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Hojas en blanco

LiaraLiara Pedro Abad s.XII
editado junio 2009 en Narrativa
Hojas en blanco.

Contemplaba con un temor casi reverencial el cuaderno de pastas azules depositado en el escritorio. Una leve sonrisa cruzó su rostro al abrir el cuaderno y sentir cómo sus hojas crujían a medida que las iba pasando. Volvió a la primera página y notó como la ansiedad se apoderaba de ella. Aquellas hojas vacías, sólo cruzadas por tenues líneas azules la esperaban, y ella ya había fracasado otras muchas veces. Había sido incapaz de colocar sus palabras en aquellas líneas porque, sin saber bien el motivo, las hojas siempre se hacían cada vez más y más grandes hasta que le embargaba la sensación de que tenía que escribir sobre una superficie tan vasta como el horizonte, y aquella era una tarea que se le antojaba imposible, inabarcable. Pero esta vez sería distinto, estaba segura. El día anterior había tenido una idea magnífica, y los personajes, hechos y descripciones se presentaron ante ella de un modo tan claro que no parecían recién inventados sino más bien recuerdos enterrados que de pronto salieron a la luz. Tomó del lapicero un bolígrafo, “su bolígrafo de la suerte” (así era como lo llamaba ella, y era el que empleaba para hacer sus exámenes, escribir cartas y tarjetas de cumpleaños), y con mucho cuidado escribió la fecha en la esquina superior derecha de la hoja.

Suspiró y echó un vistazo a su alrededor. Todo estaba en orden. Estaba lista. Y comenzó a escribir. Minutos después paró para releer lo escrito y una sombra nubló sus ojos. Aquello no le gustaba. No se parecía en lo más mínimo a lo que quería escribir. Volvió a leer, tachó algunas frases y escribió otras pero seguía sin estar satisfecha. Bufó, cerró los ojos y trató de concentrarse en su idea. Poco tiempo después creyó haber encontrado la manera de expresarse correctamente. Escribió un poco más y a medida que lo hacía se desesperaba porque era consciente de que no conseguía encontrar las palabras exactas para transmitir sus pensamientos. Releyó de nuevo el texto y creyó estar ante palabras escritas por otra persona.

Salió del dormitorio y regresó a los cinco minutos con una taza de café. Apartó de su cabeza el recuerdo de otras hojas que acabaron tiradas a la basura convertidas en bolas de papel. No quería perder esa batalla. Cogió el bolígrafo y siguió escribiendo pero su cerebro estaba espeso y sus dedos se movían torpemente, como se mueven los dedos de un niño que coge un lápiz por primera vez. Las palabras que formaban las frases estaban unidas de un modo artificial, forzado y ella lo sabía. Poco a poco el desanimo se apoderó de ella y el recuerdo de antiguos fracasos cruzó otra vez su mente, pero no se rindió y siguió buscando con avidez las palabras que necesitaba, “sus palabras”, en cualquier recoveco de su cerebro.

La rabia y la frustración la devoraban muy despacio y de pronto advirtió que en aquel cuarto (¿no le pareció al principio más grande?) hacía mucho calor, el aire era más pesado y todo le molestaba: los cuadros cuyas figuras parecían observarla con pena, el color blanquecino de la colcha que cubría la cama y las cortinas y el amarillo desvaído de las paredes. Tenía que salir de allí o acabaría por asfixiarse. Salió a dar un paseo. Le gustaba caminar a solas mientras soñaba despierta y sus pies la llevaban a cualquier parte. Caminar le aclaraba las ideas. Pero en esta ocasión el paseo fue inútil. Entró en el dormitorio, se quitó el abrigo, lo tiró sobre la cama y se dejó caer en su silla. La hizo girar suavemente mientras observaba su cuaderno aún abierto por una hoja todavía inmaculada, desafiándola a que terminara lo que había empezado. Creyó que la hoja en blanco se burlaba de ella, de hecho, estaba segura de que había escuchado su risita soterrada, apenas audible pero constante, y esto, en vez de envalentonarla hizo que se hundiera más en su silla y se planteara seriamente cerrar el cuaderno y dedicarse a otros menesteres que exigieran menos quebraderos de cabeza.

Pero no lo hizo. En vez de eso volvió a coger su bolígrafo y a cerrar los ojos. Actuaba sin mucha fe pero guiada por un impulso que no sabía explicar. Sonrió tímidamente. Al fin había encontrado una vía, un camino con el que enfrentarse a su enemigo. Su cerebro despertó y sus dedos se movieron con mayor agilidad. Cuando terminó de escribir, leyó el texto y sus ojos brillaron; ahora sí se reconocía en él. Aún tenía que pulir muchas cosas pero no estaba desanimada. Siguió escribiendo, corrigiendo y anotando y después releyó el texto una vez más, y esta vez, la sonrisa de su rostro se ensanchó. Quizás en aquella ocasión conseguiría vencer a aquellas hojas en blanco.

Comentarios

  • POLIXENAPOLIXENA Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado junio 2009
    Bonita coincidencia con el cuaderno azul de Anna Wulf. Una descripción muy acertada de la frustración ante una hoja en blanco. No dejes de escribir en el cuaderno azul.
    Un abrazo
  • betobbetob Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado junio 2009
    Interesante. Una sensación de impotencia relatada en forma viva y latente.
    Descripción de detalles que vislumbran un sentimiento de frustración, que allí en un final previsto, se transforma en un logro deseado.

    betob.
  • LiaraLiara Pedro Abad s.XII
    editado junio 2009
    Polixena, Betob, gracias por leer el texto. Era la primera vez que subo uno y me ha hecho mucha ilusión que hayais hecho comentarios.

    Plixena, lo del cuaderno azul ha sido una verdadera casualidad, no he leido nada de Lessing, de hecho no conocía la obra aunque ya por curiosidad me la apunto para cuando tenga un poco de tiempo libre.

    Un saludo.
  • LiaraLiara Pedro Abad s.XII
    editado junio 2009
    Perdón, escribí mal tu nombre, Polixena, ¡vaya dedos!
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