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Alberto y Lili (Absurdos 1/5)

José VelascoJosé Velasco Banned
editado mayo 2009 en Romántica
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Comentarios

  • José VelascoJosé Velasco Banned
    editado mayo 2009
    [
    UN SUEÑO ABSURDO
    Primer Acto
    Dios polimorfo está sentado en su trono inmaterial. No dice nada. ¿Medita?
    (Perspectiva desde la distancia) Fondo negro, con paulatinos y escasos tintilineos brillantes. Se percibe una forma completamente cubierta por una túnica blanca iluminada fuertemente desde el ángulo del observador.

    (Acercamiento) La túnica está curtida. (Cambio de perspectiva) Se adivina una gran cantidad de manto por el gris creciente al enfocarse en las líneas entre los pliegues. El manto muta a nubes espesas y cargadas. (Sensación de vértigo) Desaparece todo. El vacío es abrumador.

    El observador comienza a sentir su cuerpo. Intenta verse en la oscuridad. Cierra los ojos, se concentra y adivina las formas por medio de las sensaciones percibidas, tan leves. Escucha el latido de un corazón. Paulatinamente reaparecen las imágenes. El observador se ve arrodillado. Mira su cuerpo; sus pies, luego sus piernas, sus genitales, sus brazos, su pecho. Levanta la mirada para encarar al dios como igual.

    - DIOS QUE PREGUNTA: Mmmmm

    - Dios QUE RESPONDE: Mmmmm

    - dios QUE HABLA: ¿Mmmmm?

    - AQUEL DIOS: ¡Ángeles!

    (Cambio de perspectiva: Dentro de los pensamientos de aquel dios)

    - AQUEL DIOS: Son perfectos. Mmmmm…

    (Entra un ángel, igual a todos los demás)

    - AQUEL DIOS: Mmmm

    - UN ÁNGEL: ¿Mi Señor?

    - AQUEL DIOS: Mmmm

    - UN ÁNGEL: ¡¿Mi Señor?!

    BAM (big). Se fragmenta la armonía del universo -La escenografía es libre arbitrio de los intérpretes-. El ángel se cree el causante de tal evento. -¿No fue acaso su pregunta lo que lo desató?-. Por primera vez se esboza una sonrisa.

    - AQUEL DIOS: Te haré más perfecto.

    - UN ÁNGEL: Desde ahora habrá unos más perfectos que otros. Me presento como testimonio. Me llamo Satán.

    (Una eternidad más tarde, misma escenografía.)

    - AQUEL DIOS: Te noto cambiado.

    - SATÁN: Son los cuernos. He inventado la estética. Simetría, forma, armonía,… Nacieron de una idea y se han convertido en una necesidad. Combinan con la cola. ¿Le gusta?

    - AQUEL DIOS: Mmmmm

    - SATÁN: Concordamos, necesitaré un atuendo.

    (Las representaciones a continuación son simultáneas.)

    - EL HOMBRE: No he podido ver a a dios.

    - SATÁN: ¿Blanco? Se ensucia rápido; ¿Negro? Deprimente.

    - UN DIOS (cualquiera): Mmmm

    - EL HOMBRE: Tampoco he hallado una razón incuestionable.

    - SATÁN: ¿Amarillo? Naïf; ¿Azul? No va de noche.

    - AQUEL DIOS: Mmmm

    - EL HOMBRE: ¿Por qué esforzarme en la búsqueda?

    - SATÁN: ¿Rojo?

    - OTROS DIOSES: ¡Mmmme abuuurro!

    - EL HOMBRE: ¿Por qué?

    - SATÁN: ¡Rojo!

    - TODOS LOS DIOSES EN CORO: ¡Ni los hombres, ni los ángeles, ni Satán!
    BAAAAM (bigger)
    Se hizo la mujer


    Segundo Acto

    (El escenario ha cambiado completamente. Los pormenores son más vívidos.)

    - ALGUNOS DIOSES: Ups.

    - ALGUNOS DIOSES: Tu culpa.

    - EL HOMBRE: “Yo sólo sé que no sé nada.”

    - SATÁN (susurrando): Idiota, era: “Pienso, luego existo.”

    - EL HOMBRE: ¿Existo?

    (Se encienden las luces)

    - SATÁN (Creyendo que sería más fácil convencer a la mujer disfrazándose de serpiente): Psst, psst.

    - LA MUJER: ¿Conmigo?

    - SATÁN: Sí, contigo.

    - LA MUJER: No lo conozco.

    - SATÁN: Tenía la impresión que fui yo quien te hizo, mujer. Esquiva remembranza, tú desnuda, anónima; yo excitado con mi hallazgo, contemplando el rojo sobre mí… No importa, esto se soluciona rápido. Me llamo Satán.

    - LA MUJER: Encantada. ¿Satán qué?

    - SATÁN: ¿Mmmmm?

    - EL HOMBRE: Si sé que no sé, entonces no sé pero sé.

    - LA MUJER: Después de Satán debe haber algo. ¿O es usted huérfano?... ¡Discúlpeme!, disculpe mi indiscreción. Le doy mi más sentido pésame.

    - SATÁN: ¿Mmmmm?

    - LA MUJER: ¿Me equivoco? ¿Después de Satán viene…?

    - SATÁN: ¡El infierno!

    - LA MUJER: Satán El Infierno, no lo había escuchado antes.

    - SATÁN: Acabo de crearlo, tu presencia me inspira. Podrías ayudarme en la decoración de mi morada.

    - LA MUJER: ¿No va usted demasiado rápido?

    - SATÁN: Una eternidad he perdido…Y por ti perdería otra.

    - EL HOMBRE: Si sé que no sé pero sé, ¿qué sé?

    - LA MUJER: Mmm, Mmm.

    - SATÁN: ¿Qué?

    - LA MUJER: ¿Su amigo?

    - SATÁN: No realmente…

    - LA MUJER: No sea mal educado, preséntenos.

    - SATÁN: Mujer, el hombre. Hombre, la mujer.

    - LA MUJER: Mucho gusto.

    - EL HOMBRE: El gusto es mío.

    La primera mitad del dialogo transcurre sin palabras; hombre y mujer se callan mutuamente, madurando en el transcurso.

    - MUJER: Hace calor.

    - HOMBRE: Con nuestro amor hemos creado un sol. No sobrarán noches para llenarlas de estrellas.

    - MUJER: Calor, sí. ¿Amor?

    - HOMBRE: Esa pasión reciproca del uno hacia el otro.

    - MUJER: Ah.

    (Hombre y mujer siguen madurando)

    - HOMBRE Y MUJER: mmm, m, mm, ¡mmmmmM!

    - SATÁN: Mm, mm,… Lamento interrumpirlos, pero su afecto emana una pureza que no merece ser mancillada por los ojos de otros.

    - HOMBRE Y MUJER: M…

    - SATÁN: Compartiré con ustedes mi morada para que estén a sus anchas. No se preocupen por mí, soy discreto.

    Hombre y mujer curioseando el hogar de Satán; descubren los pecados… Se consuelan mutuamente.

    -HOMBRE Y MUJER: ¿Por qué?

    (Acercamiento súbito hacia la mirada de uno de ellos, imposible distinguir cuál. El acercamiento se detiene cuando el círculo interior del iris del ojo cubre todo el marco visual. Los reflejos vítreos en el negro insinúan iluminación fuerte y enfocada

    Breves segundos de quietud.

    El observador se desplaza angularmente. Se detiene al alcanzar la perspectiva de perfil de la niña del ojo. Desde esta posición es muy evidente la curvatura del ojo.

    Cambio de ángulo con alejamiento paulatino. Escasamente se comienza a ver los párpados: una piel lechosa, manchada y arrugada.

    Bruscamente se sacude el marco visual. Se apagan las luces.)


    Tercer Acto

    (Luz tenue, rojiza.)

    - SATÁN: Queridísimos espectadores. Se acerca el final. ¡Aplaudan!

    - ALGUN DIOS: ¿Mmmmm?
    (Al fondo, hombre y mujer, sus cabezas contiguas, se apoyan en el hombro del otro.)

    - MUJER Y HOMBRE: ¿Vivimos?
    (Se escucha el latido de un corazón)

    - MUJER: ¿Importa?

    - HOMBRE: ¿Importa qué?

    - MUJER: Si vivimos.

    - HOMBRE: ¿Algo importa?

    - SATÁN: Ja, Ja, Ja, Ja,
    (Se escucha el eco de la carcajada.)

    - SATÁN (turbado): ¿Eco? ¿Eco en el infinito? ¡¿Mi Señor?!

    - HOMBRE Y MUJER: ¿Por qué?


    Suena un llanto. En el vientre de la mujer se ha engendrado el hombre (o la mujer) del mañana.

    El eco no terminará jamás. ]
  • artemisaartemisa Fernando de Rojas s.XV
    editado mayo 2009
    Me atrae visceralmente, ya debería saber que la lógica ...Me recuerda las conversaciones con un amigo, son preguntas, son bifurcaciones, son pequeñas visiones esenciales e innecesarias.
  • José VelascoJosé Velasco Banned
    editado mayo 2009
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  • José VelascoJosé Velasco Banned
    editado mayo 2009
    Los párpados del cardenal se abrieron violentamente. Supo -estaba seguro- que su vida había sido irreal. «No en sí una ilusión, más bien una expresión confusa de ideas, el residuo de impulsos primitivos, pueriles, que se manifiestan fluidos y maleables con una fuerza excesiva y perturbadora». Donde las reflexiones humanistas se habían restringido a la labor de una segunda revisión para proveer una narrativa coherente que haga inteligibles los percibidos; armando un rompecabezas bizantino de piezas mal encajadas y distorsionadas por la presión sectaria del hombre utilitario, dejando pequeños vacíos irresolubles.

    Pero si abandonaba el prerrequisito de la inteligibilidad, si daba espacio a lo incomprensible, no como una resignación, sino como una esperanza de que el hombre, poco a poco, en su evolución vaya tropezándose con los elementos faltantes, las distorsiones desparecían, y las extensiones del cuadro a representar se hacían magnas. Isaac lloró, lloró porque pudo palpar su miedo, a lo que le faltaba por descubrir, a lo que nunca conocería, a lo innombrable. - El karma, inevitable, de un anima quaerens Verbum. –pensó.

    También lloraba de felicidad, jamás se había sentido tan joven, tan revitalizado. Encaraba la muerte como a una nueva odisea. Ya no necesitaba creer en el paraíso, sabía que vendría algo mejor. Él había sido testigo fiel de una humanidad que evolucionaba para sobreponerse a sus limitaciones intra-especie; empáticos y telépatas eran sólo el principio. Hubiera querido conocer al hombre del futuro, aquel con un nivel cognitivo que sobrepase el de las ideas. Pero aceptó que de poco le habría servido a un animal de ideales, incapaz de elevar su comprensión a los nuevos horizontes abstractos del sucesor de la humanidad.

    Recordó a Descartes. Hijo de una era cartesiana, no había tenido la suerte de maravillarse con los escritos de Genie (primera inteligencia artificial en ganar el Andrés Bello de Poesía). Heredaba una lógica de alcances cortos, forzada a segmentar los problemas complejos, a desfigurar el todo; necesariamente dualista, diseccionaba a dios del conocimiento racional.

    ¡Cuánto no habría sufrido reconociendo las distancias entre él y la divinidad! Para Isaac, Descartes era un mártir que se había colocado una bomba de tiempo en el alma y con ella amenazaba los edificios sacrílegos del dogmatismo. Descartes dudaba e hizo de la duda una razón de existencia indudable. Un héroe, y un loco también, porque había sido alienado por la miseria de su tiempo. Si tan sólo hubiese disfrutado de la conciliación onda-partícula no habría perdido la esperanza ni actuado tan violentamente. Desgraciadamente había sido inculcado con la falsa creencia de una antítesis maligna, un genio malvado con el poder de burlarnos hasta convertir todas nuestras percepciones en un engaño elaborado. Sólo una creencia soportó los embates del maligno, y fue verdad suficiente para existir: «Cogito, ergo sum.»

    Isaac moría en paz porque había comprendido que dilató sus dudas enfocándose en el refinamiento de la exégesis, cuando los fallos fundamentales provenían del uso de principios hermenéuticos inapropiados. El mensaje central no se hallaba en las palabras; el problema de interpretación lo hacía evidente y ninguna divinidad habría sido tan negligente para obviarlo. Mas aún cuando sus discursos se dirigían hacia el porvenir.

    La idea principal tenía que ser clara, inconfundible, sin importar la época, el lugar, o la cultura. Todos los mensajeros habían sido humanos, inherentemente imperfectos, y no obstante se mostraban superiores a sus tiempos. Pauta menospreciada, desacierto grave, pero no el mayor; si su vida fue ejemplo de algo, no lo fue en los actos que realizaron, sino en el principio detrás de los actos: un ímpetu incorruptible en la búsqueda de un ser humano mejor. Seres superiores que hacen de su vida una cruzada hacia la perfección, en la cual lo testimoniado no se substituye con narraciones apretadas a una lógica estrecha, sino que se admira exótico y revelador. ¿Acaso había mensaje más claro? El mensaje y el mensajero eran uno mismo, literalmente un ejemplo de vida.

    El reporte del comité científico de la UC confirmaba lo que él ya suponía. El síndrome de los meteoritos, la enfermedad que estaba acabando con a las mentes más brillantes del planeta, sólo se explicaba mediante la presunción de un agente patógeno vivo. Se reproducía, mutaba y ya se estaba adaptando a su hospedero. Algunas farmacéuticas, preocupadas por las bajas en sus ventas de antidepresivos, habían comenzado a ofrecer exámenes médicos gratuitos; los síntomas post-mortem de las primeras víctimas, aunque menos acentuados, reaparecían en individuos sanos. En epidemiología la reducción en los índices de mortandad se conocía como la fase de adaptación parasitaria. Todo organismo vivo, susceptible a la variación génica e influenciado por la presión selectiva, tiende a maximizar el uso de los recursos disponibles con el fin de potenciar su capacidad reproductiva. Tal tendencia lleva a un desequilibrio ecológico que puede amenazar la subsistencia si los recursos de supervivencia son extenuados. En el caso de los parásitos, subsisten usufructuando los recursos metabólicos de sus hospederos. La carga biológica negativa tiene que ser regulada para asegurar la supervivencia del hospedero o, como especie, el parásito corre el riesgo de extinguirse junto con su hospedero. Este problema de adaptación ecológica parásito-hospedero presenta diversas soluciones, siendo los parásitos mejor adaptados aquellos que llegan a maximizar su éxito biológico minimizando el perjuicio sobre su hospedero, haciendo de su virulencia un buen parámetro para determinar su longevidad evolutiva. La velocidad con la cual el agente patógeno proveniente de los meteoritos se estaba adaptando hacia pensar que o se trataba de un veterano evolutivo o de un diseño inteligente.

    Por supuesto los especialistas se encontraban reacios a las conclusiones. El centro de dispersión del síndrome coincidía exactamente con la estación espacial. Y para colmo la variación adaptativa, cuantificada gracias a la población sintomática pero saludable, mimetizaba perfectamente el patrón. Paradójicamente los meteoritos eran completamente estériles, químicamente inertes. Los protocolos de bioseguridad de la estación se conducían bajo los mal altos estándares técnicos disponibles. El error no tenía cabida en las consideraciones. Pero hablar de un organismo patógeno originado de unas piedras era sinónimo a reconocer la posibilidad de la generación espontánea.

    De las muchas definiciones que se habían creado para dar una definición de vida, las aproximaciones fisiológica, genética, o metabólica, se habían tornado anticuadas desde los primeros hallazgos exobiológicos dentro del sistema solar. La única que aún persistía era la de la aproximación termodinámica. La segunda ley de termodinámica establece que todo sistema abierto se mueve hacia un incremento (interno) en el desorden. Tendencia que sólo los organismos vivos contradicen porque ganan orden a costas de un mayor aumento del desorden en el exterior.

    Si acaso alguien se negaba a ver el desorden general causado por el síndrome de los meteoritos, el cambio de actitud de los afectados, más activos, más impredecibles, bastaba como prueba. Además el cardenal también se había encargado de obtener los cuadernos de bitácora; en todos, el aumento del consumo energético derivado de una mayor actividad intelectual sobrepasaba cualquier presunción probabilística. No, no es que los especialistas se negasen a admitir la generación espontánea. Para explicar la vida en algún momento debía haberse dado. Lo que los asustaba era desafiar el tabú anti-idealista, aceptar la existencia de un organismo vivo completamente abstracto. Pensamientos, mecanísticamente inertes, que al toparse con una maquinaria de interpretación apropiada recobraban vida, se reproducían y se adaptaban, dentro de sus restricciones esenciales, a sus nuevos nichos mentales. No cederían tan fácilmente. Realizarían ingentes ensayos para encontrar los vestigios materiales del agente patógeno desconocido. Finalmente abandonarían, fingiendo que no tiene importancia, como siempre sucede en las ciencias cuando encaran problemas que las sobrepasan. Habían sido plantados en la sombra, y durante siglos los habían abonado con escepticismo. No aceptaban nada que no sea verdadero salvo que se demuestre obvio ¿Pero y qué si no aceptaban nada como falso salvo que se demuestre obvio? Las ciencias, con la disposición de instrumentos lógicos reducida a las capacidades de los operadores, sólo podían alumbrar universos incompletos, y la humanidad no estaba en ellos.

    Con el avance cognitivo del hombre y los desarrollos en inteligencia artificial, la necesidad, siempre latente, resurgía: «Pluralitas no est ponenda sine necessitate», el mismo pragmatismo con el cual se quiso asesinar la idea de dios ahora invocaba su presencia; vida abstracta, el poder de la concepción manifiesto.

    Vio a su dios, poeta de vida; en cada lugar, en cada momento, indescriptible e incompresible. Pero también vio la verdadera grandeza del hombre y su potencial de perfección. Presintió una humanidad sin la necesidad de religiones. Y fue en ese instante que su Dios se le reveló.
    Isaac reencontraba su fe.
    “For a moment, he stirred and remembered.

    He caught a glimpse of a great fortress
    in the frozen wastelands of the north.
    Of a lost paradise in a distant world.

    He saw a time when he had no blood on his hands,
    and never would.
    When the violence of hatred and mistrust,
    the temptation of moral compromise,
    could no more overcome him
    than a droplet of water could conquer the sun.

    But then the memory slipped away
    like the dream it was.”
    (Mark A. Semich, Ode to a dream, 1993)

    *El texto es un borrador, está siendo editado.
  • José VelascoJosé Velasco Banned
    editado mayo 2009
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  • José VelascoJosé Velasco Banned
    editado mayo 2009
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