Erase una vez un bastardo. Momento, me parece que para muchos el inicio de esta historia es un poco atropellada, ¿no?, siempre acostumbramos empezar un cuento de hadas con un erase una vez, pero lamento decir que los cuentos de hadas no son más que historias desinhibidas que alimentan la imaginación fantasiosa y estúpida de los niños, (chaquetas mentales), así que tengo todo el derecho de comenzar así:
Erase una vez un bastardo, tenía tan sólo tres semanas de gestación cuando su madre asestó el primer golpe en su contra. Roxanna, era el nombre de una de las prostitutas más bellas y complacientes de la Avenida Hidalgo, a pesar de tener ya treinta y cinco años, dos abortos, veintiuna palizas, cuatro violadas, en las últimas dos, había perdido un diente y medio, los cuales había reemplazado con las ganancias de una sola noche, a pesar de todas esas cosas, era bastante hermosa, tenía pechos blandos pero no caídos, caderas pronunciadas, nalgas… no muchas, las suficientes como para llamar la atención de un pervertido, y tenía unos ojos grandes color negro, pestañas largas y quebradas, cejas pronunciadas, en fin, tenía una mirada muy intensa, y Rox sabía que la tenía, y no sólo eso, sino que la usaba como arma en su trabajo, y valla que le brindaba muchos frutos, $2,400.00 aproximadamente por noche que trabajaba en la avenida.
Rox comenzó a trabajar en las calles cuando sólo tenía diecisiete años, su padre, que acostumbraba saciarse con ella, la echó de la casa una noche que Rox se encontraba demasiado adolorida como para ceder a sus peticiones, con apenas diecisiete años de edad, Rox no sabía hacer más que lo que su padre le había enseñado desde pequeña, hacer el sexo. Pronto descubrió que podía ganar excelente dinero trabajando tan sólo tres noches por semana, fue a esa edad cuando por primera vez Roxana quedó embarazada.
No le costó demasiado trabajo planear lo que tenía que hacer, sólo acudió con la curandera de la vecindad, le sirvió un té de hierbas y a las dos horas se encontraba sentada en el retrete expulsando el producto, pasó seis horas sentada, con dolores que le llegaban desde los senos, hasta las rodillas, las piernas se mantuvieron acalambradas durante dos horas seguidas, pero fuera de eso, fue un aborto efectivo.
El segundo aborto fue a la edad de veintidós años, esta vez fue muchísimo más agradable para Rox, ya que quien la dejo en cinta fue un miembro de la cámara de senadores, un cliente asiduo que estaba enamorado de ella, así que le pagó la comodidad de un hospital de la ciudad, el trabajo lo aplicó uno de los mejores ginecólogos de la ciudad, el cual se había negado al principio, pero luego de recibir un cheque de parte del senador con una cantidad bastante tentadora, terminó con las manos a la obra.
Su vida era rutinaria, al principio se rodeó de lujos, comodidades, buena ropa, excelente comida, pero con el paso de los años, empezó a cansarse, a volverse más perezosa, sólo se duchaba dos veces por semana y obtuvo la costumbre de comerse las costras de las heridas que se hacía mientras desempeñaba su trabajo.
Comentarios
-¡Coño!-, maldije al escuchar que el despertador me arrancaba de un magnifico sueño, -estaba a punto de sacarme la lotería-, susurré mientras me encaminaba entre tropezones al lavabo de la casa, mientras me lavaba el rostro dirigí una mirada al reloj y para mi desgracias ya marcaban las seis de la tarde, la rutina diaria me esperaba, aunque este día me sentía con humor de trabajar, los muslos no estaban tan amoratados y mis pezones no estaban rozados, -genial, ahora si podré ponerme la minifalda morada con la blusa verde que compre la semana pasada, con unas medias apuesto a que ésta noche me saco la lotería, jajaja-, me dije viéndome al espejo, comencé a practicar mi mirada característica que cada día se perfeccionaba más, -¿me meto a bañar?, ¿será?, es que el agua está demasiado fría, mejor me espero otro día más-, me apresuré a cambiarme y me puse de nuevo frente al espejo, definitivamente me veía radiante, comencé a mover el trasero y salí de mi casa a la velocidad máxima que me permitían los tacones, -¡puta madre!, estas zapatillas serán mi calvario esta noche, si logro sobrevivir las tiraré por el caño-, me dije a mi misma mientras sobaba mi tobillo recién torcido, me enderecé y salí por las escaleras del edificio, -buenas tardes-, saludé al señor Jorge, que era un señor regordete con tres hijos, una esposa frígida y la manía de masacrarla a golpes todas las noches que él regresaba ebrio, aunque tengo que reconocer que es bastante efectivo en la cama, eso sin mencionar los $450.50 por hora que acostumbra pagarme, salí a toda prisa del viejo edificio para ser la primera en llegar a la avenida, pero parece que no salió como lo planeé, ya habían tres chicas esperando, en realidad era una sola chica, las otras dos eran maricas estrafalarios que se pasaban por la avenida de vez en cuando sin grandes resultados, me puse a caminar frente a ellos contoneándome más de lo normal para demostrarles quién era la que más estilo tenía y me posé sobre el poste de la esquina, desenvainé un cigarrillo como si de una espada se tratase y me lo metí a la boca, ahora todo era cuestión de esperar.