Laura acababa de ducharse, secó rápidamente su cuerpo con una toalla, pero aún en su piel se respiraba la frescura del agua y las orquídeas. Su cabellera negrísima y húmeda exponía su juventud y libertad. Se puso el blue jean más ceñido que tenía, calzó sus preciosos senos en un fino y escotado brassier y los cubrió con una blusa de seda, que traslucía su virtuosa figura. Luego salió presurosa, cruzó la pista terminando de abotonarse la blusa, hasta que llegó, por fin a la librería. Su mejor amiga cumplía años y deseaba regalarle un libro.
Las campanillas de la puerta sonaron al abrirla, y al igual que la primera vez, Joanot, el maduro propietario, no se había dignado a mirarla.
Caminó apurada entre los pasillos, observando los títulos, sin idea de cuál comprar, los gustos de Milly eran tan cambiantes… Se le ocurrió preguntar a alguno de los clientes, pero no encontró a nadie más aparte de Joanot, quien muy concentrado, arreglaba uno de los estantes. Por fin, Laura se interesó por un libro de ficción que sobresalía en el estante de arriba, Joanot, mirándola de reojo, le dijo que podía tomar la escalera si quería. Ella la tomó y la puso muy cerca de él, luego respiró hondo, relajando sus piernas y subió lentamente. Sus caderas se movían de un lado a otro, como dibujando en el aire, sus pechos daban pequeños saltos bajo la blusa, y el aroma de las orquídeas viajaban hasta Joanot. Éste, volteó hacia un lado, y sus pupilas se llenaron de deseo, pudo imaginar la pequeña tanga de Laura que se marcaba en el pantalón, la dureza tierna de esas nalgas bien formadas, esa cintura delicada lista para ser acariciada y aquellos senos queriendo salirse de la blusa entreabierta…
Un suspiro se escapó de los labios de Laura, se detuvo y se dispuso a sacar el libro. De pronto, sintió una mano tibia rozando su cintura, su piel se erizó, cuando otra mano la sorprendió tomando por la fuerza uno de sus senos y acariciándolo con pasión. Sus pechos se hincharon, sus pezones se endurecieron en un profundo y jadeante respiro. Volteó rápida pero cuidadosamente, el librero estaba sobre ella, sus olores se entremezclaban, y el peligro de caerse hacía que se sostuvieran uno del otro. Ella ya no podía callar más, se estaba humedeciendo cada vez más, su mano se dirigió a la bragueta de él, y minutos después, un jadeo liberador rompió el silencio y el hombre maduro la hizo mujer.
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