el hombre se agachó y recogió el sable del suelo para posteriormente entregárselo al propietario—. Ahora corre con tu amo, antes de que cambie de opinión.

    El capitán se colocó el yelmo con manos temblorosas, y a continuación se marchó del lugar a paso ligero y sin mediar palabra, seguido de todo su séquito de hombres. La muchedumbre, viendo concluido el espectáculo, comenzó a dispersarse, quedando sólo pequeños grupos opinando acerca de lo ocurrido. Harol respiró hondo, y vio como el hombre se dirigía a él.

    —…Uetrick Gannamon, consejero real de su majestad, el rey Thareis. Pasaba por aquí en busca de un invitado muy especial, y parece que he dado con él. Estoy a vuestra entera disposición. — dijo haciendo una pequeña reverencia— Siento haberos conocido en tales circunstancias.

    — Yo también lo siento pero, ¿Quién sabe cómo hubiera acabado esto si no hubierais aparecido?— Harol se llevó la mano a la zona del costado tocada por la punta del sable—Sin duda os debo una, señor… espera, ¿habéis dicho Gannamon?

    Uetrick esbozó una sonrisa.

    — Así es. El boreth, Tunnon Gannamon, es mi hermano mayor. Pero no os preocupéis, Harol, la relación que tengo con mi hermano es únicamente familiar.

    — ¿Por qué debería preocuparme?

    Uetrick alzó la vista y comprobó su alrededor con el ceño fruncido, luego dijo en voz baja:

    — Esos hombres, los trikonianos, ocupan la ciudad con el consentimiento de mi hermano. Puede que ya lo hayáis descubierto…

    Harol asintió.
  • VallininVallinin Pedro Abad s.XII
    editado abril 2010
    Harol asintió.

    — En efecto, la cara que se os ha quedado cuando he dicho mi nombre lo ha dejado muy claro…

    — Esos soldados se han mostrado muy dóciles a vuestras palabras… ¿Tanta autoridad ejerce el consejero del rey sobre ellos?

    — Diablos, no. — dijo sacudiendo la mano— Como ya os he dicho, mi hermano y yo no somos más que eso, hermanos. Su territorio es la Casa Gris, y el mío la ciudadela.

    — Pero… ¿No se supone que la Casa del Boreth trabaja para la ciudadela?

    Uetrick sacudió la cabeza y esbozó una extraña mueca. Mantuvo la mirada fija durante unos segundos sobre un punto inexistente en el espacio, luego añadió:

    — ¿Podríamos hablar de ello en otro lugar? — susurró— A esta maldita ciudad parece haberle crecido ojos y oídos por todas partes…

    — ¿Qué podéis temer? Sois el consejero del rey, gozáis de uno de los puestos de mayor importancia en el reino.

    —Ah, Harol… Creedme. — Dijo cautelosamente— Puedo temer…

    Harol respiró hondo, y observó como Uetrick se dirigía a Miothin, el herrero, que seguía observándolos estupefacto desde detrás del mostrador.

    — Ya podéis estar tranquilo, buen hombre— le dijo Uetrick en tono afable — Esos trikonianos no volverán a molestaros.

    — ¡Gracias! ¡Mil gracias, señor Uetrick! ¡Y a vos, extranjero!— dijo sonriente Miothin— Ese capitán Gilow llevaba semanas encargando pedidos… gratis. Si esto hubiera seguido, a parte de arruinado habría acabado encadenado en el calabozo de la Casa Gris, o peor… Bueno, no me hagáis caso, sólo soy un viejo charlatán. En cuanto a su dinero, señor, puede llevárselo, no creo que tenga por qué hacer ese pedido…

    — No, — dijo Harol— lo necesitáis más que yo.

    — ¡Insisto!— exclamó el herrero— Estoy mal, os lo aseguro, pero todavía me queda honra suficiente como para necesitar limosnas… sin desmerecer vuestra intención.

    — No os preocupéis, — le dijo Uetrick— seguro que el negocio sale de esta. Según tengo entendido, sois muy querido en el mercado… ¿No es así?

    — Mi familia lleva generaciones con este negocio. Mi vida es la fragua y el mercado, que más os puedo decir…

    — Y espero que sean muchas más…— añadió Harol— Ha sido un placer, Miothin, que los ancestros te sonrían.

    Cuando Harol y Uetrick se volvieron hacia el centro de la avenida, Magrog se dirigió hacia ellos. En su rostro aún quedaba rastro del terror con el que había presenciado los últimos momentos del enfrentamiento.

    — Ah, este es Magrog— dijo Harol—. Es un buen amigo, mi compañero de viaje.

    — Es un placer conoceros, señor…— dijo el oriental realizando una reverencia ante Uetrick.

    — Soy Uetrick Gannamon, consejero y confidente de su alteza real Thareis Mallandai— dijo— Y por vuestro acento y rasgos sospecho que no sois de Ërthain. ¿Algún habitante de los exóticos países orientales que describíais en vuestras cartas, Harol?

    — Nací en Strimboly, capital de Arhadda, señor…

    — Oh, la lejana Arhadda…— exclamó Uetrick con los ojos muy abiertos— En el límite sur de la península del Ha-Muramm, bañada por el Océano Oriental Kalamassu. Siempre quise visitar ese lugar: ver el templo de Tho-Miram, las Cataratas del Término, y esos seres enormes y rojizos, de grandes orejas…

    — Vaya. — Magrog enarcó una ceja — Veo que sabéis de mi ciudad natal, incluso conocéis nuestros famosos elefantes rojos, únicos en todo el mundo. Apostaría a que mucha gente de esta ciudad a penas sabe de la existencia del lejano oriente… Me siento complacido.

    — Si, a pesar de no haber salido nunca de este continente, he de admitir que me fascina la geografía. Siempre que tengo tiempo, no dudo en echar mano a los mapas antiguos y polvorientos de los archivos de la ciudadela.
    Olhbrëd se acercó al lugar de la conversación, y posteriormente dedicó un saludo marcial a Gannamon.

    — Señor…— dijo inclinándose hacia el consejero real.

    — ¿Fuisteis vos quien envió a Olhbrëd a las puertas de la ciudad?— preguntó Harol a Uetrick.

    — En efecto, fui yo.

    Harol quedó confuso.

    — Entonces… ¿Por qué habéis venido?

    — Bueno, he de confesar que nuestro encuentro ha sido simple coincidencia…— Uetrick sonrió— Una afortunada coincidencia.

    — Si, sin duda alguna— respondió Harol con otra sonrisa dibujada en su rostro—.Y… ¿Que asuntos os llevaban por esta avenida?

    — Tengo que… solucionar ciertos problemas en el puerto de Birthmoore. No corre prisa por el momento, de lo contrario no me habría entretenido tanto para hablar con vos.

    — Vaya… ¿Y son graves esos problemas?

    — En absoluto. — dijo sacudiendo su mano enguantada — Nada que no ocurra con frecuencia. Se han extraviado ciertas mercancías propiedad de la casa real, y se me envía allí como mayor representante de la voluntad del rey.

    — Oh… En ese caso, no me gustaría importunaros más.

    — No lo habéis hecho.— dijo extendiendo la mano— Ha sido un placer hablar con vos.

    Harol estrechó la mano de Uetrick.

    — Espero que nuestros caminos de vuelvan a cruzar.

    — Lo harán,— dijo mientras subía ágilmente a los lomos del corcel negro— no me cabe la menor duda.


  • HakatriHakatri Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado abril 2010
    Supongo que al hablar del prologo te refieres a La guerra de los lobos, aunque no veo mucha conexion entre un texto y otro, en fin, supongo que luego se vera

    De entrada la narrativa es buena, pero al iniciar una descipcion sueles poner muchos adjetivos para enfatizarlo todo, de este modo resulta algo cargado y se te pasan algunas repeticiones
    Vallinin escribió : »
    Harol echó una última ojeada al círculo de cielo despejado que asomaba tímidamente entre los blancos nubarrones que se cernían sobre sus cabezas. Permaneció varios segundos mirando las blanquecinas alturas, con el cuello en una posición que rozaba lo incómodo, hasta que el desagradable impacto de un copo de nieve en su ojo le hizo bajar la mirada bruscamente, encontrándose con la enorme cabeza negra y peluda del caballo sobre el que estaba montado. Se frotó bruscamente el ojo con el dedo índice, al tiempo que soltaba una risotada divertida. A su lado apareció otro jinete a lomos de un bello corcel negro, éste lo miraba con una sonrisa sarcástica plasmada en su rostro oriental.
    Como siempre lo mejor seria releerlo varias veces hasta estar seguro de tener un texto fluido, aunque solo es un problema inicial porque en cuanto pasas a los dialogos ya no aparcen estas redundancias
    — ¿Podríamos hablar de ello en otro lugar? — susurró— A esta maldita ciudad parece haberle crecido ojos y oídos por todas partes…

    — ¿Qué podéis temer? Sois el consejero del rey, gozáis de uno de los puestos de mayor importancia en el reino.

    —Ah, Harol… Creedme. — Dijo cautelosamente— Puedo temer…


    El uso del idioma esta bien en general y los personajes parecen hablar de forma adecuada a su papel, solo deberia hacerte notar esta parte, si se supone que el protagonista ya tiene algo de mundo deberia tener muy en claro que algunas cosas se deben hablar en privado, tambien deberia haber captado la indirecta desde el comienzo

    En resumen se ve bien pero tiene un ritmo algo lento que aburrira a los lectores novatos, una atmosfera ms atrapante sirve bien con este estilo o si quieres hacerlo mas rapido podrias poner mas contrapuntos y abarcar una perspectiva menos comun
  • VallininVallinin Pedro Abad s.XII
    editado abril 2010
    Cierto cierto. Abuso de la adjetivación, es un defecto que no logro quitarme de encima. Buen punto ese, gracias por recordármelo. No obstante, tengo una copia corregida de la misma. Si quieres te lo puedo enviar para le eches otro vistazo. Sólo si lo deseas claro. Gracias por tu crítica, el siguiente capítulo ya está escrito, y en él se desvela la conexión con el prólogo.
  • VallininVallinin Pedro Abad s.XII
    editado abril 2010
    Capítulo 3


    La ciudadela


    La escalinata que conformaba la entrada al recinto de la torre estaba custodiada por varios guardias ataviados con túnicas y yelmos plateados que ocultaban sus rostros. Estaban dispuestos de manera lineal en los últimos escalones. Cuando el grupo de Harol, Magrog y Olhbrëd llegó a los pies de la escalera, tres de los guardias descendieron para recibirlos. Cuando se encontraron frente a frente, Olhbrëd dedicó una inclinación al guardia situado en el medio, del que no cabía duda de que era de mayor rango.

    — Es un orgullo teneros aquí, Harolläd Bas — dijo el capitán, dirigiéndose cortésmente a Harol— El rey Thareis os está esperando más arriba.

    — Siempre es un placer volver. — contestó el aludido con un tono no menos respetuoso.

    — No os preocupéis por vuestras monturas, Olhbrëd se encargará de llevarlas al establo de la torre.

    Acto seguido, el chico tomó las riendas de ambos caballos y tiró de ellos, a lo que las bestias respondieron muy dócilmente.

    — Huelga decir que recibirán un trato exquisito, — continuó el capitán— supongo que habrán hecho un largo viaje ¿verdad?

    — Sin duda esos animales se han ganado un descanso. — dijo Magrog— Casi tres semanas de travesía, y no precisamente pausada. Por cierto… ¿Qué pasa con nuestro equipaje?

    —No debéis preocuparos por eso, pues vuestros enseres serán llevados lo antes posible a las estancias en el palacio, en cuanto los caballos estén establecidos en la cuadra…— el capitán hizo un gesto con el brazo— ¡Seguidme! El rey aguarda.

    Harol y Magrog siguieron a la pequeña comitiva de guardias hasta el final de la ancha y prolongada escalinata. Cuando alcanzaron el final, ante ellos se erguía la ensombrecedora estampa de la torre de Rotharg, tan grande como una montaña. El recinto amurallado, cuya gran puerta ya habían cruzado mucho antes de alcanzar la escalinata, conformaba una enorme base circular repleta de jardines y explanadas de piedra blanca. En el centro de la misma, se erguía el sistema de niveles, también circulares, que constituían el palacio real y la base de la imponente torre. El lugar en el que se encontraban ahora era una amplia planicie de roca lisa y brillante que se extendía hasta una segunda escalinata, que acababa en las mismísimas puertas del palacio. A los lados se erguían árboles viejos, de largas ramas peladas y agachadas por el peso de la nieve, y más allá, una extensión de jardines recubiertos del mismo manto blanco. La puerta quedaba aún lejana, y Harol no podía distinguir con claridad las siluetas que junto a ella se encontraban. Cuanto más se acercaba, pudo vislumbrar la inconfundible estampa de más guardias de la ciudadela, y exigiendo un poco más a su vista, también consiguió localizar la figura del Rey Thareis, que estaba más adelantado, envuelto en una túnica negra muy sencilla. Cuando avanzó un poco, notó como el vigor y la fuerza del hombre que aguardaba varios metros más allá tenía se habían desvanecido con el paso de los años.
    El rey Thareis parecía verdaderamente… anciano.

    No obstante, a pesar de su apariencia debilitada, Harol vislumbró una amplia sonrisa dibujada en su pálido rostro, entrecerrando sus ojos azules blanquecinos. En ese momento, el rey dio un paso hacia delante, pero una figura que descansaba tras él, ataviada con una extraña túnica escarlata posó suavemente la mano sobre su hombro.


    A esto, no obstante, el rey no hizo caso, siguió con su marcha para encontrarse con Harol.

    — ¡Harol!— exclamó desde lejos— ¡No puedo creerlo!

    Los tres guardias que había delante de Harol y Magrog se apartaron educadamente para dejar paso al rey, que se aproximaba a ellos como un témpano negro que se desplazaba sobre una alfombra blanca. El rey llevaba la melena ciertamente alborotada por la brisa y repleta de copos de nieve, sin embargo conservaba su color original a pesar de los años. Harol alzó los brazos y se fundió en un cálido abrazo con su “tío”.

    — No puedo creer que estés aquí. — dijo el hombre estrujando las costillas de Harol con sus fuertes brazos— Harol, ¡hijo mío! Cuanto tiempo ha pasado…

    — Me alegro de verte, tío. — contestó Harol con los pulmones oprimidos.— Han sido quince años muy largos…

    Harol dejó escapar un quejido de dolor, y el rey dio por concluido el fuerte abrazo. Luego cogió el rostro del joven con sus frías manos y lo examinó con detenimiento.

    — ¿Qué ocurre?— preguntó Harol riéndose.

    — Nada… Cuando te fuiste eras un niño… — dijo con ojos vidriosos— Cómo has cambiado.
  • VallininVallinin Pedro Abad s.XII
    editado abril 2010
    — Espero que para bien.

    Rompieron a reír y Thareis propinó furiosas palmadas a la espalda de Harol.

    — En contra, veo que tú no has cambiado nada… Sigues con tus muestras de cariño tan… efusivas.

    — ¡Ja, ja, ja!— rió Thareis— Es que estoy tan contento de que estés aquí ¡Por fin! Aún habiéndonos mantenido en contacto por cartas… nunca era lo mismo que tenerte aquí, con nosotros…

    — Bueno, pues aquí me tenéis. Podéis alegraros, porque no pienso moverme en una temporada.

    — ¡Cuánto me alegro de oír eso!— exclamó el rey con una amplia sonrisa— Y… ¿Quién es tu acompañante, Harol?

    — ¡Ah!— exclamó — Este es Magrog, tío. Es el hijo del hombre que tanto me ha ayudado .Los dos son muy buenos amigos míos.

    — Majestad— Magrog se inclinó hacia Thareis muy solemnemente—, es un honor veros en persona.

    — El honor es mío…— contestó Thareis en tono jovial — Si eres quien creo que eres, Harol me ha hablado muy bien de ti en sus cartas. Me alegro de que os hayáis conocido. Siempre quise la mejor compañía para él.

    — Yo soy el afortunado señor, uno no se encuentra a personas como Harol todos los días. Ha sido como un hermano mayor para mí durante estos años.

    Harol sonrió y zarandeó a Magrog levemente por el hombro.

    — Hemos conocido a Uetrick de camino al palacio. — dijo — Hemos tenido un… pequeño percance.

    — ¿Con Uetrick?— preguntó Thareis conmocionado y con sus ojos grises bien abiertos.

    — No, precisamente fue él quien me salvó de esa situación. Pero prefiero hablar de ello más adelante, además, carece de importancia.

    — Conque metiéndote en líos ya… ¿Eh, Harol?— dijo el rey en tono condescendiente. — Pero te conozco. Te conozco lo suficiente para tener la certeza de que, sea lo que fuere, lo hiciste con buen criterio.

    — A veces mi buen criterio no es el más indicado. Es algo que nunca aprenderé.

    — La vida en si misma es el mejor campo de entrenamiento, siempre se aprende.— Thareis se volteó hacia atrás ligeramente y observó durante un instante la puerta de la ciudadela— Pero dejemos estas charlas para luego ¡Estás de vuelta, y eso es lo que importa!

    Harol miró más allá del hombro del rey, y pudo apreciar una figura blanca y liviana frente a las altas puertas de palacio.

    Un rostro pálido como el mármol, unos ojos azules como el océano y una cabellera dorada que oscilaba grácilmente en la brisa.

    — No me lo puedo creer…— balbuceó Harol— Esa es… ¿Lessa?
    Thareis asintió con la cabeza:

    — Mi hija se encontraba indispuesta, pero tampoco quería perderse la bienvenida… ¡Vamos adentro! Tenemos mucho de lo que hablar.

    — Lo mismo digo.

    Harol y Magrog siguieron al rey junto a los guardias de la ciudadela que los acompañaban. Cuando llegaron a la comitiva que aguardaba frente a la escalinata de la entrada, Lessa, la hija del rey, se adelantó unos pasos hacia Harol. En efecto, se había convertido en una hermosa mujer, pero su rostro denotaba la indisposición que había mencionado su padre. Tenía los ojos inyectados en sangre, por no hablar de lo enrojecidas que estaban sus mejillas. Dio unos cuantos bandazos hasta abrazar a Harol, sin embargo, estaba tan debilitada que éste a penas notó presión alguna. No podía decirse lo mismo del caluroso estrujón que le había dedicado el rey minutos antes. Los brazos de ella se dejaron caer desde sus hombros hasta sus muñecas, entonces la miró directamente a los ojos, unos ojos que habían derramado feroces lágrimas, no hacía mucho.

    — ¡Cuánto me alegro de verte!— exclamó Harol sonriente— Lessa, te has convertido en toda una mujer.

    Lessa permaneció callada, analizando al recién llegado con detenimiento y una mirada vidriosa.

    — Lo mismo puedo decir de ti…— dijo ella, con un hilo de voz, paseando la palma de su mano por la incipiente barba de Harol — Eras muy joven cuando te marchaste.

    — Desde luego, tenía dieciséis años por aquel entonces. — Harol retiró los mechones de pelo del rostro de ella para apreciarlo mejor— Pero tú eras una niña muy pequeña… Aún así, me sigues pareciendo igual de hermosa.

    Ella sonrió tímidamente y sorbió con la nariz, desviando la mirada.

    — La más hermosa de todo el reino…— dijo el rey a sus espaldas. — Muy digna hija de su madre. Cuanto lamento que ya ella no esté entre nosotros, para verte…

    — Seguro qué, desde donde nos esté observando, está muy feliz de vernos unidos otra vez— añadió Harol. — Por cierto… ¿Dónde está Herthall? ¿Dónde está mi primo?

    El omnipresente rostro risueño del rey se evaporó como un reguero de pólvora prendido.

    — He- Herthall no se encuentra en Rotharg— dijo Thareis, denotando cierta pesadumbre—… De hecho, lleva bastante tiempo fuera.

    — ¿Si?— Harol enarcó una ceja— ¿Cuánto tiempo lleva ausente?

    — Un año, tres meses y doce días…— murmuró Lessa.

    — Vaya, es una lástima, me hubiera gustado verle. Y ¿Qué empresa le ha llevado a irse de la ciudad durante tanto tiempo?

    El rey sacudió su túnica negra de copos de nieve, luego añadió:

    — Se encuentra en una misión que lo ha llevado hasta las llanuras, a combatir a los bárbaros. Ciertamente, los resultados están siendo fructíferos. Las rutas comerciales se están reabriendo y, según dicen, la presencia de estos salvajes ha disminuido tanto, que se podría decir que han sido expulsados de esas tierras. Pero Herthall…

    Thareis quedó en silencio, con sus ojos grises perdidos en la neblina que había hecho acto de presencia en torno a ellos.

    — ¿Qué? ¿Qué pasa?

    — ¡Bah!— gruñó— Olvídalo, sólo me preocupo demasiado por él, nada más.

    — Eso será. Conmigo no fuiste menos protector. — dijo Harol, volviendo a restablecer el tono agradable a la conversación. — ¿Recuerdas las cartas que me mandabas?

    — Si. ¡Ja, ja, ja! Es uno de mis tantos defectos.

    Un hombre de la comitiva, alto y enjuto, vestido con una túnica parda, se desgajó del resto y habló al rey Thareis en voz baja.
  • VallininVallinin Pedro Abad s.XII
    editado abril 2010
    — Mi salud está perfectamente, Giavvï, muchas gracias. — exclamó el rey desprendiéndose del anciano.

    — Eh, — advirtió Harol— Creo que me acuerdo de vos..

    — Yo, en cambio, os recuerdo muy bien, Harollad. — dijo Giavvï pronunciando su nombre con énfasis.

    — ¡Ajá!— exclamó Harol— No hay duda de que sois ese clérigo del oratorio, el que me daba tirones de orejas y me regañaba sin parar.

    Giavvï contrajo el rostro a medida que las palabras salieron de la boca de Harol.

    — Me honra deciros que ahora ostento un cargo más elevado. Soy el maestro de los Thumain, el círculo de ancianos de Rotharg.

    Harol miró a su tío con una mueca burlesca plasmada en el rostro.

    — Deberíamos entrar ¿no?— dijo la fina voz de Lessa tras ellos.

    Thareis aferró a su joven hija por el hombro cariñosamente.

    — Ni yo lo habría dicho mejor ¡Entremos, pues hay que celebrar que mi querido Harol está de vuelta!

    El palacio, viejo y sombrío, no había experimentado muchos cambios desde la partida de Harol, quince años atrás. Al atravesar el gran portón principal se accedía un vestíbulo de columnas de roca gris que se alzaban alto, muy alto, como figuras majestuosas. Aquella zona constituía la galería principal, la estancia más grande después de la sala de audiencias del rey, que se hallaba en el otro extremo. Harol se separó del grupo, y dejó a Magrog conversando con el rey, que no cesaba en su entrevista. Se quitó un guante y colocó la palma de su mano sobre la fría roca de uno de los pilares.

    “He echado de menos esto…”— se dijo. —“Todavía late con la misma fuerza”

    El rey permaneció hablando con la comitiva, mientras avanzaban lentamente a través del bosque de columnas. No obstante, el joven seguía admirando la majestuosidad de aquella enorme sala. Lessa se acercó, silenciosamente, hasta situarse justo detrás de él.


    — Siempre te gustaron estas columnas…— su voz sonaba aún más tenue que antes.

    — Vaya, — dijo Harol volteándose bruscamente — eres tan ligera como un felino. ¡No he escuchado como te acercabas!

    Ella sonrió.

    — Tienes buena memoria, Lessa— continuó él— Si quieres que te diga la verdad, incluso pensaba que te habrías olvidado del bueno de Harol.

    — ¡No digas tonterías!— Lessa alzó la voz por primera vez— Jamás te olvidaríamos, eres parte de nosotros.
    — Tranquila, pequeña. — Harol se rió— Sólo bromeaba.

    Lessa apoyó su liviano cuerpo vestido de blanco contra la misma columna, y perdió la mirada en la bóveda que reinaba en lo alto.

    — Además, tus cartas siempre nos mantuvieron unidos a ti.— continuó la joven— Mi padre las lee, y siempre nos llama a Herthall y a mí para estar presentes mientras lo hace.

    Harol echó un vistazo a la comitiva, con la que distaban unos diez metros, y luego le dijo a Lessa:

    — Thareis está preocupado por Herthall…

    — Está más que preocupado…— Lessa clavó sus ojos azules en los castaños de Harol— A penas duerme, si me descuido ni come… Está verdaderamente afectado con su ausencia, y más aún desde que en este mes no ha recibido noticias de él. Cree que le haya podido pasar algo

    — ¡Siempre fue un padrazo!— exclamó Harol sonriente— Escúchame, Lessa… ¿No pensarás tu lo mismo?

    — Yo…— murmuró ella— Yo no sé que pensar… Mi padre lo envió a una misión peligrosa, de hecho, cada vez se culpa más por ello. Y mi hermano, en fin… mi hermano no es invencible, sino mortal. Me gustaría pensar que volverá, pero la otra posibilidad está siempre… ahí.

    Harol aferró a Lessa por los hombros.

    — No quiero que pienses eso. — dijo, tajante — ¿Me oyes? Herthall volverá, estoy seguro de ello. Ya sabes que los bárbaros han dejado de atacar, y eso sólo significa una cosa. Quizás no hayáis recibido noticias de él porque ya no haya nada de lo que informar. Lo más probable es que en este mismo instante esté regresando a Rotharg ¿Quién sabe? Podríamos tenerlo aquí dentro de unos pocos días.

    — ¿Sabes?— preguntó ella, con una sonrisa melancólica plasmada en sus labios carnosos y enrojecidos— Mi padre tenía razón: tienes una inmunidad natural a la desesperanza.

    — He pasado por situaciones terribles Lessa. A lo largo de estos quince años de viajes me he encontrado en tramos oscuros, donde parecía no haber cabida para ni tan siquiera un mínimo rayo de esperanza... Sin embargo, esas experiencias me enseñaron que siempre hay una posibilidad, por pequeña que sea de…

    — Basta, Harol. — Lessa retomó el tono de voz tenue y apagado— No quiero pensar en ello.

    De repente, la voz del rey Thareis resonó en toda la galería. Harol dio un leve respingo y apartó la mirada de su joven prima, para dirigirla a su tío.

    —… El almuerzo será a las dos en punto en la sala de audiencias, mi querido Magrog— exclamó muy jovialmente. Luego se dirigió a dos jóvenes doncellas de la comitiva— Queridas… Llevad a Harol y a Magrog a sus estancias, sin duda estarán cansados. Ya sabéis, estad atentos al reloj. ¡No aceptaré retrasos!

    — Padre, — dijo Lessa— Si me permites, querría llevar yo a Harol y a Magrog hacia sus habitaciones.

    Thareis enarcó una ceja.

    — Muy bien, como quieras. Sin duda tenéis mucho de lo que hablar.














  • HakatriHakatri Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado mayo 2010
    Vallinin escribió : »
    Harol alzó los brazos y se fundió en un cálido abrazo con su “tío”.
    Un rostro pálido como el mármol, unos ojos azules como el océano y una cabellera dorada que oscilaba grácilmente en la brisa.

    En general esta continuacion es mas de lo mismo, creo que la historia avanza despacio y esos cliches no me acaban de convencer, ya se ve la conexion con la guerra de los lobos y esos puntos suspensivos todavia no alcanzan a formar un estilo, mas bien impiden la diferenciacion de las personalidades de los personajes, lo habias hecho bien con los grupos sociales pero parece que necesitas practica con las individualidades
    De momento no hay mucho que decir, hasta la proxima
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