¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

El relicario

WindumanothWindumanoth Pedro Abad s.XII
editado enero 2010 en Narrativa
Saltó la tapia del cementerio. Como tantas otras veces, se ocultó bajo la oscuridad de los cipreses para examinar el lugar y comprobar que la luz de la caseta del enterrador, que hacía las veces de guarda, estaba apagada. Pocas noches de agosto habían sido tan cálidas como aquella. El aire era denso; la tierra seca y las flores marchitas desprendían un olor áspero y tedioso que llegaba a clavarse en las sienes. Pero él ya estaba acostumbrado. Era la tercera vez en el mes que se colaba para realizar el trabajo de siempre, como pura rutina. Pero claro, robar a los muertos era mucho más discreto y sencillo que hacerlo a los vivos. Tan solo había que realizarlo con la precisión acostumbrada, sin dejar rastro alguno y siguiendo la rutina de siempre, para que todo fuera lo más mecánico posible.
Esta vez se trataba de la septuagenaria señora Griffin, que había fallecido dos días antes, víctima de innumerables problemas cardiacos desde la adolescencia, que resultaron fatales al alcanzar la vejez. Era una mujer a la que, en vida, había conocido muy bien, pues se trataba de una vecina que vivía dos casas más allá. Estuvo durante el velatorio acompañando a la familia, sumido junto a los demás en un profundo dolor. No se esperaba, sin embargo, que siendo una familia tan pobre como eran los Griffin, la vieja Sarah llevara al cuello un pesado relicario con esmalte de oro e incrustaciones de esmeraldas, con el que iba a ser enterrada.
— Es precioso el relicario — comentó a la hija menor con cierta picardía para no provocar sospechas.
—[FONT=&quot] [/FONT]Sí, es precioso... — suspiró la mujer, que no alcanzaba la treintena. — Era lo único de valor que guardaba como oro en paño. Lo único que no quiso empeñar ni vender por nada del mundo.
— Debía tener un gran aprecio por él.
— En efecto, lo tenía —. La mujer levantó finalmente los ojos y los clavó en él, como si buscara cierto tipo de compasión. — Cuando éramos pequeñas y mi padre se había marchado de casa, a mis hermanas y a mí nos contó una historia sobre un romance con un soldado que partió a la guerra, dejándole como promesa de amor ese relicario.
— Claro, comprendo —dijo intentando diluir la sonrisa que amenazaba con dibujarse en su rostro. — Si tenía ese valor para ella, estará feliz de llevarlo para siempre consigo.
Se despidió cortésmente de las tres hermanas y se encaminó hacia su casa, sin dejar de pensar en aquel fascinante relicario que relucía en el pecho de la difunta Sarah Griffin. Afortunadamente, tres días después iba a recibir la visita del señor Bates, un joyero con fama de usurero que vendía sus mercancías en los pueblos colindantes de Dublín. No eran buenos tiempos para nadie, pensó, y todavía menos para un herrero de Waterford sin familia y sin herencia, como él. Así que, tres años antes, había ideado ese plan para verse libre de las múltiples deudas que se acumulaban a causa de la escasez de trabajo que estaba mermando a la población a pasos agigantados. De esa manera, además de verse libre de las decenas de acreedores que le pedían constantemente que saldara sus cuentas, podía permitirse algunos pequeños caprichos en los burdeles de las cercanías de Cork.
El enterramiento de la señora Griffin había sido sencillo: una simple losa de piedra cubría el ataúd bajo el que reposaba el cuerpo de la mujer. Gracias a su inmensa fortaleza física, pudo desplazar unos centímetros la losa. Estaba sudando. Aunque los veranos eran normalmente poco calurosos, éste lo había sido y estaba inundando los cementerios de la región sureña de pequeños tesoros para el herrero, así como de un hedor nauseabundo que se adhería a la ropa cada vez que salía en busca de algún desdichado que dormía el sueño eterno. No tenía demasiado tiempo; debía ser rápido, hacerlo todo de tal manera que no fuera visto ni que sus movimientos generaran sospechas. Se esforzó de nuevo, propinándole un brusco empujón. El féretro apareció por uno de los extremos de la cavidad. Era de una madera de poca calidad, que con el tiempo acabaría resquebrajándose. De nuevo desplazó la losa, esta vez con más suavidad, dejando el ataúd completamente desnudo ante la luz de la luna y el bochorno reinante. Con la palanca diseñada para tal fin, forzó la madera, que, con un sonoro crujido, se abrió. Miró a un lado y a otro, para comprobar que nadie lo veía, y se lanzó hacia el cuerpo que yacía en el interior. La cabeza estaba ligeramente ladeada, las manos se habían movido hasta colocarse hasta ambos lados del cuerpo y permanecían casi cerradas, como en un puño, y no había rastro alguno del relicario que había visto dos días antes. No podía creerlo. El día del entierro el relicario estaba allí, postrado en el pecho de la anciana… ¿Se le habría adelantado alguien? ¿Quién podría haber sido? Contempló horrorizado el rostro de la anciana, decrépita y surcada por las arrugas. Necesitaba el relicario. Lo necesitaba para venderlo al señor Bates. Era su oportunidad y no podía dejarla pasar... Hacía varios meses que la suerte había sido casi nula, y el esfuerzo que tenía que invertir en recuperar las pequeñas joyas superaba con creces a la auténtica valía de éstas. Recordó que la vieja llevaba en la mano izquierda un anillo, que tal vez le sería de algún valor. Se dispuso a alzar el brazo izquierdo de Sarah, cuando pudo contemplar, con horror, que los dedos estaban en carne viva. No había rastro de las uñas; simplemente manchas de sangre se dibujaban en torno a las yemas, que bajaban hasta la primera falange. No quería alzar la vista, pues sabía lo que iba a encontrar, pero al final, sus ojos se clavaron en la tapa de la lápida. La sangre, mezclada con las astillas de la madera, marcaba los profundos arañazos que cubrían en gran parte la tapa.
Tras pasar unos momentos de pánico, abrió la mano de la anciana, de la que cayó, como por arte de magia, el relicario, que quedó reposando en su pecho de nuevo. Lo había abrazado con su mano, asiéndolo como si fuera su única compañía hasta que exhalara su último aliento. Tras santiguarse a modo de burda aflicción por la muerte trágica de Sarah, recogió el relicario con ambas manos, para guardárselo en el bolsillo derecho. De repente, los ojos de la mujer se abrieron por completo y el cuerpo se estremeció. Un brazo fuerte asió con violencia el del herrero.
—[FONT=&quot] [/FONT]¡Ladrón! ¡Dáme lo que es mío!— gritó la voz ronca de la mujer, alzándose repentinamente.
Aterrorizado, el herrero se quedó paralizado. No podía respirar, no podía mover ningún músculo de su cuerpo. Quería huir, acabar con aquella pesadilla. Pero su vista comenzó a nublarse, al tiempo en el que sus piernas comenzaban a fallarle. Agarrándose el pecho, clavó sus piernas en la tierra y, tras emitir algunos sonidos guturales, terminó desplomándose sobre la tierra reseca del cementerio.
La mujer se incorporó. Por fin estaba libre. Cogió su relicario de las manos del ladrón que yacía sin vida en el suelo, al lado de su tumba. No sabía lo que había ocurrido. Solo tenía la sensación de haber soñado durante un largo tiempo con una caja cerrada, unos llantos que se escuchaban a lo lejos, el eco mudo de un crujir que caía sobre ella, la negrura que se cernía angustiándola, asfixiándola por completo. Pero ya era hora de volver a casa…

Comentarios

  • klavierklavier Pedro Abad s.XII
    editado enero 2010
    Intrigante. Tengo la sensación de que a pesar del tema se puede notar un pequeño tinte irónico/humorístico que hace la lectura muy agradable.

    Tu elección de palabras me parece extraña a veces pero eso es cuestión de gustos...¿Alguna razón para situarlo en Irlanda? El tema parece ser aplicable universalmente...
  • isabel veigaisabel veiga Garcilaso de la Vega XVI
    editado enero 2010
    Por eso no me gustan los cementerios, nunca se sabe. Supongo que, al igual que el herrero, todo el pueblo acabó horrorizado y desmayándose al ver pasar a la anciana hacia su casa :eek:

    Hubo un momento en el que me perdí, en el párrafo que sigue al diálogo, por el hecho de hablar del futuro y del pasado, pero seguro que ha sido porque a mi alrededor no hay silencio y me costaba concentrarme.
  • WindumanothWindumanoth Pedro Abad s.XII
    editado enero 2010
    Gracias Klavier y Texas por vuestros comentarios. ¿Razones para ubicarlo en Irlanda? Nada más que hay que ver los cementerios de allí, sobre todo en los pueblos pequeños, jeje.

    Un saludo,

    Windumanoth.
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com