Se había ido. Le había dejado sin ninguna explicación. Un día fue a buscarla, y ya no estaba. La esperó más de media hora y al fin, extrañado, subió a la humilde habitación de la pensión y la encontró vacía. La puerta estaba abierta, como sucede cuando algo sospechoso flota en el ambiente, para potenciar el misterio, la duda, la interrogación que corroe el alma y se retuerce en el estómago como las anguilas en un cubo.
Los cajones estaban abiertos, la cama revuelta. Las plantas, sin regar, yacían exangües exponiendo su miseria al mundo desde la repisa. Abrió el armario y lo único que vio fueron unas tristes perchas de alambre, que se balanceaban pidiendo ayuda, condenadas a languidecer colgadas de un tubo oxidado. En el suelo de madera, una capa de periódicos viejos le miraba con ojos amarillentos por el paso del tiempo, susurrándole con voz débil noticias que sucedieron antes de que él naciera.
Entró en el minúsculo cuarto de baño, ahogado por la amarga bilis de los recuerdos perdidos, la boca contraída en una mueca de repugnancia por el ácido sabor que le subía desde el estómago. Allí no había nada para aliviarle. Ni dentífrico, ni enjuage bucal. Nada. Sólo un cepillo viejo, con las cerdas tan torcidas hacia fuera que parecían el mostacho impertinente de un viejo al que todo le da igual, inclinado dentro de un vaso sucio y rayado, que había perdido la transparencia mucho tiempo atrás. Pero encima del portarrollos del papel higiénico, que custodiaba un desnudo rollo de cartón como una madre abriga a su hijo famélico, había un descolorido paquete de chicles.
Lo tomó con dos dedos y lo levantó, hasta ponerlo frente a sus ojos. El aplastado envase de papel grueso contenía un solo chicle, un rectángulo alargado envuelto en papel plateado. Lo extrajo, arrojando el envoltorio al inodoro, y lo contempló pensativo. El borde del papel que encerraba la goma de mascar estaba cortado en forma de sierra. Él vio la boca de un tiburón, presta a arrancar grandes bocados de su corazón, tan insensible y entumecido por el aturdimiento que ni siquiera notaba sus latidos. Lo abrió con cuidado y acercó la nariz. Menta. Sus favoritos. Él prefería la fresa. La imagen de su hermoso rostro, a un palmo de su cara, sonriente y en eterno movimiento al masticar el chicle, le golpeó los ojos como un latigazo. Entonces ella reía, y la blanda bola verde asomaba entre sus dientes blancos, en un contraste tan hermoso como las margaritas sobre la hierba. El la besaba, y sus lenguas danzaban entrelazadas, mezclando la menta y la fresa hasta que ya no podía distinguirse una de otra, ni un corazón de otro, ni una vida de la otra.
Y ahora se había ido. Sin más. Arrugó el chicle con furia, y lo tiró al suelo. Dio media vuelta y salió, sin mirar atrás. Se sentía estafado. Ni siquiera le había dejado un mensaje de despedida. Caminó apresuradamente, dirigiéndose al paseo marítimo donde tantas veces habían compartido los pasos, la gente, el olor a sal y a arena, y sus dedos se anudaban de tal manera que parecía imposible separarlos.
Se sentó en su banco. Cuantos atardeceres se habían consumido allí, con la cabeza apoyada en su hombro, sin decir nada; esperando pacientemente que el Sol se sumergiera en el horizonte, una enorme bola roja y candente como la pasión que se regalarían tan solo unos momentos después.
Metió la mano bajo el asiento y tocó una pequeña masa pegada a él, dura como una piedra, dura como el corazón que le había abandonado, y sintió rabia. Él había pegado allí ese chicle el día que se conocieron, para fijar ese momento con lo único que tenía a mano. Ahora ya no significaba nada. Lo agarró fuertemente con el pulgar y el índice en forma de pinza, intentando arrancarlo. Pero no pudo. Parecía haberse fundido con la piedra. Forcejeó unos segundos, y la rabia se transformó en cólera. Se levantó, y se agachó para contemplarlo. El rosado tono de la fresa hacía mucho que había desaparecido, y un blanco sucio ocupaba su lugar. Metió la mano en el bolsillo trasero de sus vaqueros, buscando la navaja.
Y entonces lo vio.
Al otro lado, un bulto idéntico, pero de un verde brillante, exuberante, y profundamente aromático. Alargó la mano, y la yema de sus dedos lo acarició como si fuera el pecho de su amada. Estaba blando, y aún húmedo. Acercó el dedo a su nariz y aspiró profundamente.
Menta. Sus favoritos.
Comentarios
Un saludo afectuoso.
Te diría que sobran algunas imágenes y comparaciones cuando describes el estado en que se encuentra la habitación y los objetos, pero ésto es sólo mi impresión. El relato está muy bien construido, perfectamente enfocada la situación, su inmediatez. Enhorabuena, Hazygnome, un gusto leerte.
No sé si es una virtud o un defecto. ¿Qué opináis?
Pero no seas excesivamente exigente contigo. El relato es muy bueno. Si te hacemos estos comentarios es porque a veces si no te lo señalan no te das cuenta de lo que otros ven en tus escritos.